lunes, 9 de noviembre de 2009

Azul y fuego



Premio de cuentos Alzahir



“No puedo más” dijo sofocado, con el rostro desfi­gura­do por la fatiga y el dolor, “aquí os espero”, y se sentó al pie del árbol gigantesco mientras la retaguar­dia de la columna desfilaba lentamente por el arcén, con la vista puesta en el horizonte, las banderas ondeando al viento y la esperanza acobardada por el casca­rón de humo enra­recido que envolvía la ciudad. Entonces se quitó las sandalias, se desa­brochó la camisa y miró al cielo, donde una bandada de tordos moteaba el color añil y se batía en retirada hacia la campi­ña. El sol, redondo y llameante como una ventana del infierno, derretía el alquitrán de la carrete­ra, endu­recía la piel de los lagar­tos que jadeaban sobre las pie­dras y torturaba los huesos de aquella columna de volunta­rios emperrada en llegar a pie a la ciudad.

Abrió la bote­lla de agua y bebió un largo trago, pero el caldo recalen­tado, con sabor a plástico, le produjo retortijones en las tripas y añadió un tormento más a su cuerpo envejecido y roto. Entonces agachó la cabeza en un gesto de dolor, vio su bandera retorcida en el suelo, polvo­rienta, sin vida, y padeció una incontrola­ble sensa­ción de angustia que terminó de hundirlo en la derro­ta.

“Tú no vengas, Cándi­do” le dijeron sus vecinos días antes cuando lo vieron a la salida del pueblo con un canas­to en una mano y una bandera en la otra, “esto es cosa de los jóvenes y tú no tienes que cum­plir”; pero Cándido Pala­cios, que presumía de haber hecho la guerra, de haber tumba­do a una yegua con una sola mano y de haber cami­nado durante días con un saco de aceitunas al hom­bro, estaba dispuesto a carearse con ese consejero de traje azul y corbata de seda que guardaba silencio sobre la sequía y negaba el paro mortificante que asola­ba la comar­ca. “A ver cómo cumplen ustedes” les contestó, “cuando estemos nego­ciando con ese gañán”. Y empuñó la bandera y encabezó la columna. Ya enton­ces el sol se perfi­laba como el peor enemigo de la marcha, pero nadie sospe­chó en ningún momento que su crueldad fuera infinita.




Nada más llegar a la campiña, en la primera jornada, se intuyó que los más débiles no llegarían a la ciudad, de modo que al atardecer, cinco adolescentes y una mujer embara­zada pernoctaron en el pueblo más próximo con la intención de regresar por la mañana en el autobús de línea. El resto de la columna siguió su avance implacable por la carre­tera. Cándido Palacios aún permanecía en cabeza con su bande­ra, marcando un ritmo lento y constan­te, como había aprendido en la infancia, cuando el camino de asfalto era un sendero polvoriento y las coguja­das se dejaban ver entre las matas de lentisco. Iba entonces de cortijo en cortijo, devorando leguas con un morral al hombro y un sueño de amor en el corazón sin que la robus­tez de su cuer­po acusara síntomas de cansancio; pero la primera noche de aquella marcha infernal, sentado en el suelo con un ciga­rro en los dedos, notó que las manos se le hincha­ban y que las sandalias le apretaban los pies. Al tum­bar­se des­pués en la manta sintió una punzada de fuego en la columna verte­bral, y entonces temió de verdad que los jóvenes del pueblo llevaran razón, pero se echó a dormir evocando los tiempos de la juventud y nutriéndose con el recuerdo del camino lleno de polvo.

Al amanecer la hinchazón había desapa­re­cido, y Cándido el Viejo se enva­lentonó de nuevo ante la perspecti­va de la carretera, que atasajaba la campiña ocre como una espada grisácea y feroz. El sol atacó sin piedad el flanco dere­cho de la columna nada más apare­cer en el horizon­te, y a mediodía los vapores de la carre­tera difu­minaban la silue­ta veloz de los camiones, que se veían a lo lejos como en el fondo de un lago y de repente apare­cían a medio metro, rugiendo como dragones, rompiendo la formación, incrementando con el calor de sus motores la temperatura asfixiante de aquella gigantesca espada de fuego donde los pies se derretían y las voluntades se quebraban.

Sentado ahora bajo el árbol, a las puertas de la ciudad, Cándido Palacios se dejó sobrecoger una vez más por el velo transparente que se alzaba desde la auto­pista, como un visillo de vapor prendido de las nubes, mecido por una brisa inexistente. En la distancia tuvo la impresión de que la columna marchaba por el filo de un volcán, y la hilera de hombres le pareció un lento desfile de condena­dos al infierno, caminando hacia las calderas abiertas de una capital humeante, avispero de motores, refugio de diablos trajeados, tribunal implacable presidi­do por el progreso. “Los van a engañar a todos”, pensó mien­tras los veía empequeñecerse tras la cortina de vapor, “los engañarán y no se darán ni cuenta”. Después, muy despacio, se recostó en el árbol. Su columna vertebral se había transforma­do en un sable rígido y agudo, cual­quier movimiento le producía dolores, y el sol, cada vez más alto y llameante, lanzaba dardos encendidos sobre la copa de aquel árbol que había tenido la misericordia de acoger­lo y ampararlo bajo su sombra sin imponer condicio­nes.




Durante los días de la marcha había busca­do con insisten­cia y disimulo el refugio de los árboles, procurando ocultar al grupo y a sí mismo los dolores de cabeza que atur­dían su visión y convertían su cerebro en una cuadra de caba­llos inquietos, pero la hinchazón de los pies no volvió a preocuparle, porque de noche desapa­recía y al amanecer los dedos encajaban en las alpargatas como el primer día. Era la pre­sencia del sol lo que de verdad le infundía miedo, la certidumbre de saberlo al día si­guiente coronando el cielo, entronado en el azul como un tirano en el infierno, aguardando la aparición de la columna para caer sobre ella con la fero­cidad de un casti­go bíblico. Nunca hasta enton­ces había visto al sol como a un enemigo incle­mente, ni si­quiera en los tiem­pos lejanos de la siega manual, cuando las espaldas se tosta­ban y ennegrecían dolorosamente. Sin embargo ahora, en tan sólo cinco días, había aprendido a odiarlo con saña y a desear con fervor la llegada de la noche, la presencia de una sombra cual­quiera, la caricia de una brisa perdida en las plazas arboladas de los pue­blos de paso donde a veces deseaba la muerte antes que el retorno a la lucha. Eran lugares olvidados donde los sauces y los robles lloraban la pasividad de la gente, donde el tedio se refugiaba en fichas de dominó, en vela­dores desgastados por ancianos reconci­liados con el tiempo y en ladridos de perros que interrumpían la siesta de los aburridos; lugares donde Cándi­do Pala­cios hubiera querido morir, parajes familiares donde el fin hubiera supuesto un desahogo, un reencuentro con la paz perdi­da, una rendición honrosa en aquella guerra empren­dida por honor.




Ahora, vencido por el sol, agotado por los días de marcha, tumbado bajo aquel angustioso árbol de auto­pista, Cándido el Viejo había perdido de vista la columna y aguardaba la llegada de la noche evocando los atardece­res del pueblo, tra­tando de ahuyentar la sombra de la derrota con el recuerdo placentero de las horas feli­ces; pero a lo lejos, la presencia fantas­magórica de la ciudad, ensom­brecida por la tarde y la conta­minación, lo hizo abandonar los recuerdos del pueblo. Pensó entonces en la gente de la campiña, que dormiría en el parque princi­pal, cerca del centro, con los sueños y las bande­ras en posi­ción de descanso. Hubiera dado media vida por estar con ellos, por hablar al día siguiente con el consejero de traje azul que negaba descaradamente los efectos de la sequía. Pensó entonces en detener un coche y pedir que lo llevaran al parque, pero el dolor de la espalda, cada vez más inclemen­te y agudo, le impedía ya ponerse en pie y acercarse al filo de la autopista. Caía la noche sobre la ciudad, todas las suertes estaban echadas, y en el tapete encantado donde Cándido Palacios había jugado su partida contra el mundo sólo quedaban al descubierto las cartas del fracaso.

Enton­ces tomó la bandera, se acurrucó en ella y se entregó al sueño, a un sueño profundo de niño resig­nado o de viejo idealista, a un sueño en cualquier caso consolado por el universo luminoso de la ciudad cercana y el himno acompa­sado de unos grillos con­gregados en torno a una noche sin estrellas. Y soñó Cándido el Viejo con un océano de trigo verdimoreno, aterciopelado, mecido por una brisa de infan­cias irrepetibles, con un torren­te de agua fresca ente­rrado en un cañaveral donde los zorzales se posaban al atardecer y los arrieros se refugiaban huyendo de la canícula, con un pueblo blanco sin semáforos ni alqui­trán, perfilado en el azul del cielo como una escul­tura de cal sobre un telón de promesas y con una callejue­la estrecha y som­breada donde las parras agridulces se trenzaban en las fachadas y habla­ban al atardecer con los arrayanes de las ventanas y las avispas peregrinas que danzaban en los portales recién regados. Soñó Cándido Palacios con el pueblo libre y lejano que a veces lo visitaba por las noches como un fantasma enjalbegado de nostalgia, y ni siquiera el dolor fulminante de la espalda perturbó su sueño bajo aquel árbol; fue el sol, al amane­cer, como las ejecu­ciones.




Abrió los ojos y lo vio frente a él, como un volcán en el cielo, dispuesto a derretir la poca vida que aún que­daba en los arcenes de la autopista. A lo lejos, la ciudad se desper­taba envuelta en un aura grisá­cea. Pensó instantá­nea­mente en los que habían tomado el parque el día anterior, en la marcha com­pacta y sudorosa por el centro de la capital, en las banderas del sindicato y en las consig­nas aprendidas por el camino. Sintió un dolor insoportable en los pies y vio que la hinchazón persistía con la terque­dad del sol, que ya se alzaba lentamen­te buscando la cúspi­de del cielo. Abrió una bolsa de plástico con letreros de supermercado y comió un trozo de queso blanco que no le supo a nada. Un dolor inespe­rado volvió a quebrarle la espalda.

Recordó entonces los amane­ceres de la marcha, cuando apenas se incorporaba son leves molestias, y se vio en­vuelto de repente en el uni­verso aplastante y analítico de las comparaciones, que lo asaltó en la soledad del árbol, revistiendo de callosi­dades sus recuer­dos y despo­jando de disfraces una reali­dad que le mostraba sin miseri­cordia la debilidad de su cuer­po. “Estás listo, Viejo” se dijo mientras un escalofrío inopinado le erizaba la piel, “aho­ra sí que estás lis­to”, y cerró los ojos buscando la vacuna del recuerdo, el suero medicinal, hipodér­mico, de un sueño cualquie­ra con la propiedad de transportar­lo a otro lugar, de llevarlo por encima del azul y del fuego al cañave­ral de la campiña o al polvo vagabundo de los caminos juveni­les, pero la dama de la noche se había marchado del brazo con el canto de los grillos y el sol dictaba ahora las consignas del mundo, impidiéndole conciliar el sueño, hundiéndolo cada vez más en los vapores soporíferos de la fiebre y la indefini­ción.




Empezó a sentir frío en medio de aquella erupción volcá­nica de agosto que acobardaba a los lagar­tos y derretía el alquitrán de la autopista, y de repente perdió la noción del tiempo, la imagen ansiada de sus vecinos hablando con un consejero de traje azul y la esperan­za de regresar a un pueblo donde lo aguardaban la sombra fresca de la plazuela y el tacto suave de una carta con la figura del rey de espadas. Cerró los ojos y pensó en la muerte, pero no alcanzó a configurar sus perfiles porque alguien sin piedad le gritó en los oídos y lo zarandeó en el aire como a un monigote.

Lentamente Cándido Palacios abrió los ojos. Había gente a su alrededor y una hilera de autobuses masto­dón­ticos parados en la cuneta. Alguien lo tomó en brazos y lo subió a uno mientras el mundo danzaba a su alrededor como un carru­sel sin luces ni sonido, como una ruleta de feria en torno a un astro sin brillo que ahora se perdía en la línea del atardecer. Sólo el dolor de la espalda consi­guió devol­ver­lo a la realidad, y enton­ces se vio sentado junto a una venta­nilla, en medio de una alga­rabía de gente que le hacía pre­guntas y le palmeaba el rostro.

- Despierta, Viejo -le decían-, despierta.

Cándido el Viejo reconoció por un instante las miradas de sus vecinos y le vino a la memoria el conse­jero de traje azul.

- ¿Cómo fue la cosa? -preguntó.

- Muy bien -le dijeron.

Y entonces le contaron, como una victoria triunfal, una retahíla de promesas que Cándido Palacios había oído mucho antes, que sonaban en el eco de su memo­ria como una canción de cuna sin principio y sin fin; eternos propósi­tos de enmien­da, buenas inten­ciones que se cantaban por los pueblos como roman­ces de ciego, inverosí­mi­les, angustiosas, lejanas.

- Hasta nos han puesto empresas, Viejo -le dijo alguien-, esta vez van en serio.

Entonces Cándido Palacios reposó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Por el horizonte asomaba ya la luna, redonda, plateada, tímida como una novia inocente, mientras la llanura se ensombrecía y el cristal se empañaba con el aliento de su fiebre.

- Dejadme bajar -murmuró-, quiero volver andando.



12 comentarios:

  1. Impresionante historia. La rabiosa actualidad de los jornaleros que acuden al Gobierno a pie para reclamar trabajo.
    Al pobre viejo ya no lo convencen las promesas; las ha escuchado tantas veces, tantas veces fueron falsas, que prefiere volver caminando y morir en el camino antes que ser comparsa.
    Un relato brillante y emotivo que incrusta en el alma del lector las emociones y experiencias del protagonista, haciéndolo sufrir con él.
    Merecido premio el que te concedieron. Un abrazo y felicitaciones.

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  2. Madre Mia Jose...este relato es muy triste,pero bonito y es un gustazo como siempre que los compartas con nosotros...GRACIAS!!!!

    Un abrazo

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  3. - Ojala pase la fiebre y ese jornalero pueda encontrar alivio como tantos, demasiados, en este mundo cruel. Felicitaciones. Ade

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  4. lo imprimí y me perdi por las hojas de papel entre tu letra. muy triste, muy actual, estupendamente escrito

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  5. " Azul y Fuego", es bonito y acertado para un
    relato espléndido.
    "...su cuerpo envejecido y roto...", una realidad más, que has relatado con un derroche
    de belleza. Me ha encantado y estoy contenta
    porque imaginaba un desenlace mucho peor.

    Un beso.

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  6. Valida en este relato sus premios. Un texto muy humano, con ese personaje de Cándido, ni tan cándido. Un abrazo fuerte.

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  7. Delicada y estremecedora historia.
    Siempre un placer pasar a visitarte, aun no sea tan seguido como mereces, pero no dispongo del tiempo que desearía.

    Recibe un relajante y enérgico abrazo de luz para tu ser.

    Beatriz

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  8. Te deseo 12 meses felices,52 semanas de coña,365 dias de exito,8760 horas de salud,525600 minutos de suerte y 3153600 segundos de sexo.feliz 2010!!
    Besazos

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  9. FELICES FIESTAS a todos!!

    Jose Antonio, maestro, Prospero Año para ti. Que cunda ese arte, madre mia que talento tiene este hombre!!

    Un beso muy grande
    CLsT

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  10. Una historia magníficamente contada, cada una de las fases, el ambiente, la profundidad de los personajes, especialmente, Cándido en quien descansa toda la historia, y que está de vuelta de todo, bien sabe por los años de experiencia que todo cambia para que siga igual. Una historia sencilla, cotidiana y muy humana. Me gustó mucho. Una de las cosas que destacan en tus relatos es la humanidad y lo bien que están dibujados los personajes y sus sentimientos. Se agradece que las compartas.

    José Antonio, espero que todo esté bien y te deseo una feliz entrada de año junto a tus seres queridos.

    Un abrazo,

    margarita

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  11. Que el 2010 venga repleto de alegría y momentos dulcemente inolvidables.
    Que vivas tu vida serena y amablemente, con tranquilidad y armonía, con el tiempo en tus brazos :-)

    Un millón de besos, que Dios te bendiga.

    Ana Márquez

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  12. Mi querido José Antonio, paso a dejarte mis deseos de Paz, Amor, Trabajo y Éxitos para este 2010 que aún está en pañales.

    Con mi mano en el corazón...

    ¡¡FELICIDADES!!

    Un beso inmenso

    (Te leeré con la calma y la tranquilidad que merecen tus obras, la máxima)

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