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jueves, 28 de mayo de 2009

La ínsula







Cuando John W. Hawker abordaba un barco, si era rico, donde primero buscaba era en el camarote del capitán, por si acaso el hombre escondía libros, estampas, pintu­ras, epistolarios de amor o cualquier otra droga que ayudara a matar la nostalgia producida por los atardeceres marinos. Era un vicio que arrastraba desde tiempos inmemoriales, y ya cuando servía en la Armada inglesa cambiaba libros por tabaco, e incluso por comida, algo que en algunos momentos lindaba con el suicidio y provocaba burlas en sus compañeros. La mayoría de los libros que leía, con la velocidad y el desatino de un cometa errante, le dejaban resaca en la memoria, y a veces, si las palabras se meraban con el ron, llegaban incluso a trastocar el orden, ya anárquico, de su realidad. También de su comportamiento.

Una tarde de agosto, El Bergante abordó un barco español. Naturalmente opuso resistencia, como era costumbre en aquellas tripulaciones que venían de Indias perseguidas por la sombra orgullosa de las conquistas. A punto estuvieron de hundir la nave, recién estrena­da por el capitán John W. Hawker, y le produjeron daños que tardaron semanas en curar. Pero al final, la suerte endiablada de John Hawker, o quizás y tan sólo el destino, inclinaron la batalla a favor del barco pirata. Y mientras los hombres de El Bergante lavaban a sus muertos con la sangre de los españoles cautivos, el capitán, como siempre, esculcó en el camarote del almirante enemigo por si guardaba antídotos contra la soledad. En el camastro del español, a quien mató de un sablazo en la garganta, halló un libro entreabierto que extrañamente aún no había leído. Estaba escrito en la lengua originaria de su dueño, que el capitán Hawker dominaba aceptablemente, a pesar de su dificul­tad. Se lo llevó al camarote y a punto estuvo, una vez más, de enloque­cer, a caballo entre la verdad y la mentira, sumido sin remedio en la duda. Al cabo del mes concluyó que todo lo leído en el libro era cierto, desde la primera palabra hasta la última, y casi estrangula al loro Gordon por cuestionar levemente aquella verdad rotunda.

Durante otro mes largo estudió enfebrecido cartas de navegación, astrolabios, compases magnéticos, ballestillas, cartas de vitela, diagra­mas solares y móviles y cualquier artefacto de medición o localización que encontraba en los baúles polvorientos de su cabina. También analizó al detalle las pesadillas que lo asaltaban de madrugada y las páginas sin obelar de su memoria, buscando con insistencia una ínsula llamada Barataria, gobernada por un hombre orondo y simple que poseía el secreto de la cordura.

- Imposible verla ahora -dijo al cabo-, pero existe.

Durante meses la buscó en los rincones más ocultos de todos los mares conocidos. Preguntó en las tabernas de los puertos hasta hacerse mirar como a un loco. Interrogó a los vagabundos que dormían en los muelles, a las barbacaneras que mecían la añoranza de los soldados en sus senos prostituidos, a los sangrientos bucaneros que abastecían de carne a los buques mercantes, a los corsarios de los reinos más podero­sos, a los esclavos africanos que abarrotaban las bodegas de los barcos negreros y a todo ser viviente que hallaba respirando en los mares o en la tierra, pero nadie supo decirle al capitán John W. Hawker dónde se ubicaba aquella ínsula llamada Barataria, ni quién la gobernaba ni a qué reino pertenecía. Sólo algunos pudieron darle pistas falsas, atemoriza­dos por su sable o engolosinados por su oro. Otros la habían oído mencionar y la confundieron de corazón con el delta de algún río o con un simple peñasco tan perdido en los mares como la cordura del capi­tán. Y un desertor español llegó a confesarle en Port Royal que todo era simplemente una bonita mentira contada por un inventor de historias, un hombre manco tan embustero como genial que también fue marinero, pero John W. Hawker armó la pistola y le descerrajó un tiro en el corazón justo antes de permitirle destruir con falacias el envoltorio de su sueño.

Fiel a su costumbre no cayó en el desánimo ni desechó ninguna pista. Recorrió los mares de todos los continentes mirando por el catalejo con su único ojo y sobando hasta el empacho las pínulas de un cuadrante doble que compró en Jamaica por el precio de un buque. Exploró personalmente islas de caníbales, costas plagadas de islotes donde tan sólo la soledad administraba un imperio de tortugas y mos­quitos. Cayó en trampas tendidas por los propios sujetos que lo orienta­ron en la búsqueda. Hundió en el camino cuatro barcos ingleses, uno español y otro holandés. Pasó a cuchillo a las tripulaciones de dos barcos negreros, asaltó un puerto desprotegido y redujo a cenizas un fortín francés que se alzaba orgulloso en una isla a la que fue enviado por alguien con la ilusión de verlo morir. Abortó con éxito dos motines de una tripulación hastiada ya de perseguir un sueño. Exploró palmo a palmo cualquier trozo de tierra que pudiera ser, siquiera por asomo, el que él buscaba, y todos los abandonó luego con una lágrima de resignación.

En la descabellada búsqueda de la ínsula de Barataria, el capitán John W. Hawker encontró por casualidad fortunas incalculables, tesoros escondidos en lugares perdidos y náufragos abandonados en islotes desiertos. Pero también halló el sabor de la decepción, un sabor rancio que lo angustiaba por las noches, cuando leía a la luz de una palmatoria las páginas de aquel libro que nunca debió robar. Y mucho tiempo después, cuando ya el nombre de Barataria resonaba en su memoria como los nombres inventados de las mujeres que nunca amó, El Bergante abordó a un buque mercante desviado de las escoltas que navegaba rumbo a España. Entre los prisioneros, por casualidad, encontró a un hombre corriente, callado y simple como un amanecer, apático, o quizás tan sólo melancólico, un hombre que coincidía cabal­mente con la descripción que daba el libro del gobernador de Barataria. Un hombre tan común que poseía el secreto de la cordura. El capitán John W. Hawker se acercó a él. Su única pierna le temblaba de emo­ción.

- ¿Conoces, por casualidad, la ínsula de Barataria? -le preguntó.

El hombre, humilde como el nacimiento y como la muerte, levantó la cabeza sin temor.

- Llevo cien años buscándola -respondió.


Y durante días enteros permanecieron encerrados en un camaro­te, bebiendo vino sin medida y desentrañando las simplicidades del mundo. Degustaron los mejores manjares, las mejores palabras, los mejores brandis. Se contaron historias de amores imposibles y cuentos de locos y acabaron despidiéndose con la promesa de verse algún día en la ínsula de Barataria. Al menos eso decía una canción que el propio capitán John W. Hawker oyó años después en una taberna de Saint-Malo, mientras el ron corría por las mesas y unos bucaneros que nunca leyeron libros se mataban a navajazos por el plano de un tesoro.

lunes, 27 de abril de 2009


CALAMANDA


Aquel 5 de febrero, festividad de santa Calamanda, El Bergante se hallaba anclado en Port Royal. Enero no era un mes propicio para navegar a la aventura y los marineros mataban la nostalgia en las tabernas bebiendo hasta reventar, entonando canciones marineras que los acordeones mecían en la memoria y fornicando sin parar con barraganas a las que pagaban fortunas por oír una promesa de amor eterno. Sin embargo, febrero era un mes para el acecho. Los barcos españoles empezaban a reunirse en La Habana para emprender juntos el retorno a la patria y muy pronto llegaría la hora de cazar a los rezagados.

Al amanecer del día 5, John W. Hawker dio la orden de zarpar hacia el peligroso canal de las Bahamas, de improviso, sin misericordia alguna por los cuerpos de sus hombres reventados de la noche anterior. A muchos tuvieron que embarcarlos dormidos, empapados en orines y tristezas, y arrojarlos a la bodega junto a los fardos de café y tabaco con la esperanza de que despertaran a mediodía. John Hawker había tenido la noche anterior un sueño premonitorio, un sueño percochado de sudor y venganza, de colores y espejos, de sangre y arrepentimientos, que no supo recomponer al abrir los ojos. Tenía prisa por conocerlo al completo.

Antes de mediodía, cuando algunos aún se debatían en la bodega entre la vida y la muerte, el vigía avistó una vela y el capitán Hawker supo que su premonitorio sueño, difuso todavía en las tinieblas de su consciencia, estaba a punto de perfilarse en el mar. Y antes incluso de avistarlo por el catalejo su corazón empezó a desbocarse acelerado, receloso, violento. Más que una mentira parecía un espectro del pasado y más que una casualidad un regalo del Diablo por algún favor merecido. Era el HMS Victory. Ochenta cañones y setecientos hombres, uno de los emblemas de la Armada inglesa, al mando sin duda del capitán Benjamin Bartholomew Powel, el hombre que lo gobernaba con puño de hierro, aquél que muchos años antes quemó los versos de amor de un teniente de navío llamado John W. Hawker sólo por el placer de burlarse de los débiles.

¡Bendita la hora! –gritó- Cuando abordemos a ese barco, caballeros, no quiero prisioneros.

John Hawker se acercó al navío inglés por el lado de babor. Conocedor de la operatividad demoledora de su artillería, se mantuvo a la distancia necesaria para no ser alcanzado. En cambio ordenó colocar calzos en las cureñas de sus cañones, sacrificando la potencia en beneficio del alcance. Las balas de El Bergante llegarían una tras otra a la cubierta del Victory sin que éste, rabioso y dolorido como un jabalí hostigado por una jauría de perros, pudiera hacer otra cosa que disparar con frenesí sobre el barco pirata sin llegar a alcanzarlo, a pesar de las persistentes maniobras de aproximación.

Los proyectiles de El Bergante, calentados en hornillos hasta estar al rojo vivo, caían sin compasión sobre la cubierta, el velamen y la arboladura del Victory, desatando un infierno de fuego y desolación cuyo desenlace fatal sólo era cuestión de tiempo. Desde el castillo de popa, el capitán Benjamin Bartholomew Powel distinguió el rostro de perro herido de John Hawker y lamentó amargamente el día lejano en que quemó los poemas de amor de aquel teniente de navío en la cubierta de su poderoso barco, ahora ardiendo sin remisión alguna como un pergamino gigantesco lleno de versos y de vidas.

Pero era un dolor superable, nada comparado a la lacerante herida producida por la certidumbre de saber que su única hija, por triste coincidencia, por designio del destino o por capricho del Diablo, viajaba en aquel momento a bordo del HMS Victory. Y cuando el fuego se extendió y reventaron los cañones en los pañoles y sus hombres se arrojaron al mar y vio avanzar a toda vela a El Bergante en busca de un abordaje fatal, su mano asió indefectiblemente la pistola y se disparó en la sien. Justo cuando su dedo apretaba el gatillo pensó en su hija, en el error fatal de no haberla matado. Iba a entregarla con vida en manos de aquel hombre enloquecido por la venganza y él ya estaba muerto.

Y así fue. En medio de las llamas y de un humo espeso y fatal, John W. Hawker se abrió paso a sablazos hasta el camarote de Benjamin Bartholomew Powel. En la puerta, un teniente de navío le hizo frente con un sable, insensato y feroz, y era tan parecido a él cuando servía en el Victory que John Hawker tuvo la impresión de disparar contra un espejo en el momento de matarlo. Al descerrajar la puerta halló en el camarote a una joven de inconcebible belleza con el pelo más rubio, largo y brillante que había visto jamás. Sólo tuvo que mirarla a los ojos para saber que era la única hija de Bartholomew Powel. Junto a ella un hombre con el rostro tan sereno y despejado y la mirada tan inteligente y limpia que Hawker lo pensó dos veces antes de apretar el gatillo.

-¿Quién sois vos? –le preguntó apuntándole al rostro.

El hombre, sin bajar la mirada, le respondió impasible.

-William Hogarth, pintor.

-En mi vida he matado a un artista –contestó John Hawker bajando el arma-, sería como matar a Dios.

Y al salir del camarote sintió ciertamente la desazón de haber matado a Dios al escuchar los lacerantes gritos de la joven junto al cadáver del teniente de navío que guardaba la puerta.

Ni siquiera a bordo de El Bergante pudo desprenderse John Hawker de la atrapante angustia. Alojó a la joven y al pintor en su propio camarote. La cubrió de regalos y de palabras de consuelo, de esperanzas imaginarias, de promesas inconcebibles. Durante dos días le contó a media voz las historias marineras que había oído en los puertos de medio mundo, le recitó libros enteros de poemas y le tocó el acordeón hasta caer rendido de cansancio. Hasta el loro Gordon le recitó en latín los versos de Catulo. Pero la tristeza no desaparecía de su rostro. John Hawker sabía que sin quererlo había quemado los poemas de amor de aquella joven como muchos años antes había hecho Bartholomew Powel con los suyos.

-¿Cómo te llamas, muchacha? –le preguntó un día en el tono en que se preguntan las cosas a los niños indefensos.

-Calamanda –respondió ella asustada.

-Bien, Calamanda –dijo John Hawker satisfecho de haberla oído hablar por primera vez-, tu amigo el pintor William Hogarth va a pintarnos a los dos en este camarote. No quiero olvidarme de tu rostro ni de mis errores cuando te desembarque en Jamaica.

William Hogarth decoró a su gusto el camarote de popa de El Bergante, donde John W. Hawker a veces escribía versos de amor. Disfrutó al hacerlo. El capitán abrió los baúles donde guardaba el fruto de sus saqueos y los puso a su disposición. Las más ricas telas del mundo, los mejores muebles, la ingente cantidad de libros, los incontables objetos de oro, plata y marfil… Todo lo distribuyó Hogarth magistralmente. Luego puso frente a ellos un espejo repujado en plata y los pintó de forma que ambos se vieran reflejados en él. Calamanda sentada en una otomana de piel y John Hawker, de pie junto a ella, apoyado en la muleta, con el loro Gordon en su hombro izquierdo.

Cuando William Hogarth terminó la obra se la mostró orgulloso a John Hawker. Todo distribuido tal como el pintor lo había visto: las telas, los objetos, los muebles, los libros, el espejo… Y al mirar el espejo Hawker sintió un sobresalto. Calamanda se veía reflejada en la superficie pero él no. Alarmado, inquirió a Hogarth. El pintor, con la sorpresa y el pavor perfilados en el rostro, sólo pudo decirle la verdad: “Os juro por lo más sagrado, señor, que yo os he pintado en ese espejo”.

John W. Hawker estaba seguro de que así había sido.

miércoles, 15 de abril de 2009



LA BOTELLA


La tripulación de El Bergante solía lavarse más bien poco, pero cuando lo hacía, armaba una vela en uno de los costados del barco a fin de protegerse de los tiburones. En el agua rebalsada se zambullían los hombres el tiempo justo para matar el olor y ahogar a los piojos, que eran tan numerosos como las ratas, aunque más soportables que el escorbuto.

La costumbre de improvisar en el mar una gran bañera con velas de cáñamo la impuso por la fuerza el capitán John W. Hawker, quien la había adquirido en la Armada británica, donde sirvió lo justo para odiar a la Corona y conjurarse contra el mundo. Sus hombres ya no podían esgrimir a los tiburones como defensa contra el aseo, de modo que una vez al mes, si hacía buen tiempo, se zambullían en medio de impronunciables blasfemias que el loro Gordon anotaba apresuradamente en su memoria de pajarraco desvergonzado.

Un día, mientras un grupo de artilleros se despiojaba en el agua, alguien encontró una botella dentro de la vela. Llegó flotando por el mar y entró a través de un agujero que había escapado a las agujas, al rempujo y a los ojos de los parcheadores. Dentro llevaba un pergamino enrollado. Se la llevaron al capitán Hawker, quien la descorchó de un sablazo en el gollete, como si estuviera degollando a un corsario. Sacó el pergamino, lo estudió, miró el horizonte, olió el aroma del mar y su único ojo centelleó como un astro en la madrugada.

- ¡A barlovento! -gritó-, ¡Una vez más seremos ricos!

Durante días enteros navegaron de bolina, con ocho cuartas respecto al viento, buscando una isla de caníbales perdida en las aguas del trópico. Alguien la dibujó en el pergamino pero había olvidado ponerle el nombre. El capitán John W. Hawker creyó reconocerla, pues la había visto algunas veces en sus sueños premonitorios, redondeada, mordida en las aristas por las olas, como una galleta marinera por los ratones. En el centro, justo en medio de siete cerros idénticos, aparecía pintarrajeado un cofre. Era fácil suponer, según la costumbre de todos los piratas de aquellos mares, que dentro había un tesoro. En latín y con letras torcidas, una leyenda: “Urna del infortunio, pórtico de las desdichas, estrella de los perdidos, hacienda de los dementes”. Nada más. Suficiente para que la tripulación soñara con riquezas incontables y entonara canciones marineras mientras el viento hería las velas tan magníficamente que hasta el más pesimista auguraba un viaje breve. Sobre cubierta, apoyado en la muleta, el capitán John W. Hawker oía las notas del acordeón, bebía cerveza en una jarra de cuero con el borde de oro y miraba el horizonte, reservado, con un destello enigmático en la pupila de su único ojo. Al amanecer del séptimo día el capitán Hawker se asomó a estribor, tomó el catalejo y escrutó el infinito.

- Ahí está, caballeros -dijo con el orgullo incrustado en las palabras-, cuando lleguen a la orilla no pierdan el tiempo en lloriqueos ni en letanías.

Durante el viaje, John W. Hawker lo había previsto: los indígenas de la isla, nada más desembarcar los hombres de los primeros botes, pensaron que los piratas de El Bergante venían a comérselos y al momento presentaron una feroz batalla. Gritaron como endemoniados, arrojaron lanzas y venablos y conjuraron a sus dioses en una jerga diabólica que erizaba la piel de los marineros y remolinaba las plumas del loro Gordon en contracciones terroríficas.

Los hombres de Hawker dejaron tres muertos en la playa, regresaron a los botes con los heridos y al momento sonaron los estampidos de los cañones, que llenaron la orilla de hoyos y sembraron la arena de cadáveres. Después, el capitán John W. Hawker, de pie en la primera falúa, ordenó un desembarco en regla. Los mosquetones barrieron el bosque cercano mientras los hombres de El Bergante, con puñales en los colmillos y sables en la mano, cortaban a tajadas a los caníbales en retirada. El cuerpo a cuerpo era la especialidad del capitán John W. Hawker, quien desechaba la artillería incluso con los barcos españoles, cuyas tripulaciones, temibles en los abordajes, eran rehuidas por los piratas más aguerridos. Pero el miedo a ser comidos infundió valor a los caníbales, y tan pronto se retiraban como volvían al ataque, amparados en el follaje, con los rostros pintados con ceniza y sangre. Los venablos y las lanzas hostigaron a la columna durante dos leguas, hasta el mismo centro de los siete cerros. Desde el barco, los cañones barrían la playa impidiendo que los indígenas se adueñaran de los botes.

Justo donde el cofre aparecía dibujado en el pergamino, los cien hombres de Hawker hicieron un círculo de fuego y llenaron la selva de balas y gritos. En el centro, John W. Hawker, con una pala y una sola mano, desenterró el cofre personalmente. Lo pusieron en unas parihuelas y regresaron a la orilla, en una retirada sangrienta que costó veinte muertos y treinta y dos heridos más y que hizo reflexionar al loro Gordon sobre la obstinación de los caníbales.

- Piensa el ladrón que todos son de su condición-, sentenció en un español tembloroso que nadie comprendió.

Ya de regreso al barco, oyendo los lamentos de los heridos y el batir de las olas, el capitán Hawker volvió el rostro y pensó que nadie, salvo el mismo Diablo, pudo enterrar un cofre en semejante isla. Los caníbales seguían en la orilla, gritando y gesticulando, y se afanaban en hacer llegar a la orilla un puñado de canoas.

- Atentos, caballeros -dijo el capitán John W. Hawker-, ahora son ellos los que quieren comernos a nosotros.

Y con el sable en la mano ordenó al barco otra andanada de cañonazos que persistió hasta que El Bergante estuvo en alta mar. Eso fue todo. Luego, al caer la tarde, el capitán reunió a los hombres en cubierta, descerrajó el cofre de un tiro y lo abrió. En su interior no había nada, tan sólo un libro escrito en latín clásico, en un estilo un tanto ciceroniano, que John W. Hawker tardó una semana en traducir, interrumpido constantemente por las demandas de sus hombres, quienes querían volver a la isla y hundirla en el mar.

Cuando hubo terminado de traducirlo, el capitán salió del camarote envejecido y grave como una sentencia. Puso el libro sobre cubierta y contó que allí, extrañamente, por alguna razón diabólica, estaban escritos al detalle los destinos de cada hombre del barco, con nombres y apellidos (algunos los desconocían), fechas y lugares concretos de cada suceso. Junto a él puso una traducción en inglés, muy simple.

- Por si alguno de ustedes quiere volverse loco -dijo.

Y eso sucedió. La mayoría de los hombres rehusaron leer los textos, y quienes lo hicieron acabaron enloqueciendo o arrojándose al mar. John W. Hawker guardó el original latino en el mismo cofre donde guardaba sus poemas de amor, por si algún día tenía la suerte de ver escrito allí su destino. De momento, no estaba.

lunes, 6 de abril de 2009


EL DIABLO

A veces, durante alguna de sus borracheras epopé­yicas, el capitán John W. Hawker juraba haber hablado con el Diablo e incluso haber brindado con él. Al calor de la hoguera, en alguna de las islas donde fondeaba, cuando se rendía ante los apremios de la nostalgia, levantaba una jarra de peltre llena de cerveza hasta el borde y brindaba por la muerte, por los ojos saltones de todos los ahorcados del mundo y por las cámaras recalentadas del infierno. Sus hombres se acercaban entonces a la hoguera, rehuyendo las sombras indefi­nidas de la playa, y se cobijaban mutuamente, acuclillados, con las miradas espantadas y el terror bailando en sus pupi­las, porque sabían que el capitán John W. Hawker iba a contar­les de nuevo el día que conoció al Diablo y brindó con él por el amor y el viento.

Fue al principio de su carrera, cuando el capitán comandaba un balandro de quince cañones arrebatado a piratas bahameños. El barco había fondeado en el río del Viejo Calabar, en la Costa Guineana, un lugar de escaso calado que impedía el acerca­miento de los buques de guerra y permitía un calafateo tranquilo, sin visitas inopinadas ni ataques sorpre­sivos. Tras una semana arrancando del casco algas y moluscos, el balandro del capitán Hawker se hizo a la mar, pero el infortunio quiso que a las pocas horas fuera detectado por dos buques de guerra de la Armada inglesa.

El capitán Hawker estuvo a punto de regresar, pero su incalificable locura lo hizo enarbolar el pabellón pirata y lanzarse contra los ingleses en un ataque suicida. El enemigo, que navegaba con las velas desplegadas, no daba crédito a sus ojos: un simple balandro de piratas se lanzaba al ataque contra dos buques de ochenta cañones y quinientos hombres cada uno. Los trescientos compañeros del capitán John W. Hawker, enfervori­zados por el ron y el ansia de botín, se aprestaron para la batalla.

El barco, recién calafateado, había ganado en velocidad y el timonel giraba buscando el lado de babor del primer buque, en una maniobra calculada para anular al segundo, que quedaría tras el lado de estri­bor. Los compañeros del capitán, apostados en la arbola­dura, apuntaban sus mosquetones hacia el timonel mientras el balandro se acercaba lentamente al barco enemigo. Los cañones de treinta y dos libras asomaban sus bocas oscuras por los portones aguardando la proximidad del barco pirata, que parecía venir derecho al abordaje. En cubierta, el capitán John W. Hawker, con el sable corto en la mano y el loro Gordon en su hombro izquierdo, calibraba los pensamientos del enemigo para abrir fuego un segundo antes que él. Había cargado los cañones con balas rojas, por ver si prendía el casco contra­rio, y justo antes de ordenar la primera andana­da, sus compa­ñeros lograron derribar a fusilazos al timonel y al comandante del buque enemigo, que ni siquiera estaba a cubierto.

Los cañones ingleses, armados con balas encadena­das, destro­zaron la arbo­ladura del balandro, pero para enton­ces el abordaje era inmi­nente. Desde el alcázar, los ingleses dispararon sacos y granadas de metra­lla, pero los hombres del capitán Hawker, con la ira perfilada en sus colmi­llos, treparon al empalletado y ocuparon la cubierta enemiga. La suerte estaba echada en el primer buque de la Armada inglesa. El segundo se aproximaba ahora buscando también el abordaje. Los ingleses se defendieron bien, pero los bisoños infantes de marina poco pudieron hacer ante los sables y las pistolas de aquellos piratas curtidos en los mares de medio mundo. En los pañoles inferiores se multi­plica­ron los lamentos. Los mari­neros mutilados o heridos por astillas se arrastraban por las esca­las buscando el socorro de cubierta, pero los hombres del capitán Hawker los degollaban y se abrían paso hacia el fondo del buque, sembrando las cubiertas de sangre y muerte. Los sables cortos, ideados para luchar en la angostura de los pañoles, hacían tajadas al contra­rio, forzaban puertas y teñían de rojo las paredes.

De pronto reventó un cañón de veinticuatro libras en el lado de babor. El buque zozobró y una vía de agua empezó a entrar por el costado. El capitán Hawker, sobre una falúa de cubierta, ordenó el abor­daje del segundo barco. En la popa, apoyado en uno de los faroles, contrastando con el ocaso, John Hawker pudo ver el rostro del comandante enemigo. Sus ojos centellea­ban como candilejas ardiendo, y en la casaca azul, abotonada al cuello, resaltaban las medallas y los entorcha­dos dorados. El capitán pirata sintió un escalofrío verte­bral, un barrunto satánico que se transformó en horror al verlo sonreír bajo su bicornio de comandante con la indife­rencia de un loco. “El Diablo”, pensó, y se lanzó al abordaje con su pierna de palo.

La batalla en el segundo buque fue aún más san­grienta que la primera. Presa del terror, muchos infantes y marineros se arrojaron al agua mientras la cubierta se alfom­bra­ba de cadáveres y el comandante del barco seguía sonriendo, apoyado en el farol. El olor a sangre y a pólvora se confundía con el de la brea y el salitre provocando vómitos; en el primer buque se sucedían las explosiones y el balandro del capitán John W. Hawker se hundía ya sin remedio. Los piratas, enfurecidos, transformados en máquinas de matar, arrojaban a los marineros por la borda, ejecutaban a los oficiales y sembraban el terror en cubierta y en los pañoles inferiores. El loro Gordon, en el hombro de John W. Hawker, dio la voz de alarma. “Se ha ido” dijo, “se ha ido”.

Efectivamente, el oficial ya no estaba en popa. El pirata Hawker, atenazado por el miedo, con su única pierna temblando de horror, se abrió paso a sablazos buscando la cámara del comandan­te por si se hubiera refugiado en ella. En el corredor mató a un soldado de un pistoletazo, degolló a otro con un cuchillo y reventó al tercero con su mosquete disfra­zado de muleta. Al abrir la puerta volvió a padecer en los huesos el frío compacto de la muerte y vio al coman­dante sentado frente a una mesa de madera, con la misma sonrisa, los mismos ojos encen­didos, dos copas vacías y una botella de ron.

El camarote, forrado de libros, adorna­do con recuerdos de los cinco continen­tes, lujosa­mente alfombrado, parecía el reducto de un noble. Tras las vidrieras de popa, el viejo balandro se hundía sin misericordia en las aguas. Bebieron lentamente. El capitán John W. Hawker enmudeció y el comandante del barco sacó del cajón una pequeña edición en latín de los versos de Catulo. Leyó: “Los juramentos de amor son el aliento húmedo de los vientos” dijo, y luego levantó su copa para brindar. Hawker bebió de nuevo, pero al dejar la copa sobre la mesa el hombre ya no estaba. “Era el Diablo” graznó en español el loro Gordon, “el Diablo”. Y al capitán John Hawker, curtido en la vida y en la muerte, en el amor y el desamor, en la lealtad y la traición, se le erizó la piel de pavor justo cuando sus hombres izaban en el trinquete el pabellón pirata.

Ése fue su barco desde aquel día, lo llamó El Bergante, y en el palo de mesana colgó una bandera negra donde apare­cía un pirata cojo brindando con el Diablo. El capitán aseguraba con frecuencia, al calor de la hoguera, que el coman­dante de aquel barco, el Diablo, era idéntico a él en su juven­tud, antes de perder el ojo y la pierna, y que todos los libros de su camarote los había leído muchos años antes de aquel encuen­tro, y entonces los hombres tiritaban, de miedo o de frío, al amparo de la lumbre, cuando el capitán John W. Hawker contaba aquello, borracho de ron irlandés, en la arena de cualquier playa tan perdida como su conciencia.

miércoles, 25 de marzo de 2009



EL LOCO


John W. Hawker gozaba de una merecida fama de dilapidador de fortunas. Hubiera sido uno de los hombres más ricos del mundo, pues ni la muerte, ni la ruina ni la prisión parecían sentirse atraídas por la estela taciturna de su presencia. Su tripulación lo sabía y él también. Por eso derrochaba los tesoros de sus saqueos, la abundancia desmesurada de sus conquistas, en los caprichos más insustanciales de la vida y en los antojos más baladíes.

En los juegos de azar, la victoria o la derrota eran para él concepciones secundarias. Lo mismo perdía un imperio en una noche que ganaba otro a la mañana siguiente y volvía a perderlo al atardecer, y siempre, detrás de cada lance, bebía una jarra de cerveza con los ojos cerrados. Disfrutaba viendo al prójimo hundido en la desazón de la derrota o sacudido por las emociones de la victoria, y en la mesa de juego sólo exigía un requisito: dignidad.

Más de un hombre murió en sus manos por violentarse ante el fracaso, y alguno hubo también que recuperó lo perdido sólo por sonreír ante la calamidad. Así era John W. Hawker. Ningún infortunio podía degradar su entereza ante las imprevisiones del azar. Por eso era el pirata mejor acogido en las tabernas costeras, en los puertos promotores de corsarios y en todas las islas y bahías donde la lujuria y el desenfreno abanderaban la vida de los marineros.

Cuando el Bergante atracaba en un puerto, había hombres que escapaban despavoridos, huyendo de una muerte segura, y hombres que engalanaban sus casas para dar cobijo a la tripulación del pendenciero más rico y generoso de todos los mares. Eso fue lo que sucedió una tarde de agosto en la próspera ciudad de Saint-Malo, donde el capitán John W. Hawker tenía una cita con el corsario Duguay-Trouin, el único del mundo al que no odiaba.

Saint-Malo, defendida por murallas poderosas y por un castillo con cuatro torreones, le pareció aquel día una ciudad coqueta, escapada furtivamente de los renglones de alguno de sus libros. El viento marino, acunado en la bocana del puerto como en los brazos de una madre, desprendía un olor a salitre que purificó el pensamiento de John W. Hawker. No paladeó la felicidad aquella tarde, porque ese sabor lo tenía reservado el destino para contados momentos de su vida, pero sí intuyó, en las callejuelas de Saint-Malo, La Cité Corsaire, El Nido de las Avispas como le llamaban los ingleses, la fragancia etérea e inconfundible de los hechos insólitos.

No tardó en averiguarlo, durante una francachela infernal con Duguay-Trouin, donde el capitán Hawker gastó el equivalente a tres buques de guerra y el corsario derrochó el importe aproximado de cuatro palacios, conoció por casualidad a Jean Baptiste Desollet, el Loco, inclinado en una mesa mugrienta, frente a un vaso de ron, solitario, perdido otra vez en el laberinto enojoso de sus pensamientos.

Al verlo, John W. Hawker sufrió un escalofrío vertebral, una especie de sacudida interna que le hizo escupir la borrachera en el patio trasero de la taberna. Preguntó por aquel hombre enflaquecido y Duguay-Trouin le contó su historia empezando por los días de la infancia, terminando por su destino de loco solitario en Saint-Malo y pasando por sus días de cautiverio con los bucaneros de la tortuga y por su conocida afición al juego, del que todos los truhanes del puerto lo habían marginado desde el día que perdió la razón y decidió apostar tan sólo al juego de las preguntas. Y Duguay-Trouin había oído tantos detalles de aquella vida maltratada y estrambótica, que al contarla por primera vez su cuento resultó absolutamente verosímil.

Ciertamente Jean Baptiste Desollet sólo apostaba ya a su inconcebible juego de las preguntas: se colocaba dinero sobre una mesa y Desollet hacía tres preguntas; si el jugador las acertaba ganaba la apuesta, si no, la perdía. Pero cada una de las preguntas de aquel viejo escuálido podía tener innumerables respuestas, y sólo él podía decir si eran correctas o no. Un juego aparentemente ideado para ganar siempre. Desde entonces le pusieron El Loco y todo el mundo se negó a beber con él. John W. Hawker soltó una carcajada brutal al escuchar las reglas de aquel juego, pero sólo rió en apariencia, para que Duguay-Trouin no lo tomara por loco a él también cuando fuera a sentarse cara a cara con el viejo: cuatro jarras de vino antes, había decidido apostar sin condiciones. Se acercó a él bromeando, apoyado en la muleta, con el loro Gordon en su hombro izquierdo.

- Quiero jugar al juego de las preguntas -dijo.

El silencio se hizo en la taberna y Jean Baptiste Desollet, el Loco, levantó la cabeza con orgullo. Su mirada era roja, su rostro estaba deformado por las arrugas y esbozaba una sonrisa de águila en la comisura de los labios.

- Yo sólo juego con caballeros -contestó-, tú puedes hacerlo.

Pidieron vino y se sentaron frente a frente. John W. Hawker puso en la mesa una bolsa de doblones de oro, abierta. Desollet puso otra que sonó a chatarra, cerrada. La taberna entera rompió a reír y el loro Gordon susurró palabras de prudencia en el oído del capitán John W. Hawker.

- Los loros no juegan -dijo Desollet-, pero ese puede intentarlo.

Los marineros y las prostitutas volvieron a reír, y entonces Jean Baptiste Desollet hizo la primera pregunta.

- Dime algo más difícil que decir siempre la verdad -interrogó con las cejas arqueadas.
John Hawker reflexionó un momento. Bebió de un trago una jarra de vino y luego respondió:

- Escribir un verso en la orilla del viento.

Desollet pareció dudar un instante, balanceó la cabeza y luego asintió.

- Me viene justo -dijo-, muy justo, pero lo acepto.

Un rumor de incredulidad sacudió la taberna. Era la primera vez que Jean Baptiste Desollet daba por válida una respuesta.

- A ver -dijo después-, algo más fácil y seguro que morir.

Ahora, John W. Hawker ni siquiera lo pensó:

- Odiar -dijo.

Desollet también la admitió, a pesar de que todos los presentes creían tener otras respuestas tan seguras y válidas como aquella. Después, el Loco acercó tanto su rostro a John W. Hawker que su aliento de hielo quedó grabado para siempre en la memoria del capitán.

- Recuerda que eres un caballero -le dijo antes de formular su última pregunta-, dime algo más doloroso para un hombre que oír la verdad.

John W. Hawker palideció de repente. Volvió a beber vino, se quitó el bicornio de paño y pronto el pañuelo de lunares que cubría su cabeza se percochó de un sudor pegajoso. No se mostró alterado, simplemente agachó la cabeza, pero ya el loro Gordon sabía que estaba vencido.

- La mentira -dijo Gordon con un graznido de cuervo nervioso que volvió a levantar carcajadas-, la tortura, la cárcel, el hambre, las jaulas, la soledad...

Pero John W. Hawker lo hizo callar de un manotazo. Se levantó de la silla y dejó caer en la mesa otra bolsa de oro. Luego siguió bebiendo con su amigo el corsario Duguay-Trouin. Se contaron historias de batallas, hazañas que hicieron temblar a los taberneros y a los corsarios más crueles, cuentos y leyendas de hombres despiadados que parecían haberse educado en el infierno, pero ninguno de los dos quiso recordar el juego de las preguntas. Sólo al amanecer, en su habitación del palacio de René Duguay-Trouin, John W. Hawker rompió a llorar en silencio, mientras Gordon le recriminaba sin piedad el vicio estúpido de tirar el dinero y Jean Baptiste Desollet, el Loco, arrojaba una bolsa de oro al mar, en presencia de unos marineros que quisieron coserlo a puñaladas por cometer semejante crueldad.

lunes, 16 de marzo de 2009


PIERRE DEULLIN, EL CORSARIO




Pierre Deullin era un corsario sin patria y sin historia a quien el rey de Francia pagaba en oro por saquear galeones españoles y por dejarse perder al ajedrez. También le ofreció la mitad de su corona si era capaz de traerle la cabeza de John W. Hawker clavada en una pica. Pierre Deullin, quien nunca conoció personalmente al Diablo, era un niño loco esclavizado por la ambición; semejante propuesta del rey, aunque imposible, fue para él un reto. “Vaya su Majestad enfriando una botella de vino y puliendo una bandeja de plata” dijo, “pronto brindaremos frente a su cabeza “.


Deullin era manco de la mano izquierda, donde llevaba un garfio de oro que le servía para sujetar la carne, desgarrar los vestidos de las mujeres y ensartar a sus enemigos por la nuca justo antes de atravesarlos con el sable. Jamás escribió un poema de amor, prefería las cartas a los libros y odiaba a los loros tanto o más que a los españoles. Estaba tan obsesionado con el tiempo que coleccionaba relojes de todas clases: relojes de ampolleta, relojes de repetición, relojes sin agujas, relojes de sortija, relojes de globo. Y cuando navegaba, si estaba sereno, cosa rara, mataba el tiempo alterándoles la hora para confundir a la muerte, a quien se había propuesto burlar contra viento y marea, a pesar de perseguirla como al oro por todos los mares del mundo.


Conocía de sobra al capitán John W. Hawker. Habían compartido una novia en la isla de Ocracoke, una barragana de piratas con los ojos de cristal, antes de que uno fuera corsario y de que el otro enloqueciera de odio al saber que Deullin la había ensartado con el garfio de oro durante una borrachera. John W. Hawker juró en medio de una tempestad que algún día lo colgaría por la garganta de su propia herramienta. Algunos de sus hombres llegaron a dudarlo; tal era el respeto que Pierre Deullin imponía al resto de los mortales. El corsario lo sabía.


Durante meses, Deullin recorrió las tabernas de Port Royal jurando a carcajadas que obligaría a John Hawker a comerse al loro con huevos escalfados, o al natural, según su gusto. Donde quiera que repetía aquello temblaban las paredes, los taberneros se escondían tras el mostrador y hasta los más toscos filibusteros se orinaban encima, bañados en sudor y sacudidos por temblores. Lo mismo que le ocurrió al loro Gordon cuando un cocinero inglés le contó aquello al mismísimo capitán John W. Hawker.


- Dile que pedirá perdón de rodillas -contestó el pirata.


Y de inmediato El Bergante puso rumbo a Port Royal, donde Pierre Deullin mataba las horas ganando a los dados y fornicando gratis con las prostitutas de las tabernas. Caía la tarde cuando el buque atracó en el puerto, con la bandera ondeando en el mástil y una estela de nostalgia pegada a popa. John W. Hawker lavó con bicarbonato sus colmillos de oro para que todo el mundo viera brillar bien su sonrisa. Se colocó un bicornio de paño donde una mujer le había bordado el rostro de la muerte, un zapato de cuero con la hebilla de plata y un fajín rojo como la sangre. Luego afiló el sable durante una hora, armó dos pistolas y buscó por todo el barco al loro Gordon, pero ni él ni sus hombres pudieron hallarlo; parecía que la tierra o el cielo se lo hubieran tragado.


Al pisar el puerto, John W. Hawker volvió a embriagarse con la luz de Jamaica; un crepúsculo enrojecido encendía las crestas de las montañas, una lengua de arena unía el puerto con tierra firme y el aroma del mar impregnaba los recuerdos y enervaba las voluntades. El capitán paseó un buen rato por las calles. Port Royal ejercía sobre él el mismo hechizo que sobre todos los piratas de la época. Era un pequeño paraíso, una ciudad de luces y sombras al amparo de los gobernadores británicos, donde todo estaba permitido menos la tristeza. El vino y los licores corrían con desafuero y las añoranzas morían en los labios antes de ser pronunciadas. Ríos de oro inundaban las callejuelas del puerto y la vida y la muerte eran sólo palabras sin fundamento. John W. Hawker recordó todo lo vivido en aquellas calles. Le gustaba emborracharse de nostalgia cuando presentía la sombra de la muerte.


Sin pretenderlo casi, se encontró frente a una taberna llamada La Pieza de a Ocho. Sabía que Deullin se hallaba dentro aguardándolo. En la misma puerta dos marineros borrachos se volvieron sobrios al ver de cerca el brillo de su único ojo. El capitán John W. Hawker echó de menos al loro Gordon, perpetuo hasta ese día en su hombro izquierdo, pero alzó la muleta y abrió la puerta de un golpe seco. En el interior se hizo el silencio. El corsario Pierre Deullin se hallaba al fondo, tamizado por la luz de los candiles, con una mujer en las rodillas y una baraja de cartas en su mano vengativa y deshermanada.


Apartó a la mujer, se levantó lentamente, fue a abrirse paso entre los clientes pero ya todos se habían ido. John W. Hawker se aproximó a él sin pronunciar palabra, se quitó el bicornio, lució ampliamente su sonrisa de oro, colocó en el mostrador un pequeño reloj de arena, y entonces el afamado corsario Pierre Deullin, el hombre que clavaría en una pica la cabeza de John Hawker, que haría comer su propio loro al pirata más temido de todos los mares, empezó a lloriquear y a gemir como una huérfana desamparada. Sin nadie pedírselo rogó perdón, suplicó clemencia y ofreció un imperio a cambio de su vida. Pero la sonrisa de oro seguía perenne en el rostro cicatrizado de John W. Hawker y la arena del reloj caía impertérrita.


Deullin entendió que no habría clemencia para él. Sorpresivo como un relámpago, en medio de un lamento más, atacó con el garfio de oro, pero Hawker fue más rápido. Se agachó, sacó el sable y le cortó el brazo de un tajo. Un grito desgarrador escapó por los ventanucos de la taberna, recorrió las calles de Port Royal y fue a incrustarse como un disparo en los oídos tiernos del loro Gordon, oculto en la bodega de El Bergante. Luego John W. Hawker cercenó la cabeza del corsario Pierre Deullin, la paseó por las calles colgada del garfio de oro, la embadurnó de brea para que pudiera conservarse durante algún tiempo y le dio veinte piezas de oro al capitán de un mercante para que la hiciera llegar al rey de Francia.


Así fue como murió Pierre Deullin, el corsario, en Port Royal, en junio de 1692, justo la noche antes de que un terremoto infernal sepultara la ciudad bajo las aguas. Cantaron que murió de esa forma porque nunca conoció al Diablo. También cantaron que el Diablo era él mismo y hasta que los diablos eran dos, y que Port Royal se hundió porque el mundo quedó cojo al morir uno de ellos. Pero esas canciones de marineros, como las verdades y las mentiras, siempre tenían más de una versión y tampoco eran dignas de mucho crédito.

jueves, 12 de marzo de 2009


A Lady Lauren South-Mermaid,
Laura Martínez Zulueta,
por las palabras y las horas
.




LA PERLA DE PARÍS




La capitana corsaria Louisse Marie Dorme de Romanet descubrió al balandro del capitán John W. Hawker con la mirada felina de aquellos ojos oceánicos que perturbaban la razón de los poetas donde quiera que los evocaran. Se abrieron codiciosos tras el catalejo de plata y centellearon como esmeraldas talladas por los orfebres del paraíso. Sin el menor signo de temor hacia aquel nombre legendario puso rumbo hacia el balandro como lo hubiera hecho hacia el temible Bergante de haberlo conocido, mientras el timonel blasfemaba en la lengua del Diablo y la tripulación se hería las manos temblorosas afilando las armas ante la posibilidad del abordaje.


Durante años, Louisse Marie Dorme de Romanet había embellecido con su porte y su palabra los salones más refinados de París. A los veinte, había reducido a polvo corazones de granito helado y convertido almas de mantequilla en acero toledano utilizando el desamor como yunque y la indiferencia como martillo. El brillo sobrenatural de sus ojos verdes había iluminado sin misericordia las oquedades más profundas de los espíritus más antagónicos, envalentonando a los cobardes y acobardando a los valientes. La fragancia de su piel morena, inspiración de los más afamados perfumistas franceses, había sumergido en el infierno la razón de príncipes y devuelto la cordura a mendigos que al verla recobraban la fe en el Paraíso. La Romanet, La Perla de París, como la apodaban en el Caribe, fue siempre intocable hasta el día que cayó en las zarpas del pirata danés Hermann Böning, mientras cruzaba el atlántico camino de Cuba, dispuesta a alumbrar el corazón de América con el destello de su mirada.


Böning degolló personalmente a la tripulación y al pasaje del mercante donde viajaba la Romanet, a pesar de haber logrado su rendición prometiendo misericordia. Después llevó a Louisse Marie a su camarote, le desgarró la ropa y la poseyó salvajemente mientras perdía el norte de su existencia y pensaba que el cielo era la tierra y la tierra el infierno y el infierno toda su vida hasta el instante de tropezar con aquel cuerpo perfecto que sufría en silencio sus acometidas y convulsiones de toro en celo. Dicen que después lloró de amargura o de desconsuelo, como un esclavo que se sabe encadenado para siempre al remo de un barco, y que cayó en un sueño profundo durante el cual La Romanet le arrancó los ojos con su propio cuchillo. Después lo decapitó, se colocó su ropa y apareció en cubierta con los pantalones de percal, el fajín rojo y la chaqueta negra de Hermann Böning, cuya cabeza bailaba en su mano con un rictus de desengaño en los labios. Cuentan que la tripulación acogió con vítores la muerte del danés, cuya bajeza era proverbial, y que desde entonces La Perla de París capitaneó el barco, resentida para siempre con aquellos franceses emperifollados que se rindieron sin lucha y sin honor. Y su resentimiento abarcó las lindes más alejadas de su patria y a todos los que un día u otro nacieron en ella. Tal fue su odio, que bajo corso inglés persiguió sin tregua a las naves francesas, y desde hacía un año buscaba incansablemente al balandro del capitán John W. Hawker, pesadilla de los ingleses y de todas las almas desventuradas que tropezaban con su destino.


Al fin La Romanet lo descubrió a sotavento, danzando en la alfombra azulada de las olas, mecido por la brisa del atardecer, y esbozaba una sonrisa de placer justo cuando John Hawker divisaba su pabellón en el horizonte.


- Bien –susurró satisfecho al oído del loro Gordon-, pronto sabremos si esa perla es capaz de arrancarte las plumas con la mirada.


Pero sus hombres, que llevaban treinta días inactivos conviviendo con la imaginación en la soledad expansiva del mar, miraron con terror supersticioso el navío de la Romanet, mayor que el balandro, artillado con treinta cañones y veloz como el viento. Sabían por las canciones marineras que la tripulación del Potei daría la vida por su capitana y que el abordaje sería necesario para rendir al barco. El hálito de la muerte recorrió la cubierta y percudió los pensamientos de los hombres. John Hawker lo percibió, y también el loro Gordon, que disimuladamente echó a volar hasta el juanete de proa con la esperanza de eludir los cañonazos. En la cubierta, apoyado en la muleta, el capitán esbozó la más irónica de sus sonrisas.


-No teman, caballeros –dijo jugando distraídamente con el catalejo-, no habrá lucha. Si algo pesa más que el odio en el corazón de una mujer, es la curiosidad. Por nada del mundo nos echará a pique sin haberme visto la cara.


Y así fue. John Hawker puso el balandro al pairo y aguardó. A lo lejos, el Potei se lanzó como un halcón sobre su presa. Avanzaba entre las olas con el viento a favor, cortándolas a cuchillo, sobrenadando en la espuma a tal velocidad que los hombres de Hawker abrieron los ojos espantados pensando que el bergantín los arrollaría sin misericordia. Entretanto, el capitán reía a carcajadas en medio de un desconcierto silencioso y tenso que recorría la cubierta, se mezclaba con el pánico y llegaba hasta el juanete de proa, donde el loro Gordon cerraba los ojos para no ver de cerca la cara de la muerte, pues había oído en una taberna costera que La Romanet no conocía la piedad ni siquiera con los loros. Y justo cuando parecía que el Potei, ya a tiro de cañón del balandro, maniobraba para mandarlo a pique, el capitán se giró con tranquilidad hacia sus hombres.


- Bien, caballeros –anunció con calma-, díganle a esa perla que la espero en mi camarote. Y háganme el favor de eludir su mirada si en algo aprecian su cordura. Ya vieron lo que hizo con esa rata de Böning.


Luego bajó a sus dependencias, degolló de un sablazo una botella de ron, puso dos jarras de peltre sobre la mesa y abrió su cofre de los poemas. En la borda del Potei, La Perla de París escrutaba los rostros de la tripulación del balandro tratando de hallar uno donde el destino hubiera dejado la huella inconfundible del desamparo. Descubrió muchos, pero supo que ninguno era el que buscaba porque todos lucían la palidez transparente del miedo. Entonces lanzó un cabo a la cubierta contraria, tan próxima que las bordas se tocaban y los hombres podían olerse el aliento y leerse las enfermedades en las pupilas. Agarrada a las jarcias del balandro, la Romanet preguntó por el capitán Hawker. “En el camarote”, gritó el loro Gordon desde el juanete de proa, y tuvo la precaución de hacerlo en un correcto inglés, por si acaso se desataban los resentimientos en el alma de la Romanet.


Louise Marie Dorme descubrió al capitán con una jarra de ron en la mano, brindando al vacío, como si lo hiciera con un fantasma. Al acercarse a la mesa vio el cofre de los poemas, y una voz ciega que acalló su espíritu indomable le dijo al oído que nunca podría matar a aquel hombre de un solo ojo que apoyaba en la mesa la pierna de madera y dibujaba una sonrisa nostálgica en su rostro de perro herido. Juntos se sentaron, bebieron y charlaron como si fueran amigos de la infancia. Intercambiaron versos, citas de Plutarco y mapas de tesoros escondidos; hablaron con desenfado de la vida y de la muerte y con reverencia de la futilidad del mundo. La noche les sorprendió entonando a medias canciones de borrachos bajo la música de un acordeón que la Romanet tocaba con la pericia de un marinero viejo y el amanecer trazando planes para secuestrar al rey de España y colgar de una antena del Potei al de Francia. Se rieron de los huesos putrefactos de los temibles Herman Böning y Pierre Deullin y diseñaron una estrategia conjunta para saquear a los mercantes que venían de las Indias cargados de oro y gemas.


Y así estuvieron charlando y soñando un día y otro día, hasta que las tripulaciones ociosas comenzaron a apuñalarse de puro aburrimiento, a jugarse fortunas a los dados y a quebrantar los reglamentos más sagrados, aquéllos que vinculaban el honor a la vida y la muerte a la deslealtad. Entonces comprendieron que la mesura es una virtud valiosa, incluso en la amistad, y sellaron para siempre un pacto sagrado que desafiara las recompensas de los reyes y provocara la envidia de filibusteros, bucaneros, piratas y corsarios de cualquier bandera y ralea que navegara por los mares conocidos. Al despedirse se prometieron contarse con detalle lo que andaban buscando el día que lo encontraran, por si acaso fuera lo mismo que buscaba el otro. A veces, cuando el destino andaba aburrido y se acordaba de ellos, hacía que sus caminos se cruzaran en el mar, y entonces se divisaban a lo lejos, entre las olas, disparaban salvas para desearse suerte y seguían su camino con la certeza de que habían nacido para perseguir un sueño.


martes, 10 de marzo de 2009



LA MUERTE


La tarde terrible que John W. Hawker perdió el ojo y la pierna, servía como teniente de navío en un buque de la Armada inglesa cuyo nombre olvidó premeditadamente. Algunos de sus hombres conocían el nombre de aquel barco porque lo habían oído muchas veces en las tabernas de los puertos a marineros que tocaban el acordeón borrachos de ron y libertad, pero jamás se atrevieron a preguntarlo en presencia del capitán, y si alguna vez lo hicieron, atolondrados por los vapores del alcohol, el pirata John W. Hawker quedó indiferente, porque el realidad lo había borrado de su memoria, como el nombre de un enemigo muerto o el de un amor traicionero. Esporádicamente, durante las templadas noches de verano, tumbado en un coy sobre la cubierta de El Bergante, recordaba algunos momentos de aquella lejana tarde. Sus hombres miraban las estrellas y asentían, con cierto rencor hacia sus vidas pasadas, porque muchos de ellos también sirvieron como marineros en la Armada y sufrieron los rigores de una vida envidiada por cualquier esclavo.


Aquella lejana tarde, el entonces teniente John W. Hawker creyó sentir los primeros síntomas del escorbuto, a pesar de su corta estancia en el barco, apenas dos meses. Se sintió débil, se desvanecía con facilidad y había perdido por completo el color de la piel. La tripulación llevaba semanas comiendo galletas agusanadas, la carne era apenas un recuerdo y los animales de a bordo murieron de una enfermedad parecida a la tristeza que él mismo había contraído a causa de la nostalgia y de las estrecheces del barco. Incluso el almirante de la flota, decían, estaba aquejado del mismo mal, negándose a salir de sus aposentos, refugiado cobardemente en sus lecturas favoritas.


En las impiedades del escorbuto y en los efectos inconfesables del mal de la tristeza, estaba pensando John W. Hawker cuando fueron avistados cinco barcos de la Armada francesa. Supo entonces que iba a entrar en combate. Sintió miedo y marchó rápidamente a dirigir las veinte dotaciones de cañones que estaban a su mando. Paseó por ellas con las manos a la espalda, aparentando serenidad ante la muerte, pero un barrunto fatal rondaba su cabeza. Al principio achacó el malestar a un rechazo consciente hacia el escorbuto, incluso a una consecuencia lógica de la enfermedad, pero al divisar los barcos con pabellón enemigo, supo certeramente que algo adverso iba a sucederle.


En el entrepuente, la tripulación apuntaba los cañones hacia las jarcias de los barcos enemigos. Los hombres gritaban nerviosos tratando de matar el miedo con las voces, los jefes artilleros calibraban los disparos a través de los visores y la tensión se agarraba a los tablazones como el salitre al mar. John W. Hawker voceaba órdenes de un lado a otro, lentamente, aturdido por la barahúnda de hombres que bajaba, subía y se atropellaba en las escalas de cámara con rellenos de pólvora y armas cortas para afrontar un posible abordaje.


Y entonces Hawker sufrió una visión terrible que terminó de acobardarlo. Fue la única vez en su vida, recordaría años después, que estuvo a punto de abandonar un combate. Se vio envuelto en una niebla lúgubre y fría que le recordó sin piedad los inviernos londinenses, y en la niebla descubrió a una mujer de extraordinaria belleza, envuelta en una túnica blanca, que le sonreía cruelmente con una guadaña en la mano. “La Muerte” pensó, pero al momento las voces de los marineros y de los infantes de marina que subían por las escalas lo devolvieron a la realidad. El barco francés, un buque con ochenta cañones, viraba buscando el lado de estribor. John W. Hawker pudo verlo maniobrar a través de las troneras como un monstruo de madera y fuego, con las fauces abiertas y afilados colmillos de bronce centelleando en la profundidad de su garganta. Los jefes artilleros más próximos lo miraban aguardando la orden de disparar. Por un instante volvió a ver a la mujer. “Ahora” gritó, y los cañones de treinta y dos libras estremecieron el costado del barco y lo zarandearon en las aguas del mar como a un juguete quebradizo. Casi simultaneamente el barco enemigo respondió al fuego, las paredes del pañol estallaron en mil pedazos y John Hawker se vio caminando por un corredor oscuro, de paredes angostas y frías, mientras la mujer de la guadaña lo tomaba de la mano y lo ayudaba a incorporarse cuando la fatiga y las heridas lo derribaron al suelo.


Al fondo del pasadizo descubrió una luz, pero no era la antesala del infierno, sino algo mucho peor: el popel de la cubierta del sollado, donde la macabra sala de operaciones se ocultaba discretamente de las miradas de los marineros. Quiso gritar pero no pudo. Al momento lo tumbaron en una mesa de madera, le dieron a beber un largo trago de grog que le hizo poco efecto y lo ataron a la mesa mientras alguien le ponía en la boca una mordaza de cuero. Arriba, en los pañoles superiores, el fragor de los cañones sofocaba los lamentos de los heridos.


John W. Hawker vio, muy difusamente, acercarse al cirujano, con el delantal manchado de sangre y la mirada crispada por el horror. El hombre estaba habituado a la amputación de miembros, pero al tratarse de un teniente de navío al que conocía personalmente, no pudo evitar una expresión de desencanto. Rápidamente le cortó la piel y los músculos de la pierna con un cuchillo afilado, mientras John Hawker apretaba con fuerza la mano de aquella mujer vestida de blanco a la que distinguía en la redondez de un túnel como si la viera a través de un catalejo. Gritó tan fuerte que pronto no se le oyó, y cuando el cirujano le cortó el hueso con la sierra sólo acertó a abrir la boca, en un gesto de dolor que a punto estuvo de romperle las mandíbulas. Alguien le levantó la cabeza y le dio ron como para tumbar a un caballo, pero ni siquiera perdió el sentido cuando le sumergieron el muñón en un barreño con aceite de trementina hirviendo.


Entretanto, la mujer de blanco lo consolaba con palabras de amor y le secaba el sudor de la frente con los pliegues de la túnica. John W. Hawker miraba con miedo su guadaña afilada y se preguntaba sin descanso por aquella persistencia inofensiva de la muerte junto a la mesa de operaciones. Muchos días después, cuando pudo recuperarse de las terribles heridas, preguntó al cirujano por una mujer vestida de blanco, extraordinariamente hermosa, que estuvo a su lado mientras le cortaban la pierna y le recomponían el rostro, pero el hombre le ofreció una botella de grog para que diluyera en alcohol las reminiscencias de los delirios y olvidara para siempre el popel de la cubierta del sollado.


John W. Hawker olvidó efectivamente la sala del cirujano, las cicatrices dejadas en la memoria por el dolor de las amputaciones y hasta el nombre de aquel barco donde vio a la muerte por primera vez, pero en ocasiones, bajo las estrellas del verano, recordaba la dulzura de su rostro, memorizaba en secreto algún poema de amor que luego escribía en la penumbra del camarote y se emborrachaba cantándole una canción compuesta por él mismo, una canción que erizaba la piel de sus compañeros, espantaba la mirada del loro Gordon y hablaba de reencuentros y de pasiones. “Volveré a tomarte de la mano” decía, “la frialdad de tu piel helará mi sangre para siempre, tu sonrisa acunará mis pecados y juntos brindaremos por el amor, por la soledad y por los hom­bres...”

miércoles, 4 de marzo de 2009



EL FANTASMA



Cuando John W. Hawker lo supo, rió tan escandalosamente que las gaviotas que asoleaban sus plumas en la verga del juanete se aspaventaron y volaron buscando el horizonte, y los tiburones que acechaban la cena en la superficie el mar se zambulleron bajo las aguas, impresionados y temblorosos. Se lo contaron en el castillo de proa dos marineros que hablaban en nombre de toda la tripulación.


- En mi barco sólo hay un fantasma -dijo-, yo, y si alguien quiere discutirlo que venga a mirarme.


Luego volvió a su camarote, puso la estufa, se quitó la pierna de palo y se zambulló hasta el cuello en un barreño con agua de mar. El barco navegaba hacia el Este, y a través de las ventanas de popa, John W. Hawker vio esconderse el sol, redondo y limpio como media naranja recién cortada. Apenas le había dado importancia a la historia de aquel fantasma que sus hombres habían visto por los corredores del barco, a media noche, con una vela en la mano, a pesar de la prohibición expresa de encender fuego dentro del navío, de modo que lo olvidó pronto, y durante un rato combatió la nostalgia evocando islas remotas de grato recuerdo, imágenes que guardaba en la trastienda de la memoria con la misma cautela y delicadeza que sus poemas de amor. Cuando salió del baño se frotó el cuerpo con esencia de violetas, se vistió, se volvió a colocar la pierna de madera y se sentó en la mesa frente a una botella de ron. Fue entonces cuando las olió. Por encima del intenso perfume de violetas que había robado a un teniente de navío natural de Grasse, percibió la fragancia inconfundible de las rosas naturales, y no pudo creerlo, pero sobre el pequeño escritorio de caoba había un ramo de rosas recién cortadas, allí, en El Bergante, a cien millas marinas del puerto más cercano, después de veinte días en alta mar. Sólo un fantasma podía haber realizado aquella proeza.


Guardó celosamente el secreto, temeroso de que la tripulación se amotinara en masa si llegaba a confirmarse la existencia de un espíritu a bordo, pero lo buscó intensamente por el barco. Preguntó a los marineros y al loro Gordon, registró palmo a palmo las bodegas, los pañoles de las provisiones, el callejón de combate, los jardines de oficiales y cualquier rincón donde pudiera esconderse un fantasma, pero sólo halló soledad y silencio, y también a un soldado francés que llevaba nueve meses oculto en un rincón de la popa de la bodega sin que sus hombres lo descubrieran. Lo arrastró por la barba hasta cubierta y en presencia de la tripulación lo ejecutó de un tiro en la cabeza por pasearse de madrugada con una vela encendida. Pero cuando John W. Hawker regresó a su camarote, volvió a encontrar rosas frescas sobre el escritorio de caoba. Y concluyó que uno de los dos sobraba en el barco, o el fantasma o él.


Entonces cambió de estrategia. Reunió a los hombres en la cubierta de El Bergante, los convenció primero de que un espíritu que regalaba rosas a un pirata como él, a la fuerza era maricón o estúpido, pero en ningún caso peligroso, y luego prometió cien doblones de oro a quien lo sorprendiera en pleno paseo; y si lograban traerlo a su presencia vivo, o entero o como quiera que fuese pero que pudiera hablar, cien doblones más. Hasta el más cobarde de los marineros se prometió entonces atrapar al fantasma con sus propias manos. Se dividieron en escuadras, por si el espíritu al final resultaba agresivo, y pusieron patas arriba, uno a uno, todos los barriles de agua y cerveza que dormían sobre la sentina, abrieron los sacos de guisantes y carne salada, desalojaron el pañol de las velas, levantaron las letrinas, esculcaron en los baúles, registraron incluso las pertenencias personales de cada marinero, y al final terminaron removiendo hasta el lastre apestoso de la bodega, pero todo fue en balde. Nadie encontró al fantasma. Desmoralizado, John W. Hawker se encerró en el camarote y repasó durante días toda la literatura que recordaba sobre cosas sobrenaturales, para desentrañar el posible significado que pudieran tener las rosas frescas que seguía encontrando sobre la mesa de su escritorio, pero no halló nada que pudiera ayudarle, salvo la certidumbre de que nadie en el mundo había atrapado jamás a un fantasma. Había insensatos, además, que negaban rotundamente su existencia.


A pesar de todo, sus hombres lo seguían viendo cada vez con mayor frecuencia, pero no coincidían en las descripciones. Para unos era el espíritu trasnochado del último almirante portugués que habían arrojado a los tiburones, para otros el fantasma resentido de un marinero que abandonaron meses antes en una isla desierta por robar a sus compañeros, y para la mayoría tan sólo un misterio indescifrable que preferían mantener alejado de sus pesadillas. Y una noche, sin saber muy bien por qué, John W. Hawker, agotado por el calor del trópico, arrastró su sombra por los corredores, subió a cubierta y descubrió al fantasma de espaldas, en la toldilla, mirando a través de la lumbrera el camastro abandonado de un pirata sin pierna y sin destino. El capitán armó el mosquete disfrazado de muleta y le apuntó desde lejos. Entonces el fantasma levantó la cabeza y un sudor helado humedeció instantáneamente la pólvora acumulada en la recámara.


A primera vista le pareció una doncella cubierta con un velo de tul. La luna, en el horizonte del trópico, indiscreta, insinuaba una desnudez exuberante, casi virgen. Pero John Hawker, que recelaba del Diablo tanto como de un bucanero, amartilló el mosquete y en ese momento algo pareció morir en su interior. Recordó el apasionamiento lujurioso que una vez sintió por una sirena, sus arrebatos desenfrenados por las prostitutas de los puertos, el dolor por la ausencia de una barragana con los ojos de cristal que murió ensartada por el garfio de un corsario, el rostro dulcísimo de la muerte en la mesa de un cirujano, los amores invisibles plasmados en sus poemas secretos, el dolor de las ausencias y el escozor de las nostalgias. Todo aquello recorrió sus sentidos en una fracción de segundo, mientras apuntaba con el mosquete hacia el corazón del espectro. Y tanto dolor sintió que creyó llegada su hora. Bajó el arma y recuperó el equilibro espiritual. La levantó de nuevo y volvió a perderlo. Y así estuvo hasta comprender que aquella doncella vestida de fantasma o aquel fantasma vestido de doncella, no era otra cosa que la misma encarnación de todos sus sueños, que quizás hubieran muerto para siempre ya, o tal vez andaban resentidos por el desprecio del olvido, o acaso buscaban un nuevo dueño o simplemente querían materializarse por una noche en una mirada o en una desnudez.


John W. Hawker se armó entonces de valor, se arrastró lentamente hacia la doncella, levantó con dulzura su vestido de tul y la amó apasionadamente sobre la lumbrera de cubierta. Abajo, su camastro seguía vacío, percochado de carencias y de sueños inalcanzables. Y la amó salvajemente. La trapatiesta escandalizó el barco, los gemidos de placer asustaron al loro Gordon y la lujuria se apoderó de la cubierta del El Bergante como nunca antes lo había hecho, ni siquiera durante las orgías memorables que los marineros cantaban en las tabernas costeras. Poco después llegaron sus hombres, apelotonados unos contra otros, armados hasta los dientes, provistos de redes, mantas, cadenas, cuerdas y demás herramientas para cazar fantasmas, y el espectáculo que presenciaron superó con creces la imaginación del más lujurioso de aquellos piratas.


Al día siguiente, John Hawker los hizo formar a todos en cubierta. Un viento marino que presagiaba tempestades agitaba sus ropas y El Bergante se bamboleaba en las olas del mar como un barco de papel.


- Caballeros -dijo John W. Hawker levantando la voz-, si alguna vez vuelven a ver al fantasma paseando por los corredores del barco no se les ocurra disparar... y mucho menos hacerle preguntas.


Luego regresó a su camarote y se emborrachó de ron. Soñó con las cosas que soñaba siempre, pero ahora temió que anduvieran sueltas por el mundo, que algún día regalaran rosas a otro hombre o que pudieran, en alguna borrachera desbocada, confesarse con algún mortal.

lunes, 23 de febrero de 2009



EL BUQUE FANTASMA



Tenía el don inefable de los deseos. Aparecía y desaparecía como el capricho de un niño, se adhería a los pliegues de la fantasía con la facilidad de una bruma, y durante dos años largos estuvo a punto de enloquecer a toda la tripulación del capitán John W. Hawker. Lo mismo se dejaba ver en los mares de la China que frente a las costas de Méjico, en el centro del mar Mediterráneo o en cualquier playa del Caribe, con un pabellón desconocido cuyos colores eran motivo de porfía, apuestas y pesadillas. Nunca lograron verlo más de dos hombres a la vez, lo cual acentuaba la discordia y elevaba el precio de las apuestas. A veces se acercaba tanto a El Bergante, que un marinero amaneció muerto de espanto y otro enmudeció fulminantemente sin que el botín, las mujeres o la nostalgia fueran capaces de restituirle la palabra.

El conflicto llegó a tal extremo que el capitán John W. Hawker, abochorna­do de su propia tripulación, prohibió tajantemente contar cuentos de terror a la luz de la luna, hablar de fantasmas en la intimidad de los pañoles y beber ron a partir de las once. A la hora del almuerzo sustituyó el vino por leche para avergonzar a sus hombres, y muchas noches paseaba por cubierta, entonando canciones de cuna, llamando a gritos al barco del Diablo, desafiándolo a un duelo mortal, mientras los más aguerridos piratas de todos los mares temblaban de miedo en la precariedad de los cois, y se orinaban en los pantalones de puro terror.

- ¿Dónde te escondes, Satanás? -gritaba el pirata Hawker, haciendo retumbar en cubierta su pierna de palo-, ven a tocar con tus cuernos los bigotes temblorosos de las doncellas que duermen en este barco.

Y reía a carcajadas.

- Pero ten cuidado -decía-, ven acompañado de Belcebú, Mefistófeles, Lucifer, Leviatán, Luzbel, Hermes, Belial y toda la camarilla de galopines cagones que tengas escondidos en la sentina de tu apestosa barcaza, hace falta mucha gentuza para bajar los pantalones del capitán John W. Hawker.

Y así una vez y otra, en medio de la oscuridad y del viento, hasta que sus hombres le suplicaban desde abajo que callase de una vez o los matara a sablazos. Luego bajaba a su camarote, bebía ron hasta hartarse y reía hasta el amanecer, contándole al loro Gordon chistes de niñas asustadizas. Pero una noche, frente a las costas de Madagascar, un marinero portugués llamó a la puerta bañado en sudor diciendo que el buque del Diablo quería abordar a El Bergante por el lado de estribor.

John W. Hawker apartó al marinero de un manotazo, subió por las escalas arrastrando su pierna de madera, y cuando llegó a cubierta el alma le dio un vuelco de satisfacción. Allí estaba el buque de la discordia, plantado frente a su barco, bambaleándose en las aguas de la noche como una pesadilla, con las tapas de las troneras levantadas en posición de combate. La vela mayor presentaba girones y agujeros de bala, y el juanete mayor apenas era un trapo sucio, descuidado y triste, como si la nave jamás hubiera tenido gavieros. El castillo de proa mugriento, los calzos de los botes podridos y las tablas del casco invadidas por algas y moluscos. La luna se perfilaba redonda tras el pabellón, y ciertamente hacía indefinibles los colores. A bordo, ni una sola luz. Entonces el capitán John W. Hawker llamó a gritos a sus hombres mientras el loro Gordon caía desmayado al suelo, exponiéndose a los pisotones y a los orines de toda la tripulación de El Bergante.

Pero el barco no atacó. Pudo hacerlo mientras los hombres de Hawker se preparaban para la lucha, en medio de temblores espantosos y lloriqueos de huérfanas. Cuando estuvo preparado, John W. Hawker, junto al palo mayor, tomó el megáfono y ordenó al barco contrario ponerse al pairo.

- Ahora mismo -gritó-, o colgaré por el rabo a tu piojosa cuadrilla de diablos perillanes que no saben ni maniobrar una bañera.

El barco se detuvo. Pero cuando John W. Hawker fue a dar la orden de abordaje, ni uno solo de sus hombres estaba en cubierta. Sólo el loro Gordon, en el suelo, se dejaba acariciar por el viento las plumas de colores. Entonces el capitán Hawker hizo centellear en la madrugada sus colmillos de oro, arrojó un cabo a la cubierta contraria y saltó a ella con el sable en la mano. “Más vale que vayas armado” pensó, mientras su pierna de madera taladraba la cubierta de aquel barco misterioso cuya tripulación parecía ocultarse en el fondo de la bodega. Durante dos horas estuvo registrando la nave en busca de vivos o de muertos, pero sólo halló a un hombre en el camarote del capitán, un hombre con una pierna de palo, un plano tatuado en el pecho y una mirada de añoranza en su único ojo. Mantuvo con él una charla que ni siquiera el loro Gordon llegó a conocer jamás, y luego regresó a El Bergante con un simple anillo de malaquita que lo acompañó hasta la muerte y un libro con las páginas en blanco donde años después escribiría, palabra por palabra, lo hablado en aquel barco.

John W. Hawker tardó otras dos horas en hallar a su tripulación, que se había acuartelado en las cubiertas inferiores de El Bergante, armada hasta los dientes, en medio de letanías y conjuros, cruces y amuletos. Cuando abrió las puertas hubo hombres que cayeron desmayados al suelo. Pero el capitán Hawker caminó entre ellos lentamente, con el libro bajo el brazo. Luego subió a una mesa y los miró a todos uno por uno.

- No era el Diablo, caballeros -dijo con una de sus peores sonrisas-, tan sólo era un marinero sin sepultura y sin amigos. Ya pueden volver a beber vino en la comida, a contar cuentos de fantasmas y a tomar ron por la noche. Nunca más verán ustedes a ese barco ni me oirán faltarle al respeto.

Así fue.


LA SIRENA


El día anterior, cerca de Madagascar, habían abordado y saqueado un indiamen cargado de oro y gemas. El barco, según confesó luego su capitán, pensaba cargar porcelana, seda y especias en Surat. John W. Hawker logró la rendición del buque sólo con enarbolar su bandera, por eso luego fue clemente con los prisione­ros y sólo ejecutó a un oficial que, asustado por el ataque, subió a los flechastes colgados de la jarcia y mató de un tiro al cocinero de El Bergante, que miraba las aguas azules del Índico apoyado en la serviola del barco, recordando los prados inalcanzables de Holanda.


Después El Bergante puso rumbo a la isla de Santa María, donde la tripulación pensó repartir el botín, sepultar al cocinero y amar a las mujeres negras de la isla. Al atardecer, un grupo de marineros que recogía leña para pasar la noche, vio a una mujer rubia bañándose en la playa. Pensaron que era un fantasma o que había perdido la razón. Sigilosamente, entraron en el agua y la rodearon, y comprendieron estupefactos que no era una demente ni un espectro, sino un monstruo hermosísimo con torso de mujer y piernas de pescado.


Llevados por la emoción la arrastraron hasta el centro del campamento, donde el capitán John W. Hawker miraba embelesado una caja de rapé con incrustaciones de brillantes que le había tocado en el reparto. Atraído por las risas se acercó al grupo de hombres, que manoseaba los pechos de la presa sin pudor alguno. Al verla esbozó una sonrisa familiar.


- Apártense de ella -gritó con el sable en la mano-, maltratar a una leyenda es como escupir en la memoria.


Y se acercó, se quitó el bicornio como si estuviera ante una reina y le besó la mano.


- Quédese tranquila, señorita -le dijo-, si alguno de mis hombres la ofende, yo mismo lo abriré en canal.


Muchos marineros la miraron con horror, pues nunca habían visto ni oído un prodigio semejante. Otros prefirieron emborracharse y la mayoría se mantuvo alejado de ella, a prudente distancia, por si decidía atacar o arrastrar a alguien a las profundidades marinas. Sólo John W. Hawker permaneció a su lado toda la noche, observando el misterio de sus ojos verdes y la belleza de sus senos arregazados. Al amanecer despertó a sus hombres a patadas y los hizo formar frente a ella de cuatro en fondo.


-Esto que ven aquí es una ninfa marina que se llama sirena -dijo-, si alguna vez la oyen cantar, tápense los oídos porque nunca podrán regresar a casa.


Después la subieron al barco y durante días trataron de comunicarse con ella, pero la sirena parecía no entender ningún idioma. Incluso el loro Gordon, que presumía de hablar correctamente todas las lenguas del orbe, tuvo que darse por vencido ante la obstinación de la ninfa.


- Es imposible que no me entienda -dijo-, debe ser sorda.


Pero no lo era. Miraba atentamente a cualquiera que llamara su atención, temblaba con el ruido de las espadas y sonreía con las canciones marineras, especialmente cuando John W. Hawker tocaba el acordeón para ella y la adornaba con las joyas de los botines. Era sin duda un ser agradecido, y un día, mientras el capitán Hawker humedecía su cola de pescado con agua del mar, le tendió los brazos y lo besó en los labios, tan tiernamente que el pirata más temido de todos los mares estuvo a punto de enloquecer. Se encerró en el camarote durante días enteros, componiendo canciones con el acordeón, extasiado en la contemplación del mar, que se agigantaba tras los cristales de su cabina mecido por la melancolía. Allí le llevaban la comida, un barreño de agua para lavarse y las cartas de navegación. Dejó escapar premeditadamente a barcos mercantes y a buques de guerra, a naves cargadas de esclavos negros y a barcazas de bucaneros. Eludió los puertos y las rutas conocidas y sólo se detenía en las islas más apartadas el tiempo justo para repostar. Se dejó crecer la barba, gastó botes de tinta y rollos de papel y se sumió en un mutismo preocupante que asustó a sus hombres y entristeció al loro Gordon.


Un buen día empezó a desvariar. Tan pronto afirmaba ser un lord inglés como un teniente de navío. Lo mismo decía llamarse Lucifer que Hawker y hablaba de la vida y de la muerte con la misma propiedad. Tuvo fiebres espantosas que sus hombres le curaron con algas, sueños placenteros que lo hacían sonreír como a un niño y pesadillas pavorosas que lo sacudían en la cama como a un poseso. Y una noche abandonó su cabina y se fue a cubierta con la sirena, a contar las estrellas y charlar con ella en un idioma que ni siquiera el loro Gordon conocía. Al amanecer puso rumbo a la isla de Santa María con tal desazón en el alma que sus hombres lo oyeron llorar desde la cubierta.


Cuando llegó a la isla tomó a la sirena de la mano, la subió en una falúa y la acercó personalmente hasta la playa. Allí la vieron besarla de nuevo, antes de que la sirena se hundiera en el mar como un mal sueño. Al subir de nuevo al barco el capitán Hawker se dirigió a sus hombres.


-Jamás se les ocurra besar a una sirena -dijo-, corren el riesgo de enamorarse de un pescado con los ojos de un dios.


Y desde entonces, cada vez que El Bergante atracaba en las costas de Madagascar, al acecho de los barcos mercantes que comerciaban con la India, John W. Hawker subía al alcázar y miraba el horizonte con el catalejo. Nunca más volvió a ver a la sirena. Pero a veces, en la lejanía del viento marino, sus hombres oían una misteriosa canción cuya procedencia nunca pudieron esclarecer. Recordaban a la ninfa y se escondían en los pañoles. Sin embargo, John W. Hawker tomaba el acordeón y ponía música a unas palabras de mujer que sólo él entendía, mientras la nubes se arrebolaban en el horizonte y el océano Índico soñaba con engullir a los hombres.

martes, 17 de febrero de 2009



EL COFRE

A veces, el capitán John W. Hawker escribía versos de amor. Era su mayor secreto, por encima del lugar oculto de su tesoro y del origen aristocrático de su proce­dencia, que alguna vez voceó en las tabernas de los puer­tos tras agotar las reser­vas de ron de sus bodegas. Rara­mente los escribía, y siempre de madrugada, en el rincón más apartado de su camarote, con una pluma de ánsar, sobre papeles amarillentos y acartonados que canjeaba en los lugares de paso por sortijas robadas en alguno de sus saqueos. Le apasionaba tanto la composición de aquellos poemas que lloraba con facilidad al escribirlos y se embriagaba después para diluir en alcohol las máculas que la nostalgia dejaba en su paladar, en las paredes descascarilladas de su conciencia y en su universal prestigio de pirata indomable.
El capitán Hawker solía guardar sus escritos en un pequeño cofre de caoba, ribeteado en oro, con incrusta­ciones de plata y marfil; una obra de arte arrebatada a un capitán español al que dejó abandonado en una isla desierta a merced tan sólo de las inclemencias de su destino. Guardaba la llave auténtica en la contera de bronce de su pierna de palo y la falsa en una bolsita de cuero atada a su muñeca. Únicamente el loro Gordon conocía aquel secreto, y de noche vigilaba el cofre con un ojo y con el otro la pierna de su amo. A veces, Gordon, por su propio bien, le recriminaba con desprecio aquel sutil vestigio de aristócrata frustrado, que de saberse lo hubiera entregado a la burla y posiblemente al descrédito, y entonces el capitán John W. Hawker arrojaba la pluma contra la pared del camarote, profería maldi­ciones espantosas, agarraba a Gordon por el cuello y le recordaba a gritos los nombres de sus víctimas más famosas o las fechas de sus tropelías más memorables.
Una tarde de verano en que el ocaso se resistía a fundirse con el horizonte, El Bergante navegaba bajo pabellón español acechando a un galeón de la misma bandera que a mediodía divisó la tripulación con el catalejo. Cuando todo parecía tranquilo, una silenciosa canoa de indios campeches, tripulada por bucaneros sedientos de venganza, abordó el barco por la popa, aliada con la luz del ocaso, que la hizo invisible a los ojos del vigía de cubierta.
Cuando fueron a degollar al timonel, un jamaicano hercúleo con el rostro cacarañado, entendieron el error. Y el mundo se les vino encima al saber que el barco asaltado era El Bergante, al mando de John W. Hawker; pero el capitán estaba de buen humor aquel día, y también el loro Gordon, de modo que sólo mandó azotar al vigía y ordenó que le untaran las heridas con una mezcla de zumo de limón, sal y pimien­ta roja, como era la costumbre. Luego los intrusos trajeron bucán, comie­ron hasta hartar­se, secaron dos barriles de vino y subieron a bordo a diez esclavas portuguesas que guardaban en su base, y que disfrutaban por turnos o alquilaban a los marineros a cambio de ron.
Durante la noche organizaron una fiesta satánica que escan­dalizó a los tiburo­nes, y al amane­cer El Bergante continuó la persecución del barco español, pero el capitán Hawker bajó a su camarote a encompadrar­se con la soledad y entonces advirtió que el cofre no estaba. Lanzó al viento un grito diabólico que disipó de golpe la borra­chera de sus hombres, destrozó una mesa a sablazos y puso rumbo a la isla de la Tortu­ga, con su único ojo fulgurando de odio y sus dientes de oro cente­lleando al sol. Sólo entonces intuyó el loro Gordon cuál era el verdadero valor de aquel cofre. “A la Tortu­ga” gritó en francés, “a la Tortuga, a toda vela”, temeroso de que esa vez lo desplumaran en serio, si por casuali­dad contrade­cía las órdenes de aquella especie de galerna enfure­cida en que se había transformado el capitán John W. Hawker.
A mediodía localizaron la pequeña nave bucanera en una playa de arenas blancas y aguas transparen­tes, y su silueta oscura y alargada se perfiló en la redondez del catalejo como la mirada espantada de un cíclope. El capitán impidió un bombardeo masivo por miedo a dañar el pequeño cofre, y se acercó a la canoa en un bote, armado hasta los dientes, con veinte de sus hombres y un látigo de siete colas para hacer confesar a los supervivientes. Los bucaneros dormían la borrachera de la noche anterior, y las esclavas portuguesas, con las muñecas atadas, estaban tan destrozadas y tristes que ni siquiera cayeron en el asombro, de modo que el asalto se transformó en una simple matanza. Cinco fueron atrapados vivos, pero ninguno sabía nada del cofre.
Los hombres de Hawker se descoyun­taron los brazos azotándoles la espalda, pero sólo consiguieron súpli­cas y llan­tos. Entonces el capitán mandó enterrarlos hasta el cuello en la arena, para que la marea los ahogara lentamente. Entretanto les ofreció oro sin cuento, riquezas indescriptibles, mansiones descabelladas, ejércitos de esclavos y serrallos de mujeres a cambio de su pequeño cofre de madera, pero sólo acertaron a seguir gimiendo como niños acobar­dados. Por casualidad, el loro Gordon, que también prometía cosas desde el hombro del capitán John W. Hawker, pronunció en portugués la palabra libertad, y en ese momento una de las esclavas se acercó al pirata y le tendió el cofre. “Iban a quemarlo”, dijo en un portugués melancólico. El capitán tomó el cofre con delicadeza y se recreó en el color amarillento de sus pergaminos. Los acarició largo rato ante la mirada estupefacta de sus hombres, que imagina­ban en aquellas hojas los planos secretos de tesoros innume­rables, y luego subió al barco con las esclavas.
Durante días las cubrió de alhajas, las trató como a reinas y se enamoró de todas ellas. Y cuando una noche supo en su camarote que la esclava leyó los poemas y se enterne­ció con ellos, quiso desposarla de inmediato y puso rumbo a las islas del Caribe para buscar un sacerdote. Por el camino hablaron de estrellas, de poetas europeos, de parajes selváticos donde el silencio acunaba las palabras, de ocasos inconcebibles y de otras sensiblerías que avergonzaron al loro Gordon y lo hicieron huir espantado del camarote. Pero al divisar las primeras islas, la portuguesa tomó del brazo al capitán y lo obligó a reflexionar. “Prome­tiste la liber­tad” dijo, “recuérda­lo”. Y entonces John W. Hawker las desem­barcó a todas en Jamaica, les dio oro para comprar diez mansio­nes, diez calesas, diez maridos y diez barcos mercantes, y todas primavera las visitaba en Port Royal y recitaba en los oídos de su portu­guesa favorita sus extraños y esporádicos versos de amor, bajo la expre­sión contra­riada del loro Gordon, que lo advertía sobre los riesgos imprevisibles de compartir los secretos y le guardaba la espalda en aquella tierra tan plagada de enemigos como cualquier otra.