martes, 5 de enero de 2010

Una sonrisa en la multitud


Premio Internacional de Cuentos Meres



A mi hijo José Antonio

La tarde se ensombreció de forma inesperada, y el ejército de nubarrones que al amanecer había sitiado la ciudad se lanzó al asalto desprovisto de piedad, ocupando por sorpresa las azoteas de los rascacielos y amenazando con inundar las calles de una lluvia desleal y olvidada. La sequía había sido inclemente con los campos y nadie pensó nunca que un diluvio pudiera atacar la ciudad precisamente la noche de reyes. Florencio Palacios descorrió los visillos del dormitorio y desde la ventana empañada espió las calles del barrio, el revuelo de las hojas llevadas por el viento y la tonalidad grisácea del silencio que se recostaba en las esquinas con la persistencia de un mendigo. Se esforzó por ver a lo lejos la amplitud de la avenida y descubrió un río de automóviles fluyendo hacia el centro de la ciudad, el mismo río que todos los años a esa hora se mostraba caudaloso de niños y de coches envalentonados por la ilusión de los reyes, ansiosos por ver al tiempo hundido en su propia precipitación. El ritmo del mundo perseveraba en sus compases a pesar de la amenaza de lluvia. Florencio Palacios salió entonces del dormitorio, besó a su madre que seguía en la mesa camilla viendo el mundo a través del televisor y luego se detuvo en la puerta.

- Voy a salir -dijo.

La anciana levantó la cabeza, inspeccionó el pergeño de su hijo con una mirada experta y después se hundió en un gesto de desaliento.

- Estás loco -contestó-, ¿qué rey mago va a salir a la calle en medio de un diluvio?

Florencio Palacios cerró la puerta, bajó las escaleras pintarrajeadas por los niños y en el mismo bordillo de la acera se llenó de valor y se enfrentó al mundo. El aire era el mismo que el de Nochevieja, los naranjos continuaban inamovibles en los arriates de la calle y la ropa íntima de las vecinas seguía acudiendo a los tendederos con la lealtad de una novia inocente. Todo era igual en el mundo menos la imagen espantosa que él había concebido del universo en tan solo una noche, nada había cambiado salvo una hoja en el calendario y un número novedoso que se erguía sobre él como una puerta de incertidumbre ante una vida sembrada de miedos.




Se estremeció con la idea de que una simple cifra en el almanaque tuviera la potestad de cambiar una conducta y de instaurar la dictadura del terror en el reino del futuro; un futuro protéico que se diluía ante sus ojos atacado por la duda, que había perdido toda consistencia y amenazaba con desaparecer para siempre entre la multitud de parados que inundaba el barrio. No lo había celebrado. Había recibido la llegada del nuevo año en el comedor del piso, frente a su madre, asustado por la euforia ajena y por las preguntas veloces que acudían a su cerebro paralizado por el miedo al paro, un miedo que lo había recluido en el piso cinco días seguidos y que había ensombrecido el color de sus fiestas; pero ahora estaba en la calle, al fin, contagiado por el entusiasmo de los niños que intuía en la avenida. Por un segundo pensó volver, subir las escaleras y recluirse de nuevo en la habitación, con sus libros de maestro y sus sueños de poeta, pero un impulso ajeno a su voluntad lo obligó a caminar.

El centro de la ciudad quedaba lejos, enterrado en la robustez de los edificios y perdido en los entresijos de una historia milenaria ensanchada por la modernidad. Asustado por la distancia quiso subir al coche, que seguía estacionado bajo los álamos del aparcamiento como un perro fiel, observando las indecisiones del mundo con aquellos ojos de cristal espantados y redondos, pero pensó que el refugio del coche era parecido al de sus libros y que nada adelantaría volviendo a convivir con los miedos. Por eso siguió caminando bajo aquel cielo cada vez más plomizo y amenazador.

La arteria que conectaba el barrio con el corazón de la ciudad se le mostró tan excesiva y atolondrada que pensó en perderse por las callejuelas innumerables que conducían al centro, sumisas y débiles como vasallos del tiempo, y creyó que aquella decisión trivial nacía en el esqueleto agitado de sus miedos, que de nuevo volvía a sentirse indefenso ante el mundo, sobrecogido por las bocinas de los coches y el entusiasmo ajeno, pero se otorgó la licencia de habituarse a lo cotidiano con la paciencia del guerrero derrotado que regresa a sus dominios, por eso se internó en las calles desoladas por el viento, cabizbajo y roto, a solas con la fe depositada en su capacidad para vencer los espantos.

Sin pretenderlo se sorprendió pensando en la escuela, en aquellos niños de barrio que se asombraban al oír las leyendas rancias de la ciudad, muchos de los cuales aún creían en los reyes. Florencio Palacios amortiguaba con esas historias la morriña gris de las tardes invernales, cuando la pizarra se hastiaba de números y el sopor amenazaba con nublar la lucidez de los niños. Las hacía danzar en el misterio con palabras de poeta y las adornaba con metáforas imprevistas y cadencias de la voz que exaltaban el dramatismo del contenido o enternecían la figura de sus protagonistas, y los niños lo oían boquiabiertos, asombrados por el realismo de aquellas historias de hadas que una vez sucedieron en las calles que ellos pisaban o en el cerebro de aquel maestro al que ninguno se había atrevido a ponerle mote.


Así fue como conocieron los fantasmas que habitaban la imaginación de Florencio Palacios, y supieron de un rey al que le cantaban los huesos, de una cabeza de piedra empotrada en una pared, de trifulcas de bandidos a la luz de la luna, de caballeros embozados que se batían por amores imposibles y de reinas que paseaban por el parque en busca de amor, perseguidas de cerca por la sombra multicolor de los pavos reales. Eso era lo que los niños recordarían de aquel maestro avirrostro y enjuto que ya no volvería al colegio y que ahora caminaba por las calles asustado por un cese fulminante, buscando una cabalgata de reyes y el anonimato de una multitud que podía ayudarlo a reconciliarse con el mundo.

Florencio Palacios había temido siempre al fantasma del paro, cuyo rostro canceriforme paseaba por el barrio a media mañana y se difuminaba en las miradas de la gente que movía los pies en los bancos o tomaba el sol en las esquinas, conjeturando con la esperanza o simplemente con la supervivencia, y siempre había eludido su compañía, confiado en la estrecha amistad con el colegio y en aquella interinidad que parecía eterna; pero a veces se acercaba a él, cuando bajaba a comprar el periódico los domingos por la mañana, con la osadía morbosa de la víctima que se aproxima al verdugo por el puro placer de conocerlo o de saberse capaz de burlarlo, y entonces tenía la certidumbre de que algún día abriría sus fauces y lo devoraría.

Así era como se sentía mientras caminaba por las calles acompañando al viento, engullido por un monstruo intangible al que ni siquiera la máquina poderosa del Estado lograba vencer, anulado para siempre en su voluntad, muerta la ilusión y desterrada la esperanza. Recordó a Víctor Hugo, cuando afirmó que las ilusiones sostienen al alma como las alas a los pájaros, y se vio caer en el vacío, desde lo alto de aquel cielo turbio y provocador, como un ave abatida por los disparos del mundo. Pero siguió caminando. Era la tarde de reyes, y la ilusión en persona paseaba por la ciudad saludando a los niños de todas las edades, indiferente a las amenazas del cielo y de la tierra.

A medida que se acercaba al centro, la algarabía aumentaba en las calles y en las plazas, y vendedores ambulantes de todas las cosas paseaban con sus canastos al acecho de los pequeños. La maquinaria de la ilusión se había puesto en marcha aunque Florencio Palacios estuviera al margen de su influencia. Pensó por un momento en el número de gente que se había confabulado aquella tarde para mostrar a los niños realidades inefables, en el precio que pagan los mayores para que los pequeños mantengan lo que ellos han perdido, en el valor incalculable de la inocencia y en el dolor añejo y remoto que supone su pérdida. Vio a los niños con globos en las manos, caminando junto a sus padres con los rostros desencajados por la impaciencia, y recordó los momentos felices en que su madre lo llevaba a la cabalgata, aunque ya no creyera en los reyes, con la ilusión de coger caramelos y ver de cerca a los Magos de Oriente. Justificó la felicidad de aquellos tiempos por el desconocimiento absoluto de la realidad, por el muro resistente con que la inocencia protege a los niños de los rigores del mundo, y lamentó no ser niño o no poseer en aquellos momentos la voluntad necesaria para serlo.

Recordó la amenaza de lluvia y miró el cielo. Seguía encapotado y amenazante, pero indeciso ante el ataque final, y llevado otra vez por su reciente miedo al mundo se sentó en un banco, frente a una fuente resequida y nostálgica. Allí volvió a pensar en los niños y en su condición de maestro parado, pero de repente se asustó. Cruzando la plazuela descubrió a un alumno de preescolar. Venía sobre los hombros del padre, como un fardo de esperanza, con un globo en una mano y una bolsa para los caramelos en la otra. Trató de ocultarse pero no pudo. Era demasiado tarde. El padre lo había reconocido y se acercaba al banco lentamente, con una sonrisa campechana que le infundió terror. Florencio Palacios deseó morir antes que enfrentarse a la realidad, pero el hombre se detuvo ante él y se vio obligado a disimular. Se dirigió al niño.


-Hombre, Pablo -le dijo-, ¿dónde vas con ese globo?

El niño lo miró sonriente, sin el menor asomo de afectación, y ni siquiera calculó la respuesta.

-Voy a ver al rey negro -respondió.

Siguieron hablando de los reyes y se marcharon. Florencio Palacios descubrió entonces la ausencia de la risa, y cayó en la cuenta de que llevaba días sin sonreír, que la pesadumbre había herido mortalmente su ternura. Se levantó del banco y siguió caminando. La avenida se había convertido en un hormiguero impaciente, la gente caminaba con prisa hacia la multitud agolpada en la glorieta y lentamente se extendía por las aceras buscando posiciones ventajosas que probablemente no hallaría. Florencio Palacios se dejó arrastrar por la corriente de aquel río tumultuoso donde la algarada impedía oír a los vendedores de globos y a los mercaderes de toda suerte. El humo inconfundible de las castañas asadas se mezclaba con las amenazas del cielo cuando las primeras carrozas se intuyeron en la plaza. El maestro apretó el paso mientras el corazón le brincaba en el pecho de forma inusitada, como en la infancia, cuando su razón de niño le impedía conocer el alcance de la burocracia y el significado del fracaso.

Cuando llegó a la cola de la multitud se tropezó con la dulzura de aquella hermosa mentira: Melchor, Gaspar y Baltasar de nuevo ante él, como treinta años atrás, con los zurrones cargados de ilusión y los camellos agotados por el largo viaje desde oriente; presentes de esperanza para los niños del mundo: oro, incienso y mirra para el Hijo de Dios. Pensó en el significado de aquellos regalos, en el oro, que distingue al Sol por encima de los demás astros, en el incienso, cauce y esencia de la oración, referencia incuestionable de Dios con los hombres, y en la mirra, sustancia de resurrección, símbolo profético de lo que sería el Hijo del Hombre. Florencio Palacios pensaba aquello mientras se abría camino a empujones entre la multitud de la glorieta, con el paraguas prendido del brazo como un hermano menor, con la vista puesta en la infan¬cia y en la estela de luz dejada por la ilusión perdida.

Cuando llegó a las primeras filas, perseguido por las reconvenciones de la gente, algunas carrozas entraban ya en la avenida, en medio de una algarabía descontrolada y libre de prejuicios. Los caramelos surcaban el cielo como cometas multicolores, buscando el corazón de los niños, con deseos impresos en sus alas de papel, siguiendo trayectorias imprevisibles arbitradas por el azar. Pensó en las manos que los arrojaban y en las manos que los recibían, y no halló diferencia en ellas salvo el afán de desprendimiento y el deseo de posesión.

Fue entonces cuando el maestro vislumbró a lo lejos al primer rey, que apenas se distinguía en la multitud, enloquecido por el tumulto, borracho de pasiones. A medida que se acercaba lo vio agitar los brazos y regalar caramelos con el desenfreno de un niño, mientras eludía dificultosamente los que le arrojaban al rostro algunos gamberros. Volvió a pensar en la pérdida de la ilusión, en el apego que el salvajismo siente por el alma cuando la intuye vacía de inocencia, y sintió miedo por él mismo, miedo de caer en el desafecto y en la indigencia moral, y trató de usurpar por un momento el papel de aquel rey, pero llevaba el corazón infectado de tristeza y ni siquiera fue capaz de imaginarse subido en la carroza.

Cuando llegó a su altura, el rey se detuvo, y Florencio Palacios pudo observarlo de cerca, con sus ropas bíblicas y su brillo mesiánico en los ojos, el mismo brillo de los niños que lo miraban boquiabiertos sobre los hombros de sus padres, sin dar crédito a la fantasía de hallarse frente a un mago de oriente en persona. De repente la algarabía subió de tono. El rey esparcía caramelos de nuevo, pero esta vez encima mismo de Florencio Palacios, que a punto estuvo de caer al suelo empujado por la chiquillería. El maestro, contagiado de repente por la alegría colectiva, sintió el impulso leve de agacharse y recoger alguno, pero ni siquiera lo intentó. Fue entonces cuando aquel niño que nunca olvidaría se acercó a él con un caramelo en la mano.


-Tome usted, -dijo.

Florencio Palacios lo cogió, quiso darle las gracias, pero el niño ya no estaba, o al menos no lo vio, en medio de aquella multitud enfebrecida por la ilusión. Quiso calibrar el gesto, pero antes de hacerlo sintió en su rostro una sonrisa espontánea, un principio de aquella alegría que ya sospechaba desterrada para siempre del corazón, y en una fracción de segundo volvió a fascinarse con las imprevisiones de la vida, que ahora le mostraba la ilusión envuelta en papel de colores. Comprendió entonces que aquella palabra mágica seguía caminando por las aceras del mundo aunque fuera difícil reconciliarse con ella, que solo era cuestión que querer descubrirla en los gestos o en las miradas y ella sola hallaría el lugar que el corazón le reserva, a pesar del tiempo y de los miedos, del paro y las frustraciones.

Y en aquel momento Florencio Palacios se sintió feliz, extrañamente feliz en medio de una cabalgata de reyes magos que sembraba la ciudad de inocencia, y creyó ser el mismo niño que treinta años atrás enloquecía en aquella noche y en aquella plaza. Se despojó de años y prejuicios mientras la ilusión cabrioleaba en su pecho como un caballo asustado y tuvo fuerzas para desprenderse de los miedos que había incubado el último día de trabajo. Vio al rey mago, ya de espaldas, despedirse de la glorieta, y la siguiente carroza caminando tras él, y antes de que la lluvia de caramelos agitara de nuevo a la multitud, abrió su paraguas destartalado de maestro feliz y lo colocó boca arriba, avaricioso y radiante, para emborracharse de ilusión como un niño más; y no le importó hacer trampas, ni tampoco que la gente lo mirara de soslayo, porque había comprendido que el mayor acierto del hombre es sembrar la vida de trampas para que la inocencia caiga en ellas como un regalo en las manos de un niño.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Azul y fuego



Premio de cuentos Alzahir



“No puedo más” dijo sofocado, con el rostro desfi­gura­do por la fatiga y el dolor, “aquí os espero”, y se sentó al pie del árbol gigantesco mientras la retaguar­dia de la columna desfilaba lentamente por el arcén, con la vista puesta en el horizonte, las banderas ondeando al viento y la esperanza acobardada por el casca­rón de humo enra­recido que envolvía la ciudad. Entonces se quitó las sandalias, se desa­brochó la camisa y miró al cielo, donde una bandada de tordos moteaba el color añil y se batía en retirada hacia la campi­ña. El sol, redondo y llameante como una ventana del infierno, derretía el alquitrán de la carrete­ra, endu­recía la piel de los lagar­tos que jadeaban sobre las pie­dras y torturaba los huesos de aquella columna de volunta­rios emperrada en llegar a pie a la ciudad.

Abrió la bote­lla de agua y bebió un largo trago, pero el caldo recalen­tado, con sabor a plástico, le produjo retortijones en las tripas y añadió un tormento más a su cuerpo envejecido y roto. Entonces agachó la cabeza en un gesto de dolor, vio su bandera retorcida en el suelo, polvo­rienta, sin vida, y padeció una incontrola­ble sensa­ción de angustia que terminó de hundirlo en la derro­ta.

“Tú no vengas, Cándi­do” le dijeron sus vecinos días antes cuando lo vieron a la salida del pueblo con un canas­to en una mano y una bandera en la otra, “esto es cosa de los jóvenes y tú no tienes que cum­plir”; pero Cándido Pala­cios, que presumía de haber hecho la guerra, de haber tumba­do a una yegua con una sola mano y de haber cami­nado durante días con un saco de aceitunas al hom­bro, estaba dispuesto a carearse con ese consejero de traje azul y corbata de seda que guardaba silencio sobre la sequía y negaba el paro mortificante que asola­ba la comar­ca. “A ver cómo cumplen ustedes” les contestó, “cuando estemos nego­ciando con ese gañán”. Y empuñó la bandera y encabezó la columna. Ya enton­ces el sol se perfi­laba como el peor enemigo de la marcha, pero nadie sospe­chó en ningún momento que su crueldad fuera infinita.




Nada más llegar a la campiña, en la primera jornada, se intuyó que los más débiles no llegarían a la ciudad, de modo que al atardecer, cinco adolescentes y una mujer embara­zada pernoctaron en el pueblo más próximo con la intención de regresar por la mañana en el autobús de línea. El resto de la columna siguió su avance implacable por la carre­tera. Cándido Palacios aún permanecía en cabeza con su bande­ra, marcando un ritmo lento y constan­te, como había aprendido en la infancia, cuando el camino de asfalto era un sendero polvoriento y las coguja­das se dejaban ver entre las matas de lentisco. Iba entonces de cortijo en cortijo, devorando leguas con un morral al hombro y un sueño de amor en el corazón sin que la robus­tez de su cuer­po acusara síntomas de cansancio; pero la primera noche de aquella marcha infernal, sentado en el suelo con un ciga­rro en los dedos, notó que las manos se le hincha­ban y que las sandalias le apretaban los pies. Al tum­bar­se des­pués en la manta sintió una punzada de fuego en la columna verte­bral, y entonces temió de verdad que los jóvenes del pueblo llevaran razón, pero se echó a dormir evocando los tiempos de la juventud y nutriéndose con el recuerdo del camino lleno de polvo.

Al amanecer la hinchazón había desapa­re­cido, y Cándido el Viejo se enva­lentonó de nuevo ante la perspecti­va de la carretera, que atasajaba la campiña ocre como una espada grisácea y feroz. El sol atacó sin piedad el flanco dere­cho de la columna nada más apare­cer en el horizon­te, y a mediodía los vapores de la carre­tera difu­minaban la silue­ta veloz de los camiones, que se veían a lo lejos como en el fondo de un lago y de repente apare­cían a medio metro, rugiendo como dragones, rompiendo la formación, incrementando con el calor de sus motores la temperatura asfixiante de aquella gigantesca espada de fuego donde los pies se derretían y las voluntades se quebraban.

Sentado ahora bajo el árbol, a las puertas de la ciudad, Cándido Palacios se dejó sobrecoger una vez más por el velo transparente que se alzaba desde la auto­pista, como un visillo de vapor prendido de las nubes, mecido por una brisa inexistente. En la distancia tuvo la impresión de que la columna marchaba por el filo de un volcán, y la hilera de hombres le pareció un lento desfile de condena­dos al infierno, caminando hacia las calderas abiertas de una capital humeante, avispero de motores, refugio de diablos trajeados, tribunal implacable presidi­do por el progreso. “Los van a engañar a todos”, pensó mien­tras los veía empequeñecerse tras la cortina de vapor, “los engañarán y no se darán ni cuenta”. Después, muy despacio, se recostó en el árbol. Su columna vertebral se había transforma­do en un sable rígido y agudo, cual­quier movimiento le producía dolores, y el sol, cada vez más alto y llameante, lanzaba dardos encendidos sobre la copa de aquel árbol que había tenido la misericordia de acoger­lo y ampararlo bajo su sombra sin imponer condicio­nes.




Durante los días de la marcha había busca­do con insisten­cia y disimulo el refugio de los árboles, procurando ocultar al grupo y a sí mismo los dolores de cabeza que atur­dían su visión y convertían su cerebro en una cuadra de caba­llos inquietos, pero la hinchazón de los pies no volvió a preocuparle, porque de noche desapa­recía y al amanecer los dedos encajaban en las alpargatas como el primer día. Era la pre­sencia del sol lo que de verdad le infundía miedo, la certidumbre de saberlo al día si­guiente coronando el cielo, entronado en el azul como un tirano en el infierno, aguardando la aparición de la columna para caer sobre ella con la fero­cidad de un casti­go bíblico. Nunca hasta enton­ces había visto al sol como a un enemigo incle­mente, ni si­quiera en los tiem­pos lejanos de la siega manual, cuando las espaldas se tosta­ban y ennegrecían dolorosamente. Sin embargo ahora, en tan sólo cinco días, había aprendido a odiarlo con saña y a desear con fervor la llegada de la noche, la presencia de una sombra cual­quiera, la caricia de una brisa perdida en las plazas arboladas de los pue­blos de paso donde a veces deseaba la muerte antes que el retorno a la lucha. Eran lugares olvidados donde los sauces y los robles lloraban la pasividad de la gente, donde el tedio se refugiaba en fichas de dominó, en vela­dores desgastados por ancianos reconci­liados con el tiempo y en ladridos de perros que interrumpían la siesta de los aburridos; lugares donde Cándi­do Pala­cios hubiera querido morir, parajes familiares donde el fin hubiera supuesto un desahogo, un reencuentro con la paz perdi­da, una rendición honrosa en aquella guerra empren­dida por honor.




Ahora, vencido por el sol, agotado por los días de marcha, tumbado bajo aquel angustioso árbol de auto­pista, Cándido el Viejo había perdido de vista la columna y aguardaba la llegada de la noche evocando los atardece­res del pueblo, tra­tando de ahuyentar la sombra de la derrota con el recuerdo placentero de las horas feli­ces; pero a lo lejos, la presencia fantas­magórica de la ciudad, ensom­brecida por la tarde y la conta­minación, lo hizo abandonar los recuerdos del pueblo. Pensó entonces en la gente de la campiña, que dormiría en el parque princi­pal, cerca del centro, con los sueños y las bande­ras en posi­ción de descanso. Hubiera dado media vida por estar con ellos, por hablar al día siguiente con el consejero de traje azul que negaba descaradamente los efectos de la sequía. Pensó entonces en detener un coche y pedir que lo llevaran al parque, pero el dolor de la espalda, cada vez más inclemen­te y agudo, le impedía ya ponerse en pie y acercarse al filo de la autopista. Caía la noche sobre la ciudad, todas las suertes estaban echadas, y en el tapete encantado donde Cándido Palacios había jugado su partida contra el mundo sólo quedaban al descubierto las cartas del fracaso.

Enton­ces tomó la bandera, se acurrucó en ella y se entregó al sueño, a un sueño profundo de niño resig­nado o de viejo idealista, a un sueño en cualquier caso consolado por el universo luminoso de la ciudad cercana y el himno acompa­sado de unos grillos con­gregados en torno a una noche sin estrellas. Y soñó Cándido el Viejo con un océano de trigo verdimoreno, aterciopelado, mecido por una brisa de infan­cias irrepetibles, con un torren­te de agua fresca ente­rrado en un cañaveral donde los zorzales se posaban al atardecer y los arrieros se refugiaban huyendo de la canícula, con un pueblo blanco sin semáforos ni alqui­trán, perfilado en el azul del cielo como una escul­tura de cal sobre un telón de promesas y con una callejue­la estrecha y som­breada donde las parras agridulces se trenzaban en las fachadas y habla­ban al atardecer con los arrayanes de las ventanas y las avispas peregrinas que danzaban en los portales recién regados. Soñó Cándido Palacios con el pueblo libre y lejano que a veces lo visitaba por las noches como un fantasma enjalbegado de nostalgia, y ni siquiera el dolor fulminante de la espalda perturbó su sueño bajo aquel árbol; fue el sol, al amane­cer, como las ejecu­ciones.




Abrió los ojos y lo vio frente a él, como un volcán en el cielo, dispuesto a derretir la poca vida que aún que­daba en los arcenes de la autopista. A lo lejos, la ciudad se desper­taba envuelta en un aura grisá­cea. Pensó instantá­nea­mente en los que habían tomado el parque el día anterior, en la marcha com­pacta y sudorosa por el centro de la capital, en las banderas del sindicato y en las consig­nas aprendidas por el camino. Sintió un dolor insoportable en los pies y vio que la hinchazón persistía con la terque­dad del sol, que ya se alzaba lentamen­te buscando la cúspi­de del cielo. Abrió una bolsa de plástico con letreros de supermercado y comió un trozo de queso blanco que no le supo a nada. Un dolor inespe­rado volvió a quebrarle la espalda.

Recordó entonces los amane­ceres de la marcha, cuando apenas se incorporaba son leves molestias, y se vio en­vuelto de repente en el uni­verso aplastante y analítico de las comparaciones, que lo asaltó en la soledad del árbol, revistiendo de callosi­dades sus recuer­dos y despo­jando de disfraces una reali­dad que le mostraba sin miseri­cordia la debilidad de su cuer­po. “Estás listo, Viejo” se dijo mientras un escalofrío inopinado le erizaba la piel, “aho­ra sí que estás lis­to”, y cerró los ojos buscando la vacuna del recuerdo, el suero medicinal, hipodér­mico, de un sueño cualquie­ra con la propiedad de transportar­lo a otro lugar, de llevarlo por encima del azul y del fuego al cañave­ral de la campiña o al polvo vagabundo de los caminos juveni­les, pero la dama de la noche se había marchado del brazo con el canto de los grillos y el sol dictaba ahora las consignas del mundo, impidiéndole conciliar el sueño, hundiéndolo cada vez más en los vapores soporíferos de la fiebre y la indefini­ción.




Empezó a sentir frío en medio de aquella erupción volcá­nica de agosto que acobardaba a los lagar­tos y derretía el alquitrán de la autopista, y de repente perdió la noción del tiempo, la imagen ansiada de sus vecinos hablando con un consejero de traje azul y la esperan­za de regresar a un pueblo donde lo aguardaban la sombra fresca de la plazuela y el tacto suave de una carta con la figura del rey de espadas. Cerró los ojos y pensó en la muerte, pero no alcanzó a configurar sus perfiles porque alguien sin piedad le gritó en los oídos y lo zarandeó en el aire como a un monigote.

Lentamente Cándido Palacios abrió los ojos. Había gente a su alrededor y una hilera de autobuses masto­dón­ticos parados en la cuneta. Alguien lo tomó en brazos y lo subió a uno mientras el mundo danzaba a su alrededor como un carru­sel sin luces ni sonido, como una ruleta de feria en torno a un astro sin brillo que ahora se perdía en la línea del atardecer. Sólo el dolor de la espalda consi­guió devol­ver­lo a la realidad, y enton­ces se vio sentado junto a una venta­nilla, en medio de una alga­rabía de gente que le hacía pre­guntas y le palmeaba el rostro.

- Despierta, Viejo -le decían-, despierta.

Cándido el Viejo reconoció por un instante las miradas de sus vecinos y le vino a la memoria el conse­jero de traje azul.

- ¿Cómo fue la cosa? -preguntó.

- Muy bien -le dijeron.

Y entonces le contaron, como una victoria triunfal, una retahíla de promesas que Cándido Palacios había oído mucho antes, que sonaban en el eco de su memo­ria como una canción de cuna sin principio y sin fin; eternos propósi­tos de enmien­da, buenas inten­ciones que se cantaban por los pueblos como roman­ces de ciego, inverosí­mi­les, angustiosas, lejanas.

- Hasta nos han puesto empresas, Viejo -le dijo alguien-, esta vez van en serio.

Entonces Cándido Palacios reposó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Por el horizonte asomaba ya la luna, redonda, plateada, tímida como una novia inocente, mientras la llanura se ensombrecía y el cristal se empañaba con el aliento de su fiebre.

- Dejadme bajar -murmuró-, quiero volver andando.