
EL HOMBRE QUE FELICITÓ AL PRESIDENTE
Premio Internacional de cuentos La Felguera.
Poco antes de que el sol iluminara el barrio como un as de oro, Valentín Palacios inició la subida del puente por la rampa de los inválidos, ignorando deliberadamente los peldaños alquitranados de espanto, el rugido de las motos mastodónticas que surcaban la autovía camino del circuito de velocidad y la sensación de desamparo que atormentaba su alma desde el amanecer, cuando por fin tomó la decisión irrevocable y terrible de acudir a la cita. Desde hacía dos días, aquella autovía de hoja de guadaña que cercenaba el barrio, resquebrajaba las casas bajas y los pisos del patronato con truenos bíblicos que por la mañana sobresaltaban a las mujeres en las cocinas y por la noche entorpecían sin misericordia el sueño de los niños, surcada sin piedad ni descanso por héroes de película americana, a lomos de máquinas galácticas de destellos acerados y humos plomizos. Valentín Palacios las vio aquella mañana apoyado en el barandal del puente, y le parecieron artilugios atómicos inventados por el diablo con el único propósito de enloquecer a la gente. Llevaba la tristeza pegada a la piel y tuvo la impresión de pertenecer a un mundo donde la simple contemplación de las cosas había sustituido para siempre al derecho de posesión, a pesar de haber superado mucho tiempo atrás la etapa pueril de confundir el triunfo con el número de cosas poseídas. El párroco del barrio había logrado convencerlo en sus sermones dominicales de que la felicidad es una situación transitoria más cercana al sosiego producido por el conformismo que al estado de ansiedad que caracteriza al afán, pero a pesar de ello volvió a sentirse infeliz y fracasado, notando en su pantalón la mano diminuta de aquel niño vestido con ropa de la hermandad, que observaba el desfile motorizado con la mirada escandalizada por el asombro.
Miró a su alrededor y vio el puente desierto y lúgubre, descascarillado y metálico, como un reflejo fiel del lugar donde se hallaba, y al fondo, recostados en los quitamiedos que flanqueaban la autovía, intuyó los rostros boquiabiertos de los vecinos comentando los avances de la ciencia y los progresos de la mecánica, el vértigo disimulado de los motoristas que volaban sobre ruedas con un pañuelo al cuello y el insomnio de las dos noches de tormento y desenfreno competitivo. Se detuvo un momento a pensar en aquel río de motos que se había desbordado cuarenta y ocho horas antes en busca de un circuito donde un puñado de dioses de diseño competiría por una gloria efímera en medio de un mar de máquinas, y tuvo la impresión de que su inteligencia se había estancado en el pasado, en el taller de bolsos de su abuelo, en un lejano pueblo de sierra del que sólo guardaba leves salpicaduras de nostalgia.
Intentó descubrir en los rostros de los vecinos que se hacinaban al pie del puente la expresión bobalicona y huidiza del hombre que aguardaba, pero sólo encontró el movimiento bamboleante de las cabezas que se movían como boyas en el mar intentando adivinar la marca de las máquinas y la cilindrada de sus motores. El hombre parecía haber olvidado la cita. Valentín Palacios calibró por un momento las consecuencias del desastre que supondría su ausencia, y volvió a sentir terror de aquella vida marginal y anodina a la que estaba condenado y que había sobrepasado ya la frontera del respeto, escupiéndole a veces salivazos de desprecio y reconvenciones humillantes. Por un momento su maltratado orgullo se irguió ante él como una sombra fantasmal y penetró en su sistema nervioso. Hizo intención de irse. Palpó el objeto que guardaba en el bolsillo de la cazadora, y un calor de dignidad le abrasó el pecho, pero antes de marcharse acarició inconscientemente la cabeza de su hijo, y otro calor de realidad lo obligó a quedarse. No había más remedio que enfrentarse al presente.
Trató de recordar entonces la noche que su padre llegó a la capital, el ronroneo adormecido de los pasajeros de la estación y la bofetada de invierno que recibió al enfrentarse a una calle pigmentada de neones multicolores, habitada por autobuses gigantescos cuyos cristales empañados de soledad permanecieron para siempre en su memoria de niño pueblerino. Quiso recordar aquel momento porque tuvo la necesidad de contarle a su hijo el cambio brutal que había experimentado el mundo, aquella ciudad partida por el río y aquel barrio al que lo trajo su padre prendido del pantalón como un llavero pasado de moda, pero no pudo hacerlo porque las formas del recuerdo se confundían en su memoria con las frustraciones del presente, de modo que tomó al niño en brazos y le señaló con el dedo un punto inconcreto en la amalgama de azoteas que conformaban la orilla izquierda de la autovía.
- Allí era donde estaba el taller -le dijo-, y estuvimos comiendo de él hasta poco antes de que tú nacieras.
Entonces el taller de bolsos acudió a la memoria de Valentín Palacios con la bravura de una juventud henchida de esperanza, percibió el perfume severo y rudo de las pieles y se embriagó durante un segundo con el olor del pegamento y la mirada de su padre, perdida en recuerdos del pueblo y en aquel reloj de oro con leontina que contaba sus horas de trabajo como antes contó las de su padre y las de su abuelo. Recordó la tranquilidad irreverente y sencilla con que su padre recibía y trataba a las señoras empeletadas que acudían al taller a encargar bolsos de capricho y cinturones diseñados por ellas mismas. Fueron los tiempos de esplendor que mantuvieron vivo el orgullo del taller, cuando las mujeres de los ricos se acordaban de él y llamaban a su puerta con pieles de serpientes exóticas bajo el brazo rogando un lugar preferente en la lista de clientes. Valentín Palacios recordaría siempre sus coches lujosos aparcados en la puerta, relucientes como joyas enterradas en el fango de la calle, y conviviría durante el resto de su vida con la impresión de haber sido simplemente un criado de moda, no el artista singular, destinado a encontrar el éxito y la fama en la ciudad, que su padre evocaba en las tardes de invierno entre los chirridos de la máquina rebajadora y la sinfonía del invierno tras la ventana.
- Todo en la vida es mentira -dijo al oído del niño que seguía mirando las motos agarrado a los barrotes- Hasta los sueños son mentira.
El rugido bíblico de una máquina que destacaba por su tamaño y su furia terminó de transportarlo al presente. Valentín Palacios volvió a mirar a su alrededor, pero el hombre que lo había citado en el puente seguía siendo tan sólo una esperanza, y se alegró con la idea de que nunca vendría, de modo que terminó refugiándose de nuevo en el pasado, donde halló la lejana y fría mañana que entró en el taller y se vio desamparado frente a la enorme mesa, sin aquel viejo canoso que durante años había sido su padre y su maestro. Después paseó largamente por los tiempos de la decadencia, con pesadumbre de romántico fracasado, y recordó las dilatadas tardes de silencios telefónicos, cuando el mundo de los ricos empezó a desdeñar su arte y a preferir los almacenes de moda antes que su trabajo artesanal, y volvió a padecer aquella impresión de criado menospreciado que sentía entonces frente al reloj de su padre, viejo y solitario como la frustración, rotundamente esférico y cerrado como la vida. Fueron los tiempos de los cinturones por lotes y de los monederos en serie, cuando la misericordia olvidaba la generosidad y el respeto al llamar a su taller. Valentín Palacios recordaba aquella época de continua fuga del fracaso como un laberinto vertiginoso y oscuro donde la rendición parecía ser el guardián protector de la única salida ventajosa. A pesar de ello se resistió a cerrar el taller, poseído por el miedo al desempleo, que se pavoneaba por la ciudad y por el barrio con aires de caudillo pudiente, como una peste feudal, indestructible y odiada. Se afanó en la búsqueda de clientes y en la persecución implacable de encargos en los grandes almacenes, pero sólo consiguió matizar aún más el color grisáceo de la frustración. Fue por aquella época cuando conoció al presidente. El estaba en la puerta del taller, con los ojos en la calle y los oídos en el teléfono, como solía hacer en las tardes de primavera, cuando el sol calentaba con misericordia el acerado de la plazuela. Entonces distinguió a una muchedumbre sonriente y a un hombre que estrechaba la mano a los vecinos con aires de victoria electoral. Pensó entonces en la proximidad de las elecciones, en aquel rumor absurdo de que el presidente era del barrio y en la gente que aseguraba haberlo invitado a café en sus tiempos de estudiante, y antes de que pudiera reaccionar lo tuvo frente a él, con los brazos abiertos y el rostro iluminado por una sonrisa de paisano feliz. Se abrazaron. “Me alegro presidente”, dijo Valentín Palacios por decir algo. Entonces el presidente siguió visitando los comercios de la plazuela, y él entró en su taller con un ufano y fugaz sentimiento de alegría que nunca más volvió a experimentar. Sobre la mesa de trabajo, el reloj de leontina contaba las horas implacablemente mientras la soledad se remansaba en el polvo de las herramientas.
- Yo conocí al presidente -volvió a decirle al niño, que había empezado a aplaudir imitando a los curiosos de la autovía-, pero él no quiso conocerme a mí, estoy seguro.
El niño ni siquiera lo oyó, extasiado en la contemplación del espectáculo galáctico, sujeto a las rejas por el resorte del asombro, pero Valentín Palacios siguió mascullando pensamientos como si su hijo formara parte de ellos, de manera que se tropezó en una esquina cualquiera del recuerdo con el día que su mujer lo sentó en la mesa de la cocina y lo convenció definitivamente de que el taller sólo daba telarañas y de que era mejor cerrarlo antes de que los gastos apuraran los últimos ahorros de la casa. Aquel mismo día cogió el viejo reloj de leontina, el aparato de radio, el retrato del abuelo y cerró el taller para siempre, horrorizado ante la idea de verse junto a los parados diarios de la plaza, aguardando el momento de la desecación final tomando el sol como los lagartos. Con el tiempo terminó vendiendo la maquinaria para sobrevivir y buscando ropa en la parroquia para vestir al niño. Eso era todo. Ahí se detenían bruscamente todos sus recuerdos más próximos, porque el resto hasta ese día había sido rutina y frustración, amargura y miedo en las miradas propias y ajenas. De nuevo tomó al niño en brazos y volvió a señalar el horizonte de tejados.
- Allí estaba el taller -dijo-, pero nunca más volveremos a tenerlo.
En la autovía seguía rugiendo, sin consideración alguna, el mundo veloz y rico del progreso, camino de una carrera de locos a mucha distancia de allí, ostentando con vanidad su poderío motorizado, indiferente a las miradas y a los paisajes. Valentín Palacios prefirió volver a recordar el rostro de su padre y los tiempos bondadosos del taller, pero justo cuando iba a hacerlo la mano de un hombre lo interrumpió. Era la persona que aguardaba. Hizo un esfuerzo por sonreírle, rechazó su invitación a café y antes de que el orgullo pudiera aconsejarle una retirada, introdujo la mano en su bolsillo y sacó una pequeña cajita de madera. El hombre la abrió y tomó el reloj familiar por la leontina de oro. Durante un largo minuto el reloj estuvo girando como un péndulo, sometido sin piedad a la mirada escrupulosa del tasador. Después volvió a guardarlo en su cofrecito de madera.
- Siento mucho que estés parado, Valentín -le dijo.
Y le alargó un sobre con dinero que Valentín Palacios guardó sin contar. Por un momento tuvo la tentación de relatar la historia peregrina de aquel reloj que guardaba en sus manecillas el resorte de la dignidad y la magia de vencer al tiempo. Fue un amago frustrado de engrandecer los recuerdos, de barnizar aquel presente humillante con el tinte dorado de sus raíces familiares, impregnadas en los chavetines, en los sacabocados y en las láminas de cinc junto a aquel recuerdo último que su hijo no podría heredar, pero el orgullo lo avisó a tiempo de que la explicación podía confundirse con un intento de regateo vulgar, de modo que tomó al niño en brazos y bajó el puente por la rampa de los inválidos mientras la gente postergada del barrio seguía asombrándose con el vuelo paranoico de las motos y los trajes de cuero de sus dueños, exponentes de una sociedad donde el bienestar galopaba por el campo de la ética como un jinete del Apocalipsis. Al llegar al pie de la autovía, Valentín Palacios volvió a recordar la esferidad perfecta del reloj familiar, la presencia ancestral del pueblo, difuminada en sombras que olían a romero y a tomillo, y la noche triste y mágica que bajó del autobús junto a su padre, perseguidor implacable de sueños y de triunfos. Evocó los sermones dominicales del cura, la ropa añeja de la bolsa de caridad y la visita triunfal del presidente a su barrio natal, y de nuevo padeció el calvario de los olvidados mientras el miedo mordía su piel como un parásito sin misericordia.
- Yo le dije que me alegraba, -susurró en el oído del niño- pero no creo que él me oyera.
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