jueves, 24 de septiembre de 2009

El cobarde y el silencio




Premio de cuentos Biblioteca de Pilas


"La cobardía es la madre de la crueldad".
Michel de Montaigné (1533‑1592)

Ya le había preguntado la noche anterior el motivo de su silencio, la causa de aquella incomunicación tan grave para la que no hallaba justificación y el obje­ti­vo final de aquel desprecio que se prolongaba hasta confun­dirse con la provocación, que iba y venía por los corredo­res de la casa disfrazado de intransigencia, que se reman­saba en la sopa fría del almuerzo, que se acomodaba en la mesa invitado por ella, descarado, desafiante, a la hora de la cena, y los acompañaba luego hasta una habita­ción encalada y húmeda donde las sábanas, desacostumbradas a las caricias y a los susurros, rendidas ante el tedio como un castillo en sitio, se mostraban lechosas y frías, indiferentes y enemigas, y envolvían su cuerpo desamparado sin el más leve indicio de cariño, con la precisión agoni­zante y flácida de una bolsa de basura que encierra el cuerpo agarrotado de un perro muerto. Así era como se sentía desde hacía meses, como un perro muerto o más bien como un perro agonizante, pues padeciendo la indiferencia había comprobado que la supresión brusca de los hábitos más requeridos es un instrumento de tortura lento, agóni­co, demoniaco y refinado que conduce a la muerte a través de la confusión y la tristeza.

Cuéntame qué te pasa, Trinidad, le repitió de nuevo aquella noche mientras el familiar silencio instalado en la casa como un ejército invasor se hacía presente y se burlaba de la luz amarillenta del comedor, del olor a pescado frito y de las miradas esquivas, cuéntame de una vez qué te pasa, dime si estás enferma o si te hice daño, si estás loca tú o estoy loco yo, pero háblame y dime algo que no pareces mi mujer.

Pero ella le gritó que la dejara en paz de una vez, que no le sucedía absolutamente nada y que se iba a la cama porque no quería comer junto a asesinos de perros; y se marchó dejándolo de nuevo en compañía de aquel silencio escurridizo cuya facultad de sumergirlo en un comedimiento moral rayano con la humillación lo hacía sentirse indigno de sí mismo, sometido al capricho de una mujer a la que amaba a pesar de todo, a la que mucho tiempo atrás, recordó borracho de nostalgia, había perse­guido por las calles del pueblo con el arrebato pueril de un adolescente que intuye algo especial en el olor de los jazmines, en el sol de la tarde remansado en los zócalos y en ese resudor frío que nacía en sus aladares y cuarteaba sus mejillas cuando la descubría de espaldas en el cine de verano, difusamente presente, en medio de una balumba de cabezas que se agitaban como boyas pertenecientes a un mar cinematográfico sombreado de palmerales, rodeado de arenas alisadas donde un agente secreto cualquiera llegaba sober­bio, triunfador, como un César de alfeñique, y veía y vencía, o más bien señalaba y besaba a la rubia que que­ría, a la que le daba la gana, porque para eso era el galán más guapo y chulesco de una pantalla rectangular, ventana de celuloide, dormitorio de mosquitos por donde el pueblo veía el mundo, donde cada cual contrastaba sus miserias con las grandezas ajenas, como hacía él, un Lucas Román cualquiera, los sábados por la noche, maltratado por el sol y la remolacha, soñando con escaparse de la panta­lla, abrirse paso entre las sillas de enea, señalarla con el dedo, besarla y acariciarle los pechos arregazados en medio de la admiración popular, bañado por el perfume de los jazmines y las damas de noche que rodeaban las tapias encaladas del local.




Exactamente igual hubiera hecho aquella noche, veinte años después, acompañado tan sólo por un rumor de aplausos hipócritas que regalaba coches en la televisión, atormentado por el olor a pólvora que aún impregnaba las paredes, añorando los ladridos inoportunos de la perra Canela, que no volvería a pasear por la casa ni a ladrar a los moros que subían la calle vendiendo alfombras y ventila­dores ni a sentarse a su lado cuando ella lo despreciara por las noches... ¡Trinidad! gritó en su pensamiento una voz desesperada que nació en su estóma­go para trepar por su garganta y agarrarse a su cerebro con la fuerza de un cáncer envenenador... Trinidad, repi­tió luego la misma voz, tenuemente, atiplada, como la de ella, que no puedo vivir sin ti, que te lo digo en serio; pero ella no respondió, como hacía últimamente cuando él la interrogaba en la mesa camilla con la insistencia enconada de un comisario suspi­caz, y Lucas Román tuvo que contentarse con oír el raspajeo tenue de su cuerpo desnu­dándose, muy a lo lejos, en la penumbra de un dormitorio que sólo usaban para matar miradas, para adormecer y acunar intenciones y para desper­tar suspicacias que barre­naban los cimientos de una felici­dad que alguna vez exis­tió y que ambos recordaban en el silencio nocturno como un lejano trémolo de risas, de palabras, de quimeras, como la burla de un colegial que asomara la lengua repetidamente tras el cristal de una ventana tan infranqueable como el tiempo.

Y asomado a esa ventana del pasado se dejó llevar por las formas sensuales e imposibles de un cuerpo que incluso ahora hubiera poseído ferozmente, con ansia febril de ácido vertido en madera, con sumisión de leproso acari­ciado, corriendo un tupido velo sobre el pasado inmediato, ignorando las veladas secretas de Trinidad con César Aguayo, ensordeciendo los tímpanos de su orgullo ante el infame comadreo de su propia cuadrilla y de las beatas que se arremolinaban en la plaza al salir de misa como una bandada de buitres hambrientos de noticias, como los altocúmulus de impotencia que ahora se cernían sobre su mente amenazando con empaparlo de reconvenciones inútiles sin que a él le importara otra cosa que poseerla como antes, de verdad, no como la poseyó años atrás en el cine de verano, a la sombra de palmerales y cocoteros de celu­loide hipócrita, sino como tantas veces lo hizo en aquel mismo dormitorio donde ella se desnudaba ahora, inaborda­ble, intolerante, sin otorgar la más leve concesión al diálogo o a la misericordia.

Pero ni siquiera en la intimidad de sus cisuras cerebrales hubiera sido capaz aquella noche de evocar la presencia desnuda de Trinidad Aranda, hacia quien sentía ahora una amalgama de vibraciones indescifra­bles que tendían a sintetizarse en la pasión y el miedo; una pasión achicharrante que lo abrasaba en onanismos brutales y venáticos y un miedo desconocido hasta entonces que lo hizo orinarse en los pantalones, matar sin saber por qué a la perra Canela y pasar las noches en vela por temor a una mujer a quien seguía amando a pesar de haberla sorprendido a orillas del arroyo, oculta entre las cañas, dejándose llevar por el viento, por las mecidas suaves de los carrizos y por las caricias apasionadas, brutales y extrañas de César Aguayo, el Dorado, a quien nunca se imaginó con una mujer y menos con la suya.




Y recordó entonces la frescura tibia de una mañana de abril, la vaharada dulzona de los terruños percochados de rocío, el revuelo de los zorzales en el olivar y la premura intra­muscular, sanguínea, ineludible, de solucionar las cosas al punto o morir en el intento. Fue el día que dio marcha atrás en medio de la vereda, sin decir adiós, sin prestar oído a las voces de la cuadrilla, buscando su casa con devoción fogosa, con desesperación de hijo pródigo ham­briento de palabras, deseando acorralar a Trinidad en la cocina o en el patio y exigirle explicaciones a tantos silencios con una firmeza que no dejara lugar a dudas, que encerrara bajo llave cualquier evasiva, cualquier amago de eludir unas aclaraciones que consideraba ya obligatorias. Pero no encontró en la casa a Trinidad Aranda, ni a su silencio ni a su desprecio, sino a su ausencia impregnada en la cal de las paredes, en la forma de los objetos y en el olor a palmiras que nació en el patio y penetró en su cuerpo como una transmigración demoniaca, como una pose­sión de instintos primarios que terminaron desbocan­do al caballo salvaje y frustrado de su pasión.

Entonces ladró la perra Canela bajo un naranjo cuajado de azahar... Vámonos al campo Canela, le dijo, a ver si matamos algo mientras viene tu dueña, sin imaginar que aquella perra preñada que cruzó el jaral olfateando los terruños como una posesa lo conduciría premeditadamente a las faldas de Trinidad Aranda; unas faldas que se agitaban al viento, arremolinadas en su cintura, y que mostraban torneados, provocadores, los muslos de su mujer tal como él los imaginó muchas veces bajo las estrellas, soñando en una silla de enea con ser espía de los americanos; y los vio tan cerca que imaginó su piel erizada por las caricias y los besos del Dorado, a quien sintió jadear como un salva­je, a quien oyó decir entre risas "menos mal que los perros no hablan", pensando que sólo la perra Canela estaba presenciando aquella escena que él guardaría para siempre en la memoria junto al paisaje de su infancia y la frustración de su adolescencia, como un secreto conservado a voces, encerrado en un baúl de miedo que se abría teme­roso cuando la desespe­ración producida por la indiferencia de Trinidad forzaba la cerradura amagando con poner su contenido sobre la mesa como el resultado final de un buen juego de naipes que obligara al silencio a abandonar la partida; pero el óxido corrosivo que desprende la cobardía había impregnado las bisagras hasta el punto de enmohecer su voluntad de hablar, de manera que incluso cuando la desesperación se hacía insoportable todo quedaba en un amago, en un vacuo intento de ataque amortiguado por el deseo de ver la verdad reflejada volunta­riamente en sus labios, o tal vez por el miedo a padecer el adiós defini­tivo de una mujer a quien seguía amando a pesar de todo, a quien seguía exigiendo tercamente la causa de su despecti­vo silencio. Ahora la oía desnudarse y acurrucarse en las sábanas sin decir buenas noches, soñando quizás con sen­tirse amada por César Aguayo.

Pensó ir al dormitorio pero no lo hizo, permaneció en el salón oyendo los aplausos de un mundo tele­visivo que le resultó tan lejano como la propia infancia, cuando cazaba gorriones con la cruceta de un pino o ban­queaba en la tierra de su padre soñando con soldaditos de plomo. Añoró con más fuerza que nunca a la perra Canela, embargado sin duda por la ternura del pasado irremediable y rotundo, y la recordó vivaracha y descarada, irresponsa­blemente alegre a pesar de la preñez, pero al mismo tiempo celosa, suspicaz, agresiva incluso ante cualquier altera­ción de los hábitos cotidianos, ante cualquier anomalía doméstica que pudiera amenazar la supervivencia de lo que aún vivía tan sólo en su vientre, en la ilusión canina y primaria de un animal dispuesto a matar y a morir por conservar un tesoro... Ay, Canela, pensó una noche en el retrete, aliviado por la paz comanditaria y sañuda del onanismo, envuelto en el perfume dulzón de los jazmines que moteaban el patio tras la ventana, si yo tuviera el mismo coraje ni el Dorado ni nadie me iba a quitar lo mío. Y esa misma noche la oyó arañar la puerta del corral con la furia de un poseso. Se levantó, abrió la cancela y en la escasa penumbra permitida por la luna la vio rastrear los rincones de la casa, olfatear rabiosamente en la cocina, en la bolsa de basura y tras los muebles de aglo­merado donde Trinidad colocaba las cacerolas y los pero­les; pero tuvo que regresar a la cama sin descubrir la causa de tan tozuda alteración. Por la mañana volvió a verla hocicuda y pertinaz, gruñona y preñada, husmeando el dormitorio, importunando con su presencia el despertar de un hombre acobardado por el silencio de un enemigo que dormía en su lecho. Al desayunar descubrió un ratón muerto en la cocina y comprendió que la perra Canela no quería ratones en la casa a la hora del parto por temor a que atacaran a las crías, pero el movi­miento nervioso de la perra impregnó el ambiente y penetró en su médula produ­ciéndole frío en la palma de las manos, desasosiego en el cuerpo y un deseo irresistible de abando­nar la casa por fin y salir al campo, donde el aire fresco borrara de su conciencia la certidumbre de la cobardía, la presencia de aquel abulismo que coartaba cualquier iniciati­va suya de abortar la actuación de Trinidad.




Ya en la vereda recordó la furia de la perra Canela y cayó ante sí mismo en el agravio comparativo... Si yo fuera capaz de defenderme siquiera como un perro, pensó camino del olivar, viendo la figura ondulada de los cerros recortada en el cielo, recordando las formas sensuales de Trinidad Aranda en un pasado que volvía a traerle la mirada tosca de los espías, el heroísmo de matar a un individuo por besar a una rubia, aunque fuera la de otro, la arrogancia inmutable de aque­llos hombres casi mudos que vencían siempre porque daban primero, no como él, que se dejaba pisotear el orgullo y los cuernos sin decir esta boca es mía. "Menos mal que los perros no hablan", recordó pensando que los hombres a veces tampoco lo hacen, y esa frase cruel estuvo galopando durante todo el día, como un alazán apocalíptico, bajo su cuero cabelludo agostado por el sol de incontables canícu­las, desposeído de pelo, indigno, pensó, de aquellos galanes ojizarcos que de un manotazo barrían de comunistas las playas de China y que se hubieran merendado al Dorado sin darle tiempo a mirar a su mujer. En cambio él ni siquiera se atrevía a volver al arroyo por temor a ser descubierto, invirtiendo con ello los papeles de una película cuyo guionista parecía haber enloquecido.

La noche anterior, recordaba ahora sentado en la mecedora, conjeturando hipócritamente con el silen­cio de Trinidad, la pasó en vela observando el trasiego nervioso de la perra Canela, que a punto de parir corre­teaba la casa persiguiendo ratones invisibles, hábiles moradores de rincones anónimos, guerrilleros escurridizos de un lugar vacío de caricias y lleno de un silencio maltratado por los gemidos perrunos de un animal que cada vez lo ponía más nervioso. Y justo cuando se dirigía al dormitorio, casi al amanecer, la perra ladró con una insistencia que le pareció escandalosamente desproporcio­nada, y entonces fue cuando aquel resorte incontrolado y primitivo saltó de su cerebro a su corazón y allí se apoderó de su voluntad llevándolo del brazo hasta el ropero, donde le puso en la mano una escopeta cargada... maldita seas Canela, que te calles, acertó a gritar en medio de un silencio arropado por el alba, justo antes de dispararle dos tiros que retumbaron en la casa como las trompetas de Josué ante las murallas de Jericó.

El propio recuerdo de la noche anterior lo sobresaltó. El comedor todavía olía a pólvora quemada y el perfil dolorido y chillón de la perra aún recortaba su agónica silueta en el salón, como a caballo entre la materia y la esencia, como una frontera entre la locura y la razón. Miró entonces la televisión y se reconoció perdido en aquellos mundos artificiales de apartamentos millonarios y coches inteligentes, se descubrió ajeno a cualquier alegría, extraño a los rincones de aquella casa construida por sus propias manos pero vergonzosamente familiar ante sí mismo, y de nuevo sintió la tentación de penetrar en el dormitorio... Trinidad, abrázame que me muero de tristeza, pensó decirle, mira que no me importa lo de César Aguayo ni lo del arroyo, que tan sólo quiero que las cosas sean como antes, que me hables y me mires y me sonrías y me acaricies, pero volvió a matar las inten­ciones como la noche antes mató a la perra Canela y permaneció sentado en el sillón, dominado por la cobardía y el miedo a perderla rotundamente, hasta que la amargura se transformó en sed y aspereó su garganta.




En la cocina bebió un trago de agua que le supo a potingue ponzoñoso y que tuvo la mala virtud de despertarle el resorte de las decisiones equivocadas, el mismo que la noche anterior puso la escopeta en su mano con la misma frialdad que se la ponía ahora, apuntando a una garganta estrangulada por la amargura y la desespera­ción, enmudecida por la impotencia de un corazón enemigo que habitaba su cuerpo, que le impedía premeditadamente enfren­tarse a la verdad y en el que sólo reconocía ya aquel deseo de Trinidad que nació a lo lejos, bajo la luz azulada de un cine de verano, jaleado por las damas de noche y los palmerales de celuloide y que seguía conser­vando a pesar de los años la mansedumbre borreguil y perruna de ser acaricia­do, el afán indigno de poseer un cuerpo que ya no le pertenecía y el vasallaje amorfo y repugnante de someterse al hechizo de su piel. Así era como se sentía cuando los cañones de la escopeta rozaron su garganta, repugnante, asqueado de sí mismo, acorralado por sus propios sentimien­tos y vencido por la soledad. Observó fijamente el arma pensando que de su boca vendría, quizás en pocos segundos, la solución definitiva para aquel Lucas Román desterrado de los servicios secretos del cine y condenado a los terruños del olivar, pero exacta­mente igual que otras noches el miedo a la muerte volvió a brotar en su corazón. Apartó la escopeta y volvió a recli­narse en el sillón, a sumergirse de nuevo en la espiral interminable de la vida, a intentar otra tirada en aquel juego de la oca que nunca concluía porque la ficha de su destino estaba hecha de impotencia y de miedo.

Se incorporó del sillón, atravesó como un sonámbulo la distancia que separaba el comedor del dormi­torio, se apoyó en la entrada y encendió la luz. Trinidad Aranda seguía durmiendo como la escopeta en la mano de Lucas Román, ajena al mundo interior de un hombre con el que ya no soñaba.

Trinidad, volvió a decirle aquella noche, en voz baja para no despertarla, cuéntame por favor qué te pasa.

Y luego, como si la muda respuesta de ella hubiera supuesto una reconvención, agregó: “Perdóname por lo de la perra”.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Una guerra baladí



Premio de Cuentos Nueva Acrópolis


Una vez atravesados los Alpes, esas demoniacas montañas que los dioses maldigan, y suficientemente superados los malos tragos y las muchas vicisitudes y fatigas que los hombres sufrieron en sus nieves y desfiladeros, ordené abrir las entrañas de varios terneros a fin de averiguar si el avance por aquellas odiadas tierras italianas iba a ser o no favorable a nuestro ejército. Siendo los signos propicios, puse a todas las unidades en marcha hacia el sur; Roma estaba lejos, Hispania y Cartago también, y la victoria o la derrota de la loba eran ahora filos de una misma espada que quizás los dioses se atrevieran a desenvainar muy pronto. Todo dependía de la capacidad militar de las legiones romanas a la hora de detener un avance que no podía demorarse por más tiempo, pues las tropas estaban tan ansiosas de botín como yo de venganza, y los últimos informes enviados por nuestros espías hablaban de grandes contingentes enemigos que intentarían cortarnos el paso. Incluso decían que el cónsul Sempronio Longo, que ultimaba en Sicilia los preparativos para desembarcar en Cartago, había recibido orden de volver atrás.

A la vista de las circunstancias, el avance contra un ejército que luchaba por defender su casa y que se hallaba a tiro de piedra de sus depósitos de intendencia, podía calificarse de temerario. Por si fuera poco, descartando las exageraciones, nuestros informes más fiables apuntaban a que podíamos enfrentarnos a más de doscientos mil romanos, sin contar a los reservistas y a las numerosas tropas de la Liga que, llegado el caso, podrían inclinarse hacia los colmillos afilados de una loba rabiosa que mi padre me enseñó a odiar. No tenía más alternativa que abrirme camino con las menguadas tropas que aún me quedaban o terminar de perecer en las montañas. Pactar mi retirada con los romanos hubiera sido peor que la muerte.

Así, a los pocos días de abrir la marcha, un destacamento de exploradores nos llevó la noticia de que Escipión había cruzado el río Po para cercenar nuestro avance. Fue entonces cuando me retiré hacia el norte con la intención de esperarlo junto al río Ticinus y tratar de infligirle una derrota que Roma no pudiera olvidar en mucho tiempo. Por otra parte, aquél iba a ser nuestro primer enfrentamiento con las invictas y temidas legiones romanas, y era necesaria una victoria que elevara la maltrecha moral del ejército y humillara el orgullo y la fanfarronería de los romanos. A pesar de no haber luchado nunca contra esa máquina de guerra a la que llaman legión, disponía ya de suficiente información para hacerle frente. Había estudiado sobradamente su estructura, su extraordinaria capacidad de ataque y su inigualable movilidad, y había llegado a la conclusión de que era muy superior al esquema de la falange griega adoptado por nuestro ejército, pues su demostrada flexibilidad la hacía invencible en los terrenos incapaces. Si quería ganarle esta primera partida a la loba, debía entorpecer a toda costa la formación de los manípulos de Escipión aprovechando al máximo las dos grandes ventajas de mi ejército: la caballería y los honderos baleares. Muy pronto sabría con qué clase de hierro estaban forjadas las legiones del romano.




La mañana que los pisteros avistaron en el horizonte a la caballería romana, yo distraía mi pensamiento tratando de hallar un significado a las rodelas de fuego que durante mi sueño de la noche anterior sobrevolaron el campamento romano. La única respuesta que hallé fue la de lanzar a la caballería númida sobre la vanguardia enemiga sin darle tiempo a reaccionar. Y lo hice. El suelo tembló, y muy pronto los ágiles caballos númidas se enzarzaron con los romanos en un sangriento combate cuyo clamor podía oírse perfectamente desde mi posición; y cuando creí llegado el momento oportuno, di orden al resto de la caballería, emboscada desde el alba, de atacar a los romanos por la retaguardia. El desorden y el miedo cundieron en los manípulos de Escipión dando lugar a una sangrienta retirada en la que el propio cónsul estuvo a punto de morir. Más tarde supimos que se había unido al ejército de Sempronio y que éste había asumido la responsabilidad del mando total de las tropas.

Ahora nuestro avance se revelaba definitivamente imparable; la moral de los regimientos era excelente, los galos aliados de Roma se me unían por millares, los depósitos de intendencia engrosaban por días y los celtíberos y los númidas asolaban la región trayendo al campamento mujeres, esclavos y armas. Sin embargo, mi pensamiento estaba sembrado de preocupaciones, y la idea de que Sempronio sorprendiera mi avance me torturaba día y noche desvelando mi sueño y desganando mi apetito hasta el punto de que mi carácter se agrió, dando paso a un miedo incontenible que se apoderó de mí el día que los exploradores avisaron de que su ejército había cruzado el Po y se hallaba a escasa distancia del mío. Me detuve entonces en los alrededores del Trebia y estudié la manera de tenderle una trampa. Cuando nos dijeron que los romanos habían establecido su campamento, la confianza en mi plan ya había transformado el miedo de mi corazón en una euforia desconocida, contagiada quizás por el buen ánimo de mis tropas y el excelente resultado de los sacrificios sacerdotales que inclinaban a mi favor el también caprichoso ánimo de los dioses. Además, al atardecer, las rodelas ensangrentadas que rondaron mis sueños la víspera de la batalla en el río Ticinus, sobrevolaron el campamento de Sempronio a la vista de todos mis regimientos, y los galos ínsubros y boios, así como los celtíberos y los honderos baleares, se apresuraron a emboscarse convencidos de que la victoria sería nuestra, pues algunas unidades hicieron correr el rumor de que uno de los discos llevaba escrito en el centro el nombre del cónsul.

Al amanecer ordené a la caballería atacar su campamento. Los romanos montaron en cólera y se abalanzaron sobre ella sin saber que en realidad lo hacían sobre una muerte segura que ya les había sido anunciada en el cielo. La caballería cruzó primero el río, enfurecida y ansiosa por vengar al cónsul Escipión. La infantería empezó a hacerlo después, fría y calculadora, sin quebrantar lo más mínimo la condenadamente eficaz formación de la legión. Pero mientras los númidas alejaban de la infantería a la impetuosa caballería romana, mis honderos baleares, ocultos en la espesura de los bosques, irrumpieron en el llano diezmando con sus proyectiles de plomo no sólo la voluntad sino también la vida de cientos de romanos que aquel día encontraron la muerte en el Trebia. Al mismo tiempo fueron atacados por la retaguardia, y los desnudos galos y los feroces celtíberos ocuparon las orillas del río impidiendo la retirada y saciando la sed de sus temibles falcatas con la sangre de los lobeznos que no se resignaban a morir ahogados. La victoria había sido completa. No obstante, muchos soldados consiguieron escapar y refugiarse en Cremona, donde el veterano Escipión, repuesto de sus heridas, intentaba ahora reorganizar lo que quedaba de sus ejércitos.



En los días sucesivos me asaltó de nuevo el recuerdo de los extraños escudos voladores; de modo que anduve haciendo indagaciones entre la variopinta amalgama de augures, fulgoratiores, curanderos y adivinadores de toda suerte que acompañaban a los ilergetes, masesilios, maccios, carpetanos y demás facciones de mi ejército, sin que ninguno supiera darme la racional respuesta que secretamente buscaba. Sin embargo todos veían en aquellos signos celestes un mensaje favorable de los dioses; y por alguna razón que aún no puedo explicarme, identifiqué aquellas rodelas voladoras con los proyectiles como nueces que usaban los baleares, muchos de los cuales llevan escrito, como si de un conjuro maléfico se tratara, el nombre de su víctima. Llevaran o no llevaran nombre los escudos voladores, lo más prudente era identificar aquellos símbolos como un mensaje de los dioses... por si acaso verdaderamente lo fueran.

Pronto supe que los romanos habían retirado todas sus guarniciones de la línea del Po para concentrarlas durante el invierno en Placentia y Cremona. El juego podía prolongarse más de lo previsto y yo, Aníbal Barca, tenía prisa por llegar a Roma y vengar la muerte de Amilcar, mi padre. Era necesario pues alterar el rumbo normal de la partida y atraer a los romanos al lago Trasimeno antes de la primavera; de modo que inmediatamente mandé saquear la zona de Cortona, exactamente igual que si el invierno no existiera, para provocarlos. Sabía que los romanos tenían nuevos cónsules: Cayo Servilio Gémino y Flaminio Nepote; el primero estaba acantonado en Ariminum, en las costas del Adriático, y el segundo había partido hacia Arretium al frente de otro ejército. Después de alterar la partida a mi antojo, resultaba que Flaminio estaba en mi retaguardia a menos jornadas de lo que podía imaginar. Pronto comprendí que había sido un error garrafal no haber invernado en Liguria, pero la suerte estaba echada y se hacía imprescindible dar la batalla a Flaminio antes de que pudiera unirse a Servilio Gémino.

Ese mismo día planeé la emboscada contra Flaminio en el Trasimeno. Calculé la dirección del viento a fin de que mis jabalinas llegaran más lejos, la posición del sol para que los romanos lo tuvieran de frente, y embosqué a mis regimientos estratégicamente buscando sorprender al cónsul cuando entrara en el campo de batalla. Aquella noche Flaminio Nepote acampó frente a mí, y muchos hombres de mis unidades observaron el cielo con ansiedad esperando ver de nuevo los escudos de fuego sobre la empalizada romana, pero no aparecieron. Tampoco los augurios eran favorables. Evidentemente, el giro brusco que mi impaciencia dio al juego, alteró todas las predicciones y puso bajo mínimos la sustanciosa ventaja que llevaba hasta el momento.

Al amanecer pude oír las tubas romanas congregando al ejército, y desde una loma distinguí con claridad todos los detalles que la oscuridad egoísta de la noche había guardado en secreto. Vi a los romanos formando sus legiones al amparo de la caballería para evitar sorpresas. La mañana era tan clara que fácilmente podía divisar las insignias de los hastati, los penachos rojos de los príncipes, y las largas lanzas y pesados escudos de los triarios. Muy débilmente distinguía las faleras de plata de los oficiales, los umbos metálicos de sus corazas y los signíferos de las unidades a su mando. En el centro, haciendo cabriolas sobre su caballo, descubrí la orgullosa figura de Flaminio Nepote, y junto a él, rodeado de oficiales, al último hombre al que hubiera querido ver aquel día: Cayo Servilio Gémino que, gracias a mi error, había tenido tiempo suficiente para unirse al ejército de su colega. Todo estaba perdido pues. La superioridad numérica otorgaba la victoria a la condenada loba y yo, Aníbal Barca, tendría que renunciar a la venganza de mi padre, al saqueo de Roma, al dominio del Mediterráneo e incluso a la victoria de Trasimeno, a pesar de que la justa Historia me hubiera dado como incuestionable ganador. Ya no podría vencer a Varrón en Cannas ni dar la batalla a Escipión en Zama, porque incluso yo mismo, el general en jefe del ejército púnico, había muerto aquella mañana en las orillas enlodadas del Trasimeno a manos de un ejército muy superior que en quince minutos nos aniquiló impidiéndonos cualquier retirada. Aníbal había sido derrotado, una vez más, en los legendarios lugares de Italia donde siempre venció.

Exactamente igual que otras tardes, desconecté el ordenador, preparé una taza de café y me relajé en aquel despacho que la informática convertía, de vez en cuando, en el pequeño Olimpo de un dios de la guerra que nunca sería tan hábil como Aníbal. Pero poco a poco, como el cartaginés en su tiempo, iba asimilando ventajosamente el enrevesado programa de batallas antiguas. En aquella partida aprendí, como quizás lo hiciera Aníbal, que la legión romana tiene un punto débil: los flancos, y que el secreto del juego podía estar, como seguramente lo está el destino de los hombres, en la adecuada interpretación que hiciera en su momento de los augurios y de las señales celestes. Sólo cuando aprendiera a dominar aquella faceta del juego, podría derrotar a los Escipiones y manipular así la injusta destrucción de una Cartago que únicamente conocía a través de los manuales de Historia.