
Premio de poesía José María de los Santos
DEL SENDERO
Del sendero
el caminante, la flor,
el polvo y la sed.
De la flor
el aroma leve
de la mañana.
Del polvo
un oro falso
que confunda el alma.
De la sed
el ansia,
el ansia de agua,
de luz,
de paz o de palabras.
Del caminante
la mirada,
el árbol solitario,
el llano despojado,
el filo del horizonte
cortando el alba...
Y de la mirada
la urgencia ínsita
de endulzar las llagas,
la ambición de ayuntar
en el recuerdo
la dimensión y el alma
como se funden
el límite de la tierra
y el cejo de la mañana.
Sí, del sendero
el caminante, la flor,
el polvo y la sed,
pero nunca la seducción
de desandar lo andado.
Valga sólo el recuerdo
y el afán de hallar
otro árbol solitario,
otro llano despojado,
otro horizonte
ciertamente nuevo,
quizás, tras el alba.
Todo del sendero
salvo el retorno
y la nostalgia.
Puede que incluso eso,
pero nunca el reposo
ineludible, temido,
de la llegada.