
EL COFRE
A veces, el capitán John W. Hawker escribía versos de amor. Era su mayor secreto, por encima del lugar oculto de su tesoro y del origen aristocrático de su procedencia, que alguna vez voceó en las tabernas de los puertos tras agotar las reservas de ron de sus bodegas. Raramente los escribía, y siempre de madrugada, en el rincón más apartado de su camarote, con una pluma de ánsar, sobre papeles amarillentos y acartonados que canjeaba en los lugares de paso por sortijas robadas en alguno de sus saqueos. Le apasionaba tanto la composición de aquellos poemas que lloraba con facilidad al escribirlos y se embriagaba después para diluir en alcohol las máculas que la nostalgia dejaba en su paladar, en las paredes descascarilladas de su conciencia y en su universal prestigio de pirata indomable.
El capitán Hawker solía guardar sus escritos en un pequeño cofre de caoba, ribeteado en oro, con incrustaciones de plata y marfil; una obra de arte arrebatada a un capitán español al que dejó abandonado en una isla desierta a merced tan sólo de las inclemencias de su destino. Guardaba la llave auténtica en la contera de bronce de su pierna de palo y la falsa en una bolsita de cuero atada a su muñeca. Únicamente el loro Gordon conocía aquel secreto, y de noche vigilaba el cofre con un ojo y con el otro la pierna de su amo. A veces, Gordon, por su propio bien, le recriminaba con desprecio aquel sutil vestigio de aristócrata frustrado, que de saberse lo hubiera entregado a la burla y posiblemente al descrédito, y entonces el capitán John W. Hawker arrojaba la pluma contra la pared del camarote, profería maldiciones espantosas, agarraba a Gordon por el cuello y le recordaba a gritos los nombres de sus víctimas más famosas o las fechas de sus tropelías más memorables.
Una tarde de verano en que el ocaso se resistía a fundirse con el horizonte, El Bergante navegaba bajo pabellón español acechando a un galeón de la misma bandera que a mediodía divisó la tripulación con el catalejo. Cuando todo parecía tranquilo, una silenciosa canoa de indios campeches, tripulada por bucaneros sedientos de venganza, abordó el barco por la popa, aliada con la luz del ocaso, que la hizo invisible a los ojos del vigía de cubierta.
Cuando fueron a degollar al timonel, un jamaicano hercúleo con el rostro cacarañado, entendieron el error. Y el mundo se les vino encima al saber que el barco asaltado era El Bergante, al mando de John W. Hawker; pero el capitán estaba de buen humor aquel día, y también el loro Gordon, de modo que sólo mandó azotar al vigía y ordenó que le untaran las heridas con una mezcla de zumo de limón, sal y pimienta roja, como era la costumbre. Luego los intrusos trajeron bucán, comieron hasta hartarse, secaron dos barriles de vino y subieron a bordo a diez esclavas portuguesas que guardaban en su base, y que disfrutaban por turnos o alquilaban a los marineros a cambio de ron.
Durante la noche organizaron una fiesta satánica que escandalizó a los tiburones, y al amanecer El Bergante continuó la persecución del barco español, pero el capitán Hawker bajó a su camarote a encompadrarse con la soledad y entonces advirtió que el cofre no estaba. Lanzó al viento un grito diabólico que disipó de golpe la borrachera de sus hombres, destrozó una mesa a sablazos y puso rumbo a la isla de la Tortuga, con su único ojo fulgurando de odio y sus dientes de oro centelleando al sol. Sólo entonces intuyó el loro Gordon cuál era el verdadero valor de aquel cofre. “A la Tortuga” gritó en francés, “a la Tortuga, a toda vela”, temeroso de que esa vez lo desplumaran en serio, si por casualidad contradecía las órdenes de aquella especie de galerna enfurecida en que se había transformado el capitán John W. Hawker.
A mediodía localizaron la pequeña nave bucanera en una playa de arenas blancas y aguas transparentes, y su silueta oscura y alargada se perfiló en la redondez del catalejo como la mirada espantada de un cíclope. El capitán impidió un bombardeo masivo por miedo a dañar el pequeño cofre, y se acercó a la canoa en un bote, armado hasta los dientes, con veinte de sus hombres y un látigo de siete colas para hacer confesar a los supervivientes. Los bucaneros dormían la borrachera de la noche anterior, y las esclavas portuguesas, con las muñecas atadas, estaban tan destrozadas y tristes que ni siquiera cayeron en el asombro, de modo que el asalto se transformó en una simple matanza. Cinco fueron atrapados vivos, pero ninguno sabía nada del cofre.
Los hombres de Hawker se descoyuntaron los brazos azotándoles la espalda, pero sólo consiguieron súplicas y llantos. Entonces el capitán mandó enterrarlos hasta el cuello en la arena, para que la marea los ahogara lentamente. Entretanto les ofreció oro sin cuento, riquezas indescriptibles, mansiones descabelladas, ejércitos de esclavos y serrallos de mujeres a cambio de su pequeño cofre de madera, pero sólo acertaron a seguir gimiendo como niños acobardados. Por casualidad, el loro Gordon, que también prometía cosas desde el hombro del capitán John W. Hawker, pronunció en portugués la palabra libertad, y en ese momento una de las esclavas se acercó al pirata y le tendió el cofre. “Iban a quemarlo”, dijo en un portugués melancólico. El capitán tomó el cofre con delicadeza y se recreó en el color amarillento de sus pergaminos. Los acarició largo rato ante la mirada estupefacta de sus hombres, que imaginaban en aquellas hojas los planos secretos de tesoros innumerables, y luego subió al barco con las esclavas.
Durante días las cubrió de alhajas, las trató como a reinas y se enamoró de todas ellas. Y cuando una noche supo en su camarote que la esclava leyó los poemas y se enterneció con ellos, quiso desposarla de inmediato y puso rumbo a las islas del Caribe para buscar un sacerdote. Por el camino hablaron de estrellas, de poetas europeos, de parajes selváticos donde el silencio acunaba las palabras, de ocasos inconcebibles y de otras sensiblerías que avergonzaron al loro Gordon y lo hicieron huir espantado del camarote. Pero al divisar las primeras islas, la portuguesa tomó del brazo al capitán y lo obligó a reflexionar. “Prometiste la libertad” dijo, “recuérdalo”. Y entonces John W. Hawker las desembarcó a todas en Jamaica, les dio oro para comprar diez mansiones, diez calesas, diez maridos y diez barcos mercantes, y todas primavera las visitaba en Port Royal y recitaba en los oídos de su portuguesa favorita sus extraños y esporádicos versos de amor, bajo la expresión contrariada del loro Gordon, que lo advertía sobre los riesgos imprevisibles de compartir los secretos y le guardaba la espalda en aquella tierra tan plagada de enemigos como cualquier otra.
Me gustaría que le rovaras uno de esos versos de amor al capitán John W.Hawker,y lo publicaras,tienen que ser preciosos.O no entran en tu estilo,yo creo que si.
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