lunes 9 de noviembre de 2009

Azul y fuego



Premio de cuentos Alzahir



“No puedo más” dijo sofocado, con el rostro desfi­gura­do por la fatiga y el dolor, “aquí os espero”, y se sentó al pie del árbol gigantesco mientras la retaguar­dia de la columna desfilaba lentamente por el arcén, con la vista puesta en el horizonte, las banderas ondeando al viento y la esperanza acobardada por el casca­rón de humo enra­recido que envolvía la ciudad. Entonces se quitó las sandalias, se desa­brochó la camisa y miró al cielo, donde una bandada de tordos moteaba el color añil y se batía en retirada hacia la campi­ña. El sol, redondo y llameante como una ventana del infierno, derretía el alquitrán de la carrete­ra, endu­recía la piel de los lagar­tos que jadeaban sobre las pie­dras y torturaba los huesos de aquella columna de volunta­rios emperrada en llegar a pie a la ciudad.

Abrió la bote­lla de agua y bebió un largo trago, pero el caldo recalen­tado, con sabor a plástico, le produjo retortijones en las tripas y añadió un tormento más a su cuerpo envejecido y roto. Entonces agachó la cabeza en un gesto de dolor, vio su bandera retorcida en el suelo, polvo­rienta, sin vida, y padeció una incontrola­ble sensa­ción de angustia que terminó de hundirlo en la derro­ta.

“Tú no vengas, Cándi­do” le dijeron sus vecinos días antes cuando lo vieron a la salida del pueblo con un canas­to en una mano y una bandera en la otra, “esto es cosa de los jóvenes y tú no tienes que cum­plir”; pero Cándido Pala­cios, que presumía de haber hecho la guerra, de haber tumba­do a una yegua con una sola mano y de haber cami­nado durante días con un saco de aceitunas al hom­bro, estaba dispuesto a carearse con ese consejero de traje azul y corbata de seda que guardaba silencio sobre la sequía y negaba el paro mortificante que asola­ba la comar­ca. “A ver cómo cumplen ustedes” les contestó, “cuando estemos nego­ciando con ese gañán”. Y empuñó la bandera y encabezó la columna. Ya enton­ces el sol se perfi­laba como el peor enemigo de la marcha, pero nadie sospe­chó en ningún momento que su crueldad fuera infinita.




Nada más llegar a la campiña, en la primera jornada, se intuyó que los más débiles no llegarían a la ciudad, de modo que al atardecer, cinco adolescentes y una mujer embara­zada pernoctaron en el pueblo más próximo con la intención de regresar por la mañana en el autobús de línea. El resto de la columna siguió su avance implacable por la carre­tera. Cándido Palacios aún permanecía en cabeza con su bande­ra, marcando un ritmo lento y constan­te, como había aprendido en la infancia, cuando el camino de asfalto era un sendero polvoriento y las coguja­das se dejaban ver entre las matas de lentisco. Iba entonces de cortijo en cortijo, devorando leguas con un morral al hombro y un sueño de amor en el corazón sin que la robus­tez de su cuer­po acusara síntomas de cansancio; pero la primera noche de aquella marcha infernal, sentado en el suelo con un ciga­rro en los dedos, notó que las manos se le hincha­ban y que las sandalias le apretaban los pies. Al tum­bar­se des­pués en la manta sintió una punzada de fuego en la columna verte­bral, y entonces temió de verdad que los jóvenes del pueblo llevaran razón, pero se echó a dormir evocando los tiempos de la juventud y nutriéndose con el recuerdo del camino lleno de polvo.

Al amanecer la hinchazón había desapa­re­cido, y Cándido el Viejo se enva­lentonó de nuevo ante la perspecti­va de la carretera, que atasajaba la campiña ocre como una espada grisácea y feroz. El sol atacó sin piedad el flanco dere­cho de la columna nada más apare­cer en el horizon­te, y a mediodía los vapores de la carre­tera difu­minaban la silue­ta veloz de los camiones, que se veían a lo lejos como en el fondo de un lago y de repente apare­cían a medio metro, rugiendo como dragones, rompiendo la formación, incrementando con el calor de sus motores la temperatura asfixiante de aquella gigantesca espada de fuego donde los pies se derretían y las voluntades se quebraban.

Sentado ahora bajo el árbol, a las puertas de la ciudad, Cándido Palacios se dejó sobrecoger una vez más por el velo transparente que se alzaba desde la auto­pista, como un visillo de vapor prendido de las nubes, mecido por una brisa inexistente. En la distancia tuvo la impresión de que la columna marchaba por el filo de un volcán, y la hilera de hombres le pareció un lento desfile de condena­dos al infierno, caminando hacia las calderas abiertas de una capital humeante, avispero de motores, refugio de diablos trajeados, tribunal implacable presidi­do por el progreso. “Los van a engañar a todos”, pensó mien­tras los veía empequeñecerse tras la cortina de vapor, “los engañarán y no se darán ni cuenta”. Después, muy despacio, se recostó en el árbol. Su columna vertebral se había transforma­do en un sable rígido y agudo, cual­quier movimiento le producía dolores, y el sol, cada vez más alto y llameante, lanzaba dardos encendidos sobre la copa de aquel árbol que había tenido la misericordia de acoger­lo y ampararlo bajo su sombra sin imponer condicio­nes.




Durante los días de la marcha había busca­do con insisten­cia y disimulo el refugio de los árboles, procurando ocultar al grupo y a sí mismo los dolores de cabeza que atur­dían su visión y convertían su cerebro en una cuadra de caba­llos inquietos, pero la hinchazón de los pies no volvió a preocuparle, porque de noche desapa­recía y al amanecer los dedos encajaban en las alpargatas como el primer día. Era la pre­sencia del sol lo que de verdad le infundía miedo, la certidumbre de saberlo al día si­guiente coronando el cielo, entronado en el azul como un tirano en el infierno, aguardando la aparición de la columna para caer sobre ella con la fero­cidad de un casti­go bíblico. Nunca hasta enton­ces había visto al sol como a un enemigo incle­mente, ni si­quiera en los tiem­pos lejanos de la siega manual, cuando las espaldas se tosta­ban y ennegrecían dolorosamente. Sin embargo ahora, en tan sólo cinco días, había aprendido a odiarlo con saña y a desear con fervor la llegada de la noche, la presencia de una sombra cual­quiera, la caricia de una brisa perdida en las plazas arboladas de los pue­blos de paso donde a veces deseaba la muerte antes que el retorno a la lucha. Eran lugares olvidados donde los sauces y los robles lloraban la pasividad de la gente, donde el tedio se refugiaba en fichas de dominó, en vela­dores desgastados por ancianos reconci­liados con el tiempo y en ladridos de perros que interrumpían la siesta de los aburridos; lugares donde Cándi­do Pala­cios hubiera querido morir, parajes familiares donde el fin hubiera supuesto un desahogo, un reencuentro con la paz perdi­da, una rendición honrosa en aquella guerra empren­dida por honor.




Ahora, vencido por el sol, agotado por los días de marcha, tumbado bajo aquel angustioso árbol de auto­pista, Cándido el Viejo había perdido de vista la columna y aguardaba la llegada de la noche evocando los atardece­res del pueblo, tra­tando de ahuyentar la sombra de la derrota con el recuerdo placentero de las horas feli­ces; pero a lo lejos, la presencia fantas­magórica de la ciudad, ensom­brecida por la tarde y la conta­minación, lo hizo abandonar los recuerdos del pueblo. Pensó entonces en la gente de la campiña, que dormiría en el parque princi­pal, cerca del centro, con los sueños y las bande­ras en posi­ción de descanso. Hubiera dado media vida por estar con ellos, por hablar al día siguiente con el consejero de traje azul que negaba descaradamente los efectos de la sequía. Pensó entonces en detener un coche y pedir que lo llevaran al parque, pero el dolor de la espalda, cada vez más inclemen­te y agudo, le impedía ya ponerse en pie y acercarse al filo de la autopista. Caía la noche sobre la ciudad, todas las suertes estaban echadas, y en el tapete encantado donde Cándido Palacios había jugado su partida contra el mundo sólo quedaban al descubierto las cartas del fracaso.

Enton­ces tomó la bandera, se acurrucó en ella y se entregó al sueño, a un sueño profundo de niño resig­nado o de viejo idealista, a un sueño en cualquier caso consolado por el universo luminoso de la ciudad cercana y el himno acompa­sado de unos grillos con­gregados en torno a una noche sin estrellas. Y soñó Cándido el Viejo con un océano de trigo verdimoreno, aterciopelado, mecido por una brisa de infan­cias irrepetibles, con un torren­te de agua fresca ente­rrado en un cañaveral donde los zorzales se posaban al atardecer y los arrieros se refugiaban huyendo de la canícula, con un pueblo blanco sin semáforos ni alqui­trán, perfilado en el azul del cielo como una escul­tura de cal sobre un telón de promesas y con una callejue­la estrecha y som­breada donde las parras agridulces se trenzaban en las fachadas y habla­ban al atardecer con los arrayanes de las ventanas y las avispas peregrinas que danzaban en los portales recién regados. Soñó Cándido Palacios con el pueblo libre y lejano que a veces lo visitaba por las noches como un fantasma enjalbegado de nostalgia, y ni siquiera el dolor fulminante de la espalda perturbó su sueño bajo aquel árbol; fue el sol, al amane­cer, como las ejecu­ciones.




Abrió los ojos y lo vio frente a él, como un volcán en el cielo, dispuesto a derretir la poca vida que aún que­daba en los arcenes de la autopista. A lo lejos, la ciudad se desper­taba envuelta en un aura grisá­cea. Pensó instantá­nea­mente en los que habían tomado el parque el día anterior, en la marcha com­pacta y sudorosa por el centro de la capital, en las banderas del sindicato y en las consig­nas aprendidas por el camino. Sintió un dolor insoportable en los pies y vio que la hinchazón persistía con la terque­dad del sol, que ya se alzaba lentamen­te buscando la cúspi­de del cielo. Abrió una bolsa de plástico con letreros de supermercado y comió un trozo de queso blanco que no le supo a nada. Un dolor inespe­rado volvió a quebrarle la espalda.

Recordó entonces los amane­ceres de la marcha, cuando apenas se incorporaba son leves molestias, y se vio en­vuelto de repente en el uni­verso aplastante y analítico de las comparaciones, que lo asaltó en la soledad del árbol, revistiendo de callosi­dades sus recuer­dos y despo­jando de disfraces una reali­dad que le mostraba sin miseri­cordia la debilidad de su cuer­po. “Estás listo, Viejo” se dijo mientras un escalofrío inopinado le erizaba la piel, “aho­ra sí que estás lis­to”, y cerró los ojos buscando la vacuna del recuerdo, el suero medicinal, hipodér­mico, de un sueño cualquie­ra con la propiedad de transportar­lo a otro lugar, de llevarlo por encima del azul y del fuego al cañave­ral de la campiña o al polvo vagabundo de los caminos juveni­les, pero la dama de la noche se había marchado del brazo con el canto de los grillos y el sol dictaba ahora las consignas del mundo, impidiéndole conciliar el sueño, hundiéndolo cada vez más en los vapores soporíferos de la fiebre y la indefini­ción.




Empezó a sentir frío en medio de aquella erupción volcá­nica de agosto que acobardaba a los lagar­tos y derretía el alquitrán de la autopista, y de repente perdió la noción del tiempo, la imagen ansiada de sus vecinos hablando con un consejero de traje azul y la esperan­za de regresar a un pueblo donde lo aguardaban la sombra fresca de la plazuela y el tacto suave de una carta con la figura del rey de espadas. Cerró los ojos y pensó en la muerte, pero no alcanzó a configurar sus perfiles porque alguien sin piedad le gritó en los oídos y lo zarandeó en el aire como a un monigote.

Lentamente Cándido Palacios abrió los ojos. Había gente a su alrededor y una hilera de autobuses masto­dón­ticos parados en la cuneta. Alguien lo tomó en brazos y lo subió a uno mientras el mundo danzaba a su alrededor como un carru­sel sin luces ni sonido, como una ruleta de feria en torno a un astro sin brillo que ahora se perdía en la línea del atardecer. Sólo el dolor de la espalda consi­guió devol­ver­lo a la realidad, y enton­ces se vio sentado junto a una venta­nilla, en medio de una alga­rabía de gente que le hacía pre­guntas y le palmeaba el rostro.

- Despierta, Viejo -le decían-, despierta.

Cándido el Viejo reconoció por un instante las miradas de sus vecinos y le vino a la memoria el conse­jero de traje azul.

- ¿Cómo fue la cosa? -preguntó.

- Muy bien -le dijeron.

Y entonces le contaron, como una victoria triunfal, una retahíla de promesas que Cándido Palacios había oído mucho antes, que sonaban en el eco de su memo­ria como una canción de cuna sin principio y sin fin; eternos propósi­tos de enmien­da, buenas inten­ciones que se cantaban por los pueblos como roman­ces de ciego, inverosí­mi­les, angustiosas, lejanas.

- Hasta nos han puesto empresas, Viejo -le dijo alguien-, esta vez van en serio.

Entonces Cándido Palacios reposó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Por el horizonte asomaba ya la luna, redonda, plateada, tímida como una novia inocente, mientras la llanura se ensombrecía y el cristal se empañaba con el aliento de su fiebre.

- Dejadme bajar -murmuró-, quiero volver andando.



lunes 12 de octubre de 2009

Amistades mentirosas





Premio Nacional de Cuentos Ayuntamiento de Carreño


A mí, como a cualquier hombre mo­derno, me cautivan muchas cosas de la vida; pero hay tres de ellas que consiguen trans­formar ese impulso incontrolable llama­do pa­sión en lo que yo califico como esclavitud consenti­da, divi­nal, bie­naventurada. Esas tres cosas son, han sido y segui­rán siendo la cultura, los negocios y la buena comida.

A la cultura, como autodidacta, la amo con desati­no, incluso con desproporción, con la inclinación pose­siva del amante que desea a toda costa estar junto a su amada, a quien sólo ve cua­tro ratos a la semana y a la que le gusta­ría entre­gar no sólo su corazón sino también su tiem­po. Es algo superior a mí. Mi psicoanalista, ese imbécil a quien visito algunas veces, dice que es natural, que mi fanatismo por los libros está justificado por la carencia que de ellos tuve en la niñez, que ese “complejo”, y no le importa decir­me en la cara que soy un acomplejado, se ve agra­vado por el ambiente econó­mico y social que me rodea: las fiestas que solemos dar en el chalet, los ilustrados hombres de negocios que trato... en una pala­bra, que alter­nar con gente culta me con­vierte en algo parecido a un analfabeto frustra­do... como si él tuviera alguna idea de lo que es la cultura y el amor a los li­bros. Una tarde, harto ya de oír memeces, me incorpo­ré del sofá donde suele tumbarme y en presencia de mi esposa lo agarré por la solapa y le grité en la cara una famosa frase de Plinio el Joven, a quien él con­fundiría seguramente con algún torero de postguerra:

¡Nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte pro­des­set!

Y repetí con tanta fuerza que me dolió la garganta:

¡¡¡ PRODEESEEET !!!

Mano de santo. Ya no volvió a pro­nunciar la palabra libro. No obstante, de vez en cuando, suele arre­meter contra la cultura y el buen gusto empleando verbos como "in­fluenciar" y "explo­sionar", amén de los laísmos, leímos, dequeísmos y demás "ismos" que como bacterias ponzoñosas conta­minan su paupérrimo vocabulario.

A los negocios dedico la mayor parte del día, de sol a sol como quien dice, pues he de controlar los numero­sos supermercados de mi cadena y estar al tanto de la inmobi­liaria que lleva mi nombre; son, como dije antes, otra de mis pasiones, y a ellos debo las comodi­da­des que me rodean, el nivel social adquiri­do y esa impre­sión de sen­tirme poderoso que experimento cuando entro en alguna de mis grandes superfi­cies y todo el mundo, in­clui­dos los gerentes, que son gente de carrera, me habla de don y me inclina la cabeza. Yo condes­ciendo con ellos alter­nando campe­chana­mente, invitándolos a desayunar, haciendo como que oigo sus pesares e incluso, si son amantes de la lite­ratura y buenos con­versadores, ofrecién­doles el chalet y la piscina.

Pero la buena comida es, sobre todo, la gran pasión de mi vida, y me honro de compartir el pensa­miento de aquel gran comedió­gra­fo que fue Bernard Shaw: No hay amor más sincero que el amor a la comida. No cabe la menor duda de que el genial irlandés afincado en Inglaterra sabía muy bien lo que decía. Lo único extraño es que un hombre de pensa­mientos tan exquisitos fuera capaz de vivir en un país famoso por la bazofia que digie­re; ya decía Pierre Daninos que los in­gleses inventaron la sobremesa para olvidar su comida, y el único consuelo que les cabe en este aspecto es que los italia­nos son mucho peores: espa­guettis a la boloñe­sa, tortellinis a la carbo­nara... sin comentarios.

En particular, y salvo lógicas exclusiones, a mí me gusta toda la comida, incluso la informal, pues donde vaya un buen pot-au-feu, versión francesa de nues­tro sabroso cocido, con un rosado Cigales como el Barrigón, pocas cosas van. Ni que decir tiene que los salmonetes al pistou con un Viña Sol del Penedés, el solomi­llo de cebón con salsa bearnesa acompañado de un rioja como el Marqués de Arienzo o las exqui­sitas aigu­llettes de volai­lle a la flor de mostaza regadas con un rosado como el Viña Berceo, no tienen ni compara­ción, salvo si el pot-au-feu se condimenta con dos pizcas de tomillo en lugar de una, cosa que raramente sucede. De la cocina española me quedo con el lenguado a la almendra, si la almendra no se ha dejado hervir, y con la famosa olle­ta, siempre y cuando vaya acompañada con un Viña Ver­meta de Moncó­var. En los restau­rantes no entro salvo cuando la ocasión lo requiere, pues en casa dispongo de envidiables cocine­ros que se esmeran en lo que hacen, aman su trabajo y permiten suge­rencias sin entregarse en manos de los celos. A veces discuten conmigo acaloradamente sobre tal o cual condimento o sobre el acierto de servir un vino u otro, pero siempre terminan con­ven­ciéndose de que yo llevo razón.





Y precisamente me hallaba discu­tiendo con Gonzalo, un maestro en los postres, la conveniencia de acompa­ñar el mousse de chocolate con un Cava Brut o con un aguar­diente de frutas, la tarde que me sentí ligeramente indispues­to justo cuando Consuelo, mi mujer, y su madre, "la señora de la casa", hacían acto de presencia en la cocina. Fue patético: que si a ver qué es ese dolor del pecho, que si tienes que vigilarte, Gre­gorio, que si hace un siglo que no vas al médi­co... Abandoné la cocina y me refugié en el salón, intentando de alguna manera desviar de sus mentes la posible asociación que pudieran estable­cer entre lo sucedido y los exquisitos alimentos que a diario se cocinaban en aquel lugar. Mi suegra, siempre al acecho como un buitre leonado, captó al instan­te la manio­bra.

-Comes demasiado, Gregorito -me dijo con aquella odiable voz de falsete, sabiendo que agujereaba mi línea de flota­ción-, tienes que vigilar el coles­terol, que están dando muchos infar­tos, que fumas mucho y comes mucho y bebes mucho...

Maldita arpía, que están dando muchos infar­tos... como si eso lo trajera la atmós­fera... también trabajo mucho y nunca me lo echa en cara. Consuelo, alen­tada por la presencia de su madre, se envalentonó y montó uno de los numeritos histéricos que acostumbra a montar, lo requiera o no la oca­sión, cuando los mejunjes que se toma para adelga­zar, que son muchos, le afec­tan el sistema nervio­so. Aque­lla misma tarde me hizo jurar que antes de terminar la semana iría al médico a hacerme un che­queo. Recordé a Corneille, el autor de Po­lieuc­to y Rodoguna: Un mentiroso es siempre pródigo en juramen­tos. Interiormente sonreí, y no había terminado de hacerlo cuando ya tenía pensa­da la maniobra.

Inmediatamente la puse en marcha. Era martes por la noche. Debía saturar de trabajo los restan­tes días hábiles de la semana a fin de tenerlos inexcusa­blemente ocupa­dos. Era imprescin­dible eludir a cualquier precio la visita médica, el régimen alimenticio severo, el calvario de Consuelo y su madre controlando hasta el fanatismo mis placeres. Tele­foneé a Martínez y a Vázquez, los gerentes de los dos negocios más importantes de mi cadena; después a Quintero, el director de la inmobilia­ria. Les ordené que cada uno hiciera dos llama­das, una de ellas de madrugada; Martínez llamaría el miérco­les, Váz­quez el Jueves y Quinte­ro el viernes, que se inventa­ran un problema gordo que yo me encargaría del resto, que volvie­ran a llamar al día siguiente por la mañana, cuando yo no estuviera, y dieran otro encargo a mi mujer... o a la "señora Carmela". Me froté las manos. No dejaría dormir a nadie ni de día ni de noche.

A las siete de la mañana llamó Martínez. Aquel idiota no había entendido bien las instrucciones, pero supo repre­sentar su papel. Me dijo con toda la tran­quilidad del mundo que había hecho un desfalco de cien millones en el híper, que se largaba a Paraguay con una cajera rubia y que me fuera a hacer puñetas. Así. Se había pasado con lo de hacer puñetas, pero se lo agradecí; el insulto me subió los colo­res y me ayudó a montar en una cólera fingida que impre­sionó a Consuelo. Le dije, gritando para que me oyera toda la casa, que eran unos canallas, que aquello no iba a quedar así, que lo perse­guiría hasta el fin del mundo, que ningún gamberro iba a arruinar el mejor de mis negocios... Colgué. Miré a Consuelo a los ojos afectando pesadumbre.

-Un contable se ha equivocado en los libros -le dije-, hay una inspección de Hacienda y tengo que salir urgente­mente; lo siento, ni hoy ni mañana podré ir al médico.

Según lo planeado, de madrugada llamó Váz­quez: un guardia jurado había sorprendido a dos ladro­nes en el almacén y los había matado a tiros. Menudo problemón. Diez puntos para Vázquez. Desperté a Consuelo de un codazo para que oyera lo que iba a decirle.

-¿Que ese imbécil los ha matado? -pregunté en voz alta-, ¿a los dos?... ¿Que está ahí la Policía?... ¿Que mañana hay que estar en el juzgado a primera hora...? Bien, bien... bien... Sí. Colgué.

-Ya lo has oído, consuelo hija -dije llevándome las manos a la cabeza-, que se han propuesto ma­tarme a disgustos.





Al día siguiente almorcé en El Esparra­gal, el mejor restaurante de la ciudad. No era convenien­te aparecer por la cocina de casa estando la arpía cerca, y mucho menos bajo la amenaza de un médico vendido. La arpía perseguía un objetivo desde hacía años: ponerme a régimen. Ella y yo sabía­mos que el coleste­rol era seguro, que nada podría librarme de una dieta severa, de una Consuelo histé­rica, de un tormento diario. Callábamos, pero lo sabíamos, por eso era importan­te que aquella maniobra de diversión resulta­ra eficaz. En otras ocasiones había conseguido eludir el cerco con estrategias similares. Mientras tan­to, al restau­rante, qué remedio. Almor­cé de prime­ro una ensala­da de gambas con salmón ahumado y salsa vinagreta, de segundo un solomillo de cebón a la broch con patató, regado con un Marqués de Griñón, y de postre, helado de turrón. Todo exqui­sito.

Por la tarde, al llegar a casa, la "señora Carmela" tenía dos recados para mí. Prime­ro: Quintero, el de la inmobilia­ria, había llamado diciendo que se largaba con Martínez a Para­guay, con otros cincuenta millones y la secre­taria. Interiormente monté en cólera... Valiente falta de imaginación... ¿A que lo echaban todo a perder? ¿Quién iba a creerse eso? Segundo: "la señora", viendo lo ocupado que estaba últimamente, preocu­pada por mi delicada salud, se había tomado la libertad de telefonear al doctor Macías, el trai­dor, el sobornado, que aquella misma tarde vendría a sacarme sangre para determinar mi grado de co­lesterol.

-Imposible -argüí-, no estoy en ayunas.

-Para el colesterol no es necesario estarlo -respondió-, ya lo ha dicho el doctor Macías. Para otras cosas es im­prescin­di­ble, pero para eso no.

Y agregó sardónica: Parece menti­ra, Grego­rito, que con tantas cosas como sabes se te haya pasado por alto un detalle tan simple. En ese preciso instante sonó el timbre. Era aquella sangui­juela de Macías, la que le sacaba el dinero a mi mujer con las dietas. Estaba perdi­do, aquel canalla no conocía la piedad.

-Hombre, Macías -le dije-, cuánto me alegro de verte. Menos mal que uno tiene buenos amigos.

Por la mañana volvió a sonar el timbre. Era Macías otra vez... con el resultado de los análisis. Lo invité a la mesa y pedí que le sirvieran el desayuno. Mi mujer lo miraba expec­tante; mi suegra, segura y confiada. Lo primero que hizo fue reti­rarme de un manotazo la torta de almendras y el tazón de café que me había servido el coci­nero.

-Joder, Macías -dije sonriendo para restar impor­tancia al agravio-, no me digas que tengo coleste­rol.

-Trescientos ochenta -contestó exaltado-, una burrada para tu edad, a punto de que te dé un infarto, al borde de la congestión. Esto hay que atajarlo inmediata­mente, por eso he venido a pri­mera hora.

El muy granuja... yo sabía perfec­tamente a lo que venía: a cobrar y a buscarse otro cliente para las sesio­nes de acupun­tura. Me puso la mano en el hombro como si de verdad me aprecia­ra y dijo que no me preocupara, que todo tenía remedio, que debía llevar un régimen riguroso, que todo asadi­to y cocidito, que mucha lechuguita y abso­lutamente nada de alcohol. Sacó de la chaqueta un papel doblado: el régimen. Lo leyó por encima en voz alta... Canallesco. De campo de concen­tra­ción. Aquello no lo hubie­ran comido ni los espar­tanos. Fue trágico. Consuelo llamó entonces a los cocineros, les dio el papel de Macías y les dijo que hasta nueva orden el señor comería estric­ta­mente lo que estaba escrito allí, ni un gramo más ni un gramo menos. Gonzalo me miró con pena; mi suegra, con satisfac­ción. Se había salido con la suya.

Tal fue el disgusto que al día siguiente no salí de casa ni siquiera para almor­zar en El Esparra­gal, y una sensa­ción cruel de angustia y tristeza invadió mi imagina­ción y me sumió en la nostalgia. Recordé uno a uno mis pla­tos preferidos, los vinos delicio­sos que había probado en el extranjero y los numerosos postres que duran­te décadas habían alegrado mi vida y mi paladar; y desgra­ciada­mente mi cerebro volvió a fijarse en el incom­parable mousse Gaitán, el del famoso restaurante de Jerez de la Frontera, en la otra punta del país, donde acudo una vez al mes con la única intención de disfrutar­lo. Ahora co­rría el riesgo de perder todos mis privi­legios gastronó­micos, toda la alegría de mi vida. Tenía que maquinar algo de inmedia­to. Si seguía el régi­men, podía morir de hambre o de triste­za, y si lo ignoraba me costaría el matrimonio con Consue­lo; la arpía estaba al acecho, me odiaba y aprovecha­ría la ocasión para defenestrar la pareja. Bur­larse de un régimen alimenticio ante Consuelo como insultar al Profeta ante un integrista... y "la señora" lo sabía.

A media tarde, sumido hasta el cuello en el fango de la confusión, volvió a sonar el teléfono. Lo cogió mi suegra: era Vázquez que necesitaba verme urgente­mente para un asunto de la mayor importan­cia y discreción. "La señora" insis­tió: Que no me asuste usted, que Gregori­to está muy enfermo, que me diga usted lo que pasa de una vez... Se lo dijo: Martínez y Quintero habían desapareci­do; no estaban ni en su casa, ni en el club ni en ningu­na parte. Aquello estaba llegando demasiado lejos. Vázquez También con la historia del desfal­co. Puedo perdonar cual­quier cosa menos la falta de imaginación y la carencia de origina­lidad. Me levanté acalora­do, aún con el fantasma del mousse Gaitán rondando mi cabeza, y cogí el auricular. No lo dejé hablar. Grité.

-Yo te diré dónde están, Vázquez -dije-, en Para­guay con dos pajarru­cas y un montón de millones. Adiós.

Valiente camarilla de imbéciles. Había que olvi­dar ya los juegos y las mentiras. Todo había sali­do mal. Ahora lo impor­tante era convencer a Macías para que aflojara las tuercas. Si quería tortu­rar­me con las agujas, yo le daría el gusto; si quería dinero, lo sobornaría, pero tenía que bajarse del burro y retirar el régimen. Llevaba veinticua­tro horas ingestando asaditos de pollo y lechu­guitas al natural y no estaba dispuesto a consentir aquello ni un día más. Podía comer en restauran­tes, pero si volvían a hacerme análisis por sor­presa, cosa que la arpía se encar­garía de conse­guir, sería descubier­to al instante con el agra­vante de la trai­ción y la burla. No había otra salida. Sobornaría a Macías. Des­pués, a celebrarlo en Jerez por todo lo alto. Si era necesario, lo invitaría.

Antes de ponerse el día estaba en su con­sulta, decorada por cierto con un mal gusto insultante. El muy cínico se "sorprendió" al verme. Quiso hablar. No se lo permití. Le dije que se dejara de historias, que cuánto quería por "arre­glar" la mete­dura de pata de la dieta, y que no me saliera con pirotécnias éticas, que eso se quedaba para Galeno y sus discípulos. Enrojeció como un tomate y por un momento pareció negarse. Aproveché aquel instante de flaque­za. Recordé la eficaz terminolo­gía de los mafio­sos. Lo amenacé.





-Ya conoces mi círculo, Macías -le dije-, si no sabes ver lo que te conviene te desprestigiaré, te hundiré, no pararé hasta verte traba­jando en la Seguridad Social. Yo las pasaré canutas una tempo­rada, pero tú estarás listo para toda la vida.

Se dejó caer en el sillón, abatido, pesaro­so. Parecía comprender. Al minuto, su ética se había trans­formado en ambición.

-Cien mil -dijo.

-Muy bien –respondí-, y saqué un talonario de cheques.

Al final iba a resultar barato el mediquito de la jet. Al ir a sentarme, cambió la cosa.

-Duros -agregó descaradamente-, cien mil duros...

¡El hijo de su madre! Sabía que mi devoción por la gastronomía valía más de medio millón. Pensé en la lubina con gambas, en el txangurro al horno, en la olle­ta y en el mousse de chocolate... Firmé el talón sin dudar­lo. Me dijo que volviera dentro de una semana para hacerme nuevos análisis, que saldrían perfectamen­te y que se encarga­ría de llamar a Consuelo para tranquilizarla. Qué menos.

Nada más salir a la calle me sentí un hombre reno­vado, dentro de poco la arpía esta­ría tan acorralada como sus argumentos. No tendría por dónde salir. Yo sí: por la carretera de Anda­lucía, hacia Jerez de la Frontera. En cuanto Ma­cías me hiciera los nuevos análisis tomaría el Mercedes y haría una escapada culina­ria por el sur. Jerez sería poco. Visitaría Granada, Córdo­ba, Sevilla, Cádiz... los pueblos de la costa, los majestuosos restaurantes al pie del mar, los más delicio­sos pescados y maris­cos, los excelentes vinos, los mejores gourmets. Me lo había mereci­do después del susto y de la brillante exhibición de estra­tegia. Ya todo estaba re­suelto, "la señora" ni se había olido el tejemaneje; todo era ya cuestión de aguardar unos días, de volver al tra­bajo y de simular esa expresión de monotonía, de indi­ferencia consen­tida que deja en mí la activi­dad cotidiana.

Ya en casa distraje mi pensamiento matizan­do los detalles de la excursión. Viajaría tranquilamen­te, sin prisas. Aprovecharía el tiempo leyendo a los clásicos, me introduciría leve­mente en el intrincado mundo de la poesía, me emborra­charía de metáfo­ras y de ritmo a la orilla del mar; era posible que incluso me deci­diera por fin a escribir. Consuelo se quedaría en casa, con su madre y sus dietas. El panorama era extraordina­rio, pero tuvo que sonar el teléfono. Era Martínez que llamaba desde Puerto Stroessner, en Para­guay, para decir que lo había pasado fenomenal con la cajera y que en ese momento se largaba a otro país. Me mandaba recuerdos de Quintero. El muy estúpi­do estaba todavía en el campo de bata­lla. Mi maniobra había sido tan rápida y sutil que aún no se había enterado del final de la guerra. En Puer­to Stroes­sner... ¿Sería vulgar? Le dije que se dejara de pamplinas que todo estaba resuel­to, que no tenían imagina­ción ninguna y que a primera hora de la mañana quería verlos en mi despa­cho para poner­nos al día. Se rió con su habitual gemido de hiena mori­bunda y quiso decir algo. No se lo per­mití. Colgué violenta­mente. A ren­glón seguido volvió a sonar el maldito aparato. Era la mujer de Martínez. Llorando... Un terrible presenti­miento se agarró con ferocidad a mi garganta. ¿Sería verdad toda la historia del desfalco? Martínez tenía potestad para hacer y deshacer en el negocio y yo llevaba una semana sin aparecer por la ofici­na, enredado como estaba con la dieta del maldito Macías. ¿Ha­bría sido capaz de robarme cien millones, de irse al extranjero con una cajera, de traicio­nar la confianza del hombre que rescató su miserable destino de aquella hedionda facultad de Económi­cas? Hablando con su mujer salí de dudas: lo había sido.

¿Y Quintero? Seguro que también me la había jugado. Empapado en sudor telefoneé a su casa... Nadie respon­dió. A su madre: Miguelito llevaba una semana sin dar señales de vida... El muy cana­lla... A gritos juré que me las paga­rían. Prometí encerrarlos para siempre en la mazmorra más oscura del mundo, ofrecer una recompen­sa millonaria a las mafias de la droga, movilizar a la Interpool y arran­carles el pellejo con mis propias manos; rompí la cornuco­pia del comedor de un puñetazo y grité como un poseso por toda la casa: desalmados, rufia­nes, pelagatos, bandidos, fracasa­dos...





Había que acudir a la Policía, recuperar el poco dinero que les quedara, ence­rrarlos en la cárcel más oscura. Pero ¿cómo? Seguramente ni habrían pisado Para­guay y a esta hora estarían en China, en la India o en cualquier otro rincón escondi­do del planeta gastando mi dinero en restauran­tes de lujo, en drogas y en orgías. A media noche, agotado por el llanto, subí al coche y me presenté en la comisaría. Fue ver­gonzoso, humillante. Me trataron con suspicacia, con una incredulidad insultante, como si yo fuera un don nadie. Me inte­rrogaron frenética­mente du­rante horas, me confundieron, me ataranta­ron… A las cuatro de la maña­na, vencido por el agota­mien­to, me hicieron confesar que conocía el desfalco desde hacía una semana, que los mismos estafado­res me habían avisado y que Martínez en persona me había telefoneado desde Para­guay... Craso error. No comprendieron aquello, era una pieza que no encajaba. El panorama empezó a compli­carse, rom­pieron las normas de cortesía y comenzaron a tu­tearme. Mal asun­to. Casi sin percibirlo tuve que abando­nar el ataque y pasar a la defen­sa; me esta­ban acorralando, me hacían contradecirme y poco a poco mi imagen de víctima se pare­cía más a la de cóm­pli­ce... Bajo la luz amarillenta de aquella oficina recordé atemoriza­do las películas de es­pías. El tamborileo de la máquina de escribir martillea­ba mi cerebro como los cascos de un caba­llo desbocado y la humareda densa del tabaco me envol­vía en la duda a medida que pasaban las ho­ras... ¿Por qué no me dejaban marchar? ¿Estarían pensando que yo era cómplice de Martínez y de Quintero? ¿Serían capaces de torturarme para obte­ner información? Si lo hacían, estaba dispuesto a declarar lo que quisieran, pero aquello supon­dría la ignominia, el descrédito, la ruina, la cárcel, palizas de presos para­noicos que odian a los ri­cos, que los violan... y el hambre, sobre todo el hambre. El régimen de Macías sería un lujo de sibari­tas en aquel lugar... Esta­llé. Me levan­té. Pensé como Ulpiano que cuando la falta es cometida por muchos, queda impune. Grité su pensamiento tan fuerte que todos enmudecie­ron. Un segundo después comprendí que había gritado en latín, emulando al juez de Fuente Ovejuna, pero que al mismo tiempo mi escaso dominio del latín me traicionaba y con aquella cita reconocía una culpa que no era mía:

-¡¡¡ QUIDQUID MULTIS PECCATUUURRRR, INULTUM EEE­EST !!!

Por unos segundos parecieron impre­sionados, ya se sabe que la ignorancia es una infección que debilita a quien la posee, pero después tuve que traducir la cita al lenguaje colo­quial y confesar además todo lo del régi­men, lo de la mentira que exigí a los traido­res, lo de Macías, el chantaje... Por la mañana terminaron compren­diendo. Me hicie­ron pasar al baño y la imagen de un hombre desgraciado me impresionó a través del espejo: era yo, un pobre despojo humano escarnecido, humillado, derrotado, un don nadie que consentía la burla en sus propias narices.

De regreso a casa pensé en Consue­lo. Ni siquie­ra había telefoneado a la comisaría para interesarse por mí. ¿Dónde estaba el afecto? ¿Dónde los años de matri­monio? ¿Dónde quedaba la misericordia? En ninguna parte, simplemente nunca existió. Entré abatido en el salón. Quise llamarla pero no pude. Sobre el mármol de la mesa un papel doblado llamó mi atención: Mi madre y yo nos vamos a hacer un largo viaje con el doctor Ma­cías. No nos espe­res. No volveremos. No te preocu­pes por el dinero que me llevo del banco, lo recu­perarás pronto. Que lo pases bien en Jerez. In­creíble. Martínez, Quintero, Macías, mi suegra, mi propia espo­sa... todos se habían confabulado para robar­me, para destruirme. Todos habían busca­do mi dinero y absolutamente nadie me había queri­do jamás. ¿Quién era yo, entonces? Embargado por la pena llegué a una conclusión destructiva, demole­dora: un pobre analfa­beto que de joven no pudo estudiar y ahora presumía de saber la­tín... latín, cuatro citas pegajosas aprendidas de memorieta. No era más que un comer­ciante con fortuna, un burgués comilón respe­ta­do tan sólo por su dinero.

Salí a la calle. Durante horas deambulé por la ciudad como un vagabundo, con la pesadez aburrida de los africanos que venden al­fombras, con desprecio hacia el tiempo. A media mañana, sin poder soportar ya la tensión, entré en un zaguán y volví a llorar; y lo hice con descon­suelo infinito, como Boabdil abandonando Granada. ¿Quién se iba ahora a Jerez a degustar de nuevo el Mousse Gaitán? ¿Quién se emborracha­ría de versos a la orilla del mar y quién recorrería uno por uno los mejores restau­rantes de la costa? ¿Quién, en definitiva, era capaz de paladear los placeres de la vida en aquella situación tan amarga? ¿Ha­bría suficiente dinero para hacer frente a los pagos más inmediatos o tendría que vender algún negocio? Sólo me quedaba una cosa: incer­tidumbre.

Cuando las lágrimas se disiparon en mis pupilas recono­cí el portal de la casa donde había volcado mi amargura: la consulta del psico­analista. Por fin alguien haría algo por mí, aun­que fuera pagando. Sin pensarlo dos veces entré. Como siempre, su despacho estaba solo. Al verme en aquel estado simuló indiferen­cia, me tumbó en el sofá y trató de sonsacarme como en otras ocasio­nes. Ahora se hacían innecesarias sus tretas. Se lo conté absoluta­mente todo: lo de la gastronomía, lo del régimen, lo de mi sue­gra, lo del desfalco, lo de Ma­cías, lo de la Policía... Todo. Juré de nuevo capturar a los traido­res, volví a llorar y a gritar y terminé maldiciendo a los negocios, a la buena comida, a la cultura... En la penum­bra pare­ció sonreír sardónicamente y su ridícula perilla de chivo, débilmente agitada en la sombra, me auguró otra inmi­nente derrota. Se acercó a mi oído, tenue, silen­cioso... Com­prendí en una frac­ción de segundo que también me la tenía jurada. Murmuró:

-Nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte pro­des­set.

Y agregó, tan bajito que casi no pude oírlo:

- ¡Prodeeseeet !

Y llevaba razón, no hay libro malo que no lleve parte de provecho. Maldito.