<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104</id><updated>2012-01-25T17:44:29.195+01:00</updated><category term='Atardecer en Grenoble'/><category term='Don Juan'/><category term='Rendición bajo la lluvia'/><category term='Goulash para el presidente'/><category term='La noche del perdedor'/><category term='Los límites de la luz'/><category term='Amistades mentirosas'/><category term='Quid pro quo'/><category term='Del sendero'/><category term='El hombre que felicitó al presidente'/><category term='El olivar de los amantes furtivos'/><category term='La última batalla'/><category term='Historia de un pez sin mar'/><category term='La pesadumbre del genio'/><category term='Al final sin ti'/><category term='El mago'/><category term='La mirada del Diablo'/><category term='Azul y fuego'/><category term='Un monstruo en el techo'/><category term='Tiempos de guerra y soledad'/><category term='El Diablo en la batalla'/><category term='Una guerra baladí'/><category term='Claudia la Triste princesa del viento'/><category term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><category term='Angelos'/><category term='La mujer de papel'/><category term='El cobarde y el silencio'/><category term='El último autobús de la línea quince'/><category term='El doble filo de la espada'/><category term='Una sonrisa en la multitud'/><title type='text'>José Antonio Illanes César Lamara</title><subtitle type='html'>Un rincón para compartir la magia de las palabras</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>42</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-9107956814034525823</id><published>2010-02-04T20:48:00.011+01:00</published><updated>2010-02-04T21:05:48.466+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El olivar de los amantes furtivos'/><title type='text'>El olivar de los amantes furtivos</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2snNrv3O0I/AAAAAAAAAes/KM1z6Jiw8ME/s1600-h/amor+imposible[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5434480491387894594" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2snNrv3O0I/AAAAAAAAAes/KM1z6Jiw8ME/s400/amor+imposible%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#663300;"&gt;&lt;em&gt;Premio Nacional de Cuentos Ciudad de Martos&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día que la señorita Felisa Mompao comunicó a Matías Zarco, El Requeté, que felizmente habían llegado ya los papeles de su pensión, éste pensó que el siguiente y obligado paso era morirse más tarde o más temprano. Azarosamente tuvo que aguardar hasta ese día para intuir que la vida es apenas un suspiro, una estela de acontecimientos fugaces e inconcretos, un jarrón de flores papiráceas expuestas a marchitarse en cualquier momento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Encendió entonces uno de aquellos cigarros hermanos que lo acompañaron toda la vida, aspiró una bocanada de humo que dejó en su alma la sensación asfixiante de las esperanzas muertas, y ni por un momento imaginó coincidir con la asistenta social en que las pensiones del Gobierno, entre otras muchas cosas menos dignas de mención, son algo parecido a un preaviso de cesación a divinis, una burocrática y cortés manera de anunciar la llegada de la muerte.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑Que sea para mucho tiempo, Matías ‑le dijo depositando un sobre en la mesa.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El Requeté inclinó el cuerpo con la agilidad propia de los remolacheros y alargó la mano velluda, callosa, virgen de maldad.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑No esté usted en eso, señorita ‑respondió‑, si las pensiones fueran para mucho tiempo no se las darían a nadie, la prueba está en que ningún nuevo las cobra.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Muchos años atrás, Matías Zarco percibió una impresión de angustia muy parecida a la que ahora comprimía su garganta. Fue el día que la guerra lo hizo regresar para decirle al oído con el cinismo de los grandes conflictos que Pilar Márquez se había casado con otro, no porque pensara que nunca más volvería del frente, sino simplemente porque le dio la gana. Y aquella bala de Mauser que atravesó su corazón se pareció mucho a esos visillos inoportunos y opacos que enturbian las pasiones. “Eso me pasa por casarme con la Patria”, comentó entonces en el bar de Prudencio, risueño y despreocupado, falsamente ecuánime. Orgulloso. Y ya no lo oyeron pronunciar el nombre de Pilar Márquez hasta veinte años después, en la primera romería que festejó el pueblo, cuando alguien lo escuchó nombrarla, quizás por casualidad, en medio de un corrillo de sevillanas orquestado por el vino, pero nadie le concedió entonces la menor importancia porque al fin y al cabo el alcohol facilita la comprensión y porque un error, siempre y cuando sea justificado, lo puede cometer cualquiera. Pero cualquiera no se lleva muerto tantos años como se llevó El Requeté, que aquella misma mañana recibió, envuelta en la calmaria resudada del ayuntamiento, camuflada como un espía en las tobas del cigarro, la tufarada densa de un animal muerto que reconoció ser él y cuya sombra lo acompañó hasta la puerta mostrándole la salida. Al pisar el umbral lo detuvieron la añoranza y el miedo, tal vez también un impulso de compasión mal entendida.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2slp76ZuuI/AAAAAAAAAeM/IFrUjUHJ1vA/s1600-h/LasilladeVanGogh[1].gif"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5434478777740147426" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 318px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2slp76ZuuI/AAAAAAAAAeM/IFrUjUHJ1vA/s400/LasilladeVanGogh%5B1%5D.gif" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;‑Cásese usted pronto, señorita ‑dijo‑, no le vaya a pasar como a mí, que acabo de comprender que voy a morirme soltero... y solo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo la soltería nunca fue una pesadilla que desvelara los sueños de El Requeté. Sí lo fue, en cambio, la ausencia de caricias, la premonición constante de las felicidades negadas y la presencia ausente de un amor carnal que pusiera su cama patas arriba, removiera el hormiguero que dormía bajo su piel y se remansara agotado en la cuenca de sus vanidades masculinas, porque Matías Zarco se fue virgen a la guerra, virgen volvió de ella y virgen permanecía el día que Felisa Mompao le extendió la notificación de cese. Nunca, aunque a él mismo le pareciera increíble, experimentó la sensación alucinante de besar a una mujer. Ni siquiera a Pilar Márquez llegó a besarla, a pesar de que ella se lo pidió con las miradas, con los labios e incluso con las palabras. Matías siempre fue un tímido exasperante y un conformista acostumbrado a copular con la imaginación, aunque ninguna de las heladas noches de su vida lo reconociera, amparado en el falso argumento de la mala suerte, increpando al fiscal de su conciencia con aquella raída historia de que justo el día que tenía planeado rozarle los labios se lo llevaron a la guerra. Fue una historia que durante muchos años convenció a los jueces de su alma y que al final terminó desengañando incluso a los abogados defensores. Ya era imposible cualquier descargo. Aquel papel de la pensión era el veredicto de un juicio inaplazable que suponía una condena a ostracismo con carácter retroactivo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2smGuvy9SI/AAAAAAAAAeU/zaOhLakdr7U/s1600-h/olivar89[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5434479272422208802" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 323px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2smGuvy9SI/AAAAAAAAAeU/zaOhLakdr7U/s400/olivar89%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás por eso los paredones de su habitación le parecieran aquella noche mucho más angostos, excesivamente insuficientes y apelmazados, y los gemidos de placer que cada madrugada de invierno nacían en el paredón del corral y sobresaltaban el silencio de la casa lo hicieran llorar de algo que su conciencia identificó, vagamente y a regañadientes, con la envidia. Una envidia que antes, cuando creía tener la vida entera por delante, pasaba por su lado sin dignarse a mirarlo, o tal vez fuera él quien siempre la ignoró, pero que aquella noche, en ese momento, lo arrastró hasta el patio sin previo aviso, lo obligó a pegarse a la tapia como un lagarto de invierno y allí lo dejó a la intemperie, aterido de frío, escuchando cómo los demás se entregaban al amor con un desenfreno sin límites.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Entonces recordó una a una, en un segundo, todas las madrugadas y todos los inviernos traseros, y pensó que el amor era injusto, que a unos seres les entrega abierto el cofre de los secretos y a otros, como a él, ni siquiera les muestra la llave. Matías Zarco había permitido demasiados años que la tapia de su corralón, estratégicamente situada al pie del olivar, fuera un remanso de pasiones incontroladas, un arosquilado en la sierra de la intolerancia donde los amores furtivos se hallaron siempre a resguardo del peligroso viento de las miradas indiscretas. “Se han confiado con el tiempo”, pensó. Y efectivamente, aquellos noviazgos interminables llevaban años amparados en el silencio del Requeté. Un silencio que siempre interpretaron como una complicidad solidaria donde sobraban las explicaciones.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Pero con el amor sucede como con cualquier otro tesoro, que quien lo posee no comprende a quien nunca lo tuvo y viceversa. Y aquel día Matías Zarco no quiso comprender que otros hicieran el amor cada noche mientras él tenía prohibido hacerlo siquiera una; así que decidió no soportar más aquellos gruñidos de placer, y llevado por un impulso incontrolable y venático comenzó a golpear el postigo llamando al silencio, paradójicamente, con el ruido. Poco después el silencio llegó disfrazado de fuga, porque cuando se trata de pasiones todo el mundo es tímido hasta la imprudencia, incluso hasta la cobardía.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2smk3KlqsI/AAAAAAAAAec/77qJqDhw7xM/s1600-h/1889-el-Olivar[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5434479790078143170" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 321px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2smk3KlqsI/AAAAAAAAAec/77qJqDhw7xM/s400/1889-el-Olivar%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche, ya fuera por el brusco cambio que sufrió su vida en una mañana o por aquella desvergonzada actitud de los amantes anónimos, la pasó en el patio charlando con las estrellas; les contó cosas disparatadas de Pilar Márquez que inventó sobre la marcha, se la imaginó en las adelfas del arroyo como su madre la trajo al mundo y, a pesar del frío, volvió a entregarse desconsideradamente a esos onanismos pecaminosos que turbaban su conciencia. Pero al día siguiente, de madrugada, cuando aún no había olvidado el desagradable incidente de la noche anterior, volvió a escuchar, esta vez con más nitidez, la misma trapatiesta y los mismos gemidos, y volvió a intuir las formas diabólicamente carnosas de los sexos opuestos, jadeantes, desenfrenados. “Confiados”, pensó, y se arrastró sigilosamente hasta la puerta de la calle, se escurrió por la fachada con la rapidez de un grillo, dobló la esquina y a pedradas interrumpió los coitos de los amantes nocturnos que en ese momento se daban a la lujuria y al desatino, ciegos y apresurados.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Por la mañana se despertó con el cloqueo de las gallinas clavado en las sienes y con el firme propósito de hallar a los culpables y acabar con aquellas bacanales nocturnas que impedían cualquier descanso moral y corporal. De modo que se dedicó por entero al desahuciado arte de buscar conclusiones, y a la hora del desayuno llegó a una que brillaba por encima de todas las demás: que quienes fueran debían ser vecinos, a juzgar por la rapidez de sus movimientos y por la capacidad de batirse en retirada, ordenada o desordenadamente, era lo mismo, ante la inminente amenaza de un enemigo. Después, en base al estrépito que formaban en la huida llegó, a la hora del almuerzo, a una hipótesis verdaderamente descabellada pero de todo punto cierta: que no era una sola pareja, quizás varias parejas o, puesto ya en lo peor, un degenerado grupo de varias que se amaran indistintamente. A la hora del café en el bar de Prudencio ya barajaba los nombres de la Clari, el Sultán, la Alfombrada y, muy posiblemente, también el Negro, el hermano del Sultán. Ya entrada la tarde, camino de la casa de sus pesares, lejos de descartar alguno, los dio por ciertos a todos, e incluso a última hora agregó a la Estrella, que por estar preñada había excluido al principio.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2snBwd89YI/AAAAAAAAAek/Ph04NLJFhcs/s1600-h/anciano[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5434480286496519554" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 330px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2snBwd89YI/AAAAAAAAAek/Ph04NLJFhcs/s400/anciano%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche resolvió no dormir y entregarse por entero al innoble juego de la emboscada. Y como hacía en la guerra cuando lo mandaban de escucha, se echó un cobertor sobre los hombros, entreabrió la puerta del postigo y se acuclilló en el sardinel con la escopeta montada, aguardando que la muerte llegara silenciosa y disfrazada de gemidos amorosos. Y ni por un momento se detuvo a pensar que podía cometer un crimen porque la soledad, cuando se queda a vivir en un corazón, lo desespera hasta el extremo de matarle muchas virtudes. Y a Matías Zarco le mató la prudencia. Tras la tapia, en el callejón que daba al olivar, la noche se hizo densa y el silencio amenazante. Un mochuelo cantó a la luna invisible y un compás de espera, frío y seco como los perdigones de una escopeta, se abrió intrigante y receloso. El Requeté se recostó en el quicio del portalón. “A lo mejor se lo han imaginado y no vienen”, pensó, y se echó a soñar de nuevo con las caderas orondas de Pilar Márquez, con sus andares provocadoramente escarranchados y sus miradas lascivas. De nuevo la tomó de la mano y la condujo al arroyo, la tendió en un colchón de grama, le quitó la ropa y se dispuso a amarla, pero justo en ese momento volvieron a llevárselo a la guerra, porque de nuevo oyó aquellos gemidos escandalizando el callejón, aquellos coitos desvergonzados mancillando el silencio de la noche.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Matías Zarco escrutó el campo de batalla con la precisión de un águila, con la insistencia infalible de un búho. “Ahora veréis”, pensó, y un estampido bestial retumbó en el callejón y galopó en el celaje nocturno como un caballo salvaje corriendo hacia la muerte. En el suelo, chapaleando su destino en sangre, la Clari se tropezó con ella sin que Sebastián Alcázar, que regresaba de enterrar cepos en la sierra, pudiera hacer nada por evitarlo. Se acercó al Requeté, lo agarró por el cobertor y lo levantó en peso.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑Animal ‑le dijo‑, ¿no ves que puedes matar a una criatura?&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Y luego, mirándolo a los ojos, lo previno.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑Como vuelva a cogerte pegándole tiros a los gatos te llevo a la Guardia Civil.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El Requeté no respondió, simplemente cerró la puerta del postigo y se tumbó en la cama junto al fantasma desnudo de Pilar Márquez, que se había quedado en las adelfas del arroyo aguardando un beso imposible. Y una vez más, en esa dimensión donde los gatos no necesitan estar, la amó desesperadamente.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑Nunca dejé de quererte, Pilar ‑le dijo‑, ahora más que nunca.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Ella lo miró desde el otro lado de la realidad con aquel rostro de quinceañera que mataba las voluntades.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;‑Te estás volviendo loco, Matías ‑le contestó‑, mira que a tu edad tener envidia de un pobre animalito que no puede defenderse...&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Y se marchó dejándolo en manos de una soledad que se holgaba recordándole, una por una, las insufribles ventajas de ser gato y los insalvables inconvenientes de ser un animal cesado sin ninguna posibilidad de rectificar sus errores.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-9107956814034525823?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/9107956814034525823/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2010/02/el-olivar-de-los-amantes-furtivos.html#comment-form' title='15 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/9107956814034525823'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/9107956814034525823'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2010/02/el-olivar-de-los-amantes-furtivos.html' title='El olivar de los amantes furtivos'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S2snNrv3O0I/AAAAAAAAAes/KM1z6Jiw8ME/s72-c/amor+imposible%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-7581993426621041715</id><published>2010-01-05T01:40:00.008+01:00</published><updated>2010-01-05T15:42:26.181+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Una sonrisa en la multitud'/><title type='text'>Una sonrisa en la multitud</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KS2Cp_JSI/AAAAAAAAAc8/njGzSqmQ7qM/s1600-h/reyes+magos+2[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5423058358431065378" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 359px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KS2Cp_JSI/AAAAAAAAAc8/njGzSqmQ7qM/s400/reyes+magos+2%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;strong&gt;Premio Internacional de Cuentos Meres&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;A mi hijo José Antonio&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;La tarde se ensombreció de forma inesperada, y el ejército de nubarrones que al amanecer había sitiado la ciudad se lanzó al asalto desprovisto de piedad, ocupando por sorpresa las azoteas de los rascacielos y amenazando con inundar las calles de una lluvia desleal y olvidada. La sequía había sido inclemente con los campos y nadie pensó nunca que un diluvio pudiera atacar la ciudad precisamente la noche de reyes. Florencio Palacios descorrió los visillos del dormitorio y desde la ventana empañada espió las calles del barrio, el revuelo de las hojas llevadas por el viento y la tonalidad grisácea del silencio que se recostaba en las esquinas con la persistencia de un mendigo. Se esforzó por ver a lo lejos la amplitud de la avenida y descubrió un río de automóviles fluyendo hacia el centro de la ciudad, el mismo río que todos los años a esa hora se mostraba caudaloso de niños y de coches envalentonados por la ilusión de los reyes, ansiosos por ver al tiempo hundido en su propia precipitación. El ritmo del mundo perseveraba en sus compases a pesar de la amenaza de lluvia. Florencio Palacios salió entonces del dormitorio, besó a su madre que seguía en la mesa camilla viendo el mundo a través del televisor y luego se detuvo en la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Voy a salir -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La anciana levantó la cabeza, inspeccionó el pergeño de su hijo con una mirada experta y después se hundió en un gesto de desaliento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estás loco -contestó-, ¿qué rey mago va a salir a la calle en medio de un diluvio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Florencio Palacios cerró la puerta, bajó las escaleras pintarrajeadas por los niños y en el mismo bordillo de la acera se llenó de valor y se enfrentó al mundo. El aire era el mismo que el de Nochevieja, los naranjos continuaban inamovibles en los arriates de la calle y la ropa íntima de las vecinas seguía acudiendo a los tendederos con la lealtad de una novia inocente. Todo era igual en el mundo menos la imagen espantosa que él había concebido del universo en tan solo una noche, nada había cambiado salvo una hoja en el calendario y un número novedoso que se erguía sobre él como una puerta de incertidumbre ante una vida sembrada de miedos. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KQNf3HHaI/AAAAAAAAAcU/cgsf5VY9jco/s1600-h/ofra[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5423055462872849826" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 311px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KQNf3HHaI/AAAAAAAAAcU/cgsf5VY9jco/s400/ofra%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Se estremeció con la idea de que una simple cifra en el almanaque tuviera la potestad de cambiar una conducta y de instaurar la dictadura del terror en el reino del futuro; un futuro protéico que se diluía ante sus ojos atacado por la duda, que había perdido toda consistencia y amenazaba con desaparecer para siempre entre la multitud de parados que inundaba el barrio. No lo había celebrado. Había recibido la llegada del nuevo año en el comedor del piso, frente a su madre, asustado por la euforia ajena y por las preguntas veloces que acudían a su cerebro paralizado por el miedo al paro, un miedo que lo había recluido en el piso cinco días seguidos y que había ensombrecido el color de sus fiestas; pero ahora estaba en la calle, al fin, contagiado por el entusiasmo de los niños que intuía en la avenida. Por un segundo pensó volver, subir las escaleras y recluirse de nuevo en la habitación, con sus libros de maestro y sus sueños de poeta, pero un impulso ajeno a su voluntad lo obligó a caminar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El centro de la ciudad quedaba lejos, enterrado en la robustez de los edificios y perdido en los entresijos de una historia milenaria ensanchada por la modernidad. Asustado por la distancia quiso subir al coche, que seguía estacionado bajo los álamos del aparcamiento como un perro fiel, observando las indecisiones del mundo con aquellos ojos de cristal espantados y redondos, pero pensó que el refugio del coche era parecido al de sus libros y que nada adelantaría volviendo a convivir con los miedos. Por eso siguió caminando bajo aquel cielo cada vez más plomizo y amenazador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La arteria que conectaba el barrio con el corazón de la ciudad se le mostró tan excesiva y atolondrada que pensó en perderse por las callejuelas innumerables que conducían al centro, sumisas y débiles como vasallos del tiempo, y creyó que aquella decisión trivial nacía en el esqueleto agitado de sus miedos, que de nuevo volvía a sentirse indefenso ante el mundo, sobrecogido por las bocinas de los coches y el entusiasmo ajeno, pero se otorgó la licencia de habituarse a lo cotidiano con la paciencia del guerrero derrotado que regresa a sus dominios, por eso se internó en las calles desoladas por el viento, cabizbajo y roto, a solas con la fe depositada en su capacidad para vencer los espantos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin pretenderlo se sorprendió pensando en la escuela, en aquellos niños de barrio que se asombraban al oír las leyendas rancias de la ciudad, muchos de los cuales aún creían en los reyes. Florencio Palacios amortiguaba con esas historias la morriña gris de las tardes invernales, cuando la pizarra se hastiaba de números y el sopor amenazaba con nublar la lucidez de los niños. Las hacía danzar en el misterio con palabras de poeta y las adornaba con metáforas imprevistas y cadencias de la voz que exaltaban el dramatismo del contenido o enternecían la figura de sus protagonistas, y los niños lo oían boquiabiertos, asombrados por el realismo de aquellas historias de hadas que una vez sucedieron en las calles que ellos pisaban o en el cerebro de aquel maestro al que ninguno se había atrevido a ponerle mote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KQuWq-j5I/AAAAAAAAAcc/-1HHaQmdDSA/s1600-h/400_1199511580_reyes-magos[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5423056027341721490" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KQuWq-j5I/AAAAAAAAAcc/-1HHaQmdDSA/s400/400_1199511580_reyes-magos%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Así fue como conocieron los fantasmas que habitaban la imaginación de Florencio Palacios, y supieron de un rey al que le cantaban los huesos, de una cabeza de piedra empotrada en una pared, de trifulcas de bandidos a la luz de la luna, de caballeros embozados que se batían por amores imposibles y de reinas que paseaban por el parque en busca de amor, perseguidas de cerca por la sombra multicolor de los pavos reales. Eso era lo que los niños recordarían de aquel maestro avirrostro y enjuto que ya no volvería al colegio y que ahora caminaba por las calles asustado por un cese fulminante, buscando una cabalgata de reyes y el anonimato de una multitud que podía ayudarlo a reconciliarse con el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Florencio Palacios había temido siempre al fantasma del paro, cuyo rostro canceriforme paseaba por el barrio a media mañana y se difuminaba en las miradas de la gente que movía los pies en los bancos o tomaba el sol en las esquinas, conjeturando con la esperanza o simplemente con la supervivencia, y siempre había eludido su compañía, confiado en la estrecha amistad con el colegio y en aquella interinidad que parecía eterna; pero a veces se acercaba a él, cuando bajaba a comprar el periódico los domingos por la mañana, con la osadía morbosa de la víctima que se aproxima al verdugo por el puro placer de conocerlo o de saberse capaz de burlarlo, y entonces tenía la certidumbre de que algún día abriría sus fauces y lo devoraría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así era como se sentía mientras caminaba por las calles acompañando al viento, engullido por un monstruo intangible al que ni siquiera la máquina poderosa del Estado lograba vencer, anulado para siempre en su voluntad, muerta la ilusión y desterrada la esperanza. Recordó a Víctor Hugo, cuando afirmó que las ilusiones sostienen al alma como las alas a los pájaros, y se vio caer en el vacío, desde lo alto de aquel cielo turbio y provocador, como un ave abatida por los disparos del mundo. Pero siguió caminando. Era la tarde de reyes, y la ilusión en persona paseaba por la ciudad saludando a los niños de todas las edades, indiferente a las amenazas del cielo y de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A medida que se acercaba al centro, la algarabía aumentaba en las calles y en las plazas, y vendedores ambulantes de todas las cosas paseaban con sus canastos al acecho de los pequeños. La maquinaria de la ilusión se había puesto en marcha aunque Florencio Palacios estuviera al margen de su influencia. Pensó por un momento en el número de gente que se había confabulado aquella tarde para mostrar a los niños realidades inefables, en el precio que pagan los mayores para que los pequeños mantengan lo que ellos han perdido, en el valor incalculable de la inocencia y en el dolor añejo y remoto que supone su pérdida. Vio a los niños con globos en las manos, caminando junto a sus padres con los rostros desencajados por la impaciencia, y recordó los momentos felices en que su madre lo llevaba a la cabalgata, aunque ya no creyera en los reyes, con la ilusión de coger caramelos y ver de cerca a los Magos de Oriente. Justificó la felicidad de aquellos tiempos por el desconocimiento absoluto de la realidad, por el muro resistente con que la inocencia protege a los niños de los rigores del mundo, y lamentó no ser niño o no poseer en aquellos momentos la voluntad necesaria para serlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordó la amenaza de lluvia y miró el cielo. Seguía encapotado y amenazante, pero indeciso ante el ataque final, y llevado otra vez por su reciente miedo al mundo se sentó en un banco, frente a una fuente resequida y nostálgica. Allí volvió a pensar en los niños y en su condición de maestro parado, pero de repente se asustó. Cruzando la plazuela descubrió a un alumno de preescolar. Venía sobre los hombros del padre, como un fardo de esperanza, con un globo en una mano y una bolsa para los caramelos en la otra. Trató de ocultarse pero no pudo. Era demasiado tarde. El padre lo había reconocido y se acercaba al banco lentamente, con una sonrisa campechana que le infundió terror. Florencio Palacios deseó morir antes que enfrentarse a la realidad, pero el hombre se detuvo ante él y se vio obligado a disimular. Se dirigió al niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KRAhAhywI/AAAAAAAAAck/PWMrcYzMguc/s1600-h/2181728996_a878867d4a[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5423056339354110722" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 373px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KRAhAhywI/AAAAAAAAAck/PWMrcYzMguc/s400/2181728996_a878867d4a%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;-Hombre, Pablo -le dijo-, ¿dónde vas con ese globo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El niño lo miró sonriente, sin el menor asomo de afectación, y ni siquiera calculó la respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a ver al rey negro -respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguieron hablando de los reyes y se marcharon. Florencio Palacios descubrió entonces la ausencia de la risa, y cayó en la cuenta de que llevaba días sin sonreír, que la pesadumbre había herido mortalmente su ternura. Se levantó del banco y siguió caminando. La avenida se había convertido en un hormiguero impaciente, la gente caminaba con prisa hacia la multitud agolpada en la glorieta y lentamente se extendía por las aceras buscando posiciones ventajosas que probablemente no hallaría. Florencio Palacios se dejó arrastrar por la corriente de aquel río tumultuoso donde la algarada impedía oír a los vendedores de globos y a los mercaderes de toda suerte. El humo inconfundible de las castañas asadas se mezclaba con las amenazas del cielo cuando las primeras carrozas se intuyeron en la plaza. El maestro apretó el paso mientras el corazón le brincaba en el pecho de forma inusitada, como en la infancia, cuando su razón de niño le impedía conocer el alcance de la burocracia y el significado del fracaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a la cola de la multitud se tropezó con la dulzura de aquella hermosa mentira: Melchor, Gaspar y Baltasar de nuevo ante él, como treinta años atrás, con los zurrones cargados de ilusión y los camellos agotados por el largo viaje desde oriente; presentes de esperanza para los niños del mundo: oro, incienso y mirra para el Hijo de Dios. Pensó en el significado de aquellos regalos, en el oro, que distingue al Sol por encima de los demás astros, en el incienso, cauce y esencia de la oración, referencia incuestionable de Dios con los hombres, y en la mirra, sustancia de resurrección, símbolo profético de lo que sería el Hijo del Hombre. Florencio Palacios pensaba aquello mientras se abría camino a empujones entre la multitud de la glorieta, con el paraguas prendido del brazo como un hermano menor, con la vista puesta en la infan¬cia y en la estela de luz dejada por la ilusión perdida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a las primeras filas, perseguido por las reconvenciones de la gente, algunas carrozas entraban ya en la avenida, en medio de una algarabía descontrolada y libre de prejuicios. Los caramelos surcaban el cielo como cometas multicolores, buscando el corazón de los niños, con deseos impresos en sus alas de papel, siguiendo trayectorias imprevisibles arbitradas por el azar. Pensó en las manos que los arrojaban y en las manos que los recibían, y no halló diferencia en ellas salvo el afán de desprendimiento y el deseo de posesión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces cuando el maestro vislumbró a lo lejos al primer rey, que apenas se distinguía en la multitud, enloquecido por el tumulto, borracho de pasiones. A medida que se acercaba lo vio agitar los brazos y regalar caramelos con el desenfreno de un niño, mientras eludía dificultosamente los que le arrojaban al rostro algunos gamberros. Volvió a pensar en la pérdida de la ilusión, en el apego que el salvajismo siente por el alma cuando la intuye vacía de inocencia, y sintió miedo por él mismo, miedo de caer en el desafecto y en la indigencia moral, y trató de usurpar por un momento el papel de aquel rey, pero llevaba el corazón infectado de tristeza y ni siquiera fue capaz de imaginarse subido en la carroza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó a su altura, el rey se detuvo, y Florencio Palacios pudo observarlo de cerca, con sus ropas bíblicas y su brillo mesiánico en los ojos, el mismo brillo de los niños que lo miraban boquiabiertos sobre los hombros de sus padres, sin dar crédito a la fantasía de hallarse frente a un mago de oriente en persona. De repente la algarabía subió de tono. El rey esparcía caramelos de nuevo, pero esta vez encima mismo de Florencio Palacios, que a punto estuvo de caer al suelo empujado por la chiquillería. El maestro, contagiado de repente por la alegría colectiva, sintió el impulso leve de agacharse y recoger alguno, pero ni siquiera lo intentó. Fue entonces cuando aquel niño que nunca olvidaría se acercó a él con un caramelo en la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KSaB_SRgI/AAAAAAAAAcs/2k6ninc7QWg/s1600-h/sonrisa[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5423057877215626754" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 335px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KSaB_SRgI/AAAAAAAAAcs/2k6ninc7QWg/s400/sonrisa%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;-Tome usted, -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Florencio Palacios lo cogió, quiso darle las gracias, pero el niño ya no estaba, o al menos no lo vio, en medio de aquella multitud enfebrecida por la ilusión. Quiso calibrar el gesto, pero antes de hacerlo sintió en su rostro una sonrisa espontánea, un principio de aquella alegría que ya sospechaba desterrada para siempre del corazón, y en una fracción de segundo volvió a fascinarse con las imprevisiones de la vida, que ahora le mostraba la ilusión envuelta en papel de colores. Comprendió entonces que aquella palabra mágica seguía caminando por las aceras del mundo aunque fuera difícil reconciliarse con ella, que solo era cuestión que querer descubrirla en los gestos o en las miradas y ella sola hallaría el lugar que el corazón le reserva, a pesar del tiempo y de los miedos, del paro y las frustraciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en aquel momento Florencio Palacios se sintió feliz, extrañamente feliz en medio de una cabalgata de reyes magos que sembraba la ciudad de inocencia, y creyó ser el mismo niño que treinta años atrás enloquecía en aquella noche y en aquella plaza. Se despojó de años y prejuicios mientras la ilusión cabrioleaba en su pecho como un caballo asustado y tuvo fuerzas para desprenderse de los miedos que había incubado el último día de trabajo. Vio al rey mago, ya de espaldas, despedirse de la glorieta, y la siguiente carroza caminando tras él, y antes de que la lluvia de caramelos agitara de nuevo a la multitud, abrió su paraguas destartalado de maestro feliz y lo colocó boca arriba, avaricioso y radiante, para emborracharse de ilusión como un niño más; y no le importó hacer trampas, ni tampoco que la gente lo mirara de soslayo, porque había comprendido que el mayor acierto del hombre es sembrar la vida de trampas para que la inocencia caiga en ellas como un regalo en las manos de un niño.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-7581993426621041715?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/7581993426621041715/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2010/01/una-sonrisa-en-la-multitud.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/7581993426621041715'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/7581993426621041715'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2010/01/una-sonrisa-en-la-multitud.html' title='Una sonrisa en la multitud'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/S0KS2Cp_JSI/AAAAAAAAAc8/njGzSqmQ7qM/s72-c/reyes+magos+2%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-6208648297172440165</id><published>2009-11-09T23:08:00.008+01:00</published><updated>2009-11-09T23:27:27.683+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Azul y fuego'/><title type='text'>Azul y fuego</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviWt-UpQPI/AAAAAAAAAcA/ZR_sB29hZeI/s1600-h/12216519vq[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402233469598777586" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 267px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviWt-UpQPI/AAAAAAAAAcA/ZR_sB29hZeI/s400/12216519vq%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio de cuentos Alzahir&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;“No puedo más” dijo sofocado, con el rostro desfi&amp;shy;gura&amp;shy;do por la fatiga y el dolor, “aquí os espero”, y se sentó al pie del árbol gigantesco mientras la retaguar&amp;shy;dia de la columna desfilaba lentamente por el arcén, con la vista puesta en el horizonte, las banderas ondeando al viento y la esperanza acobardada por el casca&amp;shy;rón de humo enra&amp;shy;recido que envolvía la ciudad. Entonces se quitó las sandalias, se desa&amp;shy;brochó la camisa y miró al cielo, donde una bandada de tordos moteaba el color añil y se batía en retirada hacia la campi&amp;shy;ña. El sol, redondo y llameante como una ventana del infierno, derretía el alquitrán de la carrete&amp;shy;ra, endu&amp;shy;recía la piel de los lagar&amp;shy;tos que jadeaban sobre las pie&amp;shy;dras y torturaba los huesos de aquella columna de volunta&amp;shy;rios emperrada en llegar a pie a la ciudad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Abrió la bote&amp;shy;lla de agua y bebió un largo trago, pero el caldo recalen&amp;shy;tado, con sabor a plástico, le produjo retortijones en las tripas y añadió un tormento más a su cuerpo envejecido y roto. Entonces agachó la cabeza en un gesto de dolor, vio su bandera retorcida en el suelo, polvo&amp;shy;rienta, sin vida, y padeció una incontrola&amp;shy;ble sensa&amp;shy;ción de angustia que terminó de hundirlo en la derro&amp;shy;ta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;“Tú no vengas, Cándi&amp;shy;do” le dijeron sus vecinos días antes cuando lo vieron a la salida del pueblo con un canas&amp;shy;to en una mano y una bandera en la otra, “esto es cosa de los jóvenes y tú no tienes que cum&amp;shy;plir”; pero Cándido Pala&amp;shy;cios, que presumía de haber hecho la guerra, de haber tumba&amp;shy;do a una yegua con una sola mano y de haber cami&amp;shy;nado durante días con un saco de aceitunas al hom&amp;shy;bro, estaba dispuesto a carearse con ese consejero de traje azul y corbata de seda que guardaba silencio sobre la sequía y negaba el paro mortificante que asola&amp;shy;ba la comar&amp;shy;ca. “A ver cómo cumplen ustedes” les contestó, “cuando estemos nego&amp;shy;ciando con ese gañán”. Y empuñó la bandera y encabezó la columna. Ya enton&amp;shy;ces el sol se perfi&amp;shy;laba como el peor enemigo de la marcha, pero nadie sospe&amp;shy;chó en ningún momento que su crueldad fuera infinita.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402230530093502642" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 314px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviUC3z-ULI/AAAAAAAAAbY/J8q9YxmuPpA/s400/sol%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Nada más llegar a la campiña, en la primera jornada, se intuyó que los más débiles no llegarían a la ciudad, de modo que al atardecer, cinco adolescentes y una mujer embara&amp;shy;zada pernoctaron en el pueblo más próximo con la intención de regresar por la mañana en el autobús de línea. El resto de la columna siguió su avance implacable por la carre&amp;shy;tera. Cándido Palacios aún permanecía en cabeza con su bande&amp;shy;ra, marcando un ritmo lento y constan&amp;shy;te, como había aprendido en la infancia, cuando el camino de asfalto era un sendero polvoriento y las coguja&amp;shy;das se dejaban ver entre las matas de lentisco. Iba entonces de cortijo en cortijo, devorando leguas con un morral al hombro y un sueño de amor en el corazón sin que la robus&amp;shy;tez de su cuer&amp;shy;po acusara síntomas de cansancio; pero la primera noche de aquella marcha infernal, sentado en el suelo con un ciga&amp;shy;rro en los dedos, notó que las manos se le hincha&amp;shy;ban y que las sandalias le apretaban los pies. Al tum&amp;shy;bar&amp;shy;se des&amp;shy;pués en la manta sintió una punzada de fuego en la columna verte&amp;shy;bral, y entonces temió de verdad que los jóvenes del pueblo llevaran razón, pero se echó a dormir evocando los tiempos de la juventud y nutriéndose con el recuerdo del camino lleno de polvo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Al amanecer la hinchazón había desapa&amp;shy;re&amp;shy;cido, y Cándido el Viejo se enva&amp;shy;lentonó de nuevo ante la perspecti&amp;shy;va de la carretera, que atasajaba la campiña ocre como una espada grisácea y feroz. El sol atacó sin piedad el flanco dere&amp;shy;cho de la columna nada más apare&amp;shy;cer en el horizon&amp;shy;te, y a mediodía los vapores de la carre&amp;shy;tera difu&amp;shy;minaban la silue&amp;shy;ta veloz de los camiones, que se veían a lo lejos como en el fondo de un lago y de repente apare&amp;shy;cían a medio metro, rugiendo como dragones, rompiendo la formación, incrementando con el calor de sus motores la temperatura asfixiante de aquella gigantesca espada de fuego donde los pies se derretían y las voluntades se quebraban.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sentado ahora bajo el árbol, a las puertas de la ciudad, Cándido Palacios se dejó sobrecoger una vez más por el velo transparente que se alzaba desde la auto&amp;shy;pista, como un visillo de vapor prendido de las nubes, mecido por una brisa inexistente. En la distancia tuvo la impresión de que la columna marchaba por el filo de un volcán, y la hilera de hombres le pareció un lento desfile de condena&amp;shy;dos al infierno, caminando hacia las calderas abiertas de una capital humeante, avispero de motores, refugio de diablos trajeados, tribunal implacable presidi&amp;shy;do por el progreso. “Los van a engañar a todos”, pensó mien&amp;shy;tras los veía empequeñecerse tras la cortina de vapor, “los engañarán y no se darán ni cuenta”. Después, muy despacio, se recostó en el árbol. Su columna vertebral se había transforma&amp;shy;do en un sable rígido y agudo, cual&amp;shy;quier movimiento le producía dolores, y el sol, cada vez más alto y llameante, lanzaba dardos encendidos sobre la copa de aquel árbol que había tenido la misericordia de acoger&amp;shy;lo y ampararlo bajo su sombra sin imponer condicio&amp;shy;nes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviU2TYTMfI/AAAAAAAAAbg/DXK8f-YPDIY/s1600-h/bajo+el+sol[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402231413666951666" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 304px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviU2TYTMfI/AAAAAAAAAbg/DXK8f-YPDIY/s400/bajo+el+sol%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante los días de la marcha había busca&amp;shy;do con insisten&amp;shy;cia y disimulo el refugio de los árboles, procurando ocultar al grupo y a sí mismo los dolores de cabeza que atur&amp;shy;dían su visión y convertían su cerebro en una cuadra de caba&amp;shy;llos inquietos, pero la hinchazón de los pies no volvió a preocuparle, porque de noche desapa&amp;shy;recía y al amanecer los dedos encajaban en las alpargatas como el primer día. Era la pre&amp;shy;sencia del sol lo que de verdad le infundía miedo, la certidumbre de saberlo al día si&amp;shy;guiente coronando el cielo, entronado en el azul como un tirano en el infierno, aguardando la aparición de la columna para caer sobre ella con la fero&amp;shy;cidad de un casti&amp;shy;go bíblico. Nunca hasta enton&amp;shy;ces había visto al sol como a un enemigo incle&amp;shy;mente, ni si&amp;shy;quiera en los tiem&amp;shy;pos lejanos de la siega manual, cuando las espaldas se tosta&amp;shy;ban y ennegrecían dolorosamente. Sin embargo ahora, en tan sólo cinco días, había aprendido a odiarlo con saña y a desear con fervor la llegada de la noche, la presencia de una sombra cual&amp;shy;quiera, la caricia de una brisa perdida en las plazas arboladas de los pue&amp;shy;blos de paso donde a veces deseaba la muerte antes que el retorno a la lucha. Eran lugares olvidados donde los sauces y los robles lloraban la pasividad de la gente, donde el tedio se refugiaba en fichas de dominó, en vela&amp;shy;dores desgastados por ancianos reconci&amp;shy;liados con el tiempo y en ladridos de perros que interrumpían la siesta de los aburridos; lugares donde Cándi&amp;shy;do Pala&amp;shy;cios hubiera querido morir, parajes familiares donde el fin hubiera supuesto un desahogo, un reencuentro con la paz perdi&amp;shy;da, una rendición honrosa en aquella guerra empren&amp;shy;dida por honor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviVWYlzMzI/AAAAAAAAAbo/vfuOk7nJz_U/s1600-h/dibujo-segador1[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402231964821566258" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 273px; CURSOR: hand; HEIGHT: 340px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviVWYlzMzI/AAAAAAAAAbo/vfuOk7nJz_U/s400/dibujo-segador1%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Ahora, vencido por el sol, agotado por los días de marcha, tumbado bajo aquel angustioso árbol de auto&amp;shy;pista, Cándido el Viejo había perdido de vista la columna y aguardaba la llegada de la noche evocando los atardece&amp;shy;res del pueblo, tra&amp;shy;tando de ahuyentar la sombra de la derrota con el recuerdo placentero de las horas feli&amp;shy;ces; pero a lo lejos, la presencia fantas&amp;shy;magórica de la ciudad, ensom&amp;shy;brecida por la tarde y la conta&amp;shy;minación, lo hizo abandonar los recuerdos del pueblo. Pensó entonces en la gente de la campiña, que dormiría en el parque princi&amp;shy;pal, cerca del centro, con los sueños y las bande&amp;shy;ras en posi&amp;shy;ción de descanso. Hubiera dado media vida por estar con ellos, por hablar al día siguiente con el consejero de traje azul que negaba descaradamente los efectos de la sequía. Pensó entonces en detener un coche y pedir que lo llevaran al parque, pero el dolor de la espalda, cada vez más inclemen&amp;shy;te y agudo, le impedía ya ponerse en pie y acercarse al filo de la autopista. Caía la noche sobre la ciudad, todas las suertes estaban echadas, y en el tapete encantado donde Cándido Palacios había jugado su partida contra el mundo sólo quedaban al descubierto las cartas del fracaso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Enton&amp;shy;ces tomó la bandera, se acurrucó en ella y se entregó al sueño, a un sueño profundo de niño resig&amp;shy;nado o de viejo idealista, a un sueño en cualquier caso consolado por el universo luminoso de la ciudad cercana y el himno acompa&amp;shy;sado de unos grillos con&amp;shy;gregados en torno a una noche sin estrellas. Y soñó Cándido el Viejo con un océano de trigo verdimoreno, aterciopelado, mecido por una brisa de infan&amp;shy;cias irrepetibles, con un torren&amp;shy;te de agua fresca ente&amp;shy;rrado en un cañaveral donde los zorzales se posaban al atardecer y los arrieros se refugiaban huyendo de la canícula, con un pueblo blanco sin semáforos ni alqui&amp;shy;trán, perfilado en el azul del cielo como una escul&amp;shy;tura de cal sobre un telón de promesas y con una callejue&amp;shy;la estrecha y som&amp;shy;breada donde las parras agridulces se trenzaban en las fachadas y habla&amp;shy;ban al atardecer con los arrayanes de las ventanas y las avispas peregrinas que danzaban en los portales recién regados. Soñó Cándido Palacios con el pueblo libre y lejano que a veces lo visitaba por las noches como un fantasma enjalbegado de nostalgia, y ni siquiera el dolor fulminante de la espalda perturbó su sueño bajo aquel árbol; fue el sol, al amane&amp;shy;cer, como las ejecu&amp;shy;ciones.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviV4DOm8OI/AAAAAAAAAbw/VFgS6Isot84/s1600-h/Sequ%C3%ADa[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402232543202701538" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviV4DOm8OI/AAAAAAAAAbw/VFgS6Isot84/s400/Sequ%25C3%25ADa%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Abrió los ojos y lo vio frente a él, como un volcán en el cielo, dispuesto a derretir la poca vida que aún que&amp;shy;daba en los arcenes de la autopista. A lo lejos, la ciudad se desper&amp;shy;taba envuelta en un aura grisá&amp;shy;cea. Pensó instantá&amp;shy;nea&amp;shy;mente en los que habían tomado el parque el día anterior, en la marcha com&amp;shy;pacta y sudorosa por el centro de la capital, en las banderas del sindicato y en las consig&amp;shy;nas aprendidas por el camino. Sintió un dolor insoportable en los pies y vio que la hinchazón persistía con la terque&amp;shy;dad del sol, que ya se alzaba lentamen&amp;shy;te buscando la cúspi&amp;shy;de del cielo. Abrió una bolsa de plástico con letreros de supermercado y comió un trozo de queso blanco que no le supo a nada. Un dolor inespe&amp;shy;rado volvió a quebrarle la espalda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Recordó entonces los amane&amp;shy;ceres de la marcha, cuando apenas se incorporaba son leves molestias, y se vio en&amp;shy;vuelto de repente en el uni&amp;shy;verso aplastante y analítico de las comparaciones, que lo asaltó en la soledad del árbol, revistiendo de callosi&amp;shy;dades sus recuer&amp;shy;dos y despo&amp;shy;jando de disfraces una reali&amp;shy;dad que le mostraba sin miseri&amp;shy;cordia la debilidad de su cuer&amp;shy;po. “Estás listo, Viejo” se dijo mientras un escalofrío inopinado le erizaba la piel, “aho&amp;shy;ra sí que estás lis&amp;shy;to”, y cerró los ojos buscando la vacuna del recuerdo, el suero medicinal, hipodér&amp;shy;mico, de un sueño cualquie&amp;shy;ra con la propiedad de transportar&amp;shy;lo a otro lugar, de llevarlo por encima del azul y del fuego al cañave&amp;shy;ral de la campiña o al polvo vagabundo de los caminos juveni&amp;shy;les, pero la dama de la noche se había marchado del brazo con el canto de los grillos y el sol dictaba ahora las consignas del mundo, impidiéndole conciliar el sueño, hundiéndolo cada vez más en los vapores soporíferos de la fiebre y la indefini&amp;shy;ción.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviWbe5WWMI/AAAAAAAAAb4/XeZwakGA42k/s1600-h/Jornaleros_a_contraluz_Seriex4_Ram_n_Angel_Acevedo_Arco_CHILE[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5402233151925147842" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 270px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviWbe5WWMI/AAAAAAAAAb4/XeZwakGA42k/s400/Jornaleros_a_contraluz_Seriex4_Ram_n_Angel_Acevedo_Arco_CHILE%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Empezó a sentir frío en medio de aquella erupción volcá&amp;shy;nica de agosto que acobardaba a los lagar&amp;shy;tos y derretía el alquitrán de la autopista, y de repente perdió la noción del tiempo, la imagen ansiada de sus vecinos hablando con un consejero de traje azul y la esperan&amp;shy;za de regresar a un pueblo donde lo aguardaban la sombra fresca de la plazuela y el tacto suave de una carta con la figura del rey de espadas. Cerró los ojos y pensó en la muerte, pero no alcanzó a configurar sus perfiles porque alguien sin piedad le gritó en los oídos y lo zarandeó en el aire como a un monigote.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Lentamente Cándido Palacios abrió los ojos. Había gente a su alrededor y una hilera de autobuses masto&amp;shy;dón&amp;shy;ticos parados en la cuneta. Alguien lo tomó en brazos y lo subió a uno mientras el mundo danzaba a su alrededor como un carru&amp;shy;sel sin luces ni sonido, como una ruleta de feria en torno a un astro sin brillo que ahora se perdía en la línea del atardecer. Sólo el dolor de la espalda consi&amp;shy;guió devol&amp;shy;ver&amp;shy;lo a la realidad, y enton&amp;shy;ces se vio sentado junto a una venta&amp;shy;nilla, en medio de una alga&amp;shy;rabía de gente que le hacía pre&amp;shy;guntas y le palmeaba el rostro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Despierta, Viejo -le decían-, despierta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Cándido el Viejo reconoció por un instante las miradas de sus vecinos y le vino a la memoria el conse&amp;shy;jero de traje azul.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- ¿Cómo fue la cosa? -preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Muy bien -le dijeron.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y entonces le contaron, como una victoria triunfal, una retahíla de promesas que Cándido Palacios había oído mucho antes, que sonaban en el eco de su memo&amp;shy;ria como una canción de cuna sin principio y sin fin; eternos propósi&amp;shy;tos de enmien&amp;shy;da, buenas inten&amp;shy;ciones que se cantaban por los pueblos como roman&amp;shy;ces de ciego, inverosí&amp;shy;mi&amp;shy;les, angustiosas, lejanas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Hasta nos han puesto empresas, Viejo -le dijo alguien-, esta vez van en serio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces Cándido Palacios reposó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Por el horizonte asomaba ya la luna, redonda, plateada, tímida como una novia inocente, mientras la llanura se ensombrecía y el cristal se empañaba con el aliento de su fiebre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;- Dejadme bajar -murmuró-, quiero volver andando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-6208648297172440165?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/6208648297172440165/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/11/azul-y-fuego.html#comment-form' title='12 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/6208648297172440165'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/6208648297172440165'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/11/azul-y-fuego.html' title='Azul y fuego'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SviWt-UpQPI/AAAAAAAAAcA/ZR_sB29hZeI/s72-c/12216519vq%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>12</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-3658111024466764688</id><published>2009-10-12T22:42:00.011+02:00</published><updated>2009-10-13T14:00:15.300+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Amistades mentirosas'/><title type='text'>Amistades mentirosas</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOZLekx1fI/AAAAAAAAAbI/54KWmkesSV0/s1600-h/chef-2[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5391821601357551090" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 319px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOZLekx1fI/AAAAAAAAAbI/54KWmkesSV0/s400/chef-2%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;Premio Nacional de Cuentos Ayuntamiento de Carreño&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;A mí, como a cualquier hombre mo&amp;shy;derno, me cautivan muchas cosas de la vida; pero hay tres de ellas que consiguen trans&amp;shy;formar ese impulso incontrolable llama&amp;shy;do pa&amp;shy;sión en lo que yo califico como esclavitud consenti&amp;shy;da, divi&amp;shy;nal, bie&amp;shy;naventurada. Esas tres cosas son, han sido y segui&amp;shy;rán siendo la cultura, los negocios y la buena comida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A la cultura, como autodidacta, la amo con desati&amp;shy;no, incluso con desproporción, con la inclinación pose&amp;shy;siva del amante que desea a toda costa estar junto a su amada, a quien sólo ve cua&amp;shy;tro ratos a la semana y a la que le gusta&amp;shy;ría entre&amp;shy;gar no sólo su corazón sino también su tiem&amp;shy;po. Es algo superior a mí. Mi psicoanalista, ese imbécil a quien visito algunas veces, dice que es natural, que mi fanatismo por los libros está justificado por la carencia que de ellos tuve en la niñez, que ese “complejo”, y no le importa decir&amp;shy;me en la cara que soy un acomplejado, se ve agra&amp;shy;vado por el ambiente econó&amp;shy;mico y social que me rodea: las fiestas que solemos dar en el chalet, los ilustrados hombres de negocios que trato... en una pala&amp;shy;bra, que alter&amp;shy;nar con gente culta me con&amp;shy;vierte en algo parecido a un analfabeto frustra&amp;shy;do... como si él tuviera alguna idea de lo que es la cultura y el amor a los li&amp;shy;bros. Una tarde, harto ya de oír memeces, me incorpo&amp;shy;ré del sofá donde suele tumbarme y en presencia de mi esposa lo agarré por la solapa y le grité en la cara una famosa frase de Plinio el Joven, a quien él con&amp;shy;fundiría seguramente con algún torero de postguerra:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;¡Nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte pro&amp;shy;des&amp;shy;set!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y repetí con tanta fuerza que me dolió la garganta:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;¡¡¡ PRODEESEEET !!!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mano de santo. Ya no volvió a pro&amp;shy;nunciar la palabra libro. No obstante, de vez en cuando, suele arre&amp;shy;meter contra la cultura y el buen gusto empleando verbos como "in&amp;shy;fluenciar" y "explo&amp;shy;sionar", amén de los laísmos, leímos, dequeísmos y demás "ismos" que como bacterias ponzoñosas conta&amp;shy;minan su paupérrimo vocabulario.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A los negocios dedico la mayor parte del día, de sol a sol como quien dice, pues he de controlar los numero&amp;shy;sos supermercados de mi cadena y estar al tanto de la inmobi&amp;shy;liaria que lleva mi nombre; son, como dije antes, otra de mis pasiones, y a ellos debo las comodi&amp;shy;da&amp;shy;des que me rodean, el nivel social adquiri&amp;shy;do y esa impre&amp;shy;sión de sen&amp;shy;tirme poderoso que experimento cuando entro en alguna de mis grandes superfi&amp;shy;cies y todo el mundo, in&amp;shy;clui&amp;shy;dos los gerentes, que son gente de carrera, me habla de don y me inclina la cabeza. Yo condes&amp;shy;ciendo con ellos alter&amp;shy;nando campe&amp;shy;chana&amp;shy;mente, invitándolos a desayunar, haciendo como que oigo sus pesares e incluso, si son amantes de la lite&amp;shy;ratura y buenos con&amp;shy;versadores, ofrecién&amp;shy;doles el chalet y la piscina.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero la buena comida es, sobre todo, la gran pasión de mi vida, y me honro de compartir el pensa&amp;shy;miento de aquel gran comedió&amp;shy;gra&amp;shy;fo que fue Bernard Shaw:&lt;em&gt; No hay amor más sincero que el amor a la comida.&lt;/em&gt; No cabe la menor duda de que el genial irlandés afincado en Inglaterra sabía muy bien lo que decía. Lo único extraño es que un hombre de pensa&amp;shy;mientos tan exquisitos fuera capaz de vivir en un país famoso por la bazofia que digie&amp;shy;re; ya decía Pierre Daninos que los in&amp;shy;gleses inventaron la sobremesa para olvidar su comida, y el único consuelo que les cabe en este aspecto es que los italia&amp;shy;nos son mucho peores: espa&amp;shy;guettis a la boloñe&amp;shy;sa, tortellinis a la carbo&amp;shy;nara... sin comentarios.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En particular, y salvo lógicas exclusiones, a mí me gusta toda la comida, incluso la informal, pues donde vaya un buen pot-au-feu, versión francesa de nues&amp;shy;tro sabroso cocido, con un rosado Cigales como el Barrigón, pocas cosas van. Ni que decir tiene que los salmonetes al pistou con un Viña Sol del Penedés, el solomi&amp;shy;llo de cebón con salsa bearnesa acompañado de un rioja como el Marqués de Arienzo o las exqui&amp;shy;sitas aigu&amp;shy;llettes de volai&amp;shy;lle a la flor de mostaza regadas con un rosado como el Viña Berceo, no tienen ni compara&amp;shy;ción, salvo si el pot-au-feu se condimenta con dos pizcas de tomillo en lugar de una, cosa que raramente sucede. De la cocina española me quedo con el lenguado a la almendra, si la almendra no se ha dejado hervir, y con la famosa olle&amp;shy;ta, siempre y cuando vaya acompañada con un Viña Ver&amp;shy;meta de Moncó&amp;shy;var. En los restau&amp;shy;rantes no entro salvo cuando la ocasión lo requiere, pues en casa dispongo de envidiables cocine&amp;shy;ros que se esmeran en lo que hacen, aman su trabajo y permiten suge&amp;shy;rencias sin entregarse en manos de los celos. A veces discuten conmigo acaloradamente sobre tal o cual condimento o sobre el acierto de servir un vino u otro, pero siempre terminan con&amp;shy;ven&amp;shy;ciéndose de que yo llevo razón.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOWvkWchWI/AAAAAAAAAao/autglmGATi8/s1600-h/moste_expensive_dessert[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5391818922848453986" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 329px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOWvkWchWI/AAAAAAAAAao/autglmGATi8/s400/moste_expensive_dessert%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y precisamente me hallaba discu&amp;shy;tiendo con Gonzalo, un maestro en los postres, la conveniencia de acompa&amp;shy;ñar el mousse de chocolate con un Cava Brut o con un aguar&amp;shy;diente de frutas, la tarde que me sentí ligeramente indispues&amp;shy;to justo cuando Consuelo, mi mujer, y su madre, "la señora de la casa", hacían acto de presencia en la cocina. Fue patético: que si a ver qué es ese dolor del pecho, que si tienes que vigilarte, Gre&amp;shy;gorio, que si hace un siglo que no vas al médi&amp;shy;co... Abandoné la cocina y me refugié en el salón, intentando de alguna manera desviar de sus mentes la posible asociación que pudieran estable&amp;shy;cer entre lo sucedido y los exquisitos alimentos que a diario se cocinaban en aquel lugar. Mi suegra, siempre al acecho como un buitre leonado, captó al instan&amp;shy;te la manio&amp;shy;bra.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Comes demasiado, Gregorito -me dijo con aquella odiable voz de falsete, sabiendo que agujereaba mi línea de flota&amp;shy;ción-, tienes que vigilar el coles&amp;shy;terol, que están dando muchos infar&amp;shy;tos, que fumas mucho y comes mucho y bebes mucho...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Maldita arpía, que están dando muchos infar&amp;shy;tos... como si eso lo trajera la atmós&amp;shy;fera... también trabajo mucho y nunca me lo echa en cara. Consuelo, alen&amp;shy;tada por la presencia de su madre, se envalentonó y montó uno de los numeritos histéricos que acostumbra a montar, lo requiera o no la oca&amp;shy;sión, cuando los mejunjes que se toma para adelga&amp;shy;zar, que son muchos, le afec&amp;shy;tan el sistema nervio&amp;shy;so. Aque&amp;shy;lla misma tarde me hizo jurar que antes de terminar la semana iría al médico a hacerme un che&amp;shy;queo. Recordé a Corneille, el autor de Po&amp;shy;lieuc&amp;shy;to y Rodoguna: &lt;em&gt;Un mentiroso es siempre pródigo en juramen&amp;shy;tos&lt;/em&gt;. Interiormente sonreí, y no había terminado de hacerlo cuando ya tenía pensa&amp;shy;da la maniobra.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Inmediatamente la puse en marcha. Era martes por la noche. Debía saturar de trabajo los restan&amp;shy;tes días hábiles de la semana a fin de tenerlos inexcusa&amp;shy;blemente ocupa&amp;shy;dos. Era imprescin&amp;shy;dible eludir a cualquier precio la visita médica, el régimen alimenticio severo, el calvario de Consuelo y su madre controlando hasta el fanatismo mis placeres. Tele&amp;shy;foneé a Martínez y a Vázquez, los gerentes de los dos negocios más importantes de mi cadena; después a Quintero, el director de la inmobilia&amp;shy;ria. Les ordené que cada uno hiciera dos llama&amp;shy;das, una de ellas de madrugada; Martínez llamaría el miérco&amp;shy;les, Váz&amp;shy;quez el Jueves y Quinte&amp;shy;ro el viernes, que se inventa&amp;shy;ran un problema gordo que yo me encargaría del resto, que volvie&amp;shy;ran a llamar al día siguiente por la mañana, cuando yo no estuviera, y dieran otro encargo a mi mujer... o a la "señora Carmela". Me froté las manos. No dejaría dormir a nadie ni de día ni de noche.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A las siete de la mañana llamó Martínez. Aquel idiota no había entendido bien las instrucciones, pero supo repre&amp;shy;sentar su papel. Me dijo con toda la tran&amp;shy;quilidad del mundo que había hecho un desfalco de cien millones en el híper, que se largaba a Paraguay con una cajera rubia y que me fuera a hacer puñetas. Así. Se había pasado con lo de &lt;em&gt;hacer puñetas&lt;/em&gt;, pero se lo agradecí; el insulto me subió los colo&amp;shy;res y me ayudó a montar en una cólera fingida que impre&amp;shy;sionó a Consuelo. Le dije, gritando para que me oyera toda la casa, que eran unos canallas, que aquello no iba a quedar así, que lo perse&amp;shy;guiría hasta el fin del mundo, que ningún gamberro iba a arruinar el mejor de mis negocios... Colgué. Miré a Consuelo a los ojos afectando pesadumbre.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Un contable se ha equivocado en los libros -le dije-, hay una inspección de Hacienda y tengo que salir urgente&amp;shy;mente; lo siento, ni hoy ni mañana podré ir al médico.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Según lo planeado, de madrugada llamó Váz&amp;shy;quez: un guardia jurado había sorprendido a dos ladro&amp;shy;nes en el almacén y los había matado a tiros. Menudo problemón. Diez puntos para Vázquez. Desperté a Consuelo de un codazo para que oyera lo que iba a decirle.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¿Que ese imbécil los ha matado? -pregunté en voz alta-, ¿a los dos?... ¿Que está ahí la Policía?... ¿Que mañana hay que estar en el juzgado a primera hora...? Bien, bien... bien... Sí. Colgué.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Ya lo has oído, consuelo hija -dije llevándome las manos a la cabeza-, que se han propuesto ma&amp;shy;tarme a disgustos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOXTXKkzmI/AAAAAAAAAaw/gIYryvMNn54/s1600-h/mentira[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5391819537784295010" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 350px; CURSOR: hand; HEIGHT: 359px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOXTXKkzmI/AAAAAAAAAaw/gIYryvMNn54/s400/mentira%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente almorcé en El Esparra&amp;shy;gal, el mejor restaurante de la ciudad. No era convenien&amp;shy;te aparecer por la cocina de casa estando la arpía cerca, y mucho menos bajo la amenaza de un médico vendido. La arpía perseguía un objetivo desde hacía años: ponerme a régimen. Ella y yo sabía&amp;shy;mos que el coleste&amp;shy;rol era seguro, que nada podría librarme de una dieta severa, de una Consuelo histé&amp;shy;rica, de un tormento diario. Callábamos, pero lo sabíamos, por eso era importan&amp;shy;te que aquella maniobra de diversión resulta&amp;shy;ra eficaz. En otras ocasiones había conseguido eludir el cerco con estrategias similares. Mientras tan&amp;shy;to, al restau&amp;shy;rante, qué remedio. Almor&amp;shy;cé de prime&amp;shy;ro una ensala&amp;shy;da de gambas con salmón ahumado y salsa vinagreta, de segundo un solomillo de cebón a la broch con patató, regado con un Marqués de Griñón, y de postre, helado de turrón. Todo exqui&amp;shy;sito.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por la tarde, al llegar a casa, la "señora Carmela" tenía dos recados para mí. Prime&amp;shy;ro: Quintero, el de la inmobilia&amp;shy;ria, había llamado diciendo que se largaba con Martínez a Para&amp;shy;guay, con otros cincuenta millones y la secre&amp;shy;taria. Interiormente monté en cólera... Valiente falta de imaginación... ¿A que lo echaban todo a perder? ¿Quién iba a creerse eso? Segundo: "la señora", viendo lo ocupado que estaba últimamente, preocu&amp;shy;pada por mi delicada salud, se había tomado la libertad de telefonear al doctor Macías, el trai&amp;shy;dor, el sobornado, que aquella misma tarde vendría a sacarme sangre para determinar mi grado de co&amp;shy;lesterol.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Imposible -argüí-, no estoy en ayunas.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Para el colesterol no es necesario estarlo -respondió-, ya lo ha dicho el doctor Macías. Para otras cosas es im&amp;shy;prescin&amp;shy;di&amp;shy;ble, pero para eso no.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y agregó sardónica: &lt;em&gt;Parece menti&amp;shy;ra, Grego&amp;shy;rito, que con tantas cosas como sabes se te haya pasado por alto un detalle tan simple&lt;/em&gt;. En ese preciso instante sonó el timbre. Era aquella sangui&amp;shy;juela de Macías, la que le sacaba el dinero a mi mujer con las dietas. Estaba perdi&amp;shy;do, aquel canalla no conocía la piedad.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Hombre, Macías -le dije-, cuánto me alegro de verte. Menos mal que uno tiene buenos amigos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por la mañana volvió a sonar el timbre. Era Macías otra vez... con el resultado de los análisis. Lo invité a la mesa y pedí que le sirvieran el desayuno. Mi mujer lo miraba expec&amp;shy;tante; mi suegra, segura y confiada. Lo primero que hizo fue reti&amp;shy;rarme de un manotazo la torta de almendras y el tazón de café que me había servido el coci&amp;shy;nero.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Joder, Macías -dije sonriendo para restar impor&amp;shy;tancia al agravio-, no me digas que tengo coleste&amp;shy;rol.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Trescientos ochenta -contestó exaltado-, una burrada para tu edad, a punto de que te dé un infarto, al borde de la congestión. Esto hay que atajarlo inmediata&amp;shy;mente, por eso he venido a pri&amp;shy;mera hora.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El muy granuja... yo sabía perfec&amp;shy;tamente a lo que venía: a cobrar y a buscarse otro cliente para las sesio&amp;shy;nes de acupun&amp;shy;tura. Me puso la mano en el hombro como si de verdad me aprecia&amp;shy;ra y dijo que no me preocupara, que todo tenía remedio, que debía llevar un régimen riguroso, que todo asadi&amp;shy;to y cocidito, que mucha lechuguita y abso&amp;shy;lutamente nada de alcohol. Sacó de la chaqueta un papel doblado: el régimen. Lo leyó por encima en voz alta... Canallesco. De campo de concen&amp;shy;tra&amp;shy;ción. Aquello no lo hubie&amp;shy;ran comido ni los espar&amp;shy;tanos. Fue trágico. Consuelo llamó entonces a los cocineros, les dio el papel de Macías y les dijo que hasta nueva orden el señor comería estric&amp;shy;ta&amp;shy;mente lo que estaba escrito allí, ni un gramo más ni un gramo menos. Gonzalo me miró con pena; mi suegra, con satisfac&amp;shy;ción. Se había salido con la suya.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Tal fue el disgusto que al día siguiente no salí de casa ni siquiera para almor&amp;shy;zar en El Esparra&amp;shy;gal, y una sensa&amp;shy;ción cruel de angustia y tristeza invadió mi imagina&amp;shy;ción y me sumió en la nostalgia. Recordé uno a uno mis pla&amp;shy;tos preferidos, los vinos delicio&amp;shy;sos que había probado en el extranjero y los numerosos postres que duran&amp;shy;te décadas habían alegrado mi vida y mi paladar; y desgra&amp;shy;ciada&amp;shy;mente mi cerebro volvió a fijarse en el incom&amp;shy;parable mousse Gaitán, el del famoso restaurante de Jerez de la Frontera, en la otra punta del país, donde acudo una vez al mes con la única intención de disfrutar&amp;shy;lo. Ahora co&amp;shy;rría el riesgo de perder todos mis privi&amp;shy;legios gastronó&amp;shy;micos, toda la alegría de mi vida. Tenía que maquinar algo de inmedia&amp;shy;to. Si seguía el régi&amp;shy;men, podía morir de hambre o de triste&amp;shy;za, y si lo ignoraba me costaría el matrimonio con Consue&amp;shy;lo; la arpía estaba al acecho, me odiaba y aprovecha&amp;shy;ría la ocasión para defenestrar la pareja. Bur&amp;shy;larse de un régimen alimenticio ante Consuelo como insultar al Profeta ante un integrista... y "la señora" lo sabía.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A media tarde, sumido hasta el cuello en el fango de la confusión, volvió a sonar el teléfono. Lo cogió mi suegra: era Vázquez que necesitaba verme urgente&amp;shy;mente para un asunto de la mayor importan&amp;shy;cia y discreción. "La señora" insis&amp;shy;tió: &lt;em&gt;Que no me asuste usted, que Gregori&amp;shy;to está muy enfermo, que me diga usted lo que pasa de una vez...&lt;/em&gt; Se lo dijo: Martínez y Quintero habían desapareci&amp;shy;do; no estaban ni en su casa, ni en el club ni en ningu&amp;shy;na parte. Aquello estaba llegando demasiado lejos. Vázquez También con la historia del desfal&amp;shy;co. Puedo perdonar cual&amp;shy;quier cosa menos la falta de imaginación y la carencia de origina&amp;shy;lidad. Me levanté acalora&amp;shy;do, aún con el fantasma del mousse Gaitán rondando mi cabeza, y cogí el auricular. No lo dejé hablar. Grité.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Yo te diré dónde están, Vázquez -dije-, en Para&amp;shy;guay con dos pajarru&amp;shy;cas y un montón de millones. Adiós.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Valiente camarilla de imbéciles. Había que olvi&amp;shy;dar ya los juegos y las mentiras. Todo había sali&amp;shy;do mal. Ahora lo impor&amp;shy;tante era convencer a Macías para que aflojara las tuercas. Si quería tortu&amp;shy;rar&amp;shy;me con las agujas, yo le daría el gusto; si quería dinero, lo sobornaría, pero tenía que bajarse del burro y retirar el régimen. Llevaba veinticua&amp;shy;tro horas ingestando asaditos de pollo y lechu&amp;shy;guitas al natural y no estaba dispuesto a consentir aquello ni un día más. Podía comer en restauran&amp;shy;tes, pero si volvían a hacerme análisis por sor&amp;shy;presa, cosa que la arpía se encar&amp;shy;garía de conse&amp;shy;guir, sería descubier&amp;shy;to al instante con el agra&amp;shy;vante de la trai&amp;shy;ción y la burla. No había otra salida. Sobornaría a Macías. Des&amp;shy;pués, a celebrarlo en Jerez por todo lo alto. Si era necesario, lo invitaría.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Antes de ponerse el día estaba en su con&amp;shy;sulta, decorada por cierto con un mal gusto insultante. El muy cínico se "sorprendió" al verme. Quiso hablar. No se lo permití. Le dije que se dejara de historias, que cuánto quería por "arre&amp;shy;glar" la mete&amp;shy;dura de pata de la dieta, y que no me saliera con pirotécnias éticas, que eso se quedaba para Galeno y sus discípulos. Enrojeció como un tomate y por un momento pareció negarse. Aproveché aquel instante de flaque&amp;shy;za. Recordé la eficaz terminolo&amp;shy;gía de los mafio&amp;shy;sos. Lo amenacé.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOY3MxoZJI/AAAAAAAAAbA/YdN_vVKv1uI/s1600-h/soborno[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5391821252982236306" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 154px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOY3MxoZJI/AAAAAAAAAbA/YdN_vVKv1uI/s400/soborno%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya conoces mi círculo, Macías -le dije-, si no sabes ver lo que te conviene te desprestigiaré, te hundiré, no pararé hasta verte traba&amp;shy;jando en la Seguridad Social. Yo las pasaré canutas una tempo&amp;shy;rada, pero tú estarás listo para toda la vida.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Se dejó caer en el sillón, abatido, pesaro&amp;shy;so. Parecía comprender. Al minuto, su ética se había trans&amp;shy;formado en ambición.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;-Cien mil -dijo.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Muy bien –respondí-, y saqué un talonario de cheques.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al final iba a resultar barato el mediquito de la jet. Al ir a sentarme, cambió la cosa.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Duros -agregó descaradamente-, cien mil duros...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;¡El hijo de su madre! Sabía que mi devoción por la gastronomía valía más de medio millón. Pensé en la lubina con gambas, en el txangurro al horno, en la olle&amp;shy;ta y en el mousse de chocolate... Firmé el talón sin dudar&amp;shy;lo. Me dijo que volviera dentro de una semana para hacerme nuevos análisis, que saldrían perfectamen&amp;shy;te y que se encarga&amp;shy;ría de llamar a Consuelo para tranquilizarla. Qué menos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nada más salir a la calle me sentí un hombre reno&amp;shy;vado, dentro de poco la arpía esta&amp;shy;ría tan acorralada como sus argumentos. No tendría por dónde salir. Yo sí: por la carretera de Anda&amp;shy;lucía, hacia Jerez de la Frontera. En cuanto Ma&amp;shy;cías me hiciera los nuevos análisis tomaría el Mercedes y haría una escapada culina&amp;shy;ria por el sur. Jerez sería poco. Visitaría Granada, Córdo&amp;shy;ba, Sevilla, Cádiz... los pueblos de la costa, los majestuosos restaurantes al pie del mar, los más delicio&amp;shy;sos pescados y maris&amp;shy;cos, los excelentes vinos, los mejores gourmets. Me lo había mereci&amp;shy;do después del susto y de la brillante exhibición de estra&amp;shy;tegia. Ya todo estaba re&amp;shy;suelto, "la señora" ni se había olido el tejemaneje; todo era ya cuestión de aguardar unos días, de volver al tra&amp;shy;bajo y de simular esa expresión de monotonía, de indi&amp;shy;ferencia consen&amp;shy;tida que deja en mí la activi&amp;shy;dad cotidiana.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya en casa distraje mi pensamiento matizan&amp;shy;do los detalles de la excursión. Viajaría tranquilamen&amp;shy;te, sin prisas. Aprovecharía el tiempo leyendo a los clásicos, me introduciría leve&amp;shy;mente en el intrincado mundo de la poesía, me emborra&amp;shy;charía de metáfo&amp;shy;ras y de ritmo a la orilla del mar; era posible que incluso me deci&amp;shy;diera por fin a escribir. Consuelo se quedaría en casa, con su madre y sus dietas. El panorama era extraordina&amp;shy;rio, pero tuvo que sonar el teléfono. Era Martínez que llamaba desde Puerto Stroessner, en Para&amp;shy;guay, para decir que lo había pasado fenomenal con la cajera y que en ese momento se largaba a otro país. Me mandaba recuerdos de Quintero. El muy estúpi&amp;shy;do estaba todavía en el campo de bata&amp;shy;lla. Mi maniobra había sido tan rápida y sutil que aún no se había enterado del final de la guerra. En Puer&amp;shy;to Stroes&amp;shy;sner... ¿Sería vulgar? Le dije que se dejara de pamplinas que todo estaba resuel&amp;shy;to, que no tenían imagina&amp;shy;ción ninguna y que a primera hora de la mañana quería verlos en mi despa&amp;shy;cho para poner&amp;shy;nos al día. Se rió con su habitual gemido de hiena mori&amp;shy;bunda y quiso decir algo. No se lo per&amp;shy;mití. Colgué violenta&amp;shy;mente. A ren&amp;shy;glón seguido volvió a sonar el maldito aparato. Era la mujer de Martínez. Llorando... Un terrible presenti&amp;shy;miento se agarró con ferocidad a mi garganta. ¿Sería verdad toda la historia del desfalco? Martínez tenía potestad para hacer y deshacer en el negocio y yo llevaba una semana sin aparecer por la ofici&amp;shy;na, enredado como estaba con la dieta del maldito Macías. ¿Ha&amp;shy;bría sido capaz de robarme cien millones, de irse al extranjero con una cajera, de traicio&amp;shy;nar la confianza del hombre que rescató su miserable destino de aquella hedionda facultad de Económi&amp;shy;cas? Hablando con su mujer salí de dudas: lo había sido.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;¿Y Quintero? Seguro que también me la había jugado. Empapado en sudor telefoneé a su casa... Nadie respon&amp;shy;dió. A su madre: Miguelito llevaba una semana sin dar señales de vida... El muy cana&amp;shy;lla... A gritos juré que me las paga&amp;shy;rían. Prometí encerrarlos para siempre en la mazmorra más oscura del mundo, ofrecer una recompen&amp;shy;sa millonaria a las mafias de la droga, movilizar a la Interpool y arran&amp;shy;carles el pellejo con mis propias manos; rompí la cornuco&amp;shy;pia del comedor de un puñetazo y grité como un poseso por toda la casa: desalmados, rufia&amp;shy;nes, pelagatos, bandidos, fracasa&amp;shy;dos...&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOX7FQPChI/AAAAAAAAAa4/gjNWZo7VmLQ/s1600-h/interrogatorio[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5391820220170963474" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 303px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOX7FQPChI/AAAAAAAAAa4/gjNWZo7VmLQ/s400/interrogatorio%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había que acudir a la Policía, recuperar el poco dinero que les quedara, ence&amp;shy;rrarlos en la cárcel más oscura. Pero ¿cómo? Seguramente ni habrían pisado Para&amp;shy;guay y a esta hora estarían en China, en la India o en cualquier otro rincón escondi&amp;shy;do del planeta gastando mi dinero en restauran&amp;shy;tes de lujo, en drogas y en orgías. A media noche, agotado por el llanto, subí al coche y me presenté en la comisaría. Fue ver&amp;shy;gonzoso, humillante. Me trataron con suspicacia, con una incredulidad insultante, como si yo fuera un don nadie. Me inte&amp;shy;rrogaron frenética&amp;shy;mente du&amp;shy;rante horas, me confundieron, me ataranta&amp;shy;ron… A las cuatro de la maña&amp;shy;na, vencido por el agota&amp;shy;mien&amp;shy;to, me hicieron confesar que conocía el desfalco desde hacía una semana, que los mismos estafado&amp;shy;res me habían avisado y que Martínez en persona me había telefoneado desde Para&amp;shy;guay... Craso error. No comprendieron aquello, era &lt;em&gt;una pieza que no encajaba&lt;/em&gt;. El panorama empezó a compli&amp;shy;carse, rom&amp;shy;pieron las normas de cortesía y comenzaron a tu&amp;shy;tearme. Mal asun&amp;shy;to. Casi sin percibirlo tuve que abando&amp;shy;nar el ataque y pasar a la defen&amp;shy;sa; me esta&amp;shy;ban acorralando, me hacían contradecirme y poco a poco mi imagen de víctima se pare&amp;shy;cía más a la de cóm&amp;shy;pli&amp;shy;ce... Bajo la luz amarillenta de aquella oficina recordé atemoriza&amp;shy;do las películas de es&amp;shy;pías. El tamborileo de la máquina de escribir martillea&amp;shy;ba mi cerebro como los cascos de un caba&amp;shy;llo desbocado y la humareda densa del tabaco me envol&amp;shy;vía en la duda a medida que pasaban las ho&amp;shy;ras... ¿Por qué no me dejaban marchar? ¿Estarían pensando que yo era cómplice de Martínez y de Quintero? ¿Serían capaces de torturarme para obte&amp;shy;ner información? Si lo hacían, estaba dispuesto a declarar lo que quisieran, pero aquello supon&amp;shy;dría la ignominia, el descrédito, la ruina, la cárcel, palizas de presos para&amp;shy;noicos que odian a los ri&amp;shy;cos, que los violan... y el hambre, sobre todo el hambre. El régimen de Macías sería un lujo de sibari&amp;shy;tas en aquel lugar... Esta&amp;shy;llé. Me levan&amp;shy;té. Pensé como Ulpiano que cuando la falta es cometida por muchos, queda impune. Grité su pensamiento tan fuerte que todos enmudecie&amp;shy;ron. Un segundo después comprendí que había gritado en latín, emulando al juez de Fuente Ovejuna, pero que al mismo tiempo mi escaso dominio del latín me traicionaba y con aquella cita reconocía una culpa que no era mía:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-¡¡¡ QUIDQUID MULTIS PECCATUUURRRR, INULTUM EEE&amp;shy;EST !!!&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por unos segundos parecieron impre&amp;shy;sionados, ya se sabe que la ignorancia es una infección que debilita a quien la posee, pero después tuve que traducir la cita al lenguaje colo&amp;shy;quial y confesar además todo lo del régi&amp;shy;men, lo de la mentira que exigí a los traido&amp;shy;res, lo de Macías, el chantaje... Por la mañana terminaron compren&amp;shy;diendo. Me hicie&amp;shy;ron pasar al baño y la imagen de un hombre desgraciado me impresionó a través del espejo: era yo, un pobre despojo humano escarnecido, humillado, derrotado, un don nadie que consentía la burla en sus propias narices.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;De regreso a casa pensé en Consue&amp;shy;lo. Ni siquie&amp;shy;ra había telefoneado a la comisaría para interesarse por mí. ¿Dónde estaba el afecto? ¿Dónde los años de matri&amp;shy;monio? ¿Dónde quedaba la misericordia? En ninguna parte, simplemente nunca existió. Entré abatido en el salón. Quise llamarla pero no pude. Sobre el mármol de la mesa un papel doblado llamó mi atención: &lt;em&gt;Mi madre y yo nos vamos a hacer un largo viaje con el doctor Ma&amp;shy;cías. No nos espe&amp;shy;res. No volveremos. No te preocu&amp;shy;pes por el dinero que me llevo del banco, lo recu&amp;shy;perarás pronto. Que lo pases bien en Jerez.&lt;/em&gt; In&amp;shy;creíble. Martínez, Quintero, Macías, mi suegra, mi propia espo&amp;shy;sa... todos se habían confabulado para robar&amp;shy;me, para destruirme. Todos habían busca&amp;shy;do mi dinero y absolutamente nadie me había queri&amp;shy;do jamás. ¿Quién era yo, entonces? Embargado por la pena llegué a una conclusión destructiva, demole&amp;shy;dora: un pobre analfa&amp;shy;beto que de joven no pudo estudiar y ahora presumía de saber la&amp;shy;tín... latín, cuatro citas pegajosas aprendidas de memorieta. No era más que un comer&amp;shy;ciante con fortuna, un burgués comilón respe&amp;shy;ta&amp;shy;do tan sólo por su dinero.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Salí a la calle. Durante horas deambulé por la ciudad como un vagabundo, con la pesadez aburrida de los africanos que venden al&amp;shy;fombras, con desprecio hacia el tiempo. A media mañana, sin poder soportar ya la tensión, entré en un zaguán y volví a llorar; y lo hice con descon&amp;shy;suelo infinito, como Boabdil abandonando Granada. ¿Quién se iba ahora a Jerez a degustar de nuevo el Mousse Gaitán? ¿Quién se emborracha&amp;shy;ría de versos a la orilla del mar y quién recorrería uno por uno los mejores restau&amp;shy;rantes de la costa? ¿Quién, en definitiva, era capaz de paladear los placeres de la vida en aquella situación tan amarga? ¿Ha&amp;shy;bría suficiente dinero para hacer frente a los pagos más inmediatos o tendría que vender algún negocio? Sólo me quedaba una cosa: incer&amp;shy;tidumbre.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando las lágrimas se disiparon en mis pupilas recono&amp;shy;cí el portal de la casa donde había volcado mi amargura: la consulta del psico&amp;shy;analista. Por fin alguien haría algo por mí, aun&amp;shy;que fuera pagando. Sin pensarlo dos veces entré. Como siempre, su despacho estaba solo. Al verme en aquel estado simuló indiferen&amp;shy;cia, me tumbó en el sofá y trató de sonsacarme como en otras ocasio&amp;shy;nes. Ahora se hacían innecesarias sus tretas. Se lo conté absoluta&amp;shy;mente todo: lo de la gastronomía, lo del régimen, lo de mi sue&amp;shy;gra, lo del desfalco, lo de Ma&amp;shy;cías, lo de la Policía... Todo. Juré de nuevo capturar a los traido&amp;shy;res, volví a llorar y a gritar y terminé maldiciendo a los negocios, a la buena comida, a la cultura... En la penum&amp;shy;bra pare&amp;shy;ció sonreír sardónicamente y su ridícula perilla de chivo, débilmente agitada en la sombra, me auguró otra inmi&amp;shy;nente derrota. Se acercó a mi oído, tenue, silen&amp;shy;cioso... Com&amp;shy;prendí en una frac&amp;shy;ción de segundo que también me la tenía jurada. Murmuró:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;-Nullum esse librum tam malum, ut non aliqua parte pro&amp;shy;des&amp;shy;set.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y agregó, tan bajito que casi no pude oírlo:&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- ¡Prodeeseeet !&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y llevaba razón, no hay libro malo que no lleve parte de provecho. Maldito.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-3658111024466764688?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/3658111024466764688/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/10/amistades-mentirosas.html#comment-form' title='15 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/3658111024466764688'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/3658111024466764688'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/10/amistades-mentirosas.html' title='Amistades mentirosas'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/StOZLekx1fI/AAAAAAAAAbI/54KWmkesSV0/s72-c/chef-2%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-32864997352858038</id><published>2009-09-24T23:08:00.010+02:00</published><updated>2009-09-25T08:20:39.589+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El cobarde y el silencio'/><title type='text'>El cobarde y el silencio</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvgjKCtyXI/AAAAAAAAAaA/cbDDTIEdvCA/s1600-h/2119109212_a69826677e[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5385144674047347058" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvgjKCtyXI/AAAAAAAAAaA/cbDDTIEdvCA/s400/2119109212_a69826677e%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;Premio de cuentos Biblioteca de Pilas&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;"La cobardía es la madre de la crueldad".&lt;br /&gt;Michel de Montaigné (1533‑1592)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ya le había preguntado la noche anterior el motivo de su silencio, la causa de aquella incomunicación tan grave para la que no hallaba justificación y el obje&amp;shy;ti&amp;shy;vo final de aquel desprecio que se prolongaba hasta confun&amp;shy;dirse con la provocación, que iba y venía por los corredo&amp;shy;res de la casa disfrazado de intransigencia, que se reman&amp;shy;saba en la sopa fría del almuerzo, que se acomodaba en la mesa invitado por ella, descarado, desafiante, a la hora de la cena, y los acompañaba luego hasta una habita&amp;shy;ción encalada y húmeda donde las sábanas, desacostumbradas a las caricias y a los susurros, rendidas ante el tedio como un castillo en sitio, se mostraban lechosas y frías, indiferentes y enemigas, y envolvían su cuerpo desamparado sin el más leve indicio de cariño, con la precisión agoni&amp;shy;zante y flácida de una bolsa de basura que encierra el cuerpo agarrotado de un perro muerto. Así era como se sentía desde hacía meses, como un perro muerto o más bien como un perro agonizante, pues padeciendo la indiferencia había comprobado que la supresión brusca de los hábitos más requeridos es un instrumento de tortura lento, agóni&amp;shy;co, demoniaco y refinado que conduce a la muerte a través de la confusión y la tristeza.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Cuéntame qué te pasa, Trinidad, le repitió de nuevo aquella noche mientras el familiar silencio instalado en la casa como un ejército invasor se hacía presente y se burlaba de la luz amarillenta del comedor, del olor a pescado frito y de las miradas esquivas, cuéntame de una vez qué te pasa, dime si estás enferma o si te hice daño, si estás loca tú o estoy loco yo, pero háblame y dime algo que no pareces mi mujer.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Pero ella le gritó que la dejara en paz de una vez, que no le sucedía absolutamente nada y que se iba a la cama porque no quería comer junto a asesinos de perros; y se marchó dejándolo de nuevo en compañía de aquel silencio escurridizo cuya facultad de sumergirlo en un comedimiento moral rayano con la humillación lo hacía sentirse indigno de sí mismo, sometido al capricho de una mujer a la que amaba a pesar de todo, a la que mucho tiempo atrás, recordó borracho de nostalgia, había perse&amp;shy;guido por las calles del pueblo con el arrebato pueril de un adolescente que intuye algo especial en el olor de los jazmines, en el sol de la tarde remansado en los zócalos y en ese resudor frío que nacía en sus aladares y cuarteaba sus mejillas cuando la descubría de espaldas en el cine de verano, difusamente presente, en medio de una balumba de cabezas que se agitaban como boyas pertenecientes a un mar cinematográfico sombreado de palmerales, rodeado de arenas alisadas donde un agente secreto cualquiera llegaba sober&amp;shy;bio, triunfador, como un César de alfeñique, y veía y vencía, o más bien señalaba y besaba a la rubia que que&amp;shy;ría, a la que le daba la gana, porque para eso era el galán más guapo y chulesco de una pantalla rectangular, ventana de celuloide, dormitorio de mosquitos por donde el pueblo veía el mundo, donde cada cual contrastaba sus miserias con las grandezas ajenas, como hacía él, un Lucas Román cualquiera, los sábados por la noche, maltratado por el sol y la remolacha, soñando con escaparse de la panta&amp;shy;lla, abrirse paso entre las sillas de enea, señalarla con el dedo, besarla y acariciarle los pechos arregazados en medio de la admiración popular, bañado por el perfume de los jazmines y las damas de noche que rodeaban las tapias encaladas del local.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvkbO2k2gI/AAAAAAAAAaY/veJBcDkMpr4/s1600-h/operaleuro[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5385148935946164738" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 207px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvkbO2k2gI/AAAAAAAAAaY/veJBcDkMpr4/s400/operaleuro%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exactamente igual hubiera hecho aquella noche, veinte años después, acompañado tan sólo por un rumor de aplausos hipócritas que regalaba coches en la televisión, atormentado por el olor a pólvora que aún impregnaba las paredes, añorando los ladridos inoportunos de la perra Canela, que no volvería a pasear por la casa ni a ladrar a los moros que subían la calle vendiendo alfombras y ventila&amp;shy;dores ni a sentarse a su lado cuando ella lo despreciara por las noches... ¡Trinidad! gritó en su pensamiento una voz desesperada que nació en su estóma&amp;shy;go para trepar por su garganta y agarrarse a su cerebro con la fuerza de un cáncer envenenador... Trinidad, repi&amp;shy;tió luego la misma voz, tenuemente, atiplada, como la de ella, que no puedo vivir sin ti, que te lo digo en serio; pero ella no respondió, como hacía últimamente cuando él la interrogaba en la mesa camilla con la insistencia enconada de un comisario suspi&amp;shy;caz, y Lucas Román tuvo que contentarse con oír el raspajeo tenue de su cuerpo desnu&amp;shy;dándose, muy a lo lejos, en la penumbra de un dormitorio que sólo usaban para matar miradas, para adormecer y acunar intenciones y para desper&amp;shy;tar suspicacias que barre&amp;shy;naban los cimientos de una felici&amp;shy;dad que alguna vez exis&amp;shy;tió y que ambos recordaban en el silencio nocturno como un lejano trémolo de risas, de palabras, de quimeras, como la burla de un colegial que asomara la lengua repetidamente tras el cristal de una ventana tan infranqueable como el tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Y asomado a esa ventana del pasado se dejó llevar por las formas sensuales e imposibles de un cuerpo que incluso ahora hubiera poseído ferozmente, con ansia febril de ácido vertido en madera, con sumisión de leproso acari&amp;shy;ciado, corriendo un tupido velo sobre el pasado inmediato, ignorando las veladas secretas de Trinidad con César Aguayo, ensordeciendo los tímpanos de su orgullo ante el infame comadreo de su propia cuadrilla y de las beatas que se arremolinaban en la plaza al salir de misa como una bandada de buitres hambrientos de noticias, como los altocúmulus de impotencia que ahora se cernían sobre su mente amenazando con empaparlo de reconvenciones inútiles sin que a él le importara otra cosa que poseerla como antes, de verdad, no como la poseyó años atrás en el cine de verano, a la sombra de palmerales y cocoteros de celu&amp;shy;loide hipócrita, sino como tantas veces lo hizo en aquel mismo dormitorio donde ella se desnudaba ahora, inaborda&amp;shy;ble, intolerante, sin otorgar la más leve concesión al diálogo o a la misericordia.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Pero ni siquiera en la intimidad de sus cisuras cerebrales hubiera sido capaz aquella noche de evocar la presencia desnuda de Trinidad Aranda, hacia quien sentía ahora una amalgama de vibraciones indescifra&amp;shy;bles que tendían a sintetizarse en la pasión y el miedo; una pasión achicharrante que lo abrasaba en onanismos brutales y venáticos y un miedo desconocido hasta entonces que lo hizo orinarse en los pantalones, matar sin saber por qué a la perra Canela y pasar las noches en vela por temor a una mujer a quien seguía amando a pesar de haberla sorprendido a orillas del arroyo, oculta entre las cañas, dejándose llevar por el viento, por las mecidas suaves de los carrizos y por las caricias apasionadas, brutales y extrañas de César Aguayo, el Dorado, a quien nunca se imaginó con una mujer y menos con la suya.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Srvg2g_E-dI/AAAAAAAAAaI/OCXKn_k7rF0/s1600-h/olivar89[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5385145006623619538" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 323px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Srvg2g_E-dI/AAAAAAAAAaI/OCXKn_k7rF0/s400/olivar89%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y recordó entonces la frescura tibia de una mañana de abril, la vaharada dulzona de los terruños percochados de rocío, el revuelo de los zorzales en el olivar y la premura intra&amp;shy;muscular, sanguínea, ineludible, de solucionar las cosas al punto o morir en el intento. Fue el día que dio marcha atrás en medio de la vereda, sin decir adiós, sin prestar oído a las voces de la cuadrilla, buscando su casa con devoción fogosa, con desesperación de hijo pródigo ham&amp;shy;briento de palabras, deseando acorralar a Trinidad en la cocina o en el patio y exigirle explicaciones a tantos silencios con una firmeza que no dejara lugar a dudas, que encerrara bajo llave cualquier evasiva, cualquier amago de eludir unas aclaraciones que consideraba ya obligatorias. Pero no encontró en la casa a Trinidad Aranda, ni a su silencio ni a su desprecio, sino a su ausencia impregnada en la cal de las paredes, en la forma de los objetos y en el olor a palmiras que nació en el patio y penetró en su cuerpo como una transmigración demoniaca, como una pose&amp;shy;sión de instintos primarios que terminaron desbocan&amp;shy;do al caballo salvaje y frustrado de su pasión.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Entonces ladró la perra Canela bajo un naranjo cuajado de azahar... Vámonos al campo Canela, le dijo, a ver si matamos algo mientras viene tu dueña, sin imaginar que aquella perra preñada que cruzó el jaral olfateando los terruños como una posesa lo conduciría premeditadamente a las faldas de Trinidad Aranda; unas faldas que se agitaban al viento, arremolinadas en su cintura, y que mostraban torneados, provocadores, los muslos de su mujer tal como él los imaginó muchas veces bajo las estrellas, soñando en una silla de enea con ser espía de los americanos; y los vio tan cerca que imaginó su piel erizada por las caricias y los besos del Dorado, a quien sintió jadear como un salva&amp;shy;je, a quien oyó decir entre risas "menos mal que los perros no hablan"&lt;menos&gt;, pensando que sólo la perra Canela estaba presenciando aquella escena que él guardaría para siempre en la memoria junto al paisaje de su infancia y la frustración de su adolescencia, como un secreto conservado a voces, encerrado en un baúl de miedo que se abría teme&amp;shy;roso cuando la desespe&amp;shy;ración producida por la indiferencia de Trinidad forzaba la cerradura amagando con poner su contenido sobre la mesa como el resultado final de un buen juego de naipes que obligara al silencio a abandonar la partida; pero el óxido corrosivo que desprende la cobardía había impregnado las bisagras hasta el punto de enmohecer su voluntad de hablar, de manera que incluso cuando la desesperación se hacía insoportable todo quedaba en un amago, en un vacuo intento de ataque amortiguado por el deseo de ver la verdad reflejada volunta&amp;shy;riamente en sus labios, o tal vez por el miedo a padecer el adiós defini&amp;shy;tivo de una mujer a quien seguía amando a pesar de todo, a quien seguía exigiendo tercamente la causa de su despecti&amp;shy;vo silencio. Ahora la oía desnudarse y acurrucarse en las sábanas sin decir buenas noches, soñando quizás con sen&amp;shy;tirse amada por César Aguayo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Pensó ir al dormitorio pero no lo hizo, permaneció en el salón oyendo los aplausos de un mundo tele&amp;shy;visivo que le resultó tan lejano como la propia infancia, cuando cazaba gorriones con la cruceta de un pino o ban&amp;shy;queaba en la tierra de su padre soñando con soldaditos de plomo. Añoró con más fuerza que nunca a la perra Canela, embargado sin duda por la ternura del pasado irremediable y rotundo, y la recordó vivaracha y descarada, irresponsa&amp;shy;blemente alegre a pesar de la preñez, pero al mismo tiempo celosa, suspicaz, agresiva incluso ante cualquier altera&amp;shy;ción de los hábitos cotidianos, ante cualquier anomalía doméstica que pudiera amenazar la supervivencia de lo que aún vivía tan sólo en su vientre, en la ilusión canina y primaria de un animal dispuesto a matar y a morir por conservar un tesoro... Ay, Canela, pensó una noche en el retrete, aliviado por la paz comanditaria y sañuda del onanismo, envuelto en el perfume dulzón de los jazmines que moteaban el patio tras la ventana, si yo tuviera el mismo coraje ni el Dorado ni nadie me iba a quitar lo mío. Y esa misma noche la oyó arañar la puerta del corral con la furia de un poseso. Se levantó, abrió la cancela y en la escasa penumbra permitida por la luna la vio rastrear los rincones de la casa, olfatear rabiosamente en la cocina, en la bolsa de basura y tras los muebles de aglo&amp;shy;merado donde Trinidad colocaba las cacerolas y los pero&amp;shy;les; pero tuvo que regresar a la cama sin descubrir la causa de tan tozuda alteración. Por la mañana volvió a verla hocicuda y pertinaz, gruñona y preñada, husmeando el dormitorio, importunando con su presencia el despertar de un hombre acobardado por el silencio de un enemigo que dormía en su lecho. Al desayunar descubrió un ratón muerto en la cocina y comprendió que la perra Canela no quería ratones en la casa a la hora del parto por temor a que atacaran a las crías, pero el movi&amp;shy;miento nervioso de la perra impregnó el ambiente y penetró en su médula produ&amp;shy;ciéndole frío en la palma de las manos, desasosiego en el cuerpo y un deseo irresistible de abando&amp;shy;nar la casa por fin y salir al campo, donde el aire fresco borrara de su conciencia la certidumbre de la cobardía, la presencia de aquel abulismo que coartaba cualquier iniciati&amp;shy;va suya de abortar la actuación de Trinidad.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvhObnxP3I/AAAAAAAAAaQ/VnZGy447KJw/s1600-h/Cazadoryperro1JSierra[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5385145417500540786" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 261px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvhObnxP3I/AAAAAAAAAaQ/VnZGy447KJw/s400/Cazadoryperro1JSierra%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en la vereda recordó la furia de la perra Canela y cayó ante sí mismo en el agravio comparativo... Si yo fuera capaz de defenderme siquiera como un perro, pensó camino del olivar, viendo la figura ondulada de los cerros recortada en el cielo, recordando las formas sensuales de Trinidad Aranda en un pasado que volvía a traerle la mirada tosca de los espías, el heroísmo de matar a un individuo por besar a una rubia, aunque fuera la de otro, la arrogancia inmutable de aque&amp;shy;llos hombres casi mudos que vencían siempre porque daban primero, no como él, que se dejaba pisotear el orgullo y los cuernos sin decir esta boca es mía. "Menos mal que los perros no hablan", recordó pensando que los hombres a veces tampoco lo hacen, y esa frase cruel estuvo galopando durante todo el día, como un alazán apocalíptico, bajo su cuero cabelludo agostado por el sol de incontables canícu&amp;shy;las, desposeído de pelo, indigno, pensó, de aquellos galanes ojizarcos que de un manotazo barrían de comunistas las playas de China y que se hubieran merendado al Dorado sin darle tiempo a mirar a su mujer. En cambio él ni siquiera se atrevía a volver al arroyo por temor a ser descubierto, invirtiendo con ello los papeles de una película cuyo guionista parecía haber enloquecido.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La noche anterior, recordaba ahora sentado en la mecedora, conjeturando hipócritamente con el silen&amp;shy;cio de Trinidad, la pasó en vela observando el trasiego nervioso de la perra Canela, que a punto de parir corre&amp;shy;teaba la casa persiguiendo ratones invisibles, hábiles moradores de rincones anónimos, guerrilleros escurridizos de un lugar vacío de caricias y lleno de un silencio maltratado por los gemidos perrunos de un animal que cada vez lo ponía más nervioso. Y justo cuando se dirigía al dormitorio, casi al amanecer, la perra ladró con una insistencia que le pareció escandalosamente desproporcio&amp;shy;nada, y entonces fue cuando aquel resorte incontrolado y primitivo saltó de su cerebro a su corazón y allí se apoderó de su voluntad llevándolo del brazo hasta el ropero, donde le puso en la mano una escopeta cargada... maldita seas Canela, que te calles, acertó a gritar en medio de un silencio arropado por el alba, justo antes de dispararle dos tiros que retumbaron en la casa como las trompetas de Josué ante las murallas de Jericó.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El propio recuerdo de la noche anterior lo sobresaltó. El comedor todavía olía a pólvora quemada y el perfil dolorido y chillón de la perra aún recortaba su agónica silueta en el salón, como a caballo entre la materia y la esencia, como una frontera entre la locura y la razón. Miró entonces la televisión y se reconoció perdido en aquellos mundos artificiales de apartamentos millonarios y coches inteligentes, se descubrió ajeno a cualquier alegría, extraño a los rincones de aquella casa construida por sus propias manos pero vergonzosamente familiar ante sí mismo, y de nuevo sintió la tentación de penetrar en el dormitorio... Trinidad, abrázame que me muero de tristeza, pensó decirle, mira que no me importa lo de César Aguayo ni lo del arroyo, que tan sólo quiero que las cosas sean como antes, que me hables y me mires y me sonrías y me acaricies, pero volvió a matar las inten&amp;shy;ciones como la noche antes mató a la perra Canela y permaneció sentado en el sillón, dominado por la cobardía y el miedo a perderla rotundamente, hasta que la amargura se transformó en sed y aspereó su garganta.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Srvm99mqzVI/AAAAAAAAAag/idre-0gjxLY/s1600-h/0111+Nadie+Patea+Un+Perro+Muerto+41x30[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5385151731634720082" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 293px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Srvm99mqzVI/AAAAAAAAAag/idre-0gjxLY/s400/0111+Nadie+Patea+Un+Perro+Muerto+41x30%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cocina bebió un trago de agua que le supo a potingue ponzoñoso y que tuvo la mala virtud de despertarle el resorte de las decisiones equivocadas, el mismo que la noche anterior puso la escopeta en su mano con la misma frialdad que se la ponía ahora, apuntando a una garganta estrangulada por la amargura y la desespera&amp;shy;ción, enmudecida por la impotencia de un corazón enemigo que habitaba su cuerpo, que le impedía premeditadamente enfren&amp;shy;tarse a la verdad y en el que sólo reconocía ya aquel deseo de Trinidad que nació a lo lejos, bajo la luz azulada de un cine de verano, jaleado por las damas de noche y los palmerales de celuloide y que seguía conser&amp;shy;vando a pesar de los años la mansedumbre borreguil y perruna de ser acaricia&amp;shy;do, el afán indigno de poseer un cuerpo que ya no le pertenecía y el vasallaje amorfo y repugnante de someterse al hechizo de su piel. Así era como se sentía cuando los cañones de la escopeta rozaron su garganta, repugnante, asqueado de sí mismo, acorralado por sus propios sentimien&amp;shy;tos y vencido por la soledad. Observó fijamente el arma pensando que de su boca vendría, quizás en pocos segundos, la solución definitiva para aquel Lucas Román desterrado de los servicios secretos del cine y condenado a los terruños del olivar, pero exacta&amp;shy;mente igual que otras noches el miedo a la muerte volvió a brotar en su corazón. Apartó la escopeta y volvió a recli&amp;shy;narse en el sillón, a sumergirse de nuevo en la espiral interminable de la vida, a intentar otra tirada en aquel juego de la oca que nunca concluía porque la ficha de su destino estaba hecha de impotencia y de miedo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Se incorporó del sillón, atravesó como un sonámbulo la distancia que separaba el comedor del dormi&amp;shy;torio, se apoyó en la entrada y encendió la luz. Trinidad Aranda seguía durmiendo como la escopeta en la mano de Lucas Román, ajena al mundo interior de un hombre con el que ya no soñaba.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Trinidad, volvió a decirle aquella noche, en voz baja para no despertarla, cuéntame por favor qué te pasa.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Y luego, como si la muda respuesta de ella hubiera supuesto una reconvención, agregó: “Perdóname por lo de la perra”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-32864997352858038?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/32864997352858038/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/el-cobarde-y-el-silencio.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/32864997352858038'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/32864997352858038'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/el-cobarde-y-el-silencio.html' title='El cobarde y el silencio'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SrvgjKCtyXI/AAAAAAAAAaA/cbDDTIEdvCA/s72-c/2119109212_a69826677e%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-1799233063404652283</id><published>2009-09-11T22:24:00.005+02:00</published><updated>2009-09-11T22:38:36.599+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Una guerra baladí'/><title type='text'>Una guerra baladí</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqqy-iNnYDI/AAAAAAAAAY4/SVQtmU7X1VA/s1600-h/lee30[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5380309492253024306" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 249px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqqy-iNnYDI/AAAAAAAAAY4/SVQtmU7X1VA/s400/lee30%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio de Cuentos Nueva Acrópolis&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Una vez atravesados los Alpes, esas demoniacas montañas que los dioses maldigan, y suficientemente superados los malos tragos y las muchas vicisitudes y fatigas que los hombres sufrieron en sus nieves y desfiladeros, ordené abrir las entrañas de varios terneros a fin de averiguar si el avance por aquellas odiadas tierras italianas iba a ser o no favorable a nuestro ejército. Siendo los signos propicios, puse a todas las unidades en marcha hacia el sur; Roma estaba lejos, Hispania y Cartago también, y la victoria o la derrota de la loba eran ahora filos de una misma espada que quizás los dioses se atrevieran a desenvainar muy pronto. Todo dependía de la capacidad militar de las legiones romanas a la hora de detener un avance que no podía demorarse por más tiempo, pues las tropas estaban tan ansiosas de botín como yo de venganza, y los últimos informes enviados por nuestros espías hablaban de grandes contingentes enemigos que intentarían cortarnos el paso. Incluso decían que el cónsul Sempronio Longo, que ultimaba en Sicilia los preparativos para desembarcar en Cartago, había recibido orden de volver atrás.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;A la vista de las circunstancias, el avance contra un ejército que luchaba por defender su casa y que se hallaba a tiro de piedra de sus depósitos de intendencia, podía calificarse de temerario. Por si fuera poco, descartando las exageraciones, nuestros informes más fiables apuntaban a que podíamos enfrentarnos a más de doscientos mil romanos, sin contar a los reservistas y a las numerosas tropas de la Liga que, llegado el caso, podrían inclinarse hacia los colmillos afilados de una loba rabiosa que mi padre me enseñó a odiar. No tenía más alternativa que abrirme camino con las menguadas tropas que aún me quedaban o terminar de perecer en las montañas. Pactar mi retirada con los romanos hubiera sido peor que la muerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Así, a los pocos días de abrir la marcha, un destacamento de exploradores nos llevó la noticia de que Escipión había cruzado el río Po para cercenar nuestro avance. Fue entonces cuando me retiré hacia el norte con la intención de esperarlo junto al río Ticinus y tratar de infligirle una derrota que Roma no pudiera olvidar en mucho tiempo. Por otra parte, aquél iba a ser nuestro primer enfrentamiento con las invictas y temidas legiones romanas, y era necesaria una victoria que elevara la maltrecha moral del ejército y humillara el orgullo y la fanfarronería de los romanos. A pesar de no haber luchado nunca contra esa máquina de guerra a la que llaman legión, disponía ya de suficiente información para hacerle frente. Había estudiado sobradamente su estructura, su extraordinaria capacidad de ataque y su inigualable movilidad, y había llegado a la conclusión de que era muy superior al esquema de la falange griega adoptado por nuestro ejército, pues su demostrada flexibilidad la hacía invencible en los terrenos incapaces. Si quería ganarle esta primera partida a la loba, debía entorpecer a toda costa la formación de los manípulos de Escipión aprovechando al máximo las dos grandes ventajas de mi ejército: la caballería y los honderos baleares. Muy pronto sabría con qué clase de hierro estaban forjadas las legiones del romano.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqqzo0PeKeI/AAAAAAAAAZA/H37LvaTecms/s1600-h/centro+1[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5380310218647153122" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 273px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqqzo0PeKeI/AAAAAAAAAZA/H37LvaTecms/s400/centro+1%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;La mañana que los pisteros avistaron en el horizonte a la caballería romana, yo distraía mi pensamiento tratando de hallar un significado a las rodelas de fuego que durante mi sueño de la noche anterior sobrevolaron el campamento romano. La única respuesta que hallé fue la de lanzar a la caballería númida sobre la vanguardia enemiga sin darle tiempo a reaccionar. Y lo hice. El suelo tembló, y muy pronto los ágiles caballos númidas se enzarzaron con los romanos en un sangriento combate cuyo clamor podía oírse perfectamente desde mi posición; y cuando creí llegado el momento oportuno, di orden al resto de la caballería, emboscada desde el alba, de atacar a los romanos por la retaguardia. El desorden y el miedo cundieron en los manípulos de Escipión dando lugar a una sangrienta retirada en la que el propio cónsul estuvo a punto de morir. Más tarde supimos que se había unido al ejército de Sempronio y que éste había asumido la responsabilidad del mando total de las tropas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Ahora nuestro avance se revelaba definitivamente imparable; la moral de los regimientos era excelente, los galos aliados de Roma se me unían por millares, los depósitos de intendencia engrosaban por días y los celtíberos y los númidas asolaban la región trayendo al campamento mujeres, esclavos y armas. Sin embargo, mi pensamiento estaba sembrado de preocupaciones, y la idea de que Sempronio sorprendiera mi avance me torturaba día y noche desvelando mi sueño y desganando mi apetito hasta el punto de que mi carácter se agrió, dando paso a un miedo incontenible que se apoderó de mí el día que los exploradores avisaron de que su ejército había cruzado el Po y se hallaba a escasa distancia del mío. Me detuve entonces en los alrededores del Trebia y estudié la manera de tenderle una trampa. Cuando nos dijeron que los romanos habían establecido su campamento, la confianza en mi plan ya había transformado el miedo de mi corazón en una euforia desconocida, contagiada quizás por el buen ánimo de mis tropas y el excelente resultado de los sacrificios sacerdotales que inclinaban a mi favor el también caprichoso ánimo de los dioses. Además, al atardecer, las rodelas ensangrentadas que rondaron mis sueños la víspera de la batalla en el río Ticinus, sobrevolaron el campamento de Sempronio a la vista de todos mis regimientos, y los galos ínsubros y boios, así como los celtíberos y los honderos baleares, se apresuraron a emboscarse convencidos de que la victoria sería nuestra, pues algunas unidades hicieron correr el rumor de que uno de los discos llevaba escrito en el centro el nombre del cónsul.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Al amanecer ordené a la caballería atacar su campamento. Los romanos montaron en cólera y se abalanzaron sobre ella sin saber que en realidad lo hacían sobre una muerte segura que ya les había sido anunciada en el cielo. La caballería cruzó primero el río, enfurecida y ansiosa por vengar al cónsul Escipión. La infantería empezó a hacerlo después, fría y calculadora, sin quebrantar lo más mínimo la condenadamente eficaz formación de la legión. Pero mientras los númidas alejaban de la infantería a la impetuosa caballería romana, mis honderos baleares, ocultos en la espesura de los bosques, irrumpieron en el llano diezmando con sus proyectiles de plomo no sólo la voluntad sino también la vida de cientos de romanos que aquel día encontraron la muerte en el Trebia. Al mismo tiempo fueron atacados por la retaguardia, y los desnudos galos y los feroces celtíberos ocuparon las orillas del río impidiendo la retirada y saciando la sed de sus temibles falcatas con la sangre de los lobeznos que no se resignaban a morir ahogados. La victoria había sido completa. No obstante, muchos soldados consiguieron escapar y refugiarse en Cremona, donde el veterano Escipión, repuesto de sus heridas, intentaba ahora reorganizar lo que quedaba de sus ejércitos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqq0qjcmjvI/AAAAAAAAAZI/4rmYEBXyQDA/s1600-h/portada+xelefantesenbatallajpg[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5380311348010192626" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 330px; CURSOR: hand; HEIGHT: 319px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqq0qjcmjvI/AAAAAAAAAZI/4rmYEBXyQDA/s400/portada+xelefantesenbatallajpg%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;En los días sucesivos me asaltó de nuevo el recuerdo de los extraños escudos voladores; de modo que anduve haciendo indagaciones entre la variopinta amalgama de augures, fulgoratiores, curanderos y adivinadores de toda suerte que acompañaban a los ilergetes, masesilios, maccios, carpetanos y demás facciones de mi ejército, sin que ninguno supiera darme la racional respuesta que secretamente buscaba. Sin embargo todos veían en aquellos signos celestes un mensaje favorable de los dioses; y por alguna razón que aún no puedo explicarme, identifiqué aquellas rodelas voladoras con los proyectiles como nueces que usaban los baleares, muchos de los cuales llevan escrito, como si de un conjuro maléfico se tratara, el nombre de su víctima. Llevaran o no llevaran nombre los escudos voladores, lo más prudente era identificar aquellos símbolos como un mensaje de los dioses... por si acaso verdaderamente lo fueran.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Pronto supe que los romanos habían retirado todas sus guarniciones de la línea del Po para concentrarlas durante el invierno en Placentia y Cremona. El juego podía prolongarse más de lo previsto y yo, Aníbal Barca, tenía prisa por llegar a Roma y vengar la muerte de Amilcar, mi padre. Era necesario pues alterar el rumbo normal de la partida y atraer a los romanos al lago Trasimeno antes de la primavera; de modo que inmediatamente mandé saquear la zona de Cortona, exactamente igual que si el invierno no existiera, para provocarlos. Sabía que los romanos tenían nuevos cónsules: Cayo Servilio Gémino y Flaminio Nepote; el primero estaba acantonado en Ariminum, en las costas del Adriático, y el segundo había partido hacia Arretium al frente de otro ejército. Después de alterar la partida a mi antojo, resultaba que Flaminio estaba en mi retaguardia a menos jornadas de lo que podía imaginar. Pronto comprendí que había sido un error garrafal no haber invernado en Liguria, pero la suerte estaba echada y se hacía imprescindible dar la batalla a Flaminio antes de que pudiera unirse a Servilio Gémino.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Ese mismo día planeé la emboscada contra Flaminio en el Trasimeno. Calculé la dirección del viento a fin de que mis jabalinas llegaran más lejos, la posición del sol para que los romanos lo tuvieran de frente, y embosqué a mis regimientos estratégicamente buscando sorprender al cónsul cuando entrara en el campo de batalla. Aquella noche Flaminio Nepote acampó frente a mí, y muchos hombres de mis unidades observaron el cielo con ansiedad esperando ver de nuevo los escudos de fuego sobre la empalizada romana, pero no aparecieron. Tampoco los augurios eran favorables. Evidentemente, el giro brusco que mi impaciencia dio al juego, alteró todas las predicciones y puso bajo mínimos la sustanciosa ventaja que llevaba hasta el momento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Al amanecer pude oír las tubas romanas congregando al ejército, y desde una loma distinguí con claridad todos los detalles que la oscuridad egoísta de la noche había guardado en secreto. Vi a los romanos formando sus legiones al amparo de la caballería para evitar sorpresas. La mañana era tan clara que fácilmente podía divisar las insignias de los hastati, los penachos rojos de los príncipes, y las largas lanzas y pesados escudos de los triarios. Muy débilmente distinguía las faleras de plata de los oficiales, los umbos metálicos de sus corazas y los signíferos de las unidades a su mando. En el centro, haciendo cabriolas sobre su caballo, descubrí la orgullosa figura de Flaminio Nepote, y junto a él, rodeado de oficiales, al último hombre al que hubiera querido ver aquel día: Cayo Servilio Gémino que, gracias a mi error, había tenido tiempo suficiente para unirse al ejército de su colega. Todo estaba perdido pues. La superioridad numérica otorgaba la victoria a la condenada loba y yo, Aníbal Barca, tendría que renunciar a la venganza de mi padre, al saqueo de Roma, al dominio del Mediterráneo e incluso a la victoria de Trasimeno, a pesar de que la justa Historia me hubiera dado como incuestionable ganador. Ya no podría vencer a Varrón en Cannas ni dar la batalla a Escipión en Zama, porque incluso yo mismo, el general en jefe del ejército púnico, había muerto aquella mañana en las orillas enlodadas del Trasimeno a manos de un ejército muy superior que en quince minutos nos aniquiló impidiéndonos cualquier retirada. Aníbal había sido derrotado, una vez más, en los legendarios lugares de Italia donde siempre venció.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Exactamente igual que otras tardes, desconecté el ordenador, preparé una taza de café y me relajé en aquel despacho que la informática convertía, de vez en cuando, en el pequeño Olimpo de un dios de la guerra que nunca sería tan hábil como Aníbal. Pero poco a poco, como el cartaginés en su tiempo, iba asimilando ventajosamente el enrevesado programa de batallas antiguas. En aquella partida aprendí, como quizás lo hiciera Aníbal, que la legión romana tiene un punto débil: los flancos, y que el secreto del juego podía estar, como seguramente lo está el destino de los hombres, en la adecuada interpretación que hiciera en su momento de los augurios y de las señales celestes. Sólo cuando aprendiera a dominar aquella faceta del juego, podría derrotar a los Escipiones y manipular así la injusta destrucción de una Cartago que únicamente conocía a través de los manuales de Historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-1799233063404652283?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/1799233063404652283/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/una-guerra-baladi.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1799233063404652283'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1799233063404652283'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/una-guerra-baladi.html' title='Una guerra baladí'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sqqy-iNnYDI/AAAAAAAAAY4/SVQtmU7X1VA/s72-c/lee30%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-5046485169086363166</id><published>2009-09-01T22:35:00.017+02:00</published><updated>2009-09-02T00:01:08.812+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Tiempos de guerra y soledad'/><title type='text'>Tiempos de guerra y soledad</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Ld5pc6vI/AAAAAAAAAWU/qLQF3X1ekvQ/s1600-h/569722594_6d80098ff9[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376606875957390066" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Ld5pc6vI/AAAAAAAAAWU/qLQF3X1ekvQ/s400/569722594_6d80098ff9%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio Ignacio Aldecoa&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Aquel domingo ceniciento, acuclillado junto a los pinos que flanqueaban el cellajo del camino, Froilán Zapata, El Perdido, ignoró deliberadamente la lluvia, las hojas muertas de las acacias y el polvo agostado que percudía los renglones mal escritos del libro de su pasado. Subido a lomos del viento que ululaba en la cañada, se concentró en los cinco coches como hormigas que cruzaban afanosos el sendero carretil que separaba las casas de la carretera general, línea divisoria de un mundo inconcreto y maldito que incubaba su destino en los ciclópeos edificios de la capital. Primero vio a la ambulancia, que apareció en el verdor de las zarzas como una mota de cal viva y se detuvo indecisa ante la torrentera que partía en dos el camino; después, zozobrando en el barro, a los otros coches, donde supuso que irían los hijos de Calixto Flores. Volvió entonces a desafiar al asma, encendió un cigarro bajo la lluvia y se apostó cualquier cosa a que el Pastor regresaba vivo del hospital. Cinco minutos más tarde, viendo que la ambulancia dejaba atrás el cementerio, concluyó por enésima vez que Calixto Flores era inmortal, que tenía siete vidas como los gatos y que al final, como había jurado muchos años atrás, terminaría enterrando personalmente a su mayor y más viejo enemigo. Y esa zozobra que lleva al hombre a la perdición cuando la curiosidad se hace irrefrenable, se apoderó de su voluntad, de sus juramentos inquebrantables y de su orgullo, y como un zorro perseguido por una jauría de incertidumbre se deslizó entre los pinos, la jara y el romero, y graneando el atajo de golpes de tos se instaló en las primeras esquinas del pueblo para ver llegar la comitiva.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;La ambulancia se equivocó. En vez de entrar por cualquiera de los callejones que confluían en la plaza, lo hizo por la calle principal, y justo en la puerta del edificio que veinte años atrás albergaba el casino, tuvo que detenerse porque uno de los paredones, percochado por la lluvia, se había derrumbado sembrando la calle de cascotes. Froilán Zapata, oculto tras los ventanucos del antiguo bar de Lorenzo, vio a los hijos de Calixto bajar de los coches y despejar la calle de escombros. El viento sopló con fuerza, las estanterías de roble chirriaron funestamente y la intuición le dijo en ese lugar del cerebro donde se oculta la perspicacia que Calixto Flores, el Pastor, regresaba del hospital más muerto que vivo, pues de lo contrario hubiera ido sentado junto al chófer indicando el camino correcto. Después vio a la comitiva poner rumbo hacia la parte alta del pueblo, y teniendo buen cuidado de no ser descubierto por los espejos retrovisores, la persiguió como un cazador indomable, como un espía desangrado por la perseverancia, hasta que se detuvo en la casa de Calixto. Vio a sus hijos abrir la puerta, al chófer manipular la camilla y a la ambulancia volver, torpe y absurda, por el mismo trabajoso camino que había llegado, y pensó que los hombres de la ciudad, por alguna extraña razón del destino, de Dios o de la atmósfera, daba igual, también estaban condenados a repetir sus errores. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Fue entonces cuando se vio reflejado en el espejo burlón de la conciencia, recordó lo de la paja y la viga en el ojo ajeno y cayó horrorizado en la cuenta de que sólo una calle más arriba estaba su casa, al pie mismo de los eucaliptos, con la chimenea encendida; y era lógico que los hijos de Calixto fueran a visitar la única casa habitada de aquel pueblo. Maldijo entonces al invierno, al asma, a la leña y a aquella cabeza suya que a pesar de los años no terminaba de acostumbrarse a las imprevisiones, y echó a andar apresuradamente, dando un rodeo para entrar por la puerta del corral y sofocar, si todavía estaba a tiempo, aquel maldito humo delator. Con las prisas se enredó en las zarzas que invadían el aprisco y tropezó hasta tres veces. Al entrar en la casa, la mirada cálida y sorprendida, como de nostalgia incontenible de un hombre joven lo clavó en la cruz del pasado y le colocó una corona de espinas ponzoñosas como al rey del mundo, como al único y último vasallo de una aldea deshabitada de esperanzas y vecinos. Era el hijo menor de Calixto Flores que se calentaba las manos en la chimenea como un centurión en el Gólgota.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Qm4_aigI/AAAAAAAAAW8/TQgBzE-fkjE/s1600-h/chimenea[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376612527958034946" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Qm4_aigI/AAAAAAAAAW8/TQgBzE-fkjE/s400/chimenea%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Buenos días, Perdido -le dijo-, y se fue hacia él con los brazos abiertos en una insufrible postura de crucificado, hace más de nueve años que no nos vemos... ¿Qué tal? ¿Sigues queriendo enterrar a este pueblo donde ya no quedan ni culebras?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Froilán Zapata lo escrutó silencioso, entre estupefacto y resignado, y se dirigió al palanganero descascarillado que fue de su abuelo y después de su madre. Allí, como un Pilatos inocente, se lavó el barro de las manos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Como tu padre -respondió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ernesto Flores, como si estuviera en su propia casa, se dejó caer en la mecedora de lona donde el Perdido acostumbraba a rebalsar sus pensamientos como se rebalsa el agua en las cuencas de las peñas, encendió un cigarro sin ofrecer y dijo que lo había sentido llegar por la tos, que era una barbaridad sin nombre seguir viviendo en aquel pueblo de dos habitantes y mucho peor aún llevarse tan mal entre vecinos. Dijo también que parecía mentira que dos personas llevaran sin hablarse más de cuarenta años, que no había justificación alguna y que muchos viejos eran peor que chiquillos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Es increíble -continuó diciendo indignado, manoteando incansable en el soflamado escenario de la habitación-, que llevéis tanto tiempo sin hablaros en un pueblo que está solo como la una.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y luego, en un tono más relajado, siguió charlando de la convivencia, de la tolerancia y de otras palabras que el Perdido no entendió porque nunca sirvió para calificar conceptos sino para vivirlos. Se quitó la gorra, por fin, se acarició la calva como acostumbraba a hacer en las situaciones imprevistas y se recostó en la jamba de la chimenea justo cuando Ernesto Flores se levantaba de la butaca de lona repitiendo en voz baja, otra vez, que aquello parecía mentira. Cuando el joven llegó a la puerta, Froilán Zapata atrajo su atención con un golpe de tos que fue una llamada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-¿Cómo está tu padre? -preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Ernesto Flores, sin parar de cabecear, se volvió hacia él con aquella mirada triste que lo acompañó toda la vida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Acabado -respondió-, lo hemos traído al pueblo porque quería morirse aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Perdido bajó la vista y frunció la boca en una mueca que al hijo del Pastor le pareció una sonrisa contenida o un lloriqueo espontáneo, cuando en realidad no era más que una consecuencia física de las confirmaciones absolutas, una muestra evidente de que muchas veces el rostro es, en efecto, el espejo del alma.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-Desde luego no hay nada como morirse en casa de uno -murmuró.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2PC9EwgwI/AAAAAAAAAW0/Wb9NLLeTdzs/s1600-h/2339468649_3c1fef6fd6[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376610811067269890" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 267px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2PC9EwgwI/AAAAAAAAAW0/Wb9NLLeTdzs/s400/2339468649_3c1fef6fd6%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y a caballo de aquella tos que atormentaba su presente, se sentó en la mecedora y regresó al pasado, donde recordó el día lejano, ceniciento como aquel domingo, que los peritos trajeron al ayuntamiento la orden irreversible de evacuar el pueblo para construir un pantano. Todo el mundo se fue en el plazo de un año, pero el Perdido y el Pastor aguantaron hasta el último día, y por eso fueron los primeros en conocer la contraorden del ministerio que aplazaba la construcción hasta una nueva contraorden que tardó diez años en firmarse y diez días en perderse por los cajones infinitos de un ministerio al que otra orden cambió de titular.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Froilán Zapata, a pesar de los años, recordaba el rostro triste y cetrino del perito que apareció por allí, cuando ya no quedaban concejales ni alcalde, ni cabras ni pastores, ni cura ni sepulturero, sino tan solo el bosquejo de dos sombras encontradas y un cementerio lleno de muertos y de cipreses tristes, orgullosos pero inmóviles. “Le digo lo que le dije a su vecino”, comentó el funcionario limpiando el sudor de las gafas, creyendo quizá estar charlando con un expediente, “que dos personas solas no tienen nada que hacer en esta sierra, que les conviene irse a la capital porque cualquier día se mueren en estas ruinas y no se enteran ni los pajarracos”. Froilán Zapata comprendió entonces que el pueblo estaba definitivamente muerto, y llegó a la conclusión de que una firma es tan válida para matar como un ataque de asma, así que decidió persistir en aquel lugar donde nació, donde se enamoró de la novia de Calixto Flores y donde lo sorprendió la guerra civil al pie de un roble, haciendo números para casarse, recontando esperanzas y quimeras movido por esa necesidad de soñar que aprisiona el alma cuando el amor se cruza en el camino de los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel domingo ceniciento y húmedo, viendo llover tras los cristales, Froilán Zapata trajo a la memoria el cabello negro y asedado de Rosario Arroyo, la configuración nostálgica de sus ojos y el pergeño cansino y derrotado de Calixto Flores la mañana dominical que supo el motivo de tanta apatía en su novia, de tantos y prolongados silencios en el amor, de tanta y tan grande ausencia de caricias y perdones. Y de nuevo lo vio entrar en el bar de Lorenzo, a solas con su abatimiento, casado para siempre ya con el ridículo y el rencor; y durante un breve instante que se le antojó un siglo desterró al orgullo y sintió, quizá por primera vez en su vida, un asomo de compasión hacia Calixto, un sinuoso ir y venir de buenas voluntades más próximo a una flaqueza senil producida por el miedo que a un franco impulso de comprensión; pero aquella sensación molesta se transformó instantáneamente en un arrebato rabioso cuando recordó la tarde que Calixto Flores le dio jaque mate en el bar diciendo a gritos que había dormido con Rosario Arroyo desde el primer día que le habló.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2VIjZB6iI/AAAAAAAAAXM/fiwACtrhBh8/s1600-h/IMG_2381[1].JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376617504321956386" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 267px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2VIjZB6iI/AAAAAAAAAXM/fiwACtrhBh8/s400/IMG_2381%5B1%5D.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Un muro de terror insalvable se alzó entonces en su corazón, y por miedo a esa opinión ajena que a veces parece la de uno mismo, se fue apartando sistemáticamente de Rosario hasta que la vio caer en el olvido, hasta que el tiempo borró toda huella de esperanza y toda posibilidad de vencer al fantasma de la hipocresía. Pero Rosario Arroyo nunca abandonó por completo el corazón del Perdido; incluso ahora, después de tantos años, la veía pasear por las calles desamparadas del pueblo, vestida de negro y con un candil encendido en las manos, y a veces, durante el verano, cuando ella se entretenía recogiendo jazmines en la puerta de la antigua ermita, se atrevía a sisearle de lejos, pero antes de que volviera el rostro, menos sorprendida de lo que él hubiese imaginado, retornaba a esconderse en las esquinas, tras las ramas de algún sauce o en lo más profundo de su indigna voluntad, según anduviera de valor y de ánimo. Y entonces volvía a su casa y la recordaba con veinte años, con el pelo negro lleno de jazmines, y de nuevo sentía un rencor insalvable hacia Calixto Flores, que el mismo día que enterraron a Rosario, muchos años atrás, se atrevió a fanfarronear de lo mismo por las calles del pueblo, echando en saco roto la opinión de su esposa, la de sus hijos e incluso la sagrada dignidad de los muertos. Fue el día que comprendió los resortes más secretos del odio y concluyó que si algo había en el mundo más fuerte que el amor era el aborrecimiento, y como ya no tenía a nadie a quien amar, se entregó a él con la mansedumbre propia de un vasallo sin orgullo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellos fueron los años inolvidables y terribles en los que Froilán Zapata, aún relativamente joven, se convirtió en la sombra del Pastor por el puro placer de martirizarlo con la incertidumbre de una venganza que había burlado la barrera de la razón y que parecía tomar cuerpo a medida que transcurrían las semanas y los meses, de manera que Calixto Flores lo mismo se la tropezaba al amanecer en la vereda de los pinos, que a la hora del almuerzo escondida en los carrizos del arroyo, y algunos atardeceres, cuando el cejo del cielo tomaba el tinte de la sangre, sentada a su espalda, prudentemente apartada, recogiendo palmas para hacer empleitas o moldeando con la navaja un trozo de madera rancia como aquel sospechoso silencio de Froilán Zapata. Y uno de esos atardeceres toscos que la incertidumbre aprovechaba para hacerse presente, mientras la navaja del Perdido transformaba un trozo de pino en una cruz de Caravaca, Calixto Flores no pudo ni quiso resistir más el frío asesino de las grandes dudas. Se acercó a él con un destral en la mano y una mentira en los labios y le dirigió la palabra por primera vez en veinte años. “No te tengo miedo, Perdido”, le dijo, “si piensas matarme, hazlo pronto, porque tengo una úlcera en la barriga y lo mismo te quedas con las ganas”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;A Froilán Zapata le costó trabajo reconocer aquella voz después de tanto tiempo, pero cuando vio al Pastor frente a él, en medio de la sierra, con la gorra sobre los ojos y el destral dispuesto, no le cupo la menor duda. “Claro que te voy a matar, Calixto”, le contestó, “pero cuando a mí me dé la gana. Calixto Flores sonrió, volvió la espalda y se retiró con su ejército de cabras. Al pie del camino giró la cabeza hacia el enemigo. “Lo sabía, Perdido” le gritó, “eres un cagón”, y continuó su camino hasta el pueblo, todavía lleno de vida en aquellos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2M9ZG8PwI/AAAAAAAAAWc/-WtO3njvtGo/s1600-h/Pueblo+13+mieu[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376608516490149634" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 236px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2M9ZG8PwI/AAAAAAAAAWc/-WtO3njvtGo/s400/Pueblo+13+mieu%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora, acurrucando sus miserias en la mecedora, a Froilán Zapata le parecía todo tan lejano, tan difuso y perdido en la distancia, tan inconcreto, que llegó a dudar de la honestidad del tiempo, pues los momentos se le antojaron siglos y los siglos milenios, y no terminaba de creerse que sólo hiciera treinta años que Calixto Flores lo llamara cagón en la sierra. Se reclinó y atizó los rescoldos de la chimenea, que chisporrotearon embravecidos y resueltos, como con ganas de morirse. Fue entonces cuando el fuego le recordó los días aciagos de la guerra, unos días que aún llevaban escrito con cierta esperanza el nombre de Rosario Arroyo, a quien abandonó sin besos ni disculpas, hostigado por un miedo insalvable cuando el verano se cerraba en las trincheras del frente, cuando el mundo se volvió loco dando tiros y él empezaba a comprender el verdadero significado del desprecio. Y aunque no quiso recordar los años de la guerra, donde tantas cosas se le murieron, su mente fue asaltada por la noche que ardió el cuartel de la Guardia Civil y por aquellos hombres que vinieron a buscarlo porque alguien sobradamente conocido dijo en el bar que había visto al Perdido prender fuego a las cuadras. A esa hora Froilán Zapata estaba jugando a las cartas en el casino, cosa que raramente hacía, y treinta testigos hablaron a su favor, de modo que nadie supo nunca el nombre del incendiario, pero sí el del delator, que tuvo que pagar una multa de quince pesetas por confundir a la justicia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Aquel día Froilán Zapata comprendió que con Rosario o sin Rosario, con guerra o sin guerra, uno de los dos sobraba en el pueblo. Y durante años ambos alimentaron esa idea con un fanatismo venático y obsesivo que los condujo a la infelicidad irreversible, y nunca se dieron por vencidos aunque cada uno supiera de antemano que combatía en una guerra perdida porque el otro nunca se marcharía. Incluso con el paso del tiempo, cuando la firma ministerial mató al pueblo entero y sólo quedaron ellos dos aferrados a la lucha como el musgo a los riscos, se dispusieron a morir sepultados por el pantano antes que tocar retirada, y se afanaron en avivar un rencor que con los días terminó amortiguado por la incomunicación y yermo en el espacio, pero salvajemente vivo en el tiempo y en las almas. Y la insufrible monotonía de los hábitos transformó aquel aborrecimiento en una vibración particular que cada uno identificó con el odio pero que, como un mismo dios en pueblos distintos, conservó una idiosincrasia y unos ritos que cada cual matizó según la conveniencia de sus circunstancias y el albedrío de su fantasía; de modo que si una cabra de Calixto Flores amanecía muerta, resultaba que Froilán Zapata la había envenenado durante la noche; si al Perdido le daba un cólico, llegaba inmediatamente a la conclusión de que el Pastor había contaminado el agua del pozo en represalia por la muerte de la cabra, y si algún zorro mataba gallinas, se hacía evidente que los perros del Perdido habían atacado el corral a media noche para vengar la colitis de su dueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Sqf-jQWI/AAAAAAAAAXE/RAWKxuVC2G8/s1600-h/ventana-turleque-santiago-moraleda-roncero[1].jpg"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376614788986257762" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 281px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Sqf-jQWI/AAAAAAAAAXE/RAWKxuVC2G8/s400/ventana-turleque-santiago-moraleda-roncero%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Incluso las coincidencias afortunadas encerraban necesariamente algún extraño resorte que sólo el enemigo sabía. Así, si las cabras de Calixto hallaban por casualidad alguna nueva vereda entre los breñales que les abriera camino hacia la espesura del monte, su dueño despojaba de poder a la naturaleza y colegía que Froilán Zapata se había entretenido en abrirla para conducir a su rebaño a una trampa donde seguramente se perdería y saldría mermado, si salía; y si el Perdido encontraba, más cerca de lo normal, algún árbol caído, de buena madera seca que pudiera servirle de leña en el invierno, primero observaba las huellas del terreno detenida y sopesadamente y luego daba un rodeo definitivo, convencido de que Calixto había escondido en las cercanías algún nido de alacranes ponzoñosos. De esa manera estuvieron sometidos durante años a la infelicidad irritante de los pesares voluntarios, que ejercían a su antojo la propiedad de multiplicar el daño a medida que la incomunicación ganaba terreno al diálogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso aquel domingo ceniciento, los avatares vividos aparecieron ante los ojos de Froilán Zapata como fantasmas de una vida olvidada hacía milenios, y se disfrazaron de aquella forma por la sencilla razón de que nunca existieron realmente tal como debieron hacerlo, sino como él quiso que lo hicieran, tristes y tamizados por la luz oscura del rencor; y aunque aquel día no llegó, ni llegaría nunca, a comprender la verdadera magnitud de su error, sí intuyó, sin embargo, que la palabra tiempo, como la verdad y la mentira, estaban guardadas en el mismo cajón, y en algún lugar tan cercano a los hombres que fueran éstos donde fueran, nunca se separaba de ellos para que siempre tuvieran la posibilidad de ver el mundo como quisieran verlo. En aquel momento se apagó el fuego de la chimenea, y alguien llamó insistentemente a la puerta. Al incorporarse de la mecedora, un leve mareo que pareció una fugaz aletada de vencejos, le recordó que seguía vivo en aquella casa y en aquel pueblo. En el umbral pudo distinguir de nuevo la figura orgullosa de Ernesto Flores acompañado de una mujer que sonreía irrespetuosamente, como si nadie se estuviera muriendo justo al lado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En la misma puerta el hijo del Pastor encendió un cigarro y miró al Perdido con un brillo en los ojos que a Froilán le recordó las inagotables novelas del oeste que leía en la sierra y que canjeaba en la capital una vez al mes, cuando iba al banco a cobrar su pensión de jubilado solitario.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-He venido a charlar contigo, Froilán, y a ver si arreglamos de una vez por todas tantas cabezonerías -dijo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces el tiempo volvió a defraudar al Perdido presentándole a las dos figuras recortadas en el fondo azulenco y melancólico de la noche. En tan solo unas horas había revivido media vida, y el tiempo había vuelto a burlarse de él haciéndolo viejo y joven, joven y viejo de la noche a la mañana. Entonces se apartó de la puerta con la veloz cortesía de los vencidos de improviso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Pasen -dijo-, pero me parece difícil arreglar tantas cosas raras que tiene la atmósfera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en el comedor, Froilán encendió un quinqué con el ceremonial melancólico del que reverencia al pasado en el polvo de los objetos. Una luz amarillenta enjalbegó los paredones mientras la lluvia cantaba en el exterior, amenazando con desbordar un pantano que nunca existió. Ernesto Flores, sin tomar asiento, recordó en voz alta los días pletóricos del pueblo, cuando aún vivía su madre, cuando él era un chiquillo y a escondidas de su padre lo ayudaba a recoger palmas en la sierra; le recordó cómo se hacían los canastos, con cuánta fe y paciencia se enlazaban las varillas y las horas que echó en aprender el arte de la cestería, siempre a hurtadillas, temiendo ser sor-prendido en plena traición. Su mujer sonreía junto a él y el Perdido trataba de encender de nuevo la chimenea, totalmente ajeno a la visita.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-¿Ya no haces cestos, Perdido? -preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sólo entonces Froilán Zapata pareció vencer a la sordera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Todavía hago algunos -respondió-, sobre todo tabaques, que me los encargan en la capital alguna gente que conozco.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y Ernesto Flores se dispuso a disfrazar sus intenciones con otros asuntos que siguieran introduciendo al Perdido en aquel ambiente de distendida placidez tan apropiado para los propósitos de su visita. Por eso le preguntó por la pensión y criticó la roñería del Gobierno con los viejos, la miseria de paga que cobraban y los esfuerzos que hacía su suegro para llegar a fin de mes; pero el silencio perseverante de Froilán Zapata colocó en sus labios una mordaza de ridículo que anunció el fin del monólogo. Y la voz ronca del Perdido quebró la atmósfera de la estancia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-Al grano, Ernestillo -dijo-, que charlando tonterías no se arreglan las rarezas del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Nrj4yprI/AAAAAAAAAWk/ufKF1hDm9Pw/s1600-h/200708070601-30661[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376609309657573042" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 250px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Nrj4yprI/AAAAAAAAAWk/ufKF1hDm9Pw/s400/200708070601-30661%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ernesto Flores pensó entonces en la vida y en la muerte, hizo balance general de los argumentos que lo llevaron a la casa del Perdido, se dejó caer contra la pared y contó que su padre en encontraba fatal, que el pueblo estaba demasiado lejos de la capital, que ninguno podía dejar su trabajo para venirse allí hasta que le llegara la hora y que necesariamente se imponía la necesidad de llevárselo a la ciudad; no sólo por las cuestiones expuestas, sino también porque en el pueblo no había ni médico, ni cura ni sepulturero, y si la muerte lo sorprendía parapetado en aquellas piedras iba a suponer un grave problema llevárselo a la otra punta del mundo para darle sepultura.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;No le queda otra alternativa que venirse a morir a casa -continuó-, pero está emperrado en hacerlo aquí porque para él sería una derrota hacerlo en otro sitio. De modo que hemos pensado que si tú haces las paces con él, a lo mejor consiente en venirse, pero tiene que ser pronto porque le está llegando la hora.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El Perdido se volvió de nuevo hacia la chimenea. Intuyó, inmerso en la melancolía, la débil frontera que separa las contradicciones, y observó los granizos que tamborileaban en los cristales, el crepitar de las brasas en la hoguera, y pensó que aquello no tenía nada que ver con él, pero en vez de decirlo agachó la cabeza, sacó de la faldriquera un trozo de madera y una navaja y comenzó a tallar aparentemente ajeno a todo, camuflado otra vez en aquella falsa sordera que tenía la virtud de dilatar el tiempo. Al cabo de un minuto que pareció una hora se sentó en la mecedora y cruzó las piernas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Lo pensaré -respondió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Ernesto Flores, que ya se disponía a salir de la habitación, le puso la mano en el hombro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-No tardes demasiado, Perdido -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cercana cumbre de la montaña los truenos parecían desafiar incluso el valor de los dioses, y los lobos, injustamente proscritos de su misericordia, pregonaban el infortunio de sus estómagos con aullidos que a Froilán Zapata le recordaron el extraño mundo que se oculta tras la barrera de la muerte. Y antes de que pudiera huir, el fuego envolvió su sentido de la realidad y Rosario Arroyo, que aún permanecía oculta en los pliegues de su fantasía, se deslizó por la lengüeta de la chimenea, se confundió con las llamas, se mesó el pelo entre los troncos ardientes y fue a sentarse a su lado, volviendo a poner en tela de juicio la consistencia de los límites. El Perdido la observó con aquella mirada quebradiza que enamoró a Rosario muchos años atrás y la vio tan bella como antes de la guerra, tan triste como el día del abandono y tan indiferente como después de muerta. Durante un largo rato se miraron como dos desconocidos, y justo cuando Froilán se amparó en la cobardía y fue a decirle que nunca quiso hacer de verdad aquello que hizo, ella se quitó la toquilla de la cabeza, mostró su pelo negro sembrado de jazmines y abrió con el engolamiento propio de los fantasmas la última conversación que al Perdido le hubiera gustado emprender.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-No seas cabezón, Froilán -dijo-, que sólo un burro se deja matar antes de cruzar un arroyo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante unos segundos el Perdido no quiso comprender el significado de aquella frase misteriosa, y en lo más profundo de su corazón maldijo el enrevesado lenguaje de los fantasmas y la debilidad que tienen los muertos por las adivinanzas, y no se dejó embaucar ni siquiera cuando comprendió el velado significado del mensaje. Por toda respuesta guardó silencio mientras Rosario Arroyo, ahora con veinte años, mataba la humedad de su infracuerpo acercándose al fuego.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-Que digo yo, Froilán -continuó-, que una guerra la gana el que tiene la última palabra, y que los muertos después de muertos no escuchan.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2WeE-sKAI/AAAAAAAAAXU/h7t-WtSgKmk/s1600-h/manos_de_ancianos[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376618973627164674" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 292px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2WeE-sKAI/AAAAAAAAAXU/h7t-WtSgKmk/s400/manos_de_ancianos%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El Perdido se arrellanó en la mecedora y creyó oír algo así como que el tiempo es una mentira, y que los minutos lo mismo pueden durar siglos que no existir, y cuando quiso solicitar una confirmación de Rosario, ya no pudo hacerlo porque el fantasma de su novia había vuelto a escaparse por la chimenea, quizás a recoger jazmines en el otro mundo o a sembrarlos en éste para adornarse el cabello en las noches de primavera. Así que volvió a repasar su respuesta a las misteriosas adivinanzas y obligatoriamente se sumergió en el recuerdo de Calixto Flores, en el más reciente pasado de aquella inadecuada convivencia y en la amarga resaca que dejan las malas soluciones cuando se beben desmedidamente. De manera que rescató del pasado los comienzos de cada mes, cuando los dos iban a la ciudad a cobrar la pensión, a la misma hora, por el mismo camino, en el mismo autobús de línea y al mismo banco. Salían al amanecer, como los cazadores, tardaban dos horas en llegar a la carretera general, y allí esperaban el autobús, uno junto al otro, en el mismo mojón de la carretera, ignorándose como a sombras y guardando un silencio de ultratumba. A veces, si el autobús se retrasaba, mataban la incomodidad de la situación silbando canciones que oían por la radio, releyendo novelas del oeste o simplemente fumando cigarrillos y mirando el celaje del cielo, pues la lluvia, muy común en la sierra, forzaba a menudo la situación obligándolos a compartir, codo con codo, la protección del único árbol que florecía en quinientos metros a la redonda: una encina centenaria que de haber hablado no hubiera contado absolutamente nada de ninguno porque nunca los oyó hablar. Simplemente llegaban allí, por lo general corriendo porque aguantaban la lluvia hasta el último momento, arrimaban la espalda contra la corteza, y en esa posición se quedaban sintiendo la proximidad de los cuerpos hasta el momento de la partida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Con el tiempo desarrollaron y perfeccionaron el arte del disimulo, y llevaron la guerra, a fin de ostentar una indiferencia sublime, al campo de los hábitos más íntimos y de las necesidades fisiológicas, de forma que incluso bajo la encina, donde la proximidad del enemigo se hacía insufrible y su presencia innegable, ventoseaban aparatosamente, eructaban como lo harían en el comedor de su casa, orinaban contra el tronco e incluso, alguna vez, defecaban con la tranquilidad del que lo hace ante nadie. Luego, en el autobús, con frecuencia se veían obligados a sentarse juntos, y al entrar en el banco soportaban estoicamente la confianza de los empleados y el atrevimiento de emparentarlos simplemente porque eran de la misma edad y del mismo abandonado pueblo. Y con tanta habilidad se ignoraban y manejaban las apariencias, que nadie supo discernir, a pesar de que nunca cruzaron palabras, la gran diferencia que hay entre una amistad hermanada y un aborrecimiento irreversible. Después llegaban por turno al quiosco de las novelas, y mientras uno las cambiaba, el otro tomaba café y viceversa. En la estación volvían a subirse en aquella especie de autobús militar, descendían junto a la encina del camino y recorrían otra vez las dos horas de silencio que los devolvía al pueblo, siempre sin hablarse, condenándose sin piedad a un cruel ostracismo que se integró en sus costumbres hasta el punto de hacerse indispensable y de tomar una entidad tan particular y poderosa que llegó a ser uno más en el pueblo, como un socorrido aliado de incuestionable fidelidad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De ese modo, hubo temporadas que llegaron a ignorarse tanto y tan sinceramente, que sólo una vez al mes reparaban el uno en el otro, pues hasta el nexo de las novelas, que obligatoriamente debía unir las presencias, siquiera en el recuerdo, quedó anulado cuando decidieron garabatear las contraportadas con el único fin de no tocar lo que el otro tocó, y si alguna vez cometían el error de mezclar entre los títulos alguno que hubiera leído el contrario, lo desterraban como a un mensajero del Diablo y lo devolvían intacto sin abrirlo siquiera. Y era en esos momentos de indiferencia sincera y absoluta cuando el miedo al ataque sorpresivo los asaltaba con mayor fuerza, pues eran conscientes de que una guardia baja podía suponer una derrota, y entonces se entregaban como lunáticos a observar los movimientos del contrario, unas veces porque uno ponía en guardia al otro y otras simplemente porque la fantasía los llevaba a la sospecha, de modo que cambiaban bruscamente los hábitos con el fin de confundirse, y así empezaron a beber agua de otros pozos, a traer leña desde la otra punta de la sierra, a adiestrar a los perros contra los intrusos e incluso a dormir de día para montar guardia durante la noche. Y aquel fue el comienzo de una infelicidad absoluta fabricada por ellos mismos que a punto estuvo de llevarlos a la locura, pues con los hábitos alterados en función de una fantasía negativa, todos los pasos dados estaban escritos con la tinta del miedo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2OkiyNinI/AAAAAAAAAWs/PyO5AyKfEcY/s1600-h/2549621276_56c4994107[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376610288614083186" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 272px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2OkiyNinI/AAAAAAAAAWs/PyO5AyKfEcY/s400/2549621276_56c4994107%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Así que aquel domingo Froilán Zapata se quedó dormido en la mecedora, por primera vez después de muchos años, con la certidumbre de que nadie iba a venir a quemarle la casa porque el tiempo había derrotado al enemigo y porque el pueblo estaba lleno de forasteros. Y justo en esa línea inconcreta que separa lo cierto de lo incierto, descubrió de nuevo al fantasma juvenil de Rosario Arroyo caminando por las calles de un pueblo lleno de vida que no se parecía en nada al que recordaba. La vio caminar bajo la lluvia con un capote de fieltro sobre los hombros, recorrer a grandes pasos la calle principal y detenerse frente a la ermita, donde las campanas doblaban a duelo y las cigüeñas se acurrucaban buscando la protección del nido. En la puerta pudo ver a todo el pueblo, incluso a los que parecían no haber estado jamás porque el tiempo los borró del recuerdo. Vio a su padre, a su madre, a sus abuelos y a los guardias que vinieron a buscarlo la noche que ardió el cuartel, y todos tenían la misma edad y el mismo color grisáceo en la piel; todos hablaban entre sí y todos guardaron silencio cuando él entró en la plaza, siguiendo a Rosario como un penitente fiel. Y justo cuando fue a preguntarles qué hacían allí todos juntos, la puerta de la ermita se abrió y aparecieron los hijos de Calixto Flores con un ataúd sobre los hombros. Entonces comprendió que estaba soñando con el entierro del Pastor y que todo era tal como él había imaginado, salvo los largos silencios y los colores de la piel. Después vio a Rosario Arroyo dar el pésame a la familia y en lo más profundo de su corazón se sintió traicionado por aquel fantasma al que tanto amó en el más miserable hueco de su engranaje moral. “Rosario”, gritó. Y otra vez: “Rosario”. Pero Rosario Arroyo no pareció comprender bien el idioma de los sueños, y arropada en aquel capote que jamás vistió, volvió la cabeza hacia el Perdido. “Date prisa en cruzar el arroyo, Froilán”, le gritó con una voz atiplada, lejana y fantasmal, que pareció nacer en las cumbres de la sierra, en el fondo del pantano que nunca se hizo o en el túnel oscuro que separa la vida de la muerte. Pero el inconsciente atarantado de Froilán Zapata prefirió quedarse a contemplar el entierro del Pastor antes de regresar al mundo de la razón, donde el frío y el hambre hacen aullar a los lobos del recuerdo, insaciablemente voraces cuando la presa soporta la pesadumbre de sus errores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De esa manera entró el Perdido en la mañana del domingo, con el disimulo de los dormidos y el desamparo de los viejos, y poco antes de despertar en la mecedora pudo ver la forma huidiza de Rosario Arroyo salir del cementerio con la cabeza gacha y el capote sobre los hombros. Él, apoyado en las acacias que guardaban la puerta, fue a tomarla del brazo cuando un ruido de automóvil zarandeó sus sentidos y un frío ultraterreno penetró por los poros de su piel atornillándole los huesos sin piedad. Un golpe de tos lo tuvo enredado durante unos minutos en la agonía de la muerte y por fin le permitió dirigirse a la ventana, donde comprobó que los granizos y los truenos seguían empeñados en acabar con el pueblo. Se esforzó por distinguir en la otra calle la casa de Calixto Flores, pero la lluvia era tan fuerte que todo lo teñía de gris desdibujando las formas cotidianas, de manera que sólo pudo intuir las esquinas, parte del empedrado de la calle y el nido de cigüeñas que coronaba impertérrito y anegado la espadaña de la ermita.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces se resignó a contemplar los caminos que dibujaba el agua en los cristales, las fugaces grietas abiertas en aquel rostro de vidrio, y algo desde el otro mundo vino a decirle que los hombres no hacen las cosas cuando quieren, sino cuando pueden, y su potestad es tan limitada que muchas veces ni siquiera ven la vida cuando desean hacerlo, de manera que un simple chaparrón puede ocultar un pueblo entero, una voluntad humana y hasta una porción de tiempo. Y se hallaba embarbascado en aquel razonamiento cuando otro ruido de motores lo devolvió a la realidad. Entonces se envolvió en un capote a cuadros que a pesar de ser suyo le resultó extrañamente familiar, abandonó la casa por la puerta del corral y se dirigió a la calle de Calixto Flores con la velada esperanza de tropezarse en el camino a Rosario Arroyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez bajo la lluvia, la tos reapareció con insistente virulencia, y el Perdido, acostumbrado sin orden ni concierto a tantos años de escaramuzas, temió ser descubierto por el enemigo, y de nuevo buscó el amparo de las esquinas y el camuflaje de los árboles, pero sólo cuando divisó la casa del Pastor descubrió la naturaleza infundada de unas precauciones que a partir de entonces pertenecerían al pasado. Apostado tras los sauces vio el inusitado trajín de los coches, el ir y venir de unos hijos alterados por el momento, y llegó a la conclusión de que Calixto Flores había empeorado. Entonces fue cuando vio a Rosario Arroyo entrar en la casa y apretó el paso tras ella. La lluvia seguía cayendo con insistencia, la tos delataba al enemigo su presencia, y la soledad, hospedada para siempre en las grietas de los muros, percudía el ambiente de tosquedad absoluta y remembranzas irremediables. Así que cuando entró en la casa de Calixto Flores, la soledad lo devolvió a los nueve años, y de improviso se vio jugando en aquel sardinel con Calixto, contando estrellas de madrugada y cazando grillos enlutados; pero los llantos de la casa lo devolvieron a una realidad implacable, y no vio a los niños alborotar el portal ni a Rosario Arroyo dentro de la estancia, sino a Ernesto Flores frente a él, con los ojos cristalinos y el rostro desencajado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Se murió esta madrugada -dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Froilán Zapata se acercó a la habitación del Pastor y por primera vez en muchos años se atrevió a mirarlo. Descubrió entonces que era viejo, que sus facciones desprendían una insospechada ternura que nunca imaginó y que no se parecía en nada al Calixto Flores de antes de la guerra. Tosió insistentemente ante él, le dio la espalda y al salir del dormitorio se detuvo en la puerta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Qué bestias hemos sido, Calixto -murmuró.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Al salir a la calle pudo distinguir al fantasma de Rosario Arroyo corriendo veloz entre las acacias y los sauces, y aunque lo llamó a gritos como un niño a su madre, el espectro no quiso oírlo, porque hasta los fantasmas huyen de los hombres voluntariamente desamparados, porque así como la lluvia torrencial desdibuja las formas de la materia, la soledad puede maltratar los corazones hasta el punto de hacerlos temibles, incluso ante los fantasmas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-5046485169086363166?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/5046485169086363166/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/tiempos-de-guerra-y-soledad.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5046485169086363166'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5046485169086363166'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/09/tiempos-de-guerra-y-soledad.html' title='Tiempos de guerra y soledad'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sp2Ld5pc6vI/AAAAAAAAAWU/qLQF3X1ekvQ/s72-c/569722594_6d80098ff9%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-858513745455175904</id><published>2009-08-27T11:09:00.006+02:00</published><updated>2009-08-27T11:33:10.080+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Al final sin ti'/><title type='text'>Al final sin ti</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpZOTvpzF_I/AAAAAAAAAVs/C9EeRfxfdok/s1600-h/1[2].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5374569306429528050" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 269px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpZOTvpzF_I/AAAAAAAAAVs/C9EeRfxfdok/s400/1%5B2%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.safecreative.org/work/0908274277954" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"&gt;&lt;img src="http://resources.safecreative.org/work/0908274277954/label/logo2-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #0908274277954"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;I Encuentro Literario Internacional Letras de la Posada&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;AL FINAL SIN TI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hollaré al cabo el sendero,&lt;br /&gt;quebrado y solo,&lt;br /&gt;truncada el alma&lt;br /&gt;por el espejo de la nostalgia,&lt;br /&gt;por la ausencia tangible&lt;br /&gt;de tus pisadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al morir la tarde,&lt;br /&gt;yo con ella,&lt;br /&gt;desvalido,&lt;br /&gt;sin tu mirada,&lt;br /&gt;el ocaso verterá recuerdos y calmas&lt;br /&gt;en el poso incierto&lt;br /&gt;de mis afanes&lt;br /&gt;y mis desganas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no soy fruta&lt;br /&gt;que madure temprana,&lt;br /&gt;ni cumbre que quiebre el alba&lt;br /&gt;si el alba no está en calma,&lt;br /&gt;ni ocaso, ni luna,&lt;br /&gt;ni astro sin madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo soy árbol de tu tierra&lt;br /&gt;y tierra de tu sandalia;&lt;br /&gt;soy, o al menos fui,&lt;br /&gt;verso de tu palabra,&lt;br /&gt;opúsculo de tu estancia&lt;br /&gt;efímera y callada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, hollaré al cabo el sendero,&lt;br /&gt;la culebra de los tiempos,&lt;br /&gt;sin ti,&lt;br /&gt;contigo en el recuerdo,&lt;br /&gt;como agua de deshielo,&lt;br /&gt;como lava de volcanes,&lt;br /&gt;como polvo de cementerio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al morir la tarde,&lt;br /&gt;yo con ella, buscaré mi estela&lt;br /&gt;de cometa sin cielo,&lt;br /&gt;porque sin ti fui&lt;br /&gt;trueno sin tormenta,&lt;br /&gt;linde sin vereda,&lt;br /&gt;nido sin primavera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-858513745455175904?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/858513745455175904/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/08/al-final-sin-ti.html#comment-form' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/858513745455175904'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/858513745455175904'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/08/al-final-sin-ti.html' title='Al final sin ti'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpZOTvpzF_I/AAAAAAAAAVs/C9EeRfxfdok/s72-c/1%5B2%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-186843412397376134</id><published>2009-08-09T12:16:00.017+02:00</published><updated>2009-08-14T01:11:20.595+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Un monstruo en el techo'/><title type='text'>Un monstruo en el techo</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sn6isGaXsZI/AAAAAAAAAUc/WHR8Wh7c2S8/s1600-h/1976137494_c9c80d90b4[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5367906684391371154" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sn6isGaXsZI/AAAAAAAAAUc/WHR8Wh7c2S8/s400/1976137494_c9c80d90b4%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.safecreative.org/work/0908104224257" rel="cc:license" cc="http://creativecommons.org/ns#"&gt;&lt;img style="BORDER-RIGHT: 0px; BORDER-TOP: 0px; BORDER-LEFT: 0px; BORDER-BOTTOM: 0px" alt="Safe Creative #0908104224257" src="http://resources.safecreative.org/work/0908104224257/label/logo2-72" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;I Encuentro Literario Internacional Letras de la Posada&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;A mi hijo José Antonio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El segundo día del jubileo amaneció agazapado entre las vigas del techo. Parecido a una telaraña gris, su cuerpo rechoncho espiaba los movimientos de la casa y acechaba mis idas y venidas con escrupulosidad irritante, con un porte y una expresión de esfinge milenaria que crispaba los nervios y sacudía en lo hondo del corazón los pilares de la intimidad. Allí arriba, entre las vigas, sin inmutarse. Las orejas descomunales, como alas abiertas de murciélago, rastreando los sonidos de la casa desde las alturas. Los ojos negros, pasmados, inocentes y circulares, afanosos, mirando con curiosidad el trajín del salón. Sus patas torneadas y recias, inmóviles, matemáticamente equidistantes. Sus colmillos ebúrneos y curvos apuntando a mi corazón desde lo alto del techo parecían apuntillarme el alma y envenenarla de nostalgia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Durante un buen rato, casi incómodo por la mudez de su presencia, le di la espalda y observé tras los cristales la sombra de los naranjos que se replegaba tras la siesta y los pocos puestos de turrón que flanqueaban la calle con reclamos de colores en el exterior y grandes ventanales todavía abiertos. En mi infancia, cuando abundaban, se me antojaban cajas de sorpresa, pero los tiempos cambian y la venta de turrón ya no es negocio en una feria de pueblo. La capacidad de sorpresa tampoco prospera en el alma de un adulto, de modo que ahora son para mí lo que fueron siempre: simples quioscos de golosinas. Y en eso estuve pensando mientras el niño despertaba de la siesta, en el desgaste despiadado que los días ejercen sobre la inocencia, porque los días tienen dientes enormes que a bocados nos arrancan del alma el idealismo y la candidez. Y cuando se juntan en años, como soldados en batallones, y atacan por sorpresa en una tarde cualquiera de verano, mientras uno mira por los ventanales de su casa observado desde el techo por un monstruo volador con colmillos puntiagudos, entonces uno está perdido.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Allí estuvimos los dos hasta que el niño despertó. Yo en los ventanales y él entre las vigas de roble, como un dios diminuto, con sus orejones desplegados, mirando con los ojos desorbitados los rayos de sol que atravesaban los cristales cortando el contraluz de la estancia como archas cristalinas. Supongo que él con la esperanza de salir al exterior, pues albergaba en secreto la idea de fugarse aquella tarde, durante el paseo. Lo intentó al salir de la casa, aliado con los despistes que todos los niños tienen cuando el nerviosismo y la ilusión les embarga el ánimo. Pero los adultos hemos aprendido a ser desconfiados; el recelo sustituye en el corazón a la inocencia, de modo que até a la mano del niño la cuerda que lo sujetaba por el cuello. Desde su esclavitud nos miró a los dos con cierta suplicante tristeza, pero ésa era la condición: si quería venir al paseo, debía hacerlo atado.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SoHz2pb91mI/AAAAAAAAAU0/bWxUeQiTD7M/s1600-h/s5034163-thumb[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5368840350963979874" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 261px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SoHz2pb91mI/AAAAAAAAAU0/bWxUeQiTD7M/s400/s5034163-thumb%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Durante toda la tarde nos siguió sumiso por la feria. Sus llamativas orejas grises se mecían a merced de la brisa veraniega y sus ojos negros miraban admirados los puestos de juguetes, las baratijas de los árabes, las tabletas de turrón de chocolate, las luces de colores que empezaban a alumbrar al ponerse el sol: rojas, amarillas, azules, verdes, transformando la calle en un mágico arcoíris que pronto rivalizaría en el cielo con las estrellas titilantes de agosto. Y nos seguía mansamente, atado a la muñeca del crío, acechando el momento idóneo para evadirse. Lo sabía. Al verlo por primera vez encaramado al techo del salón supe que ése era su propósito.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;De modo que lo desaté de la mano del niño y lo sujeté a mi muñeca antes de llegar a la explanada de las atracciones. Allí sin duda, aprovechando la emoción infantil, el nerviosismo cándido de la infancia, la inocencia seducida fatalmente por los artilugios de feria, intentaría zafarse de sus ataduras. Conmigo estaba más seguro. Al hacerlo tuve la impresión de que sus ojos desprendían un destello de resentimiento. Sus posibilidades de fuga se reducían notablemente.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Allí esperamos los dos mientras el niño conducía imprudentemente coches de bomberos con campanas de bronce y galopaba en caballos de madera por praderas vírgenes pintadas en el lienzo de su imaginación. Y nos quedamos mirándonos un rato, unidos por la cuerda que lo esclavizaba. Quise decirle que en mi infancia hubiera dado cualquier cosa por despertar una tarde de la siesta con un monstruo como él prendido del techo del salón, con sus mismos colmillos puntiagudos y sus mismas destartaladas orejas, pero estaba seguro de que no me entendería. Quise confesarle que tal vez por eso me negaba a dejarlo marchar. No lo hice, pero estoy seguro de que él lo leyó en el brillo nostálgico de mi mirada.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Yo seguía pensando en lo mismo cuando nos sentamos los tres en los veladores de la plaza a comer churros con chocolate. Las estrellas habían salido a curiosear el destino de los hombres y la luna, redonda y plateada como una moneda de los dioses, empezaba a asomar, soberbia, tras los cerros. Entonces lo solté de mi muñeca y lo até a la silla, no demasiado fuerte, y quise advertir en sus pupilas un destello de complicidad. Y antes de pensar en mi gesto él ya se había ido. Suavemente emprendió un discreto vuelo de monstruo infantil hacia las estrellas, un vuelo sin retorno y sin destino, un vuelo dócil, tan grandioso y mágico como la libertad. Se elevó con la lentitud aristocrática de un monarca estelar, con sus orejas mastodónticas bailoteando en la brisa y sus ojos circulares contemplando al pueblo mientras abrazaba el firmamento. Viéndolo huir, con su cuerda atada al cuello como una rémora del pasado y su trompa proboscídea partiendo en dos la luna llena, comprendí que cuando uno es adulto cualquier motivo es válido para añorar la niñez, incluso un simple globo de gas con forma de elefante agitando su trompa burlonamente entre las estrellas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-186843412397376134?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/186843412397376134/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/08/i-encuentro-literario-internacional.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/186843412397376134'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/186843412397376134'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/08/i-encuentro-literario-internacional.html' title='Un monstruo en el techo'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sn6isGaXsZI/AAAAAAAAAUc/WHR8Wh7c2S8/s72-c/1976137494_c9c80d90b4%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-1434746426013990547</id><published>2009-07-28T02:26:00.005+02:00</published><updated>2009-07-30T13:01:38.654+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Los límites de la luz'/><title type='text'>Los límites de la luz</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sm5IKOxfvbI/AAAAAAAAAUI/DDFC3Id5b3A/s1600-h/zuz[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5363303546846428594" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 360px; CURSOR: hand; HEIGHT: 360px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sm5IKOxfvbI/AAAAAAAAAUI/DDFC3Id5b3A/s400/zuz%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;em&gt;Premio Nacional de Cuentos Mágicos Rafael Palomino. Aytto. de Jaén.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Hay historias secretas que permanecen ocultas&lt;br /&gt;en las sombras de la memoria, son como organis&amp;shy;mos&lt;br /&gt;vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan&lt;br /&gt;de adherencias y parásitos y con el tiempo se&lt;br /&gt;transforman en materia de pesadillas.&lt;br /&gt;Isabel Allende. (Vida Intermina&amp;shy;ble)&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El amanecer llamó con insistencia de loco al dormitorio de Gaspar Mengíbar, pero nadie le respondió; minutos antes había penetrado en la casa burlando la vigi&amp;shy;lancia de los arrayanes del patio y venciendo a la madru&amp;shy;gada en una batalla de claroscuros que sólo el silencio pudo presenciar, justo antes de que una tremolina de gorriones lo atacara por la retaguardia y lo pusiera en fuga. El sueño vacilan&amp;shy;te de Gaspar había barrunta&amp;shy;do tras la puerta la visita del alba y la ruptura violen&amp;shy;ta del silencio, pero prefirió las sába&amp;shy;nas percudidas de sudor y el calor del cerebro, que aún navegaba en al&amp;shy;cohol como un barco sin timonel, de modo que tuvo que oírse la campana de la iglesia para que al fin rompiera su alianza con Gaspar Mengí&amp;shy;bar, El Brujo, que se incorporó del camastro sobrecogi&amp;shy;do por aquel doblamiento que pregonaba con insis&amp;shy;tencia la llegada de la muerte al pue&amp;shy;blo. El asno azarreó en el co&amp;shy;rral, los go&amp;shy;rrio&amp;shy;nes calla&amp;shy;ron y él advirtió con absoluta nitidez la presencia abstrac&amp;shy;ta pero firme de los lances definitivos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Comenzó a vestirse, zarandeado por la inquietud y la resaca, y volvió a descu&amp;shy;brir en su piel las mismas máculas cerúleas que asusta&amp;shy;ron a su madre cincuenta años atrás y que él utilizó durante toda la vida como un aval de sus presa&amp;shy;gios. Salió entonces al patio y las examinó a la luz del sol, y antes incluso de contar su número y analizar su disposición, diagnos&amp;shy;ticó con absoluta convicción que alguien muy próximo a él había muerto. Hundido en la zozobra se sorprendió en la calle y se dejó refrescar por la brisa de la maña&amp;shy;na. A lo lejos, moteado por las carrascas y el vuelo de los tordos, el horizonte se perfilaba liso y cruel como la espada de un verdugo. Mecánicamente se dirigió a la taberna, abarrotada de remolacheros y de palabras bruscas, y de nuevo la sombra de la muerte sobrevoló la campiña desolada de su interior. Se hizo el silencio. Al fondo, camuflado entre botellas de licor, el dueño del bar reclamó su atención. Gaspar Mengí&amp;shy;bar se acercó cautelosa&amp;shy;mente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Tu hermano ha muerto, Brujo -le dijo-, te acompaño en el sentimiento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar contrajo el rostro, pidió vino y dejó que los rumores volvieran a extenderse por el recin&amp;shy;to, acurrucados en las volutas del tabaco y en la luz amari&amp;shy;llenta de la maña&amp;shy;na, que por fin penetraba en el bar para fajar con miseri&amp;shy;cordia los rostros cuarteados de los jorna&amp;shy;leros y el vidrio sin esmeril de los vasos. Apuró la bebida y pidió más, y así estuvo hasta mediodía, cuando el vino ata&amp;shy;bernado y agrio buscó acomodo en su cerebro y transformó la barra mugrienta en un muro de frustraciones insalvables y la estancia deso&amp;shy;lada en un micromundo de nostalgias. Enton&amp;shy;ces descubrió frente a él a Luis Mengí&amp;shy;bar, que había pe&amp;shy;netrado en el bar a lomos del sigilo, temiendo aún que la chusma lo descubriera en aquella taberna de filibusteros; lucía el traje gris marengo de las grandes ceremonias y el rostro de notario severo que despertó pasiones en su familia y en las mujeres de la comarca. Gaspar Mengíbar se inclinó sobre la mesa buscando la mirada de su hermano, que por alguna extra&amp;shy;ña razón parecía eludir el compromiso del en&amp;shy;cuentro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Parece mentira, Luis -le dijo-, que te hayas dignado venir a este sitio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Luis Mengíbar levantó el rostro con aquella expresión de aristócrata convencido que se granjeó el rencor de medio pueblo y El Brujo descubrió en sus ojos grises un velo lacrimoso a punto de rasgarse, el mismo velo de sober&amp;shy;bia que el notario empleó siempre para marcar las fronteras socia&amp;shy;les, permi&amp;shy;tiendo el trasluz del prójimo pero impidiendo el roce con él.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Quiero que vayas a mi entierro -respondió-, no hay nada imperdonable ni en este mundo ni en el otro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar volvió a echar vino en el vaso, se abrió camino en la turbiedad del alcohol y cruzó la linde del tiempo, evitando el brezo de los rencores, elu&amp;shy;diendo con cuidado los zarzales del odio, y vio a su hermano Luis jugando en la acequia, observado por los lagar&amp;shy;tos verdes del arroyo y por los ojos escrupulosos de los cerní&amp;shy;calos. Luis Mengíbar había encontrado dos reales en el fondo de la zanja. “Compraré caramelos para todo el año”, dijo. Gaspar trató de imaginarse el tesoro de azúcar. “¿Me da&amp;shy;rás?” le preguntó. “Los niños con carde&amp;shy;nales en la piel no pueden comerlos”, respondió Luis. Fue el día que Gaspar Mengíbar comprendió que jamás recibiría nada de su hermano. Aquella noche soñó con una carroza arrastrada por cuatro caballos negros, Luis Mengíbar iba dentro, comiendo carame&amp;shy;los y arrojando papelillos por la ventana. Al día siguien&amp;shy;te amaneció de nuevo con manchas en la piel y un escalo&amp;shy;frío recorrió sus vértebras mientras despedía a su hermano Luis, subido en un auto negro, camino de un internado para niños estudiosos; intuyó que las manchas tenían mucho que ver con los sueños y que hay separaciones que son definitivas aunque no lo parez&amp;shy;can.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar recordaba casi todo de aque&amp;shy;lla despe&amp;shy;dida: la brisa de la mañana amolando las aristas de los riscos, el canto de las cogujadas junto al camino, un revo&amp;shy;leo otoñal de hojas muertas al pie de los álamos. El tiempo era para él una sustancia maleable, extraordina&amp;shy;ria&amp;shy;mente tangible, donde los recuer&amp;shy;dos se cristalizaban en vivencias irrefutables; a veces también los sueños y las realidades. Luis Mengíbar, acodado aún en la mesa del bar, creyó oportuno despertarlo del pasado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Ve, Gaspar -le dijo-, hazlo, aunque sea por mamá.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El Brujo volvió a instalarse en el presen&amp;shy;te; echó más vino al vaso y buscó el rostro de su hermano. La mirada de Luis seguía anclada en el ocaso, pero su piel mostraba una tonalidad reverencial y opalescente donde la sustancia de la muerte embellecía los ecos de la luz.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Iré -respondió-, aunque sea borracho.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces miró hacia la ventana y se diluyó en el blancor de las casas y en el encaracolado de los balco&amp;shy;nes, donde los ramos de gitani&amp;shy;llas bailaban una danza parti&amp;shy;cular meci&amp;shy;dos por la brisa. Se levantó y salió a la calle. Las campa&amp;shy;nas dobla&amp;shy;ron de nuevo y lo proyectaron al entierro de la madre, muchos años atrás. Su hermano Luis era ya un notario respe&amp;shy;table y él seguía siendo un borra&amp;shy;cho con man&amp;shy;chas en la piel, una sombra cargada de nostal&amp;shy;gias y de sueños, de barruntos inexplicables atribuidos al alcohol. “Vergüenza debía darte Gaspar”, le dijo Luis Mengíbar, “presentarte borracho en el entierro de tu madre”. Y ya no volvieron a dirigirse la palabra, aunque la madre aprovecha&amp;shy;ra las borracheras del Brujo y las ásperas noches de invier&amp;shy;no para acunarle las soledades y preve&amp;shy;nirlo sobre los males del resen&amp;shy;ti&amp;shy;miento, algo que también intentó con Luis, curada de espan&amp;shy;tos en el otro mundo, decidida a mediar entre dos vidas irreconciliables, pero acabó derrota&amp;shy;da por la solidez de las fronteras y por las veleidades nocturnas del notario; de modo que durante años siguió insistiendo en Gaspar, aprove&amp;shy;chando su clari&amp;shy;videncia incom&amp;shy;prendida y la robustez de sus mundos parale&amp;shy;los. “Cuando uno se muere ya no cuentan las intencio&amp;shy;nes”, le decía en la mesa del bar, en la puerta del dormitorio o en las noches de verano bajo la luna llena y el canto de los grillos, “olvi&amp;shy;da los desprecios, Gas&amp;shy;par, y se valiente”. Gaspar Mengíbar alegaba que su hermano lo humillaba en público, que sus sobrinas lo negaban ante el pueblo y que su cuñada soportaba su presencia como una mancha oprobiosa en su ajuar de seda, como una vergüenza familiar que desvirtuaba el brillo de sus alhajas y sus anda&amp;shy;res pomposos de marquesa pueblerina, investidos de gloria por el apellido de su esposo. Pero las pérdidas no contaban para la madre de los Mengíbar en el reino de la muerte, donde la esperanza se mantenía firme como los si&amp;shy;glos, por eso aprovechó el entierro de su hijo el notario para insistir con cabezonería de fantasma indisci&amp;shy;plinado en la voluntad de Gaspar, a quien localizó en plena calle bajo la sombra de los olmos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- ¿Hablaste con tu hermano, Gaspar? -le preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar se sorprendió al pronto y se dejó caer en un banco tratando de amortiguar los efec&amp;shy;tos del vino. La madre se sentó junto a él.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Hablé con él, mamá -respondió-, iré a su entierro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;La madre acarició entonces su cabello con la misma ternura que empleaba antaño para tratarle las manchas de la piel con rizomas de consuelda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Hay mucha gente en la casa -le dijo-, ármate de valor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar se levantó entonces, reco&amp;shy;no&amp;shy;ció el lugar donde se hallaba, se orientó por la sombra de las esquinas y se dirigió hacia la casa del notario. Las calles le parecían algodonosas y luminis&amp;shy;cen&amp;shy;tes, trému&amp;shy;las y diluidas en la precariedad de un presente vaporo&amp;shy;so abofado en vino. Transcurrido un siglo divisó la casa, majestuosa y firme, perfilada en un cielo azulenco domina&amp;shy;do por el vuelo de los pájaros. Había estado en ella mucho tiempo atrás, cuando el bautizo de su sobrina Inés; la madre seguía viva, la fortuna iluminaba la casa, pero Luis Mengí&amp;shy;bar había tramado ya el destierro familiar de todos los borrachos desaliñados que llevaran su apellido, como él mismo justifi&amp;shy;có después, por cuestiones de imagen y de negocios. “Aquí se viene con corbata o no se viene, Gas&amp;shy;par” le dijo, “así que tú verás”. “Lo siento, hermano” respondió El Brujo, “pero las corbatas me aprietan el cuello”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y ya no volvió a pisar la casa de su hermano Luis, por eso trataba de recor&amp;shy;darla ahora tal como la vio veinte años atrás, esplén&amp;shy;dida, reciente y solemne como las casas de los ricos, con un jardín octogonal sembrado de tuyas y de hierbas lombrigue&amp;shy;ras, olorosas en la tarde primaveral de un bautizo de prin&amp;shy;cesas. Por fuera seguía siendo la misma, blanca y colonial, impregnada de poderío. El Brujo se apoyó en la esquina, barruntó de nuevo la presencia de su madre, pero no la vio. Una furgoneta se detuvo en la puerta y un grupo de hombres comenzó a des&amp;shy;cargar sillas para el velato&amp;shy;rio. Entonces supo que su hermano sería enterrado al día siguiente, a pesar de que medio pueblo se agolpaba ya en la puerta para expresar su condolencia a la familia. Por un instante la incertidum&amp;shy;bre se agarró a su garganta y aguardó el final del trasiego, pero cuando hubo pasado, aún permane&amp;shy;ció en la esquina, de forma que Luis Mengíbar tuvo que salir de la casa para convencerlo, cruzando entre los vecinos con su aire de faraón triste sin que nadie lo saludara.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Anda, Gaspar -le dijo-, no importa que no lleves corbata.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces Gaspar Mengíbar se dirigió a la casa. Algunas mujeres cruzaban el umbral mientras un grupo de hombres charlaba del tiempo en las escalinatas. Al verlo le interrumpieron el paso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Siento mucho lo de tu hermano, Brujo, así es la vida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Pero él no respondió. Subió los escalones y penetró en el salón principal, desandrajado y triste, inade&amp;shy;cuado y secular como un príncipe de la nostalgia. Alguien se acercó a darle el pésame justo cuando la viuda de Luis Mengíbar lo asaltaba por la espalda, enlutada de rencor y seda. Su ataque fue demole&amp;shy;dor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Vete, degenerado -dijo-, tú has muerto con tu hermano.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Al fondo del salón, reflejado en el cristal de las cornucopias, Luis Mengíbar principió un gimoteo de fantasmas bisoños, y por primera vez agachó con humildad su orgullosa cabeza de emperador derro&amp;shy;tado. El Brujo entonces dio media vuelta y se marchó sin decir adiós con el propósi&amp;shy;to de caminar por las calles del pueblo en busca de un rincón propicio para sus desahogos. El alcohol atenazaba sus sentidos y distorsionaba el aspecto culebri&amp;shy;no de las calles, entorpeciendo su orientación y forzando su ingenio, pero a pesar de todo logró hallar la fachada del bar, descascari&amp;shy;llada y sucia, orinada de perros vaga&amp;shy;bundos, maltratada por cien años de indigencia. En el interior se encontró mejor. Tomó asiento junto a un venta&amp;shy;nal, pidió vino y calló, dispuesto a acechar al atardecer, resentido con el tiempo y con su forma imper&amp;shy;donable de contar los días, atormentado por la irrogación feroz y rotunda de la vida. Sin percibirlo apenas volvió a violar la frontera del tiempo y vivió los progresos de su hermano Luis, el es&amp;shy;plendor de una existencia marcada por el triun&amp;shy;fo y obsta&amp;shy;culizada por la presencia cancerígena de un hermano so&amp;shy;brante.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Así fue como se sintió siempre, como un apéndice corrupto sumergido en alcohol, expuesto a la ver&amp;shy;güenza pública en un frasco de laboratorio, como un moni&amp;shy;gote de papel zarandeado a capricho por los vientos de la razón y de la locura, siempre al borde del precipicio cristalino de un vaso vacío, siempre hablando con los muertos más que con los vivos, siempre buscando respuestas en los cardenales de sus piernas temblonas. Así era como lo sorprendían siempre los inquilinos de las tinieblas, y así fue como lo halló su hermano Luis cuando la tarde se ocultó tras los cerros y la noche amenazó con extenderse por el pueblo como una epidemia de secretos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Siempre serás un cobarde, Gaspar -le dijo-, no debiste salir de mi casa, yo te di permiso para quedarte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar se volvió hacia él poseído por la ira, arrastrando la silla y haciendo rodar la botella de vino. Los clientes del bar interrumpieron su charla, el silencio se extendió por la estancia y El Brujo contuvo sus gritos en el mismo filo de los dientes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-No iré a tu entierro -dijo en voz baja-, te van a tener que enterrar sin mí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;De madrugada despertó en su casa, tendido en la cama con la ropa puesta y un agujero de volcán en el estómago cuyo calor tropical le abrasaba el pecho y la garganta. El dormitorio giraba en torno a él como un carru&amp;shy;sel de feria desierto de niños y de luces. Se incor&amp;shy;poró con lentitud de saurio, y llamado por la sed se dirigió a la cocina tropezando en la oscuridad con mil objetos entregados al abandono. Encendió la luz y vio a su madre sentada en la mesa, esponjando galletas en un tazón de café con leche, como hacía en los tiempos remotos de su juventud, cuando sus niños guardaban aún la inquietud por los lagartos y por los nidos de perdices. Gaspar Mengíbar, como de costumbre, apenas le prestó aten&amp;shy;ción, pero ella le salió al paso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Hazlo por mí, hijo -le susurró al oído-, qué clase de hombre serías si no fueras al entierro de tu único herma&amp;shy;no.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El Brujo tomó en sus manos la botella de vino blanco y de un trago apagó la sed y la vergüenza. Miró a su madre con infinita ternura.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Lo intentaré, madre -respondió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En eso cantaron los gallos y Gaspar com&amp;shy;pren&amp;shy;dió que la noche había sobrevolado su cielo con la rapidez de una estrella fugaz. Se dirigió al dormitorio, abrió el ropero y sacó el traje de los entierros, perfuma&amp;shy;do de ranci&amp;shy;dez, zaha&amp;shy;reño y huidizo a causa del abandono. Después se lavó con agua fría buscando una alianza con la plenitud, una medicina que apartara de su cerebro los efluvios soporíferos del al&amp;shy;cohol; luego se vistió, se calzó unos zapatos argenta&amp;shy;dos de los tiempos de su abuelo y se colocó en la puerta de la casa, aguardando el duelo de las campanas y el aspaviento de las cigüeñas. Pensó un momento en los muertos y en los vivos, en la lucidez y en la locura, y de nuevo volvió a sentirse un ser nebuloso y marginado, indeciso y adverso, pero a pesar de todo se armó de valor, cerró la puerta de la casa y se dirigió a la iglesia dispuesto a sostenerse firme ante el desprecio, a demostrar con su presencia que el honor habita&amp;shy;ba en el centro de sus huesos, a pesar del vino y de las manchas, por encima del tiempo y de la voluntad ajena.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En la puerta de la iglesia trató de evocar el entierro de la madre, los momentos cruciales de aquel día neblinoso y lejano, pero sólo recordó palabras aisla&amp;shy;das, sentimientos de fuego que marcaron su corazón por los siglos de los siglos y que el alcohol no pudo borrar nunca. “Un hombre que viene borracho a despedir a su madre” le dijo su hermano Luis, “ni es un hombre ni es nada”. Apenas eso recordaba de aquel día: palabras reman&amp;shy;sadas en los cipreses de la iglesia y en el entablamiento de la fachada, soledad ebria y turbia, resignación y miedo. Algo parecido a la mezcolanza de sentimientos que ahora desbordaba sus venas. Pensó en los comentarios del pueblo, en que todas las bocas habrían pronunciado ya en las esquinas las palabras de su cuñada, en los compromisos débiles pero insalvables que lo unían a su hermano. Pensó en marcharse antes de que fuera demasiado tarde, pero la gente empezaba a concurrir en la plaza y el ruido sibilino de un coche fúnebre estremeció el cora&amp;shy;zón de los pájaros y lo clavó al presente con la firmeza de una sentencia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En el interior del templo, oloroso a in&amp;shy;cienso y a pasado, la gente se sentó en las bancas y él se colocó en su lugar correspondiente, junto a los familiares.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Nunca creí que fueras capaz de esto -le dijo su cuñada en voz baja-, esta vergüenza no te la perdonaré nunca.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Pero Gaspar Mengíbar no respondió. El sacer&amp;shy;dote empezaba la misa y él prefirió refugiarse de nuevo en el pasado, donde el perjuicio tiene un límite y el dolor apenas se siente, y cuando hubo terminado de repasar su vida vio a su hermano Luis sentado en el fére&amp;shy;tro, con la barbi&amp;shy;lla apoyada en el dorso de la mano, circunspecto y orgulloso de ver en su entierro a tanta gente importante que se levan&amp;shy;taba de su asiento y agachaba la cabeza ante los dolientes de don Luis Mengíbar, el notario, el hijo de un campesino que fue el orgullo de su familia. Y antes de que sacaran el ataúd del templo, el difunto se acercó a su hermano Gaspar, se puso ante él y agachó con reverencia su transparente cabeza de fantasma.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Te acompaño en el sentimiento -le dijo-, eres el único que de verdad ha sentido mi muerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar asintió con un gesto y el notario regresó al ataúd, pero a mitad de camino se detuvo, dudó y volvió sobre sus pasos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-En el testamento te he dejado mucho dinero, hermano -le dijo-, reclámalo porque no tienen intención de dártelo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Gaspar Mengíbar, El Brujo, levantó la manga de su traje intemporal y descubrió en su piel manchas extra&amp;shy;ñas cuyo significado interpretó sin dificultad. Miró a su hermano y calló. Era la primera vez que un muerto le hablaba y él no respondía.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-1434746426013990547?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/1434746426013990547/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/los-limites-de-la-luz.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1434746426013990547'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1434746426013990547'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/los-limites-de-la-luz.html' title='Los límites de la luz'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sm5IKOxfvbI/AAAAAAAAAUI/DDFC3Id5b3A/s72-c/zuz%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-8615853234121359571</id><published>2009-07-16T12:36:00.000+02:00</published><updated>2009-07-21T22:31:57.614+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La última batalla'/><title type='text'>La última batalla</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sl8DruQ0ZAI/AAAAAAAAAPw/FCn5pXLPdic/s1600-h/350px-Guerra_Cuba_1897[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5359006131282011138" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 279px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sl8DruQ0ZAI/AAAAAAAAAPw/FCn5pXLPdic/s400/350px-Guerra_Cuba_1897%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#996633;"&gt;Premio de Cuentos Ciudad de Villajoyosa&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;Cuando dijeron por la radio que el Semíra&amp;shy;mis había zarpado del puerto de Odessa con doscientos cua&amp;shy;renta y ocho supervivientes de la aniquilada División Azul, el sargento Marcial Medina pensó que todo era una manio&amp;shy;bra del régimen para avivar el fuego del espíritu patrio; pero cuando oyó en directo los diálogos de los liberados con sus fami&amp;shy;liares de la península, cayó en la cuenta de que no eran artistas profesiona&amp;shy;les pagados por el ministe&amp;shy;rio, sino muertos que habían resucitado de verdad por obra y gracia de la Cruz Roja francesa. Aque&amp;shy;llos fan&amp;shy;tas&amp;shy;mas del pasado lloraban, reían y fingían como cual&amp;shy;quier actor, pero al hablar del regreso impregnaban las ondas radiofó&amp;shy;nicas del miedo insalvable que todos los resu&amp;shy;citados tienen a encontrar&amp;shy;se con la vida, de modo que durante una larga semana estuvo recordando el pánico acidógeno que horadó su corazón en el viaje que lo devol&amp;shy;vió de Cuba, como un paquete certificado, manco del brazo iz&amp;shy;quierdo y podri&amp;shy;do de dolencias tropicales. Era un miedo febril, distinto a todos los miedos que había padecido, rotundo y solitario, como el que había intuido en las palabras entrecortadas de aquellos liberados que por un milagro de la ciencia contaban desde el mar la blancura alambrada y mortal de Borovichi y Jarkov.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Pensando en los campos de concentración soviéticos se despertó el viernes 2 de abril, con las primeras luces del alba y la duda inquietante de haber estado en realidad dormido. Se levan&amp;shy;tó del suelo, que era donde se acostaba siempre, abrió la puerta del ático y se asomó a la azotea para ver la ciu&amp;shy;dad, todavía somnolienta, acu&amp;shy;rrucada en el amanecer y en la soledad. Después volvió a entrar, conectó la radio, echó de comer al canario holan&amp;shy;dés que vivía en el salón comedor y se sentó en la mecedo&amp;shy;ra a escuchar las noticias del Semíramis. Cuando supo que el barco entraría en la bocana del puerto a las cinco de la tarde, pensó en salir a la calle para coger un buen sitio en el muelle. Se dirigió entonces al cuarto de baño, sin desayunar, porque desde que volvió de Cuba sólo hacía una comida al día, y se dispuso para el aseo. Fue entonces cuando el destino lo traicionó y volvió a quedar&amp;shy;se dormido, brutal e inexplica&amp;shy;blemente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El despertar fue doloroso, lejano y fami&amp;shy;liar como los colores del pasado. Tuvo conciencia inmedia&amp;shy;ta del accidente y de la pérdida tempo&amp;shy;ral del sentido, pero no pudo saber si recobró la concien&amp;shy;cia de forma natural o a causa de la impertinencia habi&amp;shy;tual del solda&amp;shy;do Valdivia, que había venido corriendo desde la otra punta del mundo y del tiempo para mirarlo desde el lavabo, parapetado tras su bigote canoso de general en la reserva. Al prin&amp;shy;cipio lo vio difuminado entre las gotas de vapor que impregnaban el espejo, y después en&amp;shy;vuelto en una nebulosa de telarañas viscosas que se fue disipando con lentitud irritante hasta mos&amp;shy;trarlo embutido en su uni&amp;shy;for&amp;shy;me de rayadillo, con las esparteñas embarradas y el sombrero de palma y ala ancha cubriéndole las tiñas. En una mano llevaba la cara&amp;shy;bina Re&amp;shy;mington y en la otra soste&amp;shy;nía su machete reglamen&amp;shy;tario.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- ¿Qué hace usted ahí parado como un pasmarote, Valdi&amp;shy;via? -le increpó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Pero el soldado Valdivia no respondió. Se acercó un poco más a él, con los ojos desorbitados y el rostro desvaído. Entonces el sargento Medina pudo distin&amp;shy;guir la cinta negra de su sombrero y la escarapela con los colores de la bandera. También apreció, espantosa&amp;shy;mente nítido, el agujero de bala americana que atravesaba su guerrera y que le arrancó la vida cincuenta y seis años atrás.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Déjese de coñas y ayúdeme, hombre -le dijo,- ¿No ve que no me puedo menear?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El soldado Valdivia tampoco contestó, y la misma nube de telarañas inoportunas que lo trajo a su presencia apare&amp;shy;ció de nuevo en el espejo, lo envol&amp;shy;vió fría&amp;shy;mente como una mortaja de desaliento y se lo llevó sin decir adiós, probable&amp;shy;mente por la misma puerta invisi&amp;shy;ble que lo había traído. Muy a lo lejos, el canario holan&amp;shy;dés había empezado a canturrear en la soledad del salón y la voz de un locu&amp;shy;tor frenético comenzó a caminar por el pasillo, como el bisbiseo nocturno de un enemigo, hasta detenerse junto a su oído. Aguantó entonces la respira&amp;shy;ción, como hacía en las trincheras de Santiago durante la guerra, intentando iden&amp;shy;tificar el ruido, y comprendió aterrado que el Semíramis había entra&amp;shy;do ya en el puerto, que los resu&amp;shy;citados de Rusia habían dado el pésame a sus dolientes y que llevaba más de ocho horas sin poderse mover del lugar donde había caído.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Hasta que llegó la noche estuvo batallando en la trampa enemiga que lo tenía apresado, intentando zafarse del cepo mortal que paralizaba su cadera, pero el dolor insufrible y la parálisis del brazo izquierdo lo devolvían una y otra vez a la posición original. La cabeza le ardía como un nido de tábanos y un regimiento de caba&amp;shy;llería enemigo parecía cargar al machete en los recovecos más antiguos de su cerebro. Intentó muchas veces alcanzar el bastón que había dejado a la entrada del baño, pero su único brazo útil lo necesitaba para mantener el equili&amp;shy;brio, de modo que al poco tiempo abandonó la idea y volvió a ocuparse del dolor de la cadera. De madru&amp;shy;gada lo rindie&amp;shy;ron el suplicio y el cansancio y procu&amp;shy;ró acomodar&amp;shy;se en la trampa lo mejor que pudo, pero antes de cerrar los ojos pudo ver, apoyada en el quicio como en el decorado de un daguerrotipo, la figura azul grisácea de un oficial de caballería, con el cuello bajo vuelto, el pantalón recto y siete botones dorados abrochándole la guerrera. Hizo un esfuerzo por reconocerlo, pero el golpe recibido en la cabeza entorpecía su visión, de modo que agitó el brazo llamando la atención del visitante. El oficial se acercó pausadamente, se quitó el sombrero y tomó asiento en la tapa del retrete.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Hay que ver lo viejos que estamos, Medina -le dijo-, parece que fue ayer lo de Ojo de Aguja y míralo, a ti no hay quien te conozca y a mí no hay quien me vea.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Marcial Medina reconoció en el acto al capitán Cárdenas, no sólo por las espuelas de plata que su mujer le regaló el día de San José y que todavía lucía en sus botas cortas, sino también por el machetazo que le dieron en la frente los mambises de Maceo durante el combate de Ojo de Aguja, cuando él acababa de llegar a la isla y aún le impresionaba la sangre y le afligía la muerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Estoy herido, mi capitán -le dijo patéticamente-, haga el favor de ayudarme porque no puedo moverme.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El capitán Cárdenas volvió a colocarse el sombrero de paja, se ajustó el cordón de pelo del revólver y se llevó las manos a la espalda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Lo siento -dijo-, yo tampoco.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y durante toda la noche permaneció de pie junto a él, unas veces con los brazos en cruz y otras jugueteando con las divisas doradas de su bocamanga. Cuando le pareció se volvió a colocar el sombrero y desa&amp;shy;pareció tan misteriosamente como había llegado. Estaba amaneciendo, la radio empezaba a emitir un boletín infor&amp;shy;mativo y el cana&amp;shy;rio de plumas rizadas se aclaraba la garganta con agua fresca para alegrar el ático con su concierto diario. Miró a su alrededor y volvió a ver el bastón, justo donde la noche antes estuvo apoyado el capi&amp;shy;tán Cárde&amp;shy;nas, pero ni siquiera intentó cogerlo porque ahora se encontraba más agotado que el día anterior, más vencido, más resignado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante todo el día estuvo pensando en la forma de salir de aquella trampa, poniendo en marcha los mecanismos más sofisticados de su ingenio. Analizó su desesperada situación como lo hubiera hecho un estratega veterano, con frialdad y aplomo, estudiando a fondo los inconvenientes y buscando la manera de salvarlos, pero al final llegó a la misma conclusión de la que había partido: que no podía moverse. Comenzó entonces a gritar, albergan&amp;shy;do la esperanza de que alguna vecina subiera a la azotea por casualidad y oyera los gritos, pero a mediodía, con las cuerdas vocales ardiendo, cayó en la cuenta de que las mujeres de todo el barrio tendían la ropa en las terrazas y de que no había visto a nadie por allí en toda la prima&amp;shy;vera. A pesar del convencimiento siguió gritando, cada vez con menos vigor y más desánimo, y por la noche, cuando el canario holandés dejó de cantar, ya ni siquiera tenía fuerzas para quejarse. Entonces rompió a llorar, no tanto por la situación en que se hallaba, sino por el gravísimo error táctico que había cometido, pues pensó que hubiera sido mejor gritar de madrugada, cuando la ciudad duerme y el silencio se deja romper con facilidad; de modo que cuando el sargento Palacios vino a verlo todavía lloraba como un niño desconsolado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Parece mentira, Marcial -le dijo-, tú llorando como un recluta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Marcial Medina volvió la cabeza y lo encon&amp;shy;tró recostado contra la pared, fumando con aire de&amp;shy;senten&amp;shy;dido, como lo hacía en las trincheras de Santiago de Cuba, y por primera vez en dos días fue capaz de sonreír.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- ¿Te acuerdas, Palacios, la que le dimos a los volunta&amp;shy;rios de Roosevelt? -preguntó en voz tan baja que el otro tuvo que acercar la cabeza para oírlo- Todavía andarán corrien&amp;shy;do como cagados.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El sargento Palacios sacudió la ceniza del cigarro y las tobas parecieron de verdad al caer al suelo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Ya lo creo -respondió-, pero el doble nos dieron luego. Los hombres y la vida siempre pasan factura.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces Marcial Medina reparó en su cha&amp;shy;queta gris marengo y en su camisa blanca ensangrentada. Le extrañó ver de paisano a su antiguo compañero de armas y fue a preguntarle, pero el otro leyó su pensamiento y se anticipó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Ya lo ves -dijo-, me escapé de los mambises y de los yanquis y vinieron a mi casa a darme un tiro. Y no fueron los rojos ni los nacionales, fue la envidia. Pero aquello pasó en otra guerra.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Marcial Medina le habló entonces del barco que venía de Rusia cargado de muertos vivientes y de lo malo que es quedarse solo en la vida. Le contó que llevaba dos días en la misma postura, sin comer ni beber, y que estaba perdiendo las esperanzas de salir vivo, pero Pala&amp;shy;cios ya no pudo oírlo porque la luz del día había difumi&amp;shy;nado en la pared del baño su triste figura de muerto civil. De modo que el sargento Medina se entre&amp;shy;gó de nuevo a la tarea infructuosa de escapar de la tram&amp;shy;pa, pero cada vez le costaba más trabajo pensar, interrumpido constante&amp;shy;mente por los fuertes dolores de cabeza y el escozor insoporta&amp;shy;ble de la cadera, por eso empezó a llorar de nuevo, pero ahora con desconsuelo y resignación.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante todo el día estuvo recordando la tarde que regresó de cuba, el calor sanguíneo que se apode&amp;shy;ró de su cuerpo al divisar el puerto, el rumor del gentío y aquel revuelo de sombreros que parecían palomas, y de nuevo se sintió desamparado, sin nadie que lo espera&amp;shy;ra en los muelles para regalarle un beso o una palabra de bien&amp;shy;venida; solos él, su maleta y su brazo inútil. También el miedo a la vida, a saber que el mundo era el mismo aunque ya no lo fuera. A lo lejos, en la radio que seguía conec&amp;shy;tada a pesar de las horas y de los llantos, alguien habla&amp;shy;ba todavía del Semíramis y de los liberados y pronun&amp;shy;ciaba extrañas palabras de encuentros y de emociones, pero él ya no tenía fuerzas para recordar ni para maldecir a la soledad. El canario había dejado de cantar en el comedor, atemorizado por la presencia de la noche, y él, en un momento de fatal lucidez, había tocado la rotura de su cadera y la bañera blanca donde cayó, como un pecado en el infierno, el día que un barco cargado de muertos llegó a un puerto. Entonces dejó de llorar y se echó a dormir. Había perdido también la última batalla y casi no le importaba.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-8615853234121359571?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/8615853234121359571/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/la-ultima-batalla.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/8615853234121359571'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/8615853234121359571'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/la-ultima-batalla.html' title='La última batalla'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sl8DruQ0ZAI/AAAAAAAAAPw/FCn5pXLPdic/s72-c/350px-Guerra_Cuba_1897%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-2686762763670501422</id><published>2009-07-09T12:04:00.000+02:00</published><updated>2009-07-09T12:09:39.881+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del sendero'/><title type='text'>Del sendero</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SlXBghTIw5I/AAAAAAAAAPo/K4CxN2CGmuE/s1600-h/untitled.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5356400096265683858" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 322px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SlXBghTIw5I/AAAAAAAAAPo/K4CxN2CGmuE/s400/untitled.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;strong&gt;Premio de poesía José María de los Santos&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;DEL SENDERO&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Del sendero&lt;br /&gt;el caminante, la flor,&lt;br /&gt;el polvo y la sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la flor&lt;br /&gt;el aroma leve&lt;br /&gt;de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del polvo&lt;br /&gt;un oro falso&lt;br /&gt;que confunda el alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la sed&lt;br /&gt;el ansia,&lt;br /&gt;el ansia de agua,&lt;br /&gt;de luz,&lt;br /&gt;de paz o de palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del caminante&lt;br /&gt;la mirada,&lt;br /&gt;el árbol solitario,&lt;br /&gt;el llano despojado,&lt;br /&gt;el filo del horizonte&lt;br /&gt;cortando el alba...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y de la mirada&lt;br /&gt;la urgencia ínsita&lt;br /&gt;de endulzar las llagas,&lt;br /&gt;la ambición de ayuntar&lt;br /&gt;en el recuerdo&lt;br /&gt;la dimensión y el alma&lt;br /&gt;como se funden&lt;br /&gt;el límite de la tierra&lt;br /&gt;y el cejo de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, del sendero&lt;br /&gt;el caminante, la flor,&lt;br /&gt;el polvo y la sed,&lt;br /&gt;pero nunca la seducción&lt;br /&gt;de desandar lo andado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Valga sólo el recuerdo&lt;br /&gt;y el afán de hallar&lt;br /&gt;otro árbol solitario,&lt;br /&gt;otro llano despojado,&lt;br /&gt;otro horizonte&lt;br /&gt;ciertamente nuevo,&lt;br /&gt;quizás, tras el alba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo del sendero&lt;br /&gt;salvo el retorno&lt;br /&gt;y la nostalgia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede que incluso eso,&lt;br /&gt;pero nunca el reposo&lt;br /&gt;ineludible, temido,&lt;br /&gt;de la llegada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-2686762763670501422?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/2686762763670501422/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/del-sendero.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2686762763670501422'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2686762763670501422'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/07/del-sendero.html' title='Del sendero'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SlXBghTIw5I/AAAAAAAAAPo/K4CxN2CGmuE/s72-c/untitled.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-1420820129132304237</id><published>2009-06-30T23:55:00.000+02:00</published><updated>2009-07-01T00:51:31.938+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Angelos'/><title type='text'>Angelos</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SkqMctfWNrI/AAAAAAAAAPg/K8hekAvKv1w/s1600-h/Adoration-of-the-Magi[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5353245531958556338" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 265px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SkqMctfWNrI/AAAAAAAAAPg/K8hekAvKv1w/s400/Adoration-of-the-Magi%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SkqMTAINivI/AAAAAAAAAPY/PMP2ENOsqHE/s1600-h/Adoration-of-the-Magi[1].jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Premio Internacional de Cuentos La Granja&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000066;"&gt;Todavía hoy, cincuenta años después, me pregunto por qué Rafael Vila necesitaba un ayudante, cuando él solo se bastaba para llenar de ángeles las iglesias y capillas de todo el país. Ángeles de la guarda, ángeles de Yavhé, querubines, arcángeles, serafines... las tropas íntegras del Ejército celestial. También ángeles comunes, gente corriente que llamaba su atención: clientes, vecinos, parientes, amigos que perpetuaba en los numerosos frescos por encargo que pintó a lo largo de su vida, disfrazados de ángeles o demonios, según su juicio. Su arte era inagotable, incomprensible, y estaba sobre todos los criterios que regían nuestras vidas de posgue&amp;shy;rra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tratar de analizar el conjunto de su obra, hoy día, es imposible; muchas capillas de entonces, mayormente de colegios, se han trans&amp;shy;formado en otras cosas: teatros, aulas, salones de actos, patios de recreo. Muchos de sus frescos se han perdido para siempre sin que nadie les diera significación alguna. Eran recientes, provincianos, casi anónimos, carentes de valor para unas generaciones arrastradas por la modernidad. He estudiado su obra durante años, he hablado con personas que lo estimaron, familiares y amigos que lo olvidaron, tomado miles de notas y realizado muchos viajes, y he concluido al fin que Rafael Vila, el pintor de ángeles, era algo más que un genio. Ciertamente no necesitaba ayudantes. Quizás buscaba sólo un testigo de lo que ocurrió, de lo que él sabía desde el principio que iba a ocurrir, alguien que testimoniara ante el mundo la grandeza de lo inefable, la dulzura inverosímil de los milagros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rafael Vila Campoamor llegó al pueblo cuando yo era un niño, poco después de las hambrunas, con una maleta llena de pinceles y una chispa en los ojos que era como una luz en el fondo de un lago celeste. Yo apenas si sabía leer, pero aún recuerdo el letrero de su maleta, recostada en el zócalo de azulejos del colegio, junto al banco de madera donde se sentó con su ayudante: “Rafael Vila Campoa&amp;shy;mor, pintor de frescos”. Me miró de arriba abajo y me sonrió, y ya no volví a verlo hasta un mes después, subido en el andamio, pintando ángeles en el techo de la capilla, a gran altura, suspendido en el vacío, igual que un querubín, pero sin alas. Su ayudante, tam&amp;shy;bién en el andamio, perfilaba los dibujos. Por las tardes, como la capilla estaba abierta, la gente del pueblo acudía a ver las pinturas, y se maravillaba de que un hombre tan bajito pintara tan rápido y tan bien, como si la estatura tuviera algo que ver con el arte. “Hay que ver lo que es un artista” decían, “¡qué misterio!”. Y efectiva&amp;shy;mente, Rafael Vila era un misterio. Al caer la noche paseaba por el pueblo hablando con la gente, preguntando intimidades, esculcando en la vida de los muertos, explicando en las tabernas la técnica de pintar ángeles. Y era capaz de beber todo el vino que le echaran en el vaso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Mi padre tenía entonces una taberna en el centro del pueblo, y yo escuchaba atentamente sus historias, pues Rafael Vila conocía al dedillo la vida privada y pública de todos los ángeles del mundo, y las contaba como quien cuenta la vida de un amigo íntimo, con cierto secretismo, confidencialmente. Me cautivaba en particular la historia del Ángel de Yavhé, que mi padre le hacía repetir todas las noches; un ángel que sólo hacía cosas buenas, pero que un día castigó a Israel con la peste por culpa de David, que se había empeñado en hacer un censo de todo el pueblo. Mi padre no entendía, ni yo tam&amp;shy;poco, la gravedad de aquel pecado, y un día se lo preguntó al cura, que era un cliente de confianza, y tampoco supo darle una explica&amp;shy;ción, pero nos confirmó la veracidad de la historia. Plenamente. Desde entonces mi padre y yo nos creíamos a pies juntillas los cuen&amp;shy;tos de ángeles de Rafael Vila Campoamor, quien pintó en la capilla del colegio al ángel de Yavhé pasando la mano por la cabeza de otro ángel que era mi padre, con una túnica azul y unas alas como de murciélago, igual que los ángeles del Tríptico Portinari, de Van der Goes. Mi padre con la cabeza gacha, sus arrugas en la frente y su piel rosada de borrachín pueblerino; un retrato, casi una caricatura, que ahora contemplo con la impotencia de saber que pronto desaparecerá.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Era una costumbre, un rito más bien, que tenía Rafael Vila Campoamor, como una especie de recurso artístico. En todos sus frescos representaba los rostros de la gente más próxima. En la capi&amp;shy;lla, sobre el altar, está dibujado el cura párroco, con unas alas platea&amp;shy;das, detrás de mi padre, y ambos forman parte de un conjunto de figuras que representa la revelación del nacimiento de Juan Bautista a su padre Zacarías, en medio de un olivar, que es en realidad el olivar que en aquel tiempo crecía tras la tapia del colegio, con los carrizos del arroyo y los estorninos moteando el horizonte. También está el director del colegio, sin gafas, por supuesto, rodeado de queru&amp;shy;bines, y entre esos querubines estoy yo con una especie de breviario en una mano y una pluma en la otra, como dejando testimonio escrito de la anunciación.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;En los frescos de la capilla, numerosísimos, hay otros muchos pasajes donde aparecen ángeles de rostros muy humanos. Son seguramente vecinos que escapan a mi recuerdo. Representan escenas variadas, ajenas a los pasajes bíblicos conocidos, y deben guardar alguna relación con el destino de este pueblo o quizás con la suerte de los protagonistas, pero desconozco las claves, el capricho de Rafael Vila Campoamor, las palabras que oyó en su día, lo que pudo leer en los ojos de aquellos ángeles cotidianos, mortales, que hoy revisten sus frescos de un realismo sobrecogedor. La capilla del colegio fue la última que Rafael Vila pintaría en su vida; es la más rica de todas las conocidas, y precisamente por ello puede entrañar revelaciones significativas, enigmas inexplicables de su propia vida, tal vez la clave de su misteriosa desaparición, pues él mismo aparece dibujado entre las nubes, en el mejor autorretrato que he visto de Campoamor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Yo era un niño cuando se originó en el pueblo aquel revuelo, seis o siete años tan solo, de forma que no puedo recordar lo sucedido en los días precedentes a la desaparición de Rafael Vila, ni tampoco puedo determinar exactamente sus últimos dibujos, que sospecho son la clave para adivinar su paradero. Su ayudante, que murió en Barce&amp;shy;lona recientemente, sostuvo su primera versión de los hechos hasta el último día de su vida, es decir, que Rafael Vila nunca llegó al suelo al caer del andamio, que primero sintió un grito, luego lo vio precipi&amp;shy;tarse al vacío y un segundo después lo vio escapar volando por los ventanales de la capilla, hacia el sur, sin decir adiós ni volver el rostro. Así de contundente. Esa misma exposición la mantuvo en el colegio, en las calles del pueblo, en el cuartel de la Guardia Civil, frente a su propia familia y en el hospital donde estuvo recluido cinco años, esperando que los médicos de nervios volvieran a confiar en su estado mental, y así consta en los documentos de la Guardia Civil y en los expedientes médicos del sanatorio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Nadie creyó jamás la histo&amp;shy;ria descabellada de aquel hombre sencillo, salvo yo. Todo el mundo imaginó lo más fácil, que Rafael Vila Campoamor decidió un día romper con el pasado, bruscamente, quizás por miedo a su familia, al entorno social o a los criterios morales de una época demasiado severa con las debilidades del amor, y se admitió desde el primer momento la hipótesis de una fuga con otra mujer, una desconocida a la que achacaron una desaparición, casi un secuestro, que nunca fue. Sin embargo, como sugiere el informe de la Guardia Civil, es anormal que la huida se produjera antes de cobrar un trabajo que ya tenía concluido. Pudo esperar un día más y escapar con dinero sufi&amp;shy;ciente para resistir varios meses en cualquier lugar del mundo. Este suceso, por sí solo, desmantela la hipótesis oficial, pero aun así se dio por válida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Hasta yo mismo, con el tiempo, llegué a creer en la fuga de Rafael Vila, y a punto estuve de olvidarlo para siempre, arrastrado por las prisas de la realidad y los mandatos de la propia vida. Y en la adolescencia, Campoamor, el pintor de ángeles, me pareció sola&amp;shy;mente una sombra de la memoria, una simple fantasía de la niñez, un espejismo famélico de mis quimeras infantiles. Un niño puede ver lo que no existe, creer cosas que nunca sucedieron, imaginar el mun&amp;shy;do a su capricho. Eso pensé en mi juventud, cuando estaba lejos del pueblo y el frío de la ciudad se cernía sobre mi presente, congelando los recuerdos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Y pasaron años antes de volver a pensar en serio en Rafael Vila Campoamor. Volví a hacerlo poco después de mi matri&amp;shy;monio, justo en la luna de miel. De viaje por los pueblos perdidos de España, entré en una capilla pequeña, sin mérito alguno, y en los frescos de la pared me reconocí en un querubín vestido de blanco que anotaba algo en un libro. A su lado, un serafín purificaba los labios del profeta con un carbón encendido; tenía seis alas, como todos los serafines, pero su rostro era el de Rafael Vila Campoamor, bastante más joven que cuando lo vi por primera vez, treinta años antes, en el patio del colegio. Hice muchas preguntas, y efectivamente los frescos fueron obra de Campoamor, un lustro antes de mi nacimien&amp;shy;to.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Desde aquel día investigué su vida con delirio. Razonablemente acomodado, gasté fortunas viajando por todo el país. Localicé a sus hijos, a su mujer, a sus hermanas, a su ayudante, a varios parientes, a amigos de la infancia, a vecinos que lo trataron y a clientes a quie&amp;shy;nes pintó capillas y restauró iglesias. Logré hacerme con fotografías, artículos de prensa, cartas personales, bocetos de sus frescos e incluso con su maleta de trabajo, que dormía olvidada en casa de su nieta, como el cofre de un fantasma atormentado, como el recuerdo de alguien impronunciable, maldito, que un día mortificó sin razón a sus seres queridos. En el interior, nada significativo; en el exterior, la misma leyenda que llamó mi atención cuando era un niño. Durante un año estudié la información recopilada, que era mucha, y volví a recorrer España tras la estela de Rafael Vila, como un astrólogo tras un cometa, anotando los lugares de paso, las consecuencias de sus huellas, las posibles interpretaciones de sus frescos en relación con el entorno donde los pintó. Me hospedaba en los pueblos, preguntaba a la gente, fotografiaba el pasado, escuchaba crónicas y luego las analizaba junto a las pinturas, tratando de relacionarlas con la historia del lugar o con el destino de la gente que rodeó a Campoa&amp;shy;mor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Eso hice durante una década, y desentrañé misterios que pon&amp;shy;drían la carne de gallina y darían para escribir un libro, e incluso, estoy convencido, para descifrar, si su obra permaneciera intacta, el futuro inmediato del mundo. En uno de los pueblos que visité, por ejemplo, aparecía pintado en un fresco el demonio Azazel, en medio de un terronal semejante al desierto, bajo un sol sanguinoso que achicharraba los olivos, todo en un entorno abstruso, como en algu&amp;shy;nas pinturas de El Bosco. El diablo Azazel, barbipungente, ojizaino, cabizmordido, como abrasado por la culpa, aparecía vestido de negro, con un descortezador en la mano y rodeado de inocentes muertos, un diablo asombrosamente real que resultó ser Sebastián Martínez Avilés, vecino del lugar, quien descortezaba alcornoques para hacer tapones de corcho, y quince años después asesinó a tres niñas con sus útiles de trabajo. Hallé fotografías del criminal en las hemerotecas de la ciudad, y es idéntico al del fresco de Rafael Vila Campoamor, con quien discutió acaloradamente en una taberna, dicen los testigos, por causas que nadie recuerda. El pintor de ángeles se había anticipado quince años a los hechos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Estoy seguro de que en esa capilla hay más profecías escondidas, pues es casi una iglesia, y los frescos se multipli&amp;shy;can en los techos y paredes. Las tres jerarquías de ángeles, cada una con sus tres coros, están presentes allí: serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades, virtudes, principados, arcángeles y ángeles, se mueven libremente en escenas chocantes, parecidas a pasajes bíblicos, que no resistirían un serio estudio teológico porque guardan en realidad muy poca relación con las escrituras.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;En el norte hallé otra capilla pintada por Rafael Vila Campoa&amp;shy;mor, también muy rica, pero en un deplorable estado de conservación tras el abandono del colegio por los salesianos, a quienes se debe el encargo de los frescos. En ella aparece pintada la única hija de Rafael Vila, en la misma posición y con idéntica ropa que la Inmaculada de Zurbarán, como si fuera efectivamente la Virgen, y tras ella se distingue claramente la figura de su primer marido, a quien pintó Campoamor como al demonio Asmoneo, que gozaba torturando a las mujeres, según afirma Tobías en su libro bíblico. Efectivamente, el yerno de Rafael Vila era un hombre cruel como pocos, enfermo de celos, despiadado, casi sádico. Clara Vila lo abandonó una tarde de otoño, por sorpresa, tras recibir una paliza de la que tardó semanas en curar. Años después, Clara Vila casó con otro hombre, que también aparece en el mismo fresco y a quien aguarda un destino feliz, según he concluido tras analizar las escenas que lo rodean.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Y así podría citar muchos ejemplos más, de ésta y de otras capillas que he estudiado con detenimiento. Pero la más inquietante de todas sus obras es la última, la que pintó en mi pueblo, a punto de transformarse ahora en salón de actos. En un salón de actos sobran los frescos. “Si fueran antiguos” dicen los responsables, “a lo mejor”, pero son modernos; cincuenta años no es nada en la historia del mundo, un simple pestañeo en los ojos infinitos de Dios. Unos ángeles con cincuenta años, tan simples, tan desnutridos de colores como los de Rafael Vila, no tienen valor alguno. Pero he sacado cientos de fotos, mi habitación está forrada con los ángeles de Campoamor. Rafael Vila, su ayudante, mi padre, el director del colegio, vecinos irreconocibles… Todos están allí, mirándome con sus ojos de papel, aguardando que un día pueda saberse exactamente el paradero de su creador.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Es increíble que un hombre pueda caer de un andamio y no llegar jamás al suelo. El misterio que envuelve su accidente es el mismo que envuelve sus profecías, llevo media vida pensando en ello y estoy seguro. He estudiado al detalle la apertura de la capilla por donde supuestamente escapó volando, y no tiene nada de particular, salvo la evidencia de su anchura, que permite salir a un hombre con los brazos abiertos. La abertura por donde huyó, la mayor de las siete que iluminan la estancia, está sobre el altar mayor, y es ciertamente la única que no presenta obstáculos desde ningún ángulo. He medido cuidadosamente los planos, he fabricado maquetas a escala y he concluido que Rafael Vila Campoamor, en su caída, sólo pudo esca&amp;shy;par por el sitio donde escapó, por ningún otro, y de la forma en que su ayudante dijo, es decir, describiendo una ligera curvatura en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia el sur, como una avioneta arrepentida de tomar tierra. Pero si efectivamente fue así, es extraño que nadie lo viera sobrevolando el pueblo. Recuerdo perfectamente aquella mañana. Los niños más pequeños jugaban en el patio, exacta&amp;shy;mente bajo la ventana por donde huyó, y ninguno lo vio hacerlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000066;"&gt;Por aquella época, durante el recreo, me encantaba entrar en la capilla, disimuladamente, y ocultarme tras las columnas para ver a Rafael Vila pintar los ángeles desde el andamio. Me parecía increí&amp;shy;ble que un hombre dibujara con tanta rapidez sin tener ninguna referencia, tan sólo bajo el dictado de su imaginación, y pasaba el tiempo del recreo hipnotizado por sus pinceles. La mañana del suceso también lo hice, para mi desgracia, y ya nunca pude olvidar a Cam&amp;shy;poamor, el pintor de ángeles, porque yo también lo vi volar, exacta&amp;shy;mente igual que una mariposa, pero entonces tan sólo era un niño, y nadie hubiera creído la historia de un niño que vio a un hombre volar como una mariposa. Yo mismo no imaginaba entonces que los hombres pudieran volar o que los ángeles se vistieran de personas, y durante muchos años preferí creer en las alucinaciones, sólo porque era más cómodo para mi razón. Pero el día que me reconocí pintado en los frescos de Rafael Vila, escribiendo cosas en un breviario, con pequeñas alas en la espalda, supe que Campoamor me había elegido como testigo de su hazaña, que conocía su destino y el mío desde hacía muchos años. A medida que envejezco pienso más en Rafael Vila, y lamento amargamente que su obra muera por carecer de valor artístico. Así son las cosas. También sueño con volar algún día como él lo hizo; al fin y al cabo, me dibujó con alas en la espalda mucho antes de mi nacimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-1420820129132304237?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/1420820129132304237/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/angelos.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1420820129132304237'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1420820129132304237'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/angelos.html' title='Angelos'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SkqMctfWNrI/AAAAAAAAAPg/K8hekAvKv1w/s72-c/Adoration-of-the-Magi%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-2868439917118892808</id><published>2009-06-25T23:08:00.000+02:00</published><updated>2009-06-29T22:35:48.494+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Historia de un pez sin mar'/><title type='text'>Historia de un pez sin mar</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkk5qbrTGI/AAAAAAAAAOQ/Fl603f_Peh0/s1600-h/roger_olmos_pecera[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352850205168061538" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 310px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkk5qbrTGI/AAAAAAAAAOQ/Fl603f_Peh0/s320/roger_olmos_pecera%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SkPoZCdu-XI/AAAAAAAAAN4/cMQudXP7USk/s1600-h/roger_olmos_pecera[1].jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premios Ciudad de Huelva&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Despertó empapado en sudor, con un sedimen&amp;shy;to dulzón en el paladar y con la dura impresión de ha&amp;shy;ber pasado la noche en una mazmorra del infierno. Se levan&amp;shy;tó y fue a la cocina; bebió un largo trago de agua, recor&amp;shy;dó sin saber por qué la conveniencia de aquello para el riñón y sólo cuando el líquido entró en su estómago con el ansia de un ejército en una plaza sitiada, supo que ha&amp;shy;bía dormi&amp;shy;do en su casa y no en la del Diablo. Convencido de ello, no necesitó consultar el reloj para saber que había amane&amp;shy;cido, pues cada mañana a la misma hora, desde hacía tres décadas, un extraño resorte ajeno a la influen&amp;shy;cia de las ánimas benditas lo ponía en marcha como a la sirena de una fábrica. Se dirigió entonces al baño, se afeitó, se vis&amp;shy;tió y media hora después estaba en el garaje, con su maleta de cuero bajo el brazo y los besos de su mujer y de su hijo menor vivos en la meji&amp;shy;lla con la misma entraña&amp;shy;ble fuerza de años atrás, como si los besos y él mismo fueran ajenos al desencanto, como si absolutamente nada hubiera cam&amp;shy;biado en la vida ni en la fábrica de juguetes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Así era como a Luciano Ruza le gustaba salir de casa por las mañanas, con una esperanza al frente y una ilu&amp;shy;sión a la espalda, como un general cincuentón seguro de su vanguardia y de su retaguardia. Así fue como lo hizo durante años, influido descaradamente por la rutina, sometido a los hábitos cotidianos con una manse&amp;shy;dumbre exasperante y una satisfacción que levantaba envi&amp;shy;dias en la fábrica y en la vecindad. Se subía al coche, llegaba a la oficina, entraba en su despacho acristalado de jefe influyente, encajaba su cuerpo deprimido de pez globo en las almohadillas del sillón y exten&amp;shy;día sus brazos sobre la mesa como si fueran agallas, como si a través de ellos pudiera respirar el ambiente de la sección de dise&amp;shy;ños, el grado de inspiración de los empleados y los resor&amp;shy;tes escondidos de los nuevos juguetes que saldrían en la campaña de Navidad. Le gustaba contemplar aquella especie de paisaje marino a través del cristal, fecundar su imagi&amp;shy;nación con el abono de los trajines ajenos y adivinar en la mirada de los técnicos el tamaño y la forma de unos juguetes articulados tan sólo en la imaginación. Después de ordenar el trabajo, a media mañana, le gustaba correr las cortinas de la pecera y echarse a soñar como un niño en víspera de Reyes buscando la forma más parecida, el color más atrayente o el mecanismo más próximo a la reali&amp;shy;dad infantil. Así permanecía hasta que el teléfono sonaba con encargos de su jefe o reca&amp;shy;dos urgentes de la delega&amp;shy;ción central.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Era entonces cuando su espíritu de niño quedaba estaciona&amp;shy;do momentánea&amp;shy;men&amp;shy;te en el hangar a oscuras de cual&amp;shy;quier esta&amp;shy;ción de tren eléctrico y se ponía en marcha su carácter luchador de jefe de sección casado y con dos hijos; desco&amp;shy;rría con violencia las corti&amp;shy;nas, consultaba rápidamente a los técnicos e inspeccionaba las cinco plantas del edificio llevan&amp;shy;do a cabo la misión encomen&amp;shy;dada con la eficacia de un coronel de cuerpos especiales. Después, casi sin darse cuenta, sonaba la sirena de la fábrica, el personal se movilizaba buscan&amp;shy;do la salida y él quedaba desamparado en un batiburrillo de fronteras intentando diferenciar el país de la fanta&amp;shy;sía, el de la realidad, el del trabajo y el del hogar. Así fue la vida durante años para Luciano Ruza, como un cuadro abstracto donde los días y las horas se fundían con los sueños y los esfuerzos en el lienzo indefinible de un trabajo que sólo abandonaba para dormir, pues incluso por las tardes imaginaba juguetes en el salón de su casa, aparentando ver un partido de fútbol o simu&amp;shy;lando estar abstraído en las conversaciones del hogar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Ahora, dos años después de que el mar cambiara de color dentro de su pecera, aún seguía soñando jugue&amp;shy;tes con la misma ilusión de antaño y despertándose al amanecer con la misma fuerza, pero aquel viento de trai&amp;shy;ciones que a media noche lo hacía evocar la fábrica y las mazmorras del infierno, azotaba su corazón con tanta violen&amp;shy;cia que todas sus cosechas de espe&amp;shy;ranzas habían terminado maltrechas y perdidas en el hori&amp;shy;zonte incon&amp;shy;creto de su futuro. Con cincuenta años sólo le preo&amp;shy;cupaba ahora una cosa: mantener en secre&amp;shy;to lo sucedido dos años atrás en su despacho de la fábrica de juguetes; se acos&amp;shy;taba y se levantaba con aquella idea, procuraba recor&amp;shy;darla a diario como si fuera una oración de niño y a veces sentía la tentación corrosiva de compartir&amp;shy;la con su espo&amp;shy;sa, aunque sólo fuera por liberar una con&amp;shy;ciencia vencida por el miedo que sólo hallaba alivio en el silencio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Aquella era la causa principal de la angus&amp;shy;tia galopante que por las noches lo atenazaba entre las sábanas bañándolo en sudor y durante el día lo sumergía sin piedad en una lucha numantina, cada vez más irreme&amp;shy;dia&amp;shy;blemente perdida, contra el resto del mundo. Por eso se acostumbró, a caballo del miedo y en cierta forma habi&amp;shy;tuado a su máscara de zozobra, a ponderar las precaucio&amp;shy;nes en sus frecuentes trajines secre&amp;shy;tos, de forma que pulió las mentiras y las coartadas hasta el punto de convertir&amp;shy;las en arte. De ese modo convenció a su esposa para que rompiera en treinta días las reglas familiares de treinta años, haciéndole ver la convenien&amp;shy;cia de domiciliar en el banco aquella nómina puntual, ensobrada y exacta que ella acostumbraba a recoger en mano los primeros de mes y cuyos nuevos datos lo hubieran clavado sin piedad en esa encru&amp;shy;ci&amp;shy;ja&amp;shy;da que tan rotundamente se había propuesto eludir. Lógicamente, como su nueva situación lo había traicionado aliándose con la angustia, los prolongados silencios que ya no asombraban a nadie en la casa se multiplicaron hasta el punto de levantar sospechas, de tal manera que Luciano Ruza se vio obligado a calmarlas con el relato de nuevos inventos que nunca existirían, juguetes de alfeñi&amp;shy;que y viento que su imagi&amp;shy;nación improvisaba y su oratoria fan&amp;shy;tástica convertía en trenes inteligentes que conocían las estaciones por su nombre, en bebés de carne sintética que distinguían a la primera el tacto de su dueña o en maque&amp;shy;tas de aeroplanos capaces de realizar aterrizajes forzosos si agotaban las pilas en pleno vuelo. Incluso su hijo, el futuro ingeniero más sagaz de su promoción, abando&amp;shy;naba a veces los caminos y los puentes que entrete&amp;shy;jían el mapa de su cerebro y se enzarzaba con su padre en discusiones interminables sobre la evidente imposibilidad de construir cosas impensables; y nadie pudo descubrir en la naturaleza de sus abstracciones otra cosa que no fuera pura fantasía y dedicación al trabajo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Por aquel tiempo, a un año del suceso acaecido en su despacho de la fábrica, afectado por el rotundo fracaso de sus negociaciones con la competencia, se sumergió sin piedad en una crisis depresiva que durante meses lo llevó por las calles de la ciudad como un perro sin rumbo obligándolo a recluirse en el salón familiar durante horas laborables. Las puntillosas y continuas preguntas de su esposa, así como el miedo insal&amp;shy;vable a ser descubierto, lo obligaron a improvisar otra descabe&amp;shy;llada mentira que empeoró aún más el nefasto estado de su con&amp;shy;ciencia. “Me han ascendido” dijo, “por eso dispongo de más tiempo para estar en casa”. Y aquella extraordi&amp;shy;naria noticia no asombró a nadie, ni siquiera a él mismo, porque durante años había luchado por ella como un revolu&amp;shy;cionario por una utopía, a pesar de haber sentido un extraño calor sanguíneo a la hora de inventar&amp;shy;la; el mismo ardor pesado y denso que de madrugada lo hacía sudar fuego, miedo y desilusión. Así, a caballo de su nuevo ascenso, pudo permitirse el lujo de regresar temprano si el día estaba lluvioso o incluso de no salir, fingiendo dar instrucciones por teléfono a subordi&amp;shy;nados cuyo nombre improvisaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sólo al final de aquel año tuvo conciencia plena de estar perdiendo la carrera contrarreloj que con tanta fuerza había emprendido y que ahora lo encerraba sin piedad en una ratonera cuya única salida era confesar la verdad, pues las continuas visitas a los polígonos indus&amp;shy;triales habían supuesto un rotundo fracaso, y ya resulta&amp;shy;ban tan lejanas, tan absurdamente extrañas a la finalidad que las motivaron, que el tiempo y las cir&amp;shy;cuns&amp;shy;tancias las habían relegado a un discreto y misericor&amp;shy;dioso olvido. Ahora todo lo que poseía Luciano Ruza era un ascenso fingido, dos años consecutivos de mentiras preme&amp;shy;ditadas y un insalvable miedo al futuro inmediato; por ese motivo se sumergió en la tristeza y en el abandono, se dejó crecer la barba hasta el pecho y en pleno sueño emprendía una jerga diabólica de monosílabos perturba&amp;shy;dos que ni siquiera el demonio hubiera llegado a enten&amp;shy;der jamás. Y en ese estado de cosas comprendió una mañana cualquiera la nece&amp;shy;sidad urgente de rendirse ante la evidencia, de modo que durante varios meses conti&amp;shy;nuó fingiendo, pero ya no visi&amp;shy;taba empresas ni escribía cartas secretas a gerentes anónimos que nunca cono&amp;shy;ció, sino que perdía las mañanas enteras en las cafeterías del centro leyendo en el perió&amp;shy;dico declaraciones de minis&amp;shy;tros ajenos al mundo y buscando la manera más honrosa de capitular ante sí mismo y ante su familia, pero sólo lograba discurrir mentiras nuevas que de ningún modo retrasarían el vencimiento de unos plazos marcados por la inflexible ley de los bancos y de los políti&amp;shy;cos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Por eso aquella mañana, desayunando como siem&amp;shy;pre frente a la fábrica de juguetes, el familiar calor acomo&amp;shy;dado en sus entrañas tiempo atrás cobró dimen&amp;shy;siones apocalíp&amp;shy;ticas abrasándole la garganta con un nudo de amargura que ya no pudo sopor&amp;shy;tar. Arrojó el perió&amp;shy;di&amp;shy;co a la papelera y abandonó la cafete&amp;shy;ría sin despe&amp;shy;dirse de nadie, se subió al automóvil y emprendió el camino de regreso de una forma mecánica y amarga, intuyen&amp;shy;do lo que iba a hacer, calibrando las consecuen&amp;shy;cias de su rendición, padeciendo el dolor de la derrota y la vergüen&amp;shy;za de su confesión, pero rotundamente convencido de hacer&amp;shy;la, si era necesario por escrito, porque los plazos ven&amp;shy;cían y la esclavitud de las fechas caía sobre él sin conocer la miseri&amp;shy;cordia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;A pesar de todo aparcó el coche y entró en su casa con la cabeza alta, con la gabardina sobre los hombros y la maleta bajo el brazo, derecho a la cocina donde el trajín delataba la presencia de la esposa. En la puerta se detuvo con la dignidad de un general romano, se atusó el cabello y esbozó una mueca de recelo que ella no advirtió, enredada como estaba en las tripas de los jure&amp;shy;les que pensaba freír en el almuerzo. Tuvo que acercar&amp;shy;se infi&amp;shy;nitamente, tomarla del brazo y buscarle la mirada para que pudiera presentir en el ambiente la aureola densa del mie&amp;shy;do. Entonces sintió un hormigueo despiadado que le car&amp;shy;comió las sienes, le recordó al oído la posición social de los derrotados y lo hizo tambalearse como a un hombre de cartón; pero dijo lo que tenía que decir, y lo hizo con tanta contundencia que el mundo pareció reventar en su boca.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Hace dos años que estoy parado -dijo-, me echaron de la empresa como al perro del almacén y muy pronto se acaba el desempleo...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Su esposa bajó entonces la mirada con aque&amp;shy;lla serenidad ancestral que había despertado la pasión juvenil de Luciano Ruza, y continuó con el pescado como si en ello le fuera la vida, pero el diseñador de juguetes se derrumbó en una silla como un niño apalea&amp;shy;do y sólo tuvo fuerzas para seguir pensando en los políticos, en sus cincuenta años de vida anónima y en la maqueta de un aeroplano que realizara aterrizajes de emergencia si por casualidad agotaba las pilas en pleno vuelo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-2868439917118892808?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/2868439917118892808/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/historia-de-un-pez-sin-mar-premios-de.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2868439917118892808'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2868439917118892808'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/historia-de-un-pez-sin-mar-premios-de.html' title='Historia de un pez sin mar'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkk5qbrTGI/AAAAAAAAAOQ/Fl603f_Peh0/s72-c/roger_olmos_pecera%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-899258419432373294</id><published>2009-06-18T21:46:00.000+02:00</published><updated>2009-06-30T00:26:40.173+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La noche del perdedor'/><title type='text'>La noche del perdedor</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkyx1e_ugI/AAAAAAAAAOg/QQ4wHhBncy8/s1600-h/vinagre[1][1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5352865463858608642" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 291px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkyx1e_ugI/AAAAAAAAAOg/QQ4wHhBncy8/s320/vinagre%5B1%5D%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sjqb_GuxbgI/AAAAAAAAANg/5i1rXa70_60/s1600-h/vinagre[1].jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio de cuentos Villa de Grazalema&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;El calor se hizo tan insoportable y pegajoso al detenerse el autobús, que Damián González volvió a experimen&amp;shy;tar aquella sensación sofocante que de pequeño le hacía temer el infierno y que ya creía borrada de su memoria, tan deste&amp;shy;rrada del presente como el lugar que pisaba, pertene&amp;shy;ciente a un mundo que la nostalgia había trans&amp;shy;formado con los años en un paraíso utópico y lejano, en una especie de quimera inal&amp;shy;canzable donde sólo los sueños tenían el privilegio de ordenar las cosas. Descendió del autobús y el implacable sol de julio, disfrazado de intuición, le dijo en la piel y en el corazón que aquel lugar de la sierra del que nunca debió salir había cambiado bien poco; y en una mortal fracción de segundo intuyó la rapidez del envejecimiento, la debilidad del hombre ante el tiempo y su insuperable indefen&amp;shy;sión frente a los recuerdos. Agarró con fuerza la maleta, como queriendo a toda costa retener al presente y echó a andar por el pueblo, seguro de no perderse por aquellas calles que lo vieron nacer y correr, reír y llorar, enamorarse para toda la vida y despe&amp;shy;dirse para siempre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Soportando la tortura del sol se acercó con timidez al mirador, dejó la maleta en el suelo y comprobó con injustificada sorpresa que los riscos y los cerros, las peñas, los tajos y el mismísimo horizonte guardaban exactamente el mismo orden que hacía cincuenta y seis años. Les volvió la espalda asustado y tembloroso, con vértigo hacia la lejanía y hacia el tiempo y justo en la puerta de la biblioteca muni&amp;shy;cipal se dejó caer abatido en un banco de piedra, junto a un árbol del amor cuyas flores rosa púrpura dejaron en el paladar de su memoria un cierto regusto a impotencia y a miedo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sin pretenderlo recordó el día del levantamien&amp;shy;to, tan caluroso como aquél, el nerviosismo incontrolado del corazón bombeando sus arterias y la mañana que llegó al pueblo la gente de Ronda y Montejaque, una tropa colecticia de paisa&amp;shy;nos y carabineros que en la calle Nueva y en la iglesia de la Aurora lanzaron proclamas en favor de una república que sin él saberlo tenía ya los días contados. Los vio reunirse en la plaza con el ánimo exaltado, incitar a la población y dirigir&amp;shy;se presurosos al cuartel de la Guardia Civil. Se refugió en su casa como un niño acobardado, intimidado por los gritos de la gente, presintiendo la sangre como ahora presentía la fugaci&amp;shy;dad de la vida, sabiendo que habría de tomar partido por aquella república que nunca le dio otra cosa que trabajo pero que siempre intuyó benefac&amp;shy;tora y justa, contradictoriamente próxima a las ácratas teorías que aprendió de don José Sánchez Rosa en La Voz del Campesi&amp;shy;no y El Abogado del Obrero.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El recuerdo de la guerra le acercó la mirada de Carmen Escobar, a quien descubrió recostada en los caños de la Pontezuela, amparada en la penumbra tenue de una luna vera&amp;shy;niega, oliendo a jazmines y a damas de noche, acompasando el murmu&amp;shy;llo de sus palabras con el sonido del agua y el canto de los grillos. Y como si Carmen Escobar lo hubiera tomado de la mano, se incorporó, cogió de nuevo la maleta y caminó por las calles como los perros vagabundos, pegado a unas paredes que parecían haber desterrado a su sombra, como los fantasmas. Entonces evocó lejanas palabras de amor al pie de una venta&amp;shy;na cuajada de gitanillas, disfrutó el perfume de unos jazmi&amp;shy;nes fantasmales que transmigraron hasta su alma de viejo y volvió a experimentar el incontrolable romanticismo de una juventud al pie de la guerra, el desafuero de unas palabras que el frente estancado en la sierra hacía parecer eternas aunque fueran tan huidizas como el vuelo de aquel avión que los moros mandaban al pueblo para ablandar la resistencia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En la calle Nueva, el sol, como el aeroplano del enemigo que bombardeaba su recuerdo, logró hacer blanco y lo obligó a cobijarse bajo la sombra de los rosales. Allí contem&amp;shy;pló de nuevo los ojos negros de Carmen Escobar, que lo obser&amp;shy;vaban escapados del pasado, con la in&amp;shy;quietud vivaracha de una novia dispuesta a dar la vida, pero no el amor, por dete&amp;shy;ner la guerra; y en voz alta se sorpren&amp;shy;dió, con la misma delicadeza que cincuenta y seis años atrás, recitándole versos de Sánchez Rosa: “Busca siempre la verdad aunque la sombra la ocul&amp;shy;te”; y de una forma instintiva y animal volvió a jurarle que sobre&amp;shy;viviría a la guerra, que siempre la llevaría en el corazón y que los moros no entrarían jamás en Grazalema, pero el compás de aquellas palabras que circularon por medio mundo guardadas en su corazón lo asustaron tanto y le pare&amp;shy;cieron tan extrañas en aquel lugar, que inmediatamen&amp;shy;te abandonó el refugio insufi&amp;shy;ciente de los rosales y siguió reco&amp;shy;rriendo el trazado serpen&amp;shy;teante del pueblo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Casi sin darse cuenta desembocó en la calle Agua, entró en un bar de techos bajos y paredes gruesas y sin decir buenas tardes pidió café. Una vez dentro cayó en la cuenta de que aquella familiaridad suya rayaba con la impru&amp;shy;dencia y la descortesía, pues aunque aquel lugar pareciera haber igno&amp;shy;rado al tiempo, era evidente que éste había pasado; y cuando estaba removiendo el azúcar en el fondo de la taza, una fotocopia del Diario de Cádiz sujeta a la pared tomó las riendas de su corazón y lo hizo galopar desbocado por la pradera de sus re&amp;shy;cuerdos: "Homenaje popular a un líder anar&amp;shy;quista". Nervioso, abandonó la taza y se acercó a ella. Era él, seguro. Buscó la fecha del artículo: "Domingo 5 de julio". Respiró aliviado; había llegado a tiempo. Era verdad entonces lo que había leído en la prensa ácrata de París. Recogió el café de la barra y se entregó a la lectura de aquel recor&amp;shy;te que le recordó a los pasquines de la guerra. A su espalda, una voz de viejo lo sobresaltó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Qué poco hemos cambiado en medio siglo, ¿eh, Damián?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Damián Sánchez giró bruscamente sobre su eje en un acto que sus reflejos cansados no pudieron identificar como un gesto puramente defensivo. Frente a él, el rostro arrugado de un hombre lo miraba sonriente; y como si ambos hubieran planeado burlarse del tiempo, como si hubiera sido ayer cuando se despidieron en la ribera de Gaidovar divididos por la guerra, los dos se acer&amp;shy;caron a la barra y se reclina&amp;shy;ron en ella. Damián Sánchez sacó un pañuelo y enjugó el sudor de su frente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Sí que hemos cambiado poco -respondió-, o mejor, no hemos cambiado nada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y como solían hacer medio siglo atrás frente a una taza de café, se entregaron desenfrenados a la tertulia; el hombre del rostro arrugado contó que salvo las personas, todo se había transformado un poco: las casas, los barrios, las fiestas... dijo también que ahora sólo había un "toro de cuer&amp;shy;da", que los jóvenes seguían corriendo delante de él pero que habían cambiado los merengues por la cerveza y los cuba&amp;shy;tas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Las cosas de la juventud -agregó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Damián Sánchez, como temiendo a las preguntas, se anticipó a ellas. Quiso saber de su juventud, de los paisa&amp;shy;nos dejados atrás, de los que aún vivían y de los que se llevó la muerte; por eso preguntó por Ramijo, El General, Milhom&amp;shy;bres, El Galápago, Cagarratas, Pichalantes...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Pichalantes está en Castellón -dijo el hombre-, en un pueblo que se llama Nures...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y luego, verdaderamente engañado por el tiempo, como si tuviera medio siglo menos, agregó: "Pero está ya muy viejo”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Rieron y siguieron charlando, y así supo Damián Sánchez que Juan Dianez Pozo estuvo mucho tiempo encarcelado, que a pesar de sus ochenta y cuatro años tenía la memoria de un elefante y que había grabado una cinta con todos los motes del pueblo. Volvieron a reír como si fueran adolescentes, a recordar a los zagales haciendo canillas en los telares, a disfrutar con el sabor de los meren&amp;shy;gues, las fiestas del Carmen y las carreras delan&amp;shy;te del toro. Y justo cuando Damián iba a contar que ni en Francia ni en Inglaterra había conocido a nadie capaz de ponerse delante de un toro, el hombre del rostro arrugado disparó a bocajarro sobre su corazón, sin querer, pero con la precisión y la crueldad de un Mauser: “Carmen Escobar todavía vive” dijo, “ha enviudado y tiene tres hijos y ocho nietos”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Damián Sánchez, desconcertado por la sorpresa del comentario, se refugió en la figura de Sánchez Rosa como años atrás lo hizo en sus teorías anarquistas, como recien&amp;shy;temente lo había hecho en París y ante sí mismo, llevado por el impulso irrefrenable del regreso, amparado por fin en una excusa poderosa que pudiera justificar su presencia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- He venido por el homenaje de don José -dijo aparentando una indiferencia tan mal disimulada que hizo caer al hombre del rostro arrugado en la cuenta de su imprudencia-, y no sé si irme o quedarme, porque no tengo a nadie ni aquí ni en Fran&amp;shy;cia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Luego miró las lajas de la calle con aire distraído mientras el hombre imprimía un giro brusco a la con&amp;shy;ver&amp;shy;sación y empezaba a contar cosas de la democracia y de los polí&amp;shy;ti&amp;shy;cos, del paro, de la exposición universal de Sevilla y de las pagas de los pensionistas. Cuando el otro terminó de hablar, él seguía mirando aún el destello del sol en las paredes enjalbegadas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- ¿Qué piensas, Damián? -le preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Damián Sánchez, llevado por ese reflejo incon&amp;shy;trolable y a veces delator de la inconsciencia, respondió: “En la maldita guerra”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y en ella seguía pensando cinco horas después, cuando el sol amenazó con abrazarse a la sierra, cuando salió a la calle tras haber dejado la maleta en la fonda de Jacinto. Entonces tuvo el valor de reconocer que aquella obsesión por la guerra estaba cimentada en la presen&amp;shy;cia incorpórea de Carmen Escobar, en la magia de aquella mirada que lo acompañó a Francia, a los campos de concentración nazis, a Italia y a Inglaterra, en el hechizo de una novia a quien ahora no podía imagi&amp;shy;nar con el rostro cuar&amp;shy;teado por los años, sin aquella vivaracha expresión en los ojos y vencida por el reuma.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Injustificadamente supuso que Carmen viviría aún en casa de su padre, y allí se dirigió casi con la misma ilusión de su juventud, confiando en poderla ver tras el encaracolado de la ventana, conchabado otra vez con la oscuri&amp;shy;dad de una noche veraniega que no se decidía a caer sobre el pueblo. Sin saber cómo desembocó en la calle Postiguillo y apenas se atrevió a levantar la cabeza para ver el rótulo temiendo que algún vecino lo reconociera, pues el intenso bombardeo del sol había cesado y la gente comenzaba a salir de los refugios. A pocos pasos se tropezó con la enorme palmera de una plazuela flanqueada de gitanillas y de rosales y allí se sentó confiado en la reconditez del lugar. Entonces sí alzó la mirada confiado: “Plaza de Andalucía”. Se arrellanó en el banco de piedra y se dejó llevar por la sugestión de aquel nombre. Volvió a recordar a don José Sánchez Rosa, primer diri&amp;shy;gente de la CNT en Andalucía y comprobó con asombro que aún recordaba frases e incluso párrafos enteros de "La Gramá&amp;shy;tica del Obrero" y "La Aritmética del Obrero"; pensó, no sin un dejo de orgullo, que muy pocos anarquistas quedarían ya de aquella época, que la guerra, las calamidades y el tiempo los habrían eliminado y que probablemente se viera solo frente al busto de don José, como un fantasma del pasado, como el testi&amp;shy;monio mudo de un pensamiento que seguía vivo a pesar de los años y de los cambios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entonces recordó el talante humanitario de Rosa y la consideración y el respeto que toda una época le había consagrado, y lo comparó con quien la gente lo comparaba entonces, con aquel alcal&amp;shy;de de Cádiz que rechazó un indulto real para luego fugar&amp;shy;se del Peñón de la Gomera, el fundador de El Socialista y el traductor de Kropotkin: Fermín Salvochea. Y queriendo recordar algunos párrafos de "Cada mochuelo a su olivo", lo sorprendió la risa nerviosa de un niño que caminaba de la mano de una anciana... Era ella, Carmen Escobar, la única mujer a quien hubiera reconocido entre un millón de ancianas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;La sorpresa del encuentro lo privó del arma del disimulo, pero los arriates de la plazoleta y las sombras de la tarde tuvieron la misericordia de ocultar el temblor de sus manos y el rostro contraído de un hombre que había perdido en una tarde el norte de la vejez, que había comprendido en un segundo la parodia de viajar al pasado para homenajear a un maestro. La realidad, disfrazada de fiscal en su cora&amp;shy;zón, lo señaló con el dedo y lo acusó de mentiroso, de cobarde y de ampararse en un muerto para encontrarse con un vivo. No pudo ni quiso evitarlo: la siguió, y justo al salir de la plaza, el mismo impulso incontrolable que lo obligó a disparar tiros en la guerra, lo tomó de la mano y sin la menor consideración la depositó en el hombro de la anciana.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Carmen Escobar -dijo-, ¿ya no me conoces?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;La mujer se volvió con una lentitud que a Damián Sánchez le resultó sospechosa. En un segundo intuyó que estaba al tanto de su llegada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Ha pasado mucho tiempo desde el 13 de septiembre del 36 -respondió-, tanto, que ya no me acuerdo de usted. Lo siento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Damián Sánchez vio entonces de cerca su rostro, y no pudo por menos que darle la razón; había cambiado tanto que también a ella costaba trabajo reconocerla. No obstante siguió hablando con el convencimiento del que ha recorrido medio mundo para hablar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;- Si me permite acompañarla -dijo-, podré explicarle el motivo de mi regreso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Carmen Escobar asintió con la cabeza y echó a andar, y antes de que él pudiera reponerse de sus primeras palabras, se detuvo y lo miró a los ojos: “Usted ha venido al pueblo para el homenaje que piensan hacerle a don José Sánchez Rosa. Nada más.”&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Damián Sánchez pensó decirle que había regresa&amp;shy;do para ver otra vez a la única mujer que amó en su vida, para compro&amp;shy;bar si eran verdad los sueños y las pesadillas que tuvo en el extranjero; pero mirando su rostro comprendió que hay cosas que el tiempo no perdona, que aunque el corazón siga siendo el mismo, la vida puede transformar las circunstancias del hombre hasta el punto de crear muros insalvables. Supo también que la guerra había terminado hacía cincuenta y seis años, y que el 13 de septiembre del 36 había logrado burlar a los moros, pero que éstos habían levantado una muralla entre la esperanza y la realidad, una muralla que ahora se erguía frente a él demostrando que la verdad, como el paso del tiempo, sólo tiene un camino. Quiso decirle que los años no habían pasado por él, pero la magnitud de su mentira lo asustó; quiso hablarle de la crueldad de la guerra, que al que no mata lo deja herido de muerte, pero supuso que ya lo sabía; y por fin quiso decirle que nunca es tarde para empezar de nuevo, pero la osadía del pensamiento y el rostro anciano de Carmen Escobar lo obligaron a agachar la cabeza y a seguir caminando junto a ella. El niño había dejado de reír y el canto de los grillos se dejaba oír como cincuenta y seis años atrás. Al pasar por la Pontezuela no pudo evitar tomarla del brazo y como antaño recitarle versos de Sánchez Rosa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"No quisiera oír más música&lt;br /&gt;que la del ave y la alberca.&lt;br /&gt;¡Vivir !... y morir después&lt;br /&gt;en los brazos de mi tierra."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-899258419432373294?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/899258419432373294/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/la-noche-del-perdedor-premio-de-cuentos.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/899258419432373294'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/899258419432373294'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/la-noche-del-perdedor-premio-de-cuentos.html' title='La noche del perdedor'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Skkyx1e_ugI/AAAAAAAAAOg/QQ4wHhBncy8/s72-c/vinagre%5B1%5D%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-4126502067745176078</id><published>2009-06-03T21:42:00.000+02:00</published><updated>2009-06-30T01:09:17.751+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La pesadumbre del genio'/><title type='text'>La pesadumbre del genio</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SibTu1uKw7I/AAAAAAAAANQ/lYdvUI6yiek/s1600-h/unicornio_014[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5343190809569838002" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 240px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SibTu1uKw7I/AAAAAAAAANQ/lYdvUI6yiek/s320/unicornio_014%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio Teodosio Goñi&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Mi padre no fue herrero ni sabía tañer el arpa sin leer música. A mí nunca me enviaron a Hainburg a instruirme en el arte de tocar los instrumentos, ningún von Reutter se prendó de mi voz, ni me vi obligado a componer partituras durante noches interminables. Sin embargo, aunque jamás recibiera clases del señor Porpora tengo, como Haydn, un ingénito y singular talento para la música. Es tan natural en mí como la debilidad que siento por la botánica, por los libros antiguos o por los grafitos de los urinarios públicos. La inspiración, la musa, nace en las lindes de mi espíritu como la barba en los poros de mi piel, se espesa a medida que la dejo crecer y, cuando se hace molesta, como si de un afeitado se tratara, me desprendo de ella, generosa y obligatoriamente, para dejarla impresa en unas cuartillas que luego reproduzco, o mejor dicho transformo mágicamente, en las ebúrneas teclas de este incomprendido piano que mi mujer odia, evidentemente, porque carece de la más mínima sensibilidad para la música.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;A pesar de ello suelo tocar a menudo, mayormente los fines de semana, en el chalé de la sierra, cuando la paz inunda mi pensamiento y Matilde baja al pueblo con los niños. De lunes a viernes me conformo con oírla, con componerla y sobre todo, un poco a pesar mío, con enseñarla en el Instituto de Enseñanza Media Antonio Machado, siguiendo la reflexión de Benjamín Franklin, que decía que el hambre pasa por delante de la casa del hombre laborioso, pero no se detiene en ella; por eso me dedico a la música, para pagar con mi dinero el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sin embargo, para lo que verdaderamente estoy dotado, y eso lo reconocen todos mis colegas, es para la buena literatura, y digo de ella lo que decía Jean Paul Richter del arte, que más que el pan, es el vino de la vida. Y a mí, dos o tres veces al día, me encanta emborracharme con el vino de las palabras, que yo fermento después de pisar sus uvas con el firme propósito de extraer pequeños recipientes de ambrosía, que como todo el mundo sabe es la bebida preferida de los dioses. Una ambrosía que procuro condensar en pequeñas balsameras, porque la mejor literatura debe buscarse en argumentos simplificados, en porciones de lectura reducidas, en páginas revestidas de azogue que reflejen la brevedad de la existencia humana, es decir, en cuentos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y eso mismo estaba diciéndole a Palomares en la cafetería del instituto la tarde que apareció el conserje voceando mi nombre. Me llamaban al teléfono. Era mi mujer. Se había fallado el II Certamen Literario "Villa de Sierra Verde", en Cuenca, y me habían concedido, muy merecidamente por cierto, el primer premio: veinticinco mil pesetas y placa. Era mi primer premio, el tan esperado galardón que encauzara mi talento hacia un destino superior. Inmediatamente recordé a ese magnífico poeta y crítico inglés que fue Matthew Arnold. Cuánta razón llevaba al afirmar que quienes no esperan ningún regalo de la casualidad tienen dominado su destino. Aquello no había sido un presente del azar, sino el cabal reconocimiento de una certidumbre interior. Después pensé en Palomares... Cómo se iba a poner... catedrático de Literatura sin un miserable reconocimiento... Media vida escribiendo cuentos y la otra media comiéndoselos con papas, y yo, profesor de música, un primer premio en Cuenca.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Enhorabuena, Sebastián ‑me dijo contrayendo aquel rostro cetrino que nunca supo disimular la tristeza del bien ajeno‑ ojalá esto sea el comienzo de algo más serio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;De algo más serio... ¿Sería envidioso? Como si él hubiera hecho algo serio en su vida, que todo el mundo sabe cómo aprobó las oposiciones y cómo entró en el instituto... Y hasta se permitía el lujo de hacer correcciones en mis escritos. Al muy papanatas le costó el quinario reconocer que mi trabajo, "La pesadumbre del genio", era magnífico.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Aquella misma noche, reclinado en el sofá cama de la salita, lo releí mil veces ante la indiferencia insultante de Matilde, que como cabía esperar le concedió una importancia relativamente escasa, no porque carezca de sensibilidad como dije antes, sino porque ella, muy lejos de acercarse a lo que yo hago, también escribe en los ratos libre, y me consta que a hurtadillas ha participado en algunos concursos de cuentos. Igual que Palomares tuvo que admitir, muy a regañadientes, que parecía mentira que aquello lo hubiera escrito yo. Yo, que había firmado con el lema: "Enderto Ruy", lo había creado, y aquel certamen literario, desgraciadamente muy poco difundido aún, había sabido valorarlo en su justa medida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante una semana me asaltó el deseo de conocer a los miembros del jurado. Escribí cartas. Envié telegramas. Telefoneé. Nada. El Excelentísimo Ayuntamiento de Sierra Verde no había previsto ninguna entrega de trofeos ni ceremonia conmemorativa del acto, pero sí algo mucho más importante que todo eso: la edición del trabajo premiado en una revista que vería la luz con motivo de las fiestas patronales. Yo recibiría cincuenta ejemplares. Uno de ellos ya tenía dedicatoria: el de Palomares. Después, impulsado por un resorte extraño que no sabría identificar, me entregué con desatino febril a soñar ideas, a esculpirlas con el cincel de mi estilo. A escribirlas. Fue entonces cuando compré este ordenador que, lejos de simplificarme el trabajo, terminó absorbiendo mi tiempo hasta el extremo de alejarme definitivamente de la música; pero ni el estudio del programa, ni la creación de ficheros ni el formateo complicadísimo de los textos, consiguió apartarme siquiera un segundo del universo particular que estaba naciendo en mis venas, a caballo de una musa que no me abandonaba ni de día ni de noche. No obstante, decidido como estaba a difundir mis obras, me dediqué, con el mismo ardor que a escribirlas, a buscar el medio de difusión más adecuado, es decir, el certamen literario. De este modo indagué, solicité, coleccioné y, lo más importante, participé. Ahora sólo quedaba aguardar; y como un cazador en un acechadero, esperé. Entre tanto, como es lógico, seguí creando.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Por aquellos días recibí la dotación del premio y la placa de plata: “II Certamen literario "Villa de Sierra Verde". Primer Premio”. Y luego, coronado con filigranas de orfebrería fina, el título de mi relato y mi nombre: “La pesadumbre del genio. Sebastián Rodicio Romero”. La llevé al instituto. La enseñé al conserje, a mis compañeros, a mis alumnos. Después descolgué la marina que compramos el año anterior en aquella exposición de cuadros y colgué mi placa en el centro del comedor, junto al retrato de Haydn, cuya historia había sido la protagonista de mi trabajo. Matilde, lógicamente, guardó silencio. Quien no lo hizo fue Palomares, cuyo corazón, desde el mismo día del fallo, se lo noté, fue poseído por un sentimiento repugnante: la envidia. Por eso, una tarde, mientras tomábamos café, me soltó como quien no quiere la cosa:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ No he caído antes en comentártelo ‑dijo, pretendiendo restarle importancia a lo que iba a decir, como si en absoluto le preocuparan aquellas cosas, como si de algo intrascendente se tratara‑, hay un alumno en tercero que también escribe. A lo mejor lo conoces. Se llama Cid Briones, es un chico gordito que estaba el año pasado en el diurno. No le va mal para su edad... Tiene ya cinco premios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El mundo se desplomó sobre mi cabeza. Un calor insoportable se alojó en mis extremidades superiores y terminó invadiendo y abotargando mis sentidos. “Pues menos tienes tú, que no tienes ninguno”, me dieron ganas de decirle. Pero había que tener una lengua prestada y al fin y al cabo comparte con Matilde el seminario de Literatura. Recogí la indirecta; mejor dicho, la encajé. Ahora había que localizar al tal Briones. Al día siguiente, en la puerta de tercero B, lo aceché con esa mala uva que gastan los hurones con los conejos. Iba dispuesto a desenmascararlo. Al final, el miedo lo haría hablar, estaba seguro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Cid Briones era inconfundible. Al salir del aula se me pareció al muñeco de la cerveza, al de los michelines. Puse la mano en su hombro y le conté lo de Palomares. Se le descompuso la cara. Después, viendo que no decía esta boca es mía, le lancé la caballería. Le dije que había cosas que no se podían hacer. Que no se podía engañar a un profesor con mentiras disparatadas para que a uno lo aprobaran. Que debía decir la verdad. Que era más honrado. Que si no lo hacía él, yo mismo me iba a encargar de hacerlo. Cid Briones me miró con aquel rostro de cordero degollado que inspiraba todas las lástimas del mundo, y confesó; pero su confesión fue aplastante. Era totalmente cierto lo de los premios. Me dio referencias inequívocas: dotaciones, fechas, lugares... reseñas en la prensa. Yo no había salido en la prensa. Nadie conocía mi nombre excepto el orfebre que grabó la placa, por cierto, magníficamente. El mundo se desplomó ante mi vista. Ahora iba a resultar que aquel mequetrefe orondo, repugnantemente orondo, era un talento. Imposible. “Si lo fuera no trabajaría de interino en Hacienda ni estudiaría el bachillerato por las noches” pensé, “estaría en la cúspide, donde están los talentos”. El Diablo me trajo a la memoria a Haidn; él pasó años dando clases particulares. Briones ni siquiera era maestro. Relajé mi tono y lo llevé al bar, como a un amigo. Tenía que cantarlo todo. Aquel pollo sabía más de lo que decía. Le conté cosas de mi vida privada que improvisé sobre la marcha; le hablé del chalé de la sierra, del ordenador, de Matilde, de los niños. Le di más cerveza... Confiado en aquella sonrisa que me salió no sé de dónde, confesó. Resultó humillante. Briones no escribía narraciones, Briones era un poeta, Briones era una especie de bellaco que sólo escribió un poema en su vida y le estaba sacando dinero de la forma más sucia. Estaba lucrándose con un engendro sin personalidad, con un esclavo que transformaba a su antojo, que había vendido sin sentir el más mínimo afecto hacia él. El mecanismo era muy fácil: Cid Briones se enteraba de un certamen por la prensa; al día siguiente, con dinero público, telefoneaba al pueblo desde el ministerio y averiguaba el nombre de la patrona del lugar; después, en el ordenador, se limitaba a sustituir el título del poema y el nombre de la patrona antigua, que caía en el olvido para siempre, despojada de su honor, privada de unos elogios hipócritas. El premio era casi seguro. Sobre la marcha llegué a una conclusión: aquel energúmeno era un estafador.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑Bien, muchacho ‑le dije como si fuera un amigo de toda la vida‑, así se hace, al arte hay que sacarle todo el rendimiento que se pueda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y me fui a casa. Aquella fue la noche que Matilde me dio una alegría después de muchos años de convivencia. El correo había traído un paquete por la mañana. Eran los cincuenta ejemplares de mi obra. Nervioso, lo abrí. En primera página, un incomprensible titular: “Sierra Verde”. Nada más. Después, la fotografía de un edificio en ruinas; a sus pies, en negrilla, una leyenda: “Obras en la nueva casa de la cultura de Sierra Verde”. Y absolutamente nada de Sebastián Rodicio Romero. Pasé la primera página... y la segunda... y la tercera... en las centrales, mi relato, cuajado de erratas, sin una miserable ilustración que lo acompañara, indefenso y maltratado. A sus pies, como una lágrima que se hubiese escurrido entre los renglones, mi nombre, cómo no, también descuartizado: S. Rodisio (con s) Romero. Sinvergüenzas. Valiente canallada habían hecho conmigo. Palomares podía partirse de risa cuando lo viera. Aquella misma noche llamé a Sierra Verde. Como es lógico, nadie respondió al teléfono. Por la mañana volví a llamar al ayuntamiento y pregunté por el delegado de cultura. No estaba. Por el secretario. Tampoco. Por el alcalde. Ni pensarlo, durante las fiestas el "señor" alcalde era ilocalizable. Le dije mi nombre a la recepcionista pretendiendo impresionarla. Ni me conocía. Le hablé del certamen y entonces cayó en la cuenta. Protesté. Grité. Insulté. Le dije que no tenían clase, que no conocían la cultura, que aquel pueblo era una reserva de indios, que escribiría a la prensa local para ponerlos a parir. Chiquimaques... Pelafustanes... Chiquilicuatros... Me colgó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Al día siguiente, en el servicio del instituto, me asaltó de nuevo la obsesión de los grafitos. La musa de mi maldad estaba otra vez inspirada. “Palomares, agárratela, que no sabes”, escribí, y debajo, también disimulando la letra: “Briones: aquí no queremos maricones”. Después de la cena me sentí mejor. No obstante, un pájaro de alas negras rondaba mi pensamiento y más tarde o más temprano iría a posarse sobre algún árbol. Para colmo me asaltó una terrible duda sobre los nuevos certámenes donde participé. ¿Se habían fallado o aún permanecía la incógnita oscureciendo la decisión de los jurados? Habían pasado tres meses desde que vencieron los plazos de presentación y la interrogante se me hizo obsesiva hasta el punto de no pensar en otra cosa. Además, por si fuera poco, invadido por el desánimo, había dejado de escribir, de componer y hasta de tocar. Los arrayanes del chalé empezaron a ironizar sobre mi destino: lenta, disimuladamente, se marchitaban. Sólo una actividad motivaba mi pensamiento y denigraba mi pluma: la de los grafitos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Creo que me dejé seducir por ese incomparable atractivo que tiene la maldad cuando se mezcla con la traición y el miedo, cuando se refleja en las aguas sucias de la hipocresía; el caso es que me llegó a entusiasmar tanto aquel peligroso juego de tirar la piedra y esconder la mano, que orinaba hasta cinco veces en la tarde sólo por ir al servicio, mirar la pared, recrearme en lo que había escrito, comprobar si habían respondido a mis insultos y dejar sembrados, como en un campo de minas en una guerra muda, otros nuevos, mucho más graves que los anteriores. Mis víctimas preferidas eran Palomares y Briones, y en alguna que otra ocasión, también mi mujer.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Un día, en la cafetería, un periódico cayó en mis manos: se había fallado el último premio. Nada decía de Sebastián Rodicio Romero. Era evidente que los jurados no habían entendido mi obra. Y a renglón seguido llegué a una conclusión: "La pesadumbre del genio" no era el mejor de mis trabajos; era, paradójicamente, el peor, el único que se hallaba al nivel de aquellas carcomidas mentes que fallaban los certámenes. El relato sería para el resto de mi obra un barco rompehielos. No podía consentir, de ninguna manera, que se pudriera para siempre en el olvido lejano e ignorante de aquel ingrato pueblo de Sierra Verde, en Cuenca... Tan lejos. Algo tenía que hacer.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y lo hice. Mi plan no podía fallar; no en balde me había costado mes y medio de minuciosa preparación, de sacrificadas horas dedicadas al estudio de las probabilidades. Tenía muchas. Las barajé todas. Llegué a una conclusión irrevocable: enviaría mi cuento "La pesadumbre del genio" al certamen nacional "Unicornio de Oro", dos millones de pesetas, reproducción en oro del animal y, lo más importante, una edición en condiciones, la edición que mi relato merecía. Por fortuna sólo mi mujer conocía la revista de Sierra Verde; en cuanto al premio, tuvo desgraciadamente tan poca difusión que aquel jurado de Madrid, estaba seguro, ni se había enterado. Podía saltarme por tanto el punto cuarto de la convocatoria, el que decía que los trabajos debían ser “rigurosamente inéditos”, y aclaraba: “Entendiéndose por tales aquéllos que no hayan sido difundidos por medio alguno, ya sea el mismo, de expresión o de comunicación”. Teniendo aquella baraja sobre la mesa podía y debía jugar al farol. Por si acaso la mala suerte me acompañaba en la empresa, guardaba dos cartas en la manga. Primera: un mermado recorte de prensa anunciando una convocatoria que sólo hablaba de trabajos “originales e inéditos”, nada de no premiados, ni de no difundidos ni de todas esas paparruchas. Segunda: mi cuento se titulaba ahora "La aflicción del artista", lema: "El acechante sigiloso". En el momento de llevarlo a correos, leve, muy lejanamente, recordé a Briones. Comprendí la satisfacción que sentía aquel gusano sentándose de vez en cuando en el trono de Damocles. Y para insuflarme ánimos, rememoré a George Patton cuando afirmó: “Corramos riesgos calculados, lo cual es diferente de mostrarnos temerarios”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Hecho aquello, aguardé. Tenía medio año por delante para ir paladeando la victoria. Me dediqué fundamentalmente a escribir relatos y a componer música. Como la fogosidad efímera de una tormenta de verano, la fiebre de los grafitos abandonó, una vez más, mi vida. No obstante, estaba seguro de que más tarde o más temprano regresaría. Y regresó. Fue la mañana que bajé a buscar la prensa y encontré en el buzón una carta del "Unicornio de Oro". Mi cuento había quedado entre los veinte finalistas. El fallo: dentro de treinta días. Me acaloré. Me mareé. Me senté en el primer peldaño de la escalera. Estaba a punto de conseguirlo. Aspiré hondo, muy hondo, hasta diez veces, como hacen los orientales para relajarse. Después, todavía tambaleándome, salí a la calle y compré el periódico.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Desayunando en el bar abrí las páginas culturales. Las leí. A la hora de pagar, como de costumbre, ojeé la agenda por si recogía algún certamen nuevo y entonces fue cuando lo vi: “José Antonio Illanes, de Montellano, gana la tercera edición del prestigioso premio `Villa de Sierra Verde´ (...) asimismo, el autor galardonado, que trabaja de interino en la Administración pública, afirmó a esta redacción haber quedado finalista en el `Unicornio de Oro´”. Estaba claro: aquel canalla pretendía influir al jurado del Unicornio haciendo mención de un reciente fallo a su favor. “Otro Briones”, pensé, “otro interino de mierda que no vale un duro como no sea jugando sucio”. Por la tarde, en el instituto, poseído por los nervios, fui al servicio. Oriné de verdad. Escribí: “Illanes: tienes los cojones como dos flanes”. Inmediatamente me sentí mejor. Después arremetí en mi fuero interno contra el Ayuntamiento de Sierra Verde. Valiente pandilla de gamberros incultos, sacar en el periódico a ese tío y a mí ni nombrarme. Ya se acordarían... La historia los enterraría en el descrédito.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Aquellos treinta días fueron los más tensos, creo, de toda mi vida. Adelgacé seis kilos, noté que perdía cabello con mayor rapidez, me volví más irascible que nunca y me sentí como un corredor de fórmula 1 en la parrilla de salida. Para colmo me asaltó el miedo; el certamen de Sierra Verde había tomado un auge imprevisto. Podían enterarse. Quince días antes del fallo, el miedo dio paso al terror; era muy probable que Illanes hubiera leído ya "La pesadumbre del genio" en la revista del año anterior; tan probable como que, al contarse entre los finalistas, leería también el relato premiado en el "Unicornio de Oro", y si el premiado era yo, que lo sería, el escándalo estaría servido en bandeja de plata. Por si todo esto fuera poco, me llegó otra carta del certamen. Eran dos invitaciones para asistir a la cena que se daría en Madrid con motivo del fallo. Inmediatamente comprendí el riesgo. Vi al presidente del jurado, a los postres, mencionando mi nombre... a Matilde, ruborizada, fingiendo unos aplausos efusivos. Me vi a mí mismo, desde lo alto de una impresionante lámpara de araña, dando lectura a "La aflicción del artista". Luego vi a los periodistas... a las cámaras... a Illanes. Temblé de pies a cabeza. Me pondría enfermo. Sí. Enviaría un telegrama el mismo día de la ceremonia fingiendo un cólico nefrítico. Si era necesario me cortaría una mano. Tenía que escabullirme de aquella cena como quiera que fuese. Fue imposible; lo comprendí tres días antes, cuando Matilde entró en el dormitorio con la bolsa de unos grandes almacenes: era un traje de terciopelo negro hasta los tobillos tachonado con lentejuelas plateadas... era uno de esos trajes que las mujeres compran una vez en la vida. Todo estaba decidido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Recuerdo que la mañana del gran día me desperté con un regusto putrefacto en el paladar, y me pareció haber traspasado, durante el sueño, la barrera entre la vida y la muerte. Desgraciadamente seguía vivo. Por la noche, a la espera del fallo en el restaurante del hotel, no estaba tan seguro de que así fuera. Al sentarnos a la mesa, una tarjeta, a mi derecha, estuvo a punto de llevarme la infarto: “Sr. Illanes y señora”. Lo tenía al lado. Los organizadores me habían colocado al miserable interino como a un perro guardián; estaba tan cerca que incluso podría agredirme. Sumido aún en ese desagradable pensamiento, alguien retiró el sillón: era él. No podía negarlo... El entrecejo corrido, el cuerpo achaparrado, la mirada tosca... era un pueblerino inconfundible. Inmediatamente entabló conversación conmigo. La típica conversación del provinciano sin mundo alguno. Que si Madrid era muy grande. Que si en su pueblo no había semáforos. Que si se había perdido en el metro... Matilde, inoportuna como de costumbre, simpatizó con él. Yo, cada vez más nervioso, encendí un cigarro y terminé quemándome el traje. Para colmo de males, Matilde sacó la conversación de los premios. Fue inevitable. Illanes recordó mi nombre. Su último premio aún estaba demasiado reciente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Rodisio... Rodisio... ¡Ah, hombre! ‑exclamó levantando aquellas repugnantes cejas de búho‑ usted ganó el año pasado el premio de Sierra Verde.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sonreí. Interiormente ardía de odio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Un magnífico trabajo el suyo, sí señor. ¿Cómo se titulaba? ¡Ah, sí! "La tristeza del genio".&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;La tristeza... ¿Sería vulgar?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ La pesadumbre ‑aclaré‑, usted disculpe, voy al servicio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y me fui. Estaba perdido. Illanes había leído el cuento y lo recordaba. Maldita la hora que se me ocurrió ir a Madrid. Mi cerebro comenzó a funcionar entonces de una forma alocada, galopante, endina. Podía fingir un desmayo, o mejor un infarto. ¿Sería motivo suficiente para sabotear el acto? No. El banco había invertido mucho dinero en aquello, y ya podía morirme en directo que no se inmutarían. Un incendio... Podía prender fuego al hotel. ¿Pero cómo? ¿Con aquel Clipper blanco que apenas tenía gas? Imposible. Una bomba, sí... Una bomba terrorista... Los terroristas odian los bancos, todo el mundo lo sabe. Si el miedo no los hacía salir, no los haría salir nada. Abandoné el servicio. Ni siquiera pude insultar a Illanes porque el aseo estaba alicatado hasta el techo. Me dirigí a los teléfonos. Desde allí podía ver el salón. La cena estaba comenzando. Afortunadamente llevaba monedas sueltas. Quise marcar. No pude. El número. ¿Cuál era el número de aquel maldito hotel? Salí. Me dirigí a recepción. Aquello estaba resultando demasiado arriesgado. Sudaba como un condenado a muerte, como un terrorista a punto de atentar. El recepcionista trajinaba en el mostrador con los paquetes de los trofeos y pensé que uno de ellos era el mío, el tan deseado "Unicornio de Oro". Por si fuera poco había dos policías junto a él. Si me cogían me caía cárcel seguro o, quién sabe, a lo mejor me mataban a tiros en el mismo teléfono. Anotado el número, regresé, lo marqué y acerqué el rostro al aparato todo lo que pude. De reojo vi a un botones, también sudoroso, descolgar el auricular.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ ¿Dígame?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Mire... Oiga ‑había empezado mal, maldita sea; debí decir "oiga", simplemente, o mejor aún, ir directamente al grano; ya no había remedio- Continué: soy un terrorista, no tiene tiempo que perder. Hay una bomba oculta en el hotel. O suspenden la ceremonia o vuelan todos por los aires.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Sí, hombre ‑dijo, y me colgó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;No me había creído. La suerte estaba echada. No había más remedio que afrontar la vergüenza pública. Al colgar el teléfono pude ver a los policías reírse a carcajadas. Al fondo, en el salón, Matilde me hacía señas, impaciente por verme cenando a su lado... Y ya está; no recuerdo más porque me envolvió una nube de tensión que a punto estuvo de matarme. No sé si comí o ayuné, si hablé o guardé silencio; sólo sé que a los postres alguien llamó la atención de la concurrencia con ademanes de espantar moscas. Iba a conocerse la identidad del ganador... el nombre de Sebastián Rodicio Romero... un nombre para el escarnio. El jurado había acordado otorgar dos accésits. El silencio fue de ultratumba, pero el presidente habló.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Don Alfonso Estudillo Calderón, de San Fernando, Cádiz ‑ gritó.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Los aplausos estallaron como ráfagas de ametralladora. Un maldito cuarentón con la barba entrecana se levantó al fondo, saludó al presidente, recogió un sobre y una estatuilla y regresó a su sitio, envuelto de nuevo en aplausos, con el aire del que ha cogido muchos premios. Ahora venía el siguiente... y luego yo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ Don Antonio Luis Vera Velasco, del Aljarafe, Sevilla.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Un hombre se levantó justo enfrente de mí, como a medio metro. Tan cerca lo tuve que me asusté y lancé un gruñido de miedo, de odio o de súplica, que afortunadamente fue amortiguado por la lluvia de aplausos. Su mujer palmoteaba fervorosamente... Aquel calvo enclenque se conformaba con un accésit... Ahora iba yo. Sudaba. Temblaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ El jurado calificador ha otorgado la presente edición del "Unicornio de Oro", dotada con dos millones de pesetas y reproducción en oro del animal a don...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Hice ademán de levantarme...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;‑ ...José Antonio Illanes Fernández, de Montellano, Sevilla.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y aquella vez las ráfagas de ametralladora vinieron a darme justo en el corazón. Mientras fingía arrimarme a la mesa, el cochino interino recogió el premio, y al sentarse tuvo el cinismo de tenderme la mano. Se la di. Nos abrazamos. Fue como si Briones en persona me hubiera pegado el tiro de gracia. Una semana después, en los retretes del instituto, lo sorprendí con el revólver. Yo entraba y él salía. En la pared del urinario una ordinaria y humillante leyenda: “Rodicio: aprende a orinarte dentro del servicio”. Agaché la cabeza y oriné.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-4126502067745176078?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/4126502067745176078/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/la-pesadumbre-del-genio-premio-teodosio.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4126502067745176078'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4126502067745176078'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/06/la-pesadumbre-del-genio-premio-teodosio.html' title='La pesadumbre del genio'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SibTu1uKw7I/AAAAAAAAANQ/lYdvUI6yiek/s72-c/unicornio_014%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-3525968680276969155</id><published>2009-05-28T00:22:00.000+02:00</published><updated>2009-06-30T01:10:26.766+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'>La ínsula</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sh29pz4ce5I/AAAAAAAAANA/Kw8zPH7bhiI/s1600-h/sanborondon[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5340633259130518418" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 242px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sh29pz4ce5I/AAAAAAAAANA/Kw8zPH7bhiI/s320/sanborondon%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando John W. Hawker abordaba un barco, si era rico, donde primero buscaba era en el camarote del capitán, por si acaso el hombre escondía libros, estampas, pintu&amp;shy;ras, epistolarios de amor o cualquier otra droga que ayudara a matar la nostalgia producida por los atardeceres marinos. Era un vicio que arrastraba desde tiempos inmemoriales, y ya cuando servía en la Armada inglesa cambiaba libros por tabaco, e incluso por comida, algo que en algunos momentos lindaba con el suicidio y provocaba burlas en sus compañeros. La mayoría de los libros que leía, con la velocidad y el desatino de un cometa errante, le dejaban resaca en la memoria, y a veces, si las palabras se meraban con el ron, llegaban incluso a trastocar el orden, ya anárquico, de su realidad. También de su comportamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tarde de agosto, El Bergante abordó un barco español. Naturalmente opuso resistencia, como era costumbre en aquellas tripulaciones que venían de Indias perseguidas por la sombra orgullosa de las conquistas. A punto estuvieron de hundir la nave, recién estrena&amp;shy;da por el capitán John W. Hawker, y le produjeron daños que tardaron semanas en curar. Pero al final, la suerte endiablada de John Hawker, o quizás y tan sólo el destino, inclinaron la batalla a favor del barco pirata. Y mientras los hombres de El Bergante lavaban a sus muertos con la sangre de los españoles cautivos, el capitán, como siempre, esculcó en el camarote del almirante enemigo por si guardaba antídotos contra la soledad. En el camastro del español, a quien mató de un sablazo en la garganta, halló un libro entreabierto que extrañamente aún no había leído. Estaba escrito en la lengua originaria de su dueño, que el capitán Hawker dominaba aceptablemente, a pesar de su dificul&amp;shy;tad. Se lo llevó al camarote y a punto estuvo, una vez más, de enloque&amp;shy;cer, a caballo entre la verdad y la mentira, sumido sin remedio en la duda. Al cabo del mes concluyó que todo lo leído en el libro era cierto, desde la primera palabra hasta la última, y casi estrangula al loro Gordon por cuestionar levemente aquella verdad rotunda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante otro mes largo estudió enfebrecido cartas de navegación, astrolabios, compases magnéticos, ballestillas, cartas de vitela, diagra&amp;shy;mas solares y móviles y cualquier artefacto de medición o localización que encontraba en los baúles polvorientos de su cabina. También analizó al detalle las pesadillas que lo asaltaban de madrugada y las páginas sin obelar de su memoria, buscando con insistencia una ínsula llamada Barataria, gobernada por un hombre orondo y simple que poseía el secreto de la cordura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Imposible verla ahora -dijo al cabo-, pero existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante meses la buscó en los rincones más ocultos de todos los mares conocidos. Preguntó en las tabernas de los puertos hasta hacerse mirar como a un loco. Interrogó a los vagabundos que dormían en los muelles, a las barbacaneras que mecían la añoranza de los soldados en sus senos prostituidos, a los sangrientos bucaneros que abastecían de carne a los buques mercantes, a los corsarios de los reinos más podero&amp;shy;sos, a los esclavos africanos que abarrotaban las bodegas de los barcos negreros y a todo ser viviente que hallaba respirando en los mares o en la tierra, pero nadie supo decirle al capitán John W. Hawker dónde se ubicaba aquella ínsula llamada Barataria, ni quién la gobernaba ni a qué reino pertenecía. Sólo algunos pudieron darle pistas falsas, atemoriza&amp;shy;dos por su sable o engolosinados por su oro. Otros la habían oído mencionar y la confundieron de corazón con el delta de algún río o con un simple peñasco tan perdido en los mares como la cordura del capi&amp;shy;tán. Y un desertor español llegó a confesarle en Port Royal que todo era simplemente una bonita mentira contada por un inventor de historias, un hombre manco tan embustero como genial que también fue marinero, pero John W. Hawker armó la pistola y le descerrajó un tiro en el corazón justo antes de permitirle destruir con falacias el envoltorio de su sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fiel a su costumbre no cayó en el desánimo ni desechó ninguna pista. Recorrió los mares de todos los continentes mirando por el catalejo con su único ojo y sobando hasta el empacho las pínulas de un cuadrante doble que compró en Jamaica por el precio de un buque. Exploró personalmente islas de caníbales, costas plagadas de islotes donde tan sólo la soledad administraba un imperio de tortugas y mos&amp;shy;quitos. Cayó en trampas tendidas por los propios sujetos que lo orienta&amp;shy;ron en la búsqueda. Hundió en el camino cuatro barcos ingleses, uno español y otro holandés. Pasó a cuchillo a las tripulaciones de dos barcos negreros, asaltó un puerto desprotegido y redujo a cenizas un fortín francés que se alzaba orgulloso en una isla a la que fue enviado por alguien con la ilusión de verlo morir. Abortó con éxito dos motines de una tripulación hastiada ya de perseguir un sueño. Exploró palmo a palmo cualquier trozo de tierra que pudiera ser, siquiera por asomo, el que él buscaba, y todos los abandonó luego con una lágrima de resignación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la descabellada búsqueda de la ínsula de Barataria, el capitán John W. Hawker encontró por casualidad fortunas incalculables, tesoros escondidos en lugares perdidos y náufragos abandonados en islotes desiertos. Pero también halló el sabor de la decepción, un sabor rancio que lo angustiaba por las noches, cuando leía a la luz de una palmatoria las páginas de aquel libro que nunca debió robar. Y mucho tiempo después, cuando ya el nombre de Barataria resonaba en su memoria como los nombres inventados de las mujeres que nunca amó, El Bergante abordó a un buque mercante desviado de las escoltas que navegaba rumbo a España. Entre los prisioneros, por casualidad, encontró a un hombre corriente, callado y simple como un amanecer, apático, o quizás tan sólo melancólico, un hombre que coincidía cabal&amp;shy;mente con la descripción que daba el libro del gobernador de Barataria. Un hombre tan común que poseía el secreto de la cordura. El capitán John W. Hawker se acercó a él. Su única pierna le temblaba de emo&amp;shy;ción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Conoces, por casualidad, la ínsula de Barataria? -le preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre, humilde como el nacimiento y como la muerte, levantó la cabeza sin temor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Llevo cien años buscándola -respondió.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;Y durante días enteros permanecieron encerrados en un camaro&amp;shy;te, bebiendo vino sin medida y desentrañando las simplicidades del mundo. Degustaron los mejores manjares, las mejores palabras, los mejores brandis. Se contaron historias de amores imposibles y cuentos de locos y acabaron despidiéndose con la promesa de verse algún día en la ínsula de Barataria. Al menos eso decía una canción que el propio capitán John W. Hawker oyó años después en una taberna de Saint-Malo, mientras el ron corría por las mesas y unos bucaneros que nunca leyeron libros se mataban a navajazos por el plano de un tesoro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-3525968680276969155?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/3525968680276969155/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/la-insula-cuando-john-w.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/3525968680276969155'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/3525968680276969155'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/la-insula-cuando-john-w.html' title='La ínsula'/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sh29pz4ce5I/AAAAAAAAANA/Kw8zPH7bhiI/s72-c/sanborondon%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-1022152672071080709</id><published>2009-05-18T22:21:00.000+02:00</published><updated>2009-05-20T22:42:00.441+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El mago'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ShHGYi1TLpI/AAAAAAAAAM4/7Eesw-4xo8Y/s1600-h/el%20mago[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5337265158380269202" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ShHGYi1TLpI/AAAAAAAAAM4/7Eesw-4xo8Y/s320/el%2520mago%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;&lt;strong&gt;EL MAGO&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;&lt;em&gt;Premio Tomás Fermín de Arteta. Grupo Bilaketa.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Antes de que el reuma venciera sus sueños de alquimista y su vocación inquebrantable de vagabundo sin estrella, Florencio Pellicer, su padre, había sido el Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón, el Magno Maestre Secreto de la Sagrada Orden de los Templarios, el único hombre del mundo que había probado el elixir eterno del Santo Grial y el Heredero Legítimo de todos los Enigmas del Inframundo, y a pesar de todo había muerto una noche de in&amp;shy;vierno en el interior de una carreta con olor a leones seniles, rodeado de enanos y de payasos, sin haber logra&amp;shy;do su más ansia&amp;shy;do sueño: levitar en la pista del circo Palace sin ayuda de&amp;shy; artificios, acompasado por la ópera Lohengrin de Wagner, que muchos años atrás había oído cantar en un teatro del Loira, cuando nuestra carpa trashumante aún tenía coraje para vencer el rigor de las fronteras.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El único legado que Florencio Pellicer cedió al hijo fueron sus títulos opulentos, su destreza en el uso de la grandilocuencia y una colección de trucos taumatúrgicos que Lucio perfeccionó con el tiempo, idean&amp;shy;do combi&amp;shy;naciones nuevas que revestía de exotismo o de vulgaridad, de alegría o de amargura, según su ánimo cambiante o el estado de su espíri&amp;shy;tu peregrino. También le dejó la herencia de su sangre visionaria y con ella el estig&amp;shy;ma del fracaso, pero por la época en que su padre murió, Lucio Pelli&amp;shy;cer aún no lo sabía, o al menos eso mantuvo él durante muchos años. De modo que se entregó confiado al arte de simular prodigios sin padecer otras inclemencias que las propias de su vida errante.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Nosotros lo mirábamos con delectación en los atardeceres rurales, a la sombra de cualquier árbol o desafiando al sol en las llanuras polvorientas donde nos ubicaban los ayuntamientos de turno. Llevaba siempre un sombrero de copa que no perdía el color, hiciera calor o frío, le conviniera o no a su atuendo. Sólo se despojaba de él al entrar en los bares o al saludar a las muje&amp;shy;res, sobre las que ejercía un influjo especial que todos envidiábamos. De él llegó a sacar artilugios insospechados, animales salvajes y domésticos y tiras interminables de pañuelos coloreados cuyo origen fue siempre un misterio. Pero lo que más estupor causó en la pista y entre la gente del circo fueron sus famosas "Papeletas del Destino Fidedigno", que muchos terminaron pagando a precio de oro cuando corrió el rumor de que eran auténticas. Al terminar las funciones, los clientes formaban colas increíbles en la puerta de su carromato, donde entraban por turnos para meter la mano en su sombrero. A unos les trabajaba gratis, e incluso les daba cantidades de dinero que nunca se supieron, y a otros en cambio les cobraba fortunas opulentas tras dejarles sacar la cartuli&amp;shy;na, en función de su situación económica y de las líneas de su porvenir. Había personas a quienes miraba a los ojos y ni siquiera les permitía entrar en el juego, bien porque su destino estuviera cumplido, porque fueran incapaces de soportar los envites de la verdad o porque la intriga formara parte del juego. Las "Papeletas del destino fidedigno" tenían la virtud de descolorarse con el tiempo; a veces duraban días con las letras en su sitio y a veces minutos. Otras, como la mía, más de media vida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Hubo una época en que Lucio Pellicer también echaba las cartas, leía las runas y pasaba las horas garabateando cuartillas con los ojos cerrados. Llegaron a comentar que las papeletas las escribía del mismo modo, pero nunca pudo demostrarse tal cosa. Por aquellos días llegaron artistas nuevos al circo y los rumores estaban a la orden del día. Había que verlo en la mesa camilla, con el sombrero puesto, hablando del futuro y del pasado como un espíritu veterano, barajando como un tahúr aquellas cartas de dibujos insólitos con las que pudo amasar fortunas; pero los clientes preferían, sin duda alguna, el enigma de las papeletas del destino, cuya naturaleza nunca fue desentrañada por nadie del circo, ni siquiera por las múltiples mujeres que le acunaron los amores y las tristezas en el lecho de su carromato. El rumor de su inusual habilidad recorrió todo el país, y la gente perseguía al circo por los pueblos, pernoctaba en los alrededores del campamento y cruzaba la frontera con el lastre de la incertidumbre agarrado a las pupilas. Trabajaba durante noches interminables, después de las funciones, y antes incluso, y regalaba fortunas a personas que no lo merecían o a mujeres que nunca lo amaron, y que tan sólo buscaban su generosidad o su fama de amante indomable.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;En algunos momentos, durante aquellos días del circo Palace, temimos seriamente por su salud, pues igual enflaquecía notablemente en una jornada que se demacraba hasta el extremo en otra, sin que hubiera motivo aparente o padeciera enfermedad visible. Había semanas que perdía el sueño por comple&amp;shy;to y barzoneaba de madrugada por el campamento, con los ojos acristalados, el sombrero en la cabeza y las manos a la espalda. Charlaba con los leones con la misma naturalidad de un párroco y miraba con nostalgia el fondo del som&amp;shy;brero. Yo creo que aquellas bestias salvajes fueron las únicas que lo oyeron hablar, alguna vez, de sus quimeras o sus nostalgias. Nosotros nos limitábamos a preguntarle por la salud, a llevarle alguna taza de caldo caliente y a distraer su soledad comentando cosas terrenales, pero él derivaba al momento en las experiencias de sus clientes, hábitos asombrosos, utopías impracticables que ponían la piel de gallina y arrancaban gestos de incredulidad, y que él tomaba en serio, aunque nosotros sólo viéramos en ellas el producto de su ingenio sobrenatural: un fotógrafo empeñado en retratar el espíritu de una mujer a quien amó de lejos, un alcohólico que hablaba con los muertos y leía el futuro en las manchas de su piel, un notario empeñado en construir un tren que alcan&amp;shy;zara Singapur sin cambiar de vía... historias de locos que llegaban a su carro&amp;shy;mato, o quizás y tan sólo el producto exclusivo de su imaginación, gracias a la cual enriqueció cien veces y empobreció otras tantas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Nadie se explicaba cómo Lucio Pellicer seguía en el circo, arrastrando un destino peregrino que nadie amaba, cuando en verdad tenía dinero para comprar y vender el circo Palace cuantas veces quisiera. Unos decían que permanecía unido a la carpa por pura añoranza de su padre, y otros que no tenía dónde ir, que su inmadurez manifiesta le impedía echar raíces en alguna parte. La verdad es que Lucio Pellicer pudo ser mucho más de lo que fue, y nosotros con él, pero se resistía a tomar las riendas del circo e incluso a pere&amp;shy;grinar por su cuenta. Hubiera sido el mejor mago del mundo, y en cambio se resignaba a vivir en un carromato mientras el resto del planeta buscaba lo contrario.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Sólo una vez sintió la tentación de ser independiente. Intimó con una equilibrista rubia que llegó al circo por una temporada y con ella se encerró durante noches enteras, gimiendo y aullando, escandalizando al resto de las familias y a la gente que guardaba cola para el día siguiente. En la pista seguía siendo el mejor, e incluso había logrado superarse, perfeccionando sus trucos hasta la locura y creando otros nuevos. Su sombrero de copa parecía por aque&amp;shy;lla época el baúl de un dios peregrino, y de él salían cosas imposibles, objetos que sencillamente, por su tamaño, no cabían en un sombrero. Parecía como si el amor hubiera multiplicado su inspiración en la pista, como si hubiera pres&amp;shy;cindido de los trucos, de la imaginación, para crear magia de verdad. Fue cuando adoptó los títulos rimbombantes de su padre, de forma que yo tenía que presentarlo ante el público como El Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón, El Magno Maestre Secreto de la Sagrada Orden de los Templarios o El Heredero Legítimo de todos los Enigmas del Inframundo. Se quitaba el sombrero con una reverencia medieval mientras yo decía aquello, y entonces, de cerca, yo veía el fondo y me parecía imposible que luego sacara de allí las cosas que sacaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Aquella equilibrista, seguramente, fue la única persona del mundo que compartió con él las mordeduras fatales de la soledad. Una tarde se presenta&amp;shy;ron en el campamento con un coche flamante que más parecía el transporte de un rey que el capricho de un soñador. Lucio empezó a dar vueltas en torno a la carpa, subió en él al forzudo, a los payasos, al domador, a los enanos y a todos los que quisieron pasearse, y así estuvo hasta que el coche agotó la gaso&amp;shy;lina. Al día siguiente fue al pueblo con una garrafa vacía, volvió, llenó el depósito y se marchó con la equilibrista rubia y una fortuna incalculable en dos maletas de cuero. Así, sin perder el tiempo en despedidas. La gente de las colas marchó sin su papeleta del destino fidedigno, y nosotros, los de siempre, nos quedamos en el circo Palace, especulando durante noches enteras con la suerte de Lucio Pellicer, y le inventábamos la vida según habíamos soñado la nuestra. Unos lo imaginaban peregrinando por América; otros en una granja apartada del mundo, cuidando de una familia, sin otra preocupación que man&amp;shy;tener en orden los hábitos cotidianos; la mayoría lo situaba en los mejores hoteles del mundo, viviendo a manta de Dios; algunos esperaban verlo regresar con un circo de varias pistas, una carpa de lujo donde los amigos pudieran enriquecer con facilidad; y todos, cada noche, poníamos la radio para saber si Lucio Pellicer había tocado ya la cumbre de la gloria. Pero nada. Nadie parecía conocerlo, a pesar de su especial predisposición para el triunfo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Transcurrieron al menos tres años, y cuando casi habíamos perdido el recuerdo de Lucio Pellicer, lo vimos aparecer una tarde sobre una bicicleta, con su sombrero de copa, sin dinero y sin maletas, sin equilibrista rubia, sin circo de siete pistas, sin triunfo y sin amor, buscando la querencia de los ena&amp;shy;nos y el vago recuerdo de Florencio Pellicer. Seguía presentándose ante el público como El Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón y como El Heredero Legítimo de todos los Secretos del Infra&amp;shy;mundo, y manejando el sombrero con la misma facilidad de antaño, pero había perdido el brillo romántico de su mirada y se negaba a hablar de los años enigmáticos de su ausencia. Pronto empezó de nuevo a trabajar con sus famo&amp;shy;sas “Papeletas del destino Fidedigno”, y la fortuna y las colas regresaron a la puerta de su carromato. Seguía ejerciendo el mismo influjo sobre las mujeres y cobrando y repartiendo fortunas con la misma facilidad, como si los rigores del desamor y los padecimientos del abandono no hubieran vulnerado su ino&amp;shy;cencia. Pero los más cercanos a él sabíamos que su visión del mundo había cambiado, tanto y de tal forma que por primera vez lo vimos llorar, de desam&amp;shy;paro o de nostalgia, y supimos que por alguna extraña razón se producían fallos en las papeletas del destino; o bien la gente no acertaba a sacar la buena del sombrero o los arrebatos del amor le habían robado facultades a la hora de influir a distancia en la decisión de los clientes. Ahí empezó su declive, y cuando la televisión y los tiempos terminaron con los circos, volvió a marchar&amp;shy;se, pero esta vez para siempre. Tomó entonces la costumbre de enviar cartas, y así supimos que compró una casa en una ciudad costera y que acabó convir&amp;shy;tiéndola en pensión para transeúntes y turistas de mochila, que había colgado su famoso sombrero de copa y que había engordado veinte kilos en dos años. Luego, al poco tiempo, el circo Palace cerró las puertas, y cada uno tomó, ciertamente, el rumbo que una vez apareció escrito en su papeleta del destino.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;Yo había ahorrado una auténtica fortuna. Regresé a mi pueblo natal y también compré una casa, con un enorme jardín a la entrada donde sembré geranios, paraísos y bouganvillas. Y varios años después, en un viaje de placer que hice a Barcelona, me encontré con Lucio Pellicer en una cafetería del centro, por casualidad. Había sentado cabeza al fin y casado con una mujer que multiplicó sus pocos ahorros rápidamente. Volvió a hablarme de aquel notario empeñado en construir un tren que llegara hasta Singapur y del fotó&amp;shy;grafo que inventó un artilugio para retratar el espíritu de una mujer a la que amó de lejos, y también recordó a su padre, pero no mencionó para nada los días de su fuga ni las fortunas derrochadas. Confesó, quizás formalmente, que una vez fue mago de verdad, que poseyó en serio los misterios ocultos del templo de Salomón y los secretos del inframundo, y que soñó con levitar en directo, sin necesidad de trucos, oyendo la ópera Lohengrin de Wagner. Yo guardé silencio. Si alguna vez fue mago, o cosa parecida, es algo que no puedo confirmar, ni creo que él pueda hacerlo. Antes de despedirnos me llevó a su casa y me regaló el sombrero de copa, que acumulaba polvo en el ropero, olvidado para siempre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Algunas noches de verano, en la tranquilidad del jardín, tomo el som&amp;shy;brero y lo estudio con cierta inquietud. Aún me parece imposible que pudieran salir de allí tantas y tan extraordinarias cosas, aunque tampoco tengo por qué saberlo; lo mío, en aquellos tiempos del circo Palace, no era la magia, sino colocar las sillas bajo la carpa, presentar a los artistas, mantener limpio el escenario y hacer en secreto las famosas "Papeletas del destino fidedigno", en la penumbra de mi mesa, cuando cerraba los ojos y mi mano, sin saber cómo, escribía sola.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-1022152672071080709?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/1022152672071080709/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/el-mago-premio-tomas-fermin-de-arteta.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1022152672071080709'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/1022152672071080709'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/el-mago-premio-tomas-fermin-de-arteta.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ShHGYi1TLpI/AAAAAAAAAM4/7Eesw-4xo8Y/s72-c/el%2520mago%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-2948617142126798562</id><published>2009-05-11T20:25:00.000+02:00</published><updated>2009-05-11T21:58:44.218+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Rendición bajo la lluvia'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SghvFjvxnfI/AAAAAAAAAMw/2L6otbNajwM/s1600-h/20070821klpinginf_67.Ies.LCO[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5334635899906006514" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 212px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SghvFjvxnfI/AAAAAAAAAMw/2L6otbNajwM/s320/20070821klpinginf_67.Ies.LCO%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;RENDICIÓN BAJO LA LLUVIA&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio de cuentos Jara Carrillo&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;El viento helado que todos los inviernos nacía en ese horizonte inconcreto que nunca se vio desde el pueblo volvió a fermentar aquella mañana de diciembre en las cumbres nevadas de la montaña, en las copas cónicas de los pinsapos, en las artritis de los ancianos y en el recuerdo vivo como el sol de Hilario Arganza, que la noche anterior había decidido recibir al amanecer en la puerta de su casa, acunado en el paño de aquella mecedora indes&amp;shy;tructible que durante años lo vio liar tabaco con la quietud exasperante de un derrotado, inventar sueños imposibles con la maña de un político de oficio y agarrar&amp;shy;se a los muertos con esa fuerza que Dios o el Diablo inyecta en los viejos para que poco a poco se hagan a la muerte, para que vayan reconociendo en la historia de los otros y en la suya propia la sombra incierta del futuro inme&amp;shy;diato, un futuro que extrañamente Hilario no identifi&amp;shy;có con la cesación de la vida, sino con un pasado que el ululato del viento en las esquinas transformó en un pre&amp;shy;sente doloroso y lejano, o quizás próximo y alegre, pero en cualquier caso tan inconcreto como la presencia de la luna en una tormenta vera&amp;shy;niega o como los cabellos azaba&amp;shy;chados de Catalina Ausejo, a quien rescató del ayer para sentarla de nuevo frente a él y preguntarle por enésima vez por qué motivo rechazó aquel amor tan verdadero, tan cargado de pasión como de buenas intencio&amp;shy;nes que él le ofreció en los mejores años de la juventud, cuando un minuto de tiempo vale lo mismo que un imperio y una prome&amp;shy;sa formal tanto como una vida; pero Catalina Ausejo, exactamente igual que treinta años atrás, guardó silencio y conservó aquella quietud característica que con el tiempo buscó acomodo en los pliegues cerebrales de Hila&amp;shy;rio, y ni siquiera le tembló el pulso cuando él volvió a exigirle, violento, despechado, ofendido por el silencio, la justifica&amp;shy;ción de unos besos y unas caricias pasadas que aún cuarteaban la piel de sus labios y enrojecían la palma de sus manos, y que durmieron para siempre en la antesala de un matrimo&amp;shy;nio que nunca se consumó por culpa de una colocación insufrible en aquella centralita telefónica que él llegó a odiar con toda su alma, con toda la fuerza de sus treinta años, porque no sopor&amp;shy;taba el trajín del públi&amp;shy;co, el entrar y salir de hombres en una casa de clavijas y de voces lejanas que nunca supo de dónde venían ni en qué gargantas nacían, ni qué sentían aque&amp;shy;llos corazones de rostros anónimos que de vez en cuando avisa&amp;shy;ban con un timbre y la hacían sonreír y bajar la voz, secre&amp;shy;tear palabras que él nunca llegó a oír, e incluso mandarlo callar como a un chiquillo desobediente cuando alguna vez pasaba a verla con el corazón en la mano, a sorprenderla cuchicheando, o mirando fugazmente, o coqueteando quizás con alguno de los muchos hombres del pueblo que iban a la centra&amp;shy;lita a charlar con familiares de la capital o sim&amp;shy;plemente a cultivar su inocencia con un juego que invitaba a soñar con el misterio, con un invento fascinante que llamaban teléfono y que tenía la virtud de aproximar las presencias a través de un cable cuyo secreto él nunca llegó a comprender, ni siquiera lo intentó, porque ese puñal del orgullo que impide hacer pregun&amp;shy;tas transformó su noviazgo en un espionaje incesante, en un cerco mortal a los representantes que aprovechaban el artilu&amp;shy;gio, o quizás la figura exuberante de Catalina, para hacer estú&amp;shy;pidos pedidos de galletas, de latas de caballa o de ropa interior de señora, y que con toda la desvergüenza del mundo hablaban de bragas y sostenes delante de una delica&amp;shy;da señori&amp;shy;ta, su novia, que apenas había visto el mundo por el ojo de una aguja cuando ya se veía forzada a trabajar con un público, a bregar con granujas, a oír, seguramente, proposicio&amp;shy;nes impronunciables, cobardes, deshonestas... Catalina, cásate conmigo, le dijo una tarde primaveral a la sombra de los paraísos que flanqueaban la iglesia como gigantes guardianes de lo sagrado, abandona ese trabajo del demonio, que mira que tantos adelantos no traen nada bueno, que vamos a ser muy felices, que yo cuidaré de la huerta y tú de los niños, que criaremos gallinas y conejos y vacas y no nos faltará de nada, déjalo Catalina porque me estoy muriendo de celos y cualquier día pongo un mingo y hago un dispa&amp;shy;rate; pero Catalina Ausejo no supo hacer otra cosa que mirarlo con la expresión lejana y vidriosa de los muertos y decirle que eso era lo que había, que una colocación era una colocación y un novio era un novio, que mientras lo primero permanecía lo segundo podía volar o simplemente ser arrastrado por el viento de otra ilusión y, no quiso decirlo pero lo dijo, de otro amor.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ahora, sentado en aquella mecedora amiga que tantas preguntas le oyó formular, de nuevo la tenía frente a él, con la misma mirada vidriosa y el mismo desparpajo inmutable, pero ni era primavera, ni la tarde echaba su manto sobre los cerros ni las flores liliáceas de los paraísos alfombraban el suelo mecidas por la brisa, sino que el viento helado del invierno atornillaba sus huesos y le aproximaba el murmullo de unos operarios de telefónica, el brillo acha&amp;shy;rolado de los tricornios de la Guardia Civil y el regusto amargo de una derrota que traía al enemigo de la mano, calle arriba, cabizbajo, paciente, pero con la firme determinación de hacer pasar los cables telefónicos por la fachada de aquella casa donde pensó vivir con Catalina Ausejo, donde se atrincheró el resto de su vida aguardando un momento propicio para vengarse del progreso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-No hace mucho le dije a ustedes que por mi casa no pasa ningún cable ‑pronunció impertérrito, sin decir buenos días, sin moverse de la mecedora, con la firmeza y la indiferencia de los que poseen la verdad‑, y me da igual que de aquí para arriba tengan que hablar a voces con la capital, porque ésta es mi casa y es mi fachada y es mía y aquí toca quien a mí me da la gana.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Fue entonces cuando el comandante en fun&amp;shy;ciones del puesto, Ernesto Berloso, aspiró profundamente el aire de la mañana, se rizó el bigote con la misma parsimonia con que archiva&amp;shy;ba los expedientes, adelantó el paso y le dijo mirándo&amp;shy;lo al entrecejo que si la casa era suya el pueblo era de todos y el teléfono también, y que tenía en el bolsillo un papel, introdujo la mano en la guerrera, lo sacó y lo agitó violenta&amp;shy;mente, donde decía que el cable pasaría por aquella casa, fuera suya o no, quisiera él o no quisiera, por las buenas o por las malas, y agarró la mecedora por uno de los brazos y la arrastró tranquila&amp;shy;mente hasta despejar la fachada, hasta que los hombres pusieron la escalera, tendieron el cable y reco&amp;shy;gieron las herramientas y un revuelo de papeles se enredó en las patas de la mecedora mientras Ernesto Berloso la colocaba otra vez ante la puerta. Sólo entonces rompió el silencio Hilario Arganza, y lo hizo con esa inquietante tranquilidad que utilizan los débiles para desconcertar a los poderosos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-Vergüenza debía darte, Ernestillo ‑le dijo‑, que si viviera tu abuelo te partiría el bastón en las costi&amp;shy;llas... gamberro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero Ernesto Berloso no se dio por entera&amp;shy;do, sacudió la mano espantando moscas invisibles y tomó calle abajo con la cuadrilla, como si el único sonido del mundo fuera el ulular del viento, como si responder equi&amp;shy;valiera a degradarse. Al llegar a la esquina el alma se le vino a los pies.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;‑ Ernestiillooo... antes de que llegues al cuartel lo habré arrancaadooo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ernesto Berloso se detuvo entonces parali&amp;shy;zado por el freno de una soberbia que a punto estuvo de hacerlo volverse y prender al hombre que de pequeño le traía brevas y zorzales en un zurrón de esparto, que lo llevaba al campo subido en una burra mientras su abuelo entonaba aquella can&amp;shy;ción inolvidable que incitaba a contar mentiras y que hablaba de mares y de liebres, de sardinas y de montes; pero agachó la cabeza y apretó el paso porque una bala de congoja, disparada personalmente por el pasa&amp;shy;do, vino a darle en la garganta y a recordarle en aquella cenicienta mañana de invierno que una vez fue niño, que se hubiera dejado matar por un juguete y que efectivamente su abuelo Andrés lo hubiera molido a palos por arrastrar la mecedora de un viejo indefenso. “Está hecho un hijo de puta”, pensó mientras los primeros rayos de un sol tímido y maltratado por el invierno acariciaban su rostro y traían a su memoria las mañanas primavera&amp;shy;les del abuelo An&amp;shy;drés, la emoción de enterrar costillas junto al arroyo y el olor inconfundible de la tierra percochada de rocío, y un lejano olor a panes tostados en las ascuas del cisco se alió con el olfato de su cerebro, recorrió las venas de su alma y se le acomodó en ese lugar misterioso del cuerpo donde reside el espíri&amp;shy;tu, allí donde los recuerdos copulan con la concien&amp;shy;cia, donde nace y muere la infancia, donde la felicidad pasada se funde con la nostalgia hasta el punto de convertirse en lágrimas de tristeza.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Por eso al llegar al cuartel buscó refugio en el puesto de guar&amp;shy;dia, encendió un cigarro y recono&amp;shy;ció el rostro del abuelo Andrés en las formas azulencas del humo y en los rayos de sol que rasga&amp;shy;ban la persiana y cuartea&amp;shy;ban la habitación; y vio sus pupilas negras y tristes regis&amp;shy;trando las paredes y sus labios agrietados esbozando una sonrisa, diciéndole que aligerara con la tostada que Hilario y la burra esta&amp;shy;ban al llegar y había que desvaretar el olivar, un olivar que aquella mañana desfiló por el puesto de guardia recor&amp;shy;dándole las novedades producidas en un pasado que su melancolía hizo aún más lejano para poder evocarle, por prime&amp;shy;ra vez en muchos años, los chupones del olivo olvida&amp;shy;do que sombreaba la puerta de la cuadra, los desconchones amarillen&amp;shy;tos de una pared enjalbegada y el bregar asustado de un lagar&amp;shy;to que huía tronco arriba, que se retorcía oprimido por la prisa y el miedo mientras abría la boca mordiendo el aire, espantado, estrujado por la mano peluda y fuerte de Hilario Arganza, el mismo viejo que tiritaba en la mecedora de paño, el mismo hombre que lo enseñó a cazar lagar&amp;shy;tos y a dejarlos sin dientes, a conocer la crueldad y la miseri&amp;shy;cordia, la incunable libertad de la naturaleza y la esclavitud de una burra que acarreaba hierba para los conejos y a la que él montaba buscando la prepotencia de la altura mientras soñaba con entorchados de general y blandía una vara de higuera convertida en una espada justiciera, despiadada, protagonista de mil cargas feroces contra los infinitos enemigos que sitia&amp;shy;ban el olivar disfrazados de espigas; y repasando su infancia como en un álbum de fotografías viejas reconoció con esfuerzo la figura gigante de Hilario enterrando costi&amp;shy;llas, el rostro esforzado de Hilario sacando agua del pozo, el andar cansino de Hilario caminando cabizbajo hacia el pueblo y la sonrisa bonachona de Hilario subién&amp;shy;dolo en sus hombros cuando la burra iba cargada, y una extraña pena que identificó con el escrúpu&amp;shy;lo por no hacer&amp;shy;lo con el miedo se agarró a su garganta recor&amp;shy;dándole a los lagartos ahorca&amp;shy;dos. “No será capaz de arrancar el cable. Ha sido una fanfarrone&amp;shy;ría del viejo”, pensó. Pero en lo más profundo de su corazón sabía que Hilario Arganza arrancaría el cable y cincuenta que pusieran simplemente porque a su edad lo tenía todo perdido en la vida, todo menos esa dignidad incomprendida que cultivan los viejos y que los jóvenes confunden a menudo con la cabezonería.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y eso mismo estaba pensando Hilario Arganza cuando el sol de mediodía empezó a derretir las nieves y a calentar sus huesos en el patio de la casa, que arrancaría aquel cable aunque le costase la vida porque más le había dolido arrancar de su corazón el amor de Catalina Ausejo, al que terminó encerrando en un ataúd hermético que sólo en las cálidas noches veraniegas, cuando los grillos interrumpían el sueño y los jazmines atafagaban el ambien&amp;shy;te, se abría provoca&amp;shy;dor, sigiloso, insultante casi, y desparramaba por la casa aquel perfume de maderas orienta&amp;shy;les que Catalina acostumbraba a ponerse en el cabello para hacer su presencia dulcemente martirizante mientras traji&amp;shy;naba por la casa barrisqueando las alcobas, haciendo potaje en el fogón o regañando a unos niños morenos, incorregibles, que durante años invadieron su imagi&amp;shy;nación de hombre solitario como un ejército de frustracio&amp;shy;nes perpetuas. “Lo haré”, pensó, y se dirigió al corral, cogió el deshollinador, salió a la calle y arrancó aquel cable tele&amp;shy;fónico con la furia de un quijote ante un molino de viento, con el odio enconado de una vida vencida por un adelanto científico capaz de aproximar palabras de amor pero también de alejarlas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Después se derrumbó en la mecedora, jadeante, satisfecho como los lagartos del olivar, y de nuevo evocó la presencia lejana de la centra&amp;shy;lita telefónica; recordó la tarde que la desmantelaron, se dejó acari&amp;shy;ciar por la misma brisa que arracimaba en el suelo las hojas muertas de los paraísos, y cómo aquel día trató de distinguir entre la muchedumbre de curiosos la figura gallarda de Catalina Ausejo y la del hombre que la desposó, aquel representante de chacinas que anduvo de boca en boca y que terminó instalando en la plaza del pueblo un estudio de fotografía pequeño, coqueto, donde él iba a retratarse de vez en cuando, a torturar con su presencia al hombre que cada noche poseía su sueño, a olfatear quizás un resto de perfume que hubiera quedado prendido en el pasamano de la escalera, en el picaporte del recibidor o simplemente en esa nebulosa de ansiedad que percude los ambientes cuando las presen&amp;shy;cias son desea&amp;shy;das hasta la muerte; y oyó con toda claridad el murmullo asombrado y nostálgico de la gente, el trino de los pája&amp;shy;ros en los árboles y el ruido de un camión donde varios hombres cargaban las piezas del artefacto telefó&amp;shy;nico que ahora le parecía sospechosamente antediluviano y casi irreconocible, el mostrador de pino donde tantas veces se reclinó junto a los representantes que tomaban notas fugaces e indescifrables y las banquetas de iglesia donde los curiosos aguardaban su turno y las mujeres de los emigrantes charlaban de guisos que abrían el apetito y de rumores sobre adulterios que recorrían el pueblo según la época mientras muy lejos, en Alemania o en Francia, sus maridos espera&amp;shy;ban junto al teléfono de la pensión una llamada que les devolviera la ilusión y les recordara que en el pueblo había mujeres que los deseaban, amigos que los recordaban y niños que pronunciaban sus nombres todos los días a la hora del almuerzo, con añoranza y alegría, no como él pronunció aquella tarde el de Catalina Ausejo, a quien achacó todas las infelicidades de una vida fraca&amp;shy;sada y solitaria que sólo encontraba consuelo ya en el orgullo, en el despecho y en esa vieja artimaña humana de imputar al prójimo las derrotas propias; y justo cuando su mirada reconoció en la muche&amp;shy;dumbre el cabello negro de Catalina, un aldabonazo en la puerta de la calle lo resca&amp;shy;tó violentamente del pasado rom&amp;shy;piendo su conexión con el murmullo de los curiosos y el trino de los gorriones. En la acera, sobre el tricornio negro de un guardia civil, el sol bailaba una danza de reflejos y deste&amp;shy;llos acompasado por un silencio que desplazó al viento y a la cortesía.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;‑ Mañana vendremos otra vez a poner el cable ‑dijo Ernesto Berlo&amp;shy;so, seguro, confiado, autoritario‑, y si lo vuelves a arrancar te vienes conmigo al cuartel... o al manicomio, como prefieras.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y durante un minuto que pareció un siglo, Ernesto Berloso aguardó apoyado en el dintel una respuesta que se perdió en el brillo de las pupilas, en ese espejo de los ojos que el pasado acostumbra a visitar, como un poeta nostál&amp;shy;gico, para escribir en él todo lo que pudo ser y no fue, todo lo que fue y no será, la sustancia entera de una vida conden&amp;shy;sada en milímetros ansiosos convertidos en millas por un silencio que lo llevó al olivar y lo trajo al pueblo, que lo zarandeó a lomos de una burra, que le recordó el tabaco negro del abuelo Andrés y por fin lo clavó en la acera con un porta&amp;shy;zo sin respuesta, sordo y desfigura&amp;shy;do como la vereda de ida y vuelta que une el presente con el pasado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En el interior de la casa Hilario Arganza se arrimó a la chimenea y recordó el día que fue a retratarse al estudio y a través de una puerta entreabier&amp;shy;ta percibió un leve olor a maderas orientales y la vio sentada en la mesa camilla, al calor de la lumbre, tejien&amp;shy;do un gorro de lana para un niño que germinaba en su vien&amp;shy;tre... Catalina ¿por qué demonios te casaste con ese peti&amp;shy;metre de fotógrafo? ¿Por qué me cambiaste por un trabajo en el telé&amp;shy;fono? Y así estuvo pensando en ella el resto de la tarde hasta que la noche ennegreció la sierra y el pueblo, hasta que la oscuridad se consumió en su pensamiento tan rápidamente como la leña en el fuego, con la intensidad del frío mañanero que de nuevo trajo de la mano al viento nevado de la montaña, al tamborileo de los martillazos en la fachada y a las voces de unos obreros del teléfono empeñados en hacerle la guerra a un viejo que no estaba dispuesto a perder la última batalla, y menos ante un invento que con los años llegó a odiar tanto como a la vejez.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero aquel ruido exterior que preconizaba un en&amp;shy;cuentro fatal no consiguió recupe&amp;shy;rarlo del pozo del pasa&amp;shy;do, sino que más bien lo sumergió definiti&amp;shy;vamente en los paraísos de la plaza y en la voz cadenciosa de Catalina Ausejo, a quien de nuevo sentó frente a él para mirarle las rodillas a la luz de la luna, rozar tímidamente la piel de sus manos y emborra&amp;shy;charse con el perfume de los jazmines y el simbo&amp;shy;lismo de unas palabras capaces de convertir el alma de un campesi&amp;shy;no en la de un poeta... Catalina, qué bonita está la luna, qué envidia deben tenerte las estrellas, cómo deben ponerse los luceros cuando te ven salir a la calle con ese peinado y esa sonrisa, con esos andares que me vuelven loco, Catalina, volvió a suplicarle aquella noche, que te cases conmigo y dejes la Telefó&amp;shy;nica que me voy a morir de berrenchín como los gorrio&amp;shy;nes, que mira que un día voy a matar a uno de esos cursis de la capital; pero Catalina guardó un silen&amp;shy;cio definitivo, y fue un silencio tan desgarrador que incluso muchos años después, cuando la felicidad se posaba esporádica y caprichosa en el corazón de Hilario, regresa&amp;shy;ba del pasado inesperadamente, como esa niebla que sor&amp;shy;prende a veces a las mañanas veraniegas, y envolvía sus sentidos aprisionando su voluntad y obligándolo a padecer el sufrimiento inevitable que produce la nostalgia al desprenderse de la piedad. Era un silencio mezclado con miedo que Hilario presentía media hora antes de su llega&amp;shy;da, que producía en su espinazo el mismo efecto que el amanecer en los condenados a muerte y que exactamen&amp;shy;te igual que aquella mañana lo conducía inevitablemente al monólo&amp;shy;go con Catalina, que muy a lo lejos, tan lejos como puedan estar treinta años, presen&amp;shy;ció a través de la venta&amp;shy;na la retirada de los obreros y de la Guardia Civil.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Así, amparado en la mudez solitaria de una fachada mancillada por la fuerza, Hilario Arganza abandonó la casa y el pasado y volvió a arrancar con indignación el cable tele&amp;shy;fónico que debía unir la parte alta del pueblo con el rumor lejano de una capital llena de fotógrafos y de represen&amp;shy;tantes de chacinas. Después, barruntando la repre&amp;shy;salia como en los tiempos de la guerra, sacó del ropero la escopeta de caza, arrimó el aparador contra la puerta y se atrincheró tras la ventana aguar&amp;shy;dando la llegada inevita&amp;shy;ble de Ernesto Berloso, a quien más pronto que tarde tendría que enfrentarse; y se lo imaginó dando órdenes a una cuadrilla de guardias, garabatean&amp;shy;do la tierra tras la esquina como un general de academia diseñando una estrate&amp;shy;gia; y vio en las azoteas vecinas los uniformes azules de la Policía municipal, todos juntos, tor&amp;shy;pes, apiñados, ofreciendo un blanco perfecto, y al fondo de la calle un vehículo con megáfono instándolo a una rendición cuyas condiciones inaceptables incluían la imposición humi&amp;shy;llante de un cable telefónico que atravesaría su fachada como un prepotente símbolo del progreso; pero justo cuando se dispuso a abrir fuego contra la masa de municipales, un automó&amp;shy;vil de la Guardia Civil lo devolvió a la realidad aparcando tranquilamente en la puerta de su casa, llevando en el motor el recuerdo ronco del camión despiadado que desmanteló la centralita, muchos años atrás, una tarde que el viento arraci&amp;shy;mó las hojas al pie de los árboles, cuando el amor perdió su blancura, cuando Ernesto Berloso aún tenía dos años; y le pareció mentira que el tiempo fuera tan falso y que su engaño trocara los segundos en años y pusiera frente a él a un niño que ahora era guardia, que abría la ventani&amp;shy;lla y lo llamaba a voces diciéndole que saliera a la calle que quería hablar con él, que soltara la escopeta, que sabía que estaba escondido detrás de la ventana y que si se ponía por las malas habría que sacarlo a tiros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;‑ Mira que como mates a alguien te la buscas, Hilario ‑ conti&amp;shy;nuó diciendo‑, suelta la escopeta y ven con nosotros que vamos a aclarar en el cuartel lo del cable.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Hilario Arganza descorrió los visillos tan fácil&amp;shy;mente como abría las cortinas del tiempo, asomó el arma y disparó dos tiros como truenos que sobresaltaron la calle, espantaron a los gorriones que tiritaban en los paraísos de la plaza y aguje&amp;shy;rearon el coche de los guar&amp;shy;dias, aparcado defini&amp;shy;tivamente mientras los números co&amp;shy;rrían a ocultarse tras la misma esquina que había prestado auxilio a Ernesto Berloso. Un segundo después la voz de Hilario recorrió la calle siguiendo la trayectoria de los tiros, poniendo al pueblo en pormenores de lo que estaba ocurriendo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;-Ernestiillooo ‑gritó‑, te juro que al que asome la cabeza se la vuelo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;Durante un enorme segundo Ernesto Berloso rememoró las rancias historias de guerra que Hilario Arganza contaba a la sombra de los olivos, cuando el verano achicha&amp;shy;rraba la tierra y el tedio introducía aque&amp;shy;llas largas tertu&amp;shy;lias remojadas en agua fresca, perfumadas con tabaco negro y salpicadas de fantasía y realidad; y asustado quizás por el poderío ancestral de aquel hombre que se le antojó un gigante escapado del pasado, no supo hacer otra cosa que guardar silencio y esperar la llegada de refuerzos, unos refuerzos que subieron por la calle titubeantes, asustados, vestidos de azul marino como niños de comunión y que huyeron despavoridos cuando Hilario volvió a disparar, a sembrar la calle de perdi&amp;shy;gones y de sustos, a reafirmar su postura infle&amp;shy;xible en una trinchera donde estaba dispuesto a morir por un simple cable que sin él saberlo era el nexo de unión entre la juventud y la vejez, entre la fuerza y debilidad, entre el presen&amp;shy;te y el pasado de un hombre que por perder perdió hasta la guerra.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y justo cuando trataba de justificar aquella postura tras la ventana, instigado por las voces de la autoridad, oyó tras él, en el patio, un ruido inoportuno, extraño, veloz, que en cuestión de segundos penetró en la cocina derrum&amp;shy;bando las escarpias y los plateros y lo sorprendió por la espalda en forma de mil manos que lo desarmaron, lo tumba&amp;shy;ron y le pusie&amp;shy;ron dos garras metálicas en las muñecas mucho menos dañinas que aquella marabunta de voces, de miedos más bien, que se difuminaron en el ambiente de la casa como el viento en los riscos de la sierra, y que decían algo así como no tiréis que ya lo tenemos, que somos nosotros que ya salimos. Y efectiva&amp;shy;mente salieron a la calle mientras una lluvia impertinente aplacaba el frío y calaba los huesos, mientras la mañana acorrala&amp;shy;ba al sol con nubes cenicientas, con formas capricho&amp;shy;samente plomizas que configuraron un cielo triste donde Hila&amp;shy;rio Arganza se reflejó al salir, recibiendo la lluvia en el rostro, pensan&amp;shy;do en Catalina y en la casa, en el olivar y en la guerra, en los paraí&amp;shy;sos de la plaza y en mil cosas peregrinas y rápidas que invadieron su pensamiento mientras subía al coche de los guardias y se veía reflejado en el cristal, viejo y deformado como un pinsapo de quinientos años.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-2948617142126798562?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/2948617142126798562/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/rendicion-bajo-la-lluvia-premio-de.html#comment-form' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2948617142126798562'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/2948617142126798562'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/rendicion-bajo-la-lluvia-premio-de.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SghvFjvxnfI/AAAAAAAAAMw/2L6otbNajwM/s72-c/20070821klpinginf_67.Ies.LCO%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-5631281664692035628</id><published>2009-05-03T13:18:00.000+02:00</published><updated>2009-05-03T13:24:23.167+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La mirada del Diablo'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sf1-WNXhQRI/AAAAAAAAAMI/lz3TnRx4fiU/s1600-h/cf-rioja-logrono-pte-piedra[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5331556453887066386" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 262px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sf1-WNXhQRI/AAAAAAAAAMI/lz3TnRx4fiU/s320/cf-rioja-logrono-pte-piedra%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;LA MIRADA DEL DIABLO&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#993300;"&gt;Premio de Narrativa "De Buena Fuente"&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;La tarde se fue reclinando con humildad en las aguas del río y muy pronto acabó confesando su inten&amp;shy;ción. El cielo se volvió plomizo y nuclear, irrespetuosa&amp;shy;mente anubarrado, impenetrable y triste como los adioses. Poco a poco el puente fue quedando desierto, abandonado a su soledad de piedra por transeúntes temerosos de la lluvia. Durante un buen rato contemplé las aguas del Ebro tratando de hallar en su fondo alguna de las respuestas fugitivas que durante años me habían eludido, pero el agua y mi soledad enturbiaban sus formas y pronto comprendí que aquel día también transcurriría vacío, despoblado, anodino y seco como todos los demás. Pensé entonces en la poética simbología de los puentes, en la incuestionable realidad de dos orillas unidas artificialmente por la piedra o el hierro. “Los puentes son el símbolo de la amistad”, decían las voces de mis maestros en aquel lejano orfana&amp;shy;to de postguerra, “unen lo distanciado” decían, “re&amp;shy;conci&amp;shy;lian lo opuesto”. Entonces lo creí. Después no. El cora&amp;shy;zón del amor no puede ser duro como la piedra, aunque a veces ésta se re&amp;shy;blandezca con la lluvia y se estremezca con la tormen&amp;shy;ta. Eso pensaba entonces y lo pensé aquel día, mientras la tarde cerraba filas frente a la ciudad amena&amp;shy;zando con saquearla, pero aquello fue antes de cono&amp;shy;cerla, cuando el mundo aún giraba sobre su eje.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;De lejos me pareció al pronto una bandera gris aban&amp;shy;donada en la huída, un pendón deshonrado agitán&amp;shy;dose al viento, pero luego la sensualidad salvaje de su cuerpo moldeado por la tormenta y los plie&amp;shy;gues talares de su vestido, sacudieron la base de mis instintos con la fuerza seductora de lo desconocido, y a medida que me aproximaba a ella sentía derrumbarse el castillo de mis principios, piedra a piedra, momento a momento. Al llegar a su altura giró la cabeza, me regaló una mirada gris como el arrebol de nubes que enturbiaba el río, me sonrió y comprendí entonces el secreto de las canciones de Azna&amp;shy;vour, la ternura infinita que puede producir la lluvia bañando el pasamano de un puente y el irreparable y colo&amp;shy;sal error que había sido mi vida entera. Por un instante eterno pensé volverme, apoyarme a su lado y empaparme junto a ella, pero ese resorte de la ética que tanto he odiado con el tiempo me lo impidió. Entonces seguí pasean&amp;shy;do abati&amp;shy;do, como un general sin historia camino de una ciudad cerrada, dejando atrás el segundo más valioso de mi vida, un tesoro sin precio enredado en los bucles de un pelo bruno injustamente azotado por el viento. Al llegar a la orilla volví el rostro y aún seguía allí, asomada al puente de piedra como un ángel desterrado, soportando impertérrita una lluvia incómoda que quedaría grabada para siempre en mi pensamiento, misteriosa y solitaria, ajena por completo al efecto devastador que su mirada había causado en mi destino.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante mucho tiempo no volví a verla salvo en sueños. Por la noche me asaltaba sin piedad en la habi&amp;shy;tación, me susurraba palabras de amor al oído y me llevaba de la mano al balcón, donde los ojos de piedra del puente me observaban desde lejos, inamovibles, fríos, reprochán&amp;shy;dome aquel sentimiento doloroso y extraño que había queda&amp;shy;do defi&amp;shy;nitivamente prendido en mi alma con alfileres de fuego. En cambio durante el día era yo quien la buscaba desesperado en torno al puente, de forma que todos mis caminos convergían en él como todos mis pensamientos lo hacían en ella. A veces pasaba las horas apoyado en la barandilla, dejándome llevar por las aguas del río, ator&amp;shy;mentado por el recuerdo candente de aquellos ojos rasgados de félido sin nombre, temiendo que volvieran a mirarme, rogando a Dios que lo hicieran de nuevo. Después regresaba a casa sumido en la contradicción, odiando al destino por privarme de aquella mirada capaz de despertar en mi alma una indeseada propensión al deseo. De eso se trató siempre en el fondo, por mucho que me resistiera a creerlo, de una apetencia vesánica de aquel cuerpo azotado por el viento, de una hambruna medieval que dormía en mi instinto sin yo saberlo y que sus ojos de panterina en celo, humedecidos por la ventisca en la lejana tarde del puente, se encarga&amp;shy;ban ahora de extender por cada poro de mi piel como un castigo bíblico, como una prueba irrefutable de la exis&amp;shy;tencia del Diablo. En él pensé durante mucho tiempo, y sólo a su influencia pude atribuir aquella mística inape&amp;shy;tencia de la vida, aquel desprecio injustificado hacia los actos cotidianos y el afán por aferrarme a todo lo incon&amp;shy;creto, a todo lo que tuviera un carácter insustancial y efímero, a los sueños, a los deseos, a las frustraciones. El mundo entero había empezado a girar en torno a ella, a una mujer desconocida cuyo nombre ignoraba, a un ángel demoníaco de gesto equilibrado y mirada turbadora al que indudablemente amaba, ya no cabía duda después de tantas noches asomado al balcón, observando la figura romántica de aquel puente de piedra recortado en el río, decorado con el neón de una ciudad que se bañaba en sus aguas junto a la luna, una luna resplandeciente y cruel, hueca, inha&amp;shy;bitada, sin ella. Lo que sentía mi corazón era un matiz del amor totalmente distinto al que me habían ense&amp;shy;ñado, algo sobrenatural, contradictorio, diabólicamente cercano a Dios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;De ese modo sobreviví al invierno, cediendo terre&amp;shy;no al deseo y al miedo, perdiendo poco la batalla en&amp;shy;tabla&amp;shy;da contra mi destino. Cuando llegó la primavera el puente de piedra seguía siendo el mismo, pero yo no. Había enflaquecido hasta el punto de preocupar seriamente a mis amigos, había entregado mis labores a la mano arbitraria del capricho injustificado y había vendido mis ojos a las lentes frías de un anteojo de campaña comprado en la calle del Mercado, frente al que pasaba las horas muertas es&amp;shy;piando el paisaje humano del puente, sostenido tan sólo por la precaria esperanza de reconocerla en el anonimato de los rostros. Así fue como la primavera irrumpió en el descon&amp;shy;cierto de mi sangre, disimulada por la urgencia cotidiana de mis afanes imposibles, y hubiera conseguido pasar desapercibida si aquel domingo por la mañana, al salir de misa, yo hubiera ido como siempre a visi&amp;shy;tar a mis enfermos en lugar de pasear por el parque espe&amp;shy;rando que el destino me la trajera de la mano, envuelta en aquel vesti&amp;shy;do de encajes que resaltaba su belleza, esplendorosa como el sol de abril, absolutamente inaccesible para un hombre como yo. Recordé la tarde cenicienta del puente, llamé su atención con un gesto nervioso que no pude con&amp;shy;trolar y ella volvió a mirarme como aquel día, a partirme el alma en dos y a descubrirme que la belleza de sus ojos había duplicado aquel efecto dulcemente maléfico que aún me hacía temblar de noche y soñar de día.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;La seguí. Anduve tras ella como un perro hambriento de cariño, husmeando su perfume de violetas, lamiendo desesperadamente aquel rastro suyo que me hizo sufrir el dolor de las tentaciones bíbli&amp;shy;cas y envidiar la entereza de Ruiz Díaz de Gaona. La seguí como un embruja&amp;shy;do, como un poseso, igno&amp;shy;rando el paisaje urbano, fija la mirada en el contoneo de sus formas provocadoras y perfec&amp;shy;tas, aturdido por el rugido paquidérmico de los autobu&amp;shy;ses. Sólo cuando entró en el puente de piedra, aquella extraña pasión que impul&amp;shy;saba mi cuerpo se transformó en miedo. Si volvía a dete&amp;shy;nerse frente al río como en la lejana tarde de la lluvia, yo no sería capaz de ignorarla y tendría que asumir definitivamente la evi&amp;shy;dencia de una derrota que ya se había producido meses atrás. Pero no lo hizo, siguió caminando hasta entrar en un portal tan cerca&amp;shy;no al mío que las piernas me tembla&amp;shy;ron y el paladar se me secó, como en los domin&amp;shy;gos grises del orfana&amp;shy;to, cuando la esperanza en la liber&amp;shy;tad quedaba frustrada por la realidad, reducida a la miseri&amp;shy;cordia de las cari&amp;shy;cias y al consuelo de las monjas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Aquella noche me debatí en la cama, ator&amp;shy;mentado por la proximidad de su mirada y de su casa, reprochándome los momentos perdidos, las estrategias erróneas y las torpezas cometidas. Lloré de impotencia por las limitacio&amp;shy;nes que me impedían poseerla y de envidia por el valor que siempre desee tener y que nunca tuve. Al amanecer me aposté en el puente con los gemelos, como un cazador en un acechadero, y allí permanecí hasta verla salir de su casa para volver a seguirla, para respirar de nuevo su incon&amp;shy;fundible perfu&amp;shy;me de violetas y para conti&amp;shy;nuar muriendo poco a poco, marti&amp;shy;rizado por el tormento dulzón del amor imposi&amp;shy;ble.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Durante toda la primavera estuve sumergido sin piedad en aquella guerra de escaramuzas y espionajes que me fue consumiendo como un vicio destructivo, hasta que una mañana de domingo la vi entrar en la iglesia, con su porte de vestal orgullosa y su cadencia nostálgica de musa sin poeta. El corazón me dio un vuelco. Todo el camino estaba recorrido ya sin yo saberlo, y el final de aquel tormento, fuera el que fuera, se adivinaba en el repique de las campanas heridas por el badajo, en el revuelo de palomas que retozaban a la entrada y en el olor untuoso del incienso que me atacó al entrar, emboscado tras las columnas, tratando de vencer inútilmente al perfume embriagador de su pelo. La sangre hirvió en mis venas alborotadas y mi corazón galopó por la iglesia destrozando el equilibrio del retablo y la paz de las oraciones. Era la festividad de san Bernabé, el tolerante compañero de san Pablo que abrió su corazón a los paganos; si él no amparaba mi sentimiento bajo el manto de su día, nadie en la tierra ni en el cielo podría hacerlo, porque el diablo mismo había hecho un milagro en la casa de Dios, un prodigio indeseado y gran&amp;shy;dioso que proba&amp;shy;blemen&amp;shy;te se daba cada domingo sin yo saberlo, y que ahora me mostraba a la mujer del puente reclinada en el confesiona&amp;shy;rio, aguardando la llegada de alguien que tuvie&amp;shy;ra la mise&amp;shy;ricor&amp;shy;dia de oír la voz de su conciencia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Entré entonces en la sacristía, me preparé para la misa llevado de un nerviosismo inusual y salvaje, mi sotana de sacerdote me resultó tan onerosa como a Cristo la cruz y urgentemente irrumpí en el confesionario aturdido por el apre&amp;shy;mio del corazón. Fue entonces cuando oí su voz angelical y cadenciosa contando cosas de su esposo y de sus hijos, de su madre enferma y de su escasa propen&amp;shy;sión al sacri&amp;shy;ficio; vivencias tan vulgares y coti&amp;shy;dianas, tan imaginables pero tan íntimas, que al oírlas me sentí traidor. Y lo hizo de una forma tan natural que su perfume de viole&amp;shy;tas se interpuso entre nosotros como un insalvable muro de respe&amp;shy;to, rotundo y definitivo, que marcó en mi corazón la frontera entre la verdad y la mentira, entre la ficción alentada por el deseo y la realidad, invariable y doloro&amp;shy;sa, sustentada en los pilares de la vida. Comprendí enton&amp;shy;ces que el diablo disfrazado de confusión en&amp;shy;cuen&amp;shy;tra el terreno abonado en los corazones solita&amp;shy;rios, que nadie puede corregir los escritos de Dios aunque sean contrarios al corazón y que lo único lícito de algunos sueños es tan sólo la belleza que entrañan.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Con el tiempo todo pareció volver a la norma&amp;shy;lidad, pero a veces, cuando el cielo se cierra sobre la ciudad y el agua del Señor se ayunta en el Ebro con la de los hombres, descorro los visillos de mi balcón y mis ojos se encuentran en el río con los del puente de piedra, y sobre él trato de concretar los perfiles de un sueño inalcanzable, de una mirada con la virtud de turbar la conciencia y de una noche lejana y mágica cuyo dueño no sabría decir aún si fue Dios o el Diablo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-5631281664692035628?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/5631281664692035628/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/la-mirada-del-diablo-premio-de.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5631281664692035628'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5631281664692035628'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/05/la-mirada-del-diablo-premio-de.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sf1-WNXhQRI/AAAAAAAAAMI/lz3TnRx4fiU/s72-c/cf-rioja-logrono-pte-piedra%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-5815893728754333754</id><published>2009-04-27T23:59:00.000+02:00</published><updated>2009-04-28T20:32:42.748+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SfYrshQsL2I/AAAAAAAAAMA/hMEKuHrOEfQ/s1600-h/oct26_hogarth_time_smoking[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5329495252882173794" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 250px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SfYrshQsL2I/AAAAAAAAAMA/hMEKuHrOEfQ/s320/oct26_hogarth_time_smoking%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;CALAMANDA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Aquel 5 de febrero, festividad de santa Calamanda, El Bergante se hallaba anclado en Port Royal. Enero no era un mes propicio para navegar a la aventura y los marineros mataban la nostalgia en las tabernas bebiendo hasta reventar, entonando canciones marineras que los acordeones mecían en la memoria y fornicando sin parar con barraganas a las que pagaban fortunas por oír una promesa de amor eterno. Sin embargo, febrero era un mes para el acecho. Los barcos españoles empezaban a reunirse en La Habana para emprender juntos el retorno a la patria y muy pronto llegaría la hora de cazar a los rezagados.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Al amanecer del día 5, John W. Hawker dio la orden de zarpar hacia el peligroso canal de las Bahamas, de improviso, sin misericordia alguna por los cuerpos de sus hombres reventados de la noche anterior. A muchos tuvieron que embarcarlos dormidos, empapados en orines y tristezas, y arrojarlos a la bodega junto a los fardos de café y tabaco con la esperanza de que despertaran a mediodía. John Hawker había tenido la noche anterior un sueño premonitorio, un sueño percochado de sudor y venganza, de colores y espejos, de sangre y arrepentimientos, que no supo recomponer al abrir los ojos. Tenía prisa por conocerlo al completo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Antes de mediodía, cuando algunos aún se debatían en la bodega entre la vida y la muerte, el vigía avistó una vela y el capitán Hawker supo que su premonitorio sueño, difuso todavía en las tinieblas de su consciencia, estaba a punto de perfilarse en el mar. Y antes incluso de avistarlo por el catalejo su corazón empezó a desbocarse acelerado, receloso, violento. Más que una mentira parecía un espectro del pasado y más que una casualidad un regalo del Diablo por algún favor merecido. Era el HMS Victory. Ochenta cañones y setecientos hombres, uno de los emblemas de la Armada inglesa, al mando sin duda del capitán Benjamin Bartholomew Powel, el hombre que lo gobernaba con puño de hierro, aquél que muchos años antes quemó los versos de amor de un teniente de navío llamado John W. Hawker sólo por el placer de burlarse de los débiles.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;¡Bendita la hora! –gritó- Cuando abordemos a ese barco, caballeros, no quiero prisioneros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;John Hawker se acercó al navío inglés por el lado de babor. Conocedor de la operatividad demoledora de su artillería, se mantuvo a la distancia necesaria para no ser alcanzado. En cambio ordenó colocar calzos en las cureñas de sus cañones, sacrificando la potencia en beneficio del alcance. Las balas de El Bergante llegarían una tras otra a la cubierta del Victory sin que éste, rabioso y dolorido como un jabalí hostigado por una jauría de perros, pudiera hacer otra cosa que disparar con frenesí sobre el barco pirata sin llegar a alcanzarlo, a pesar de las persistentes maniobras de aproximación.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Los proyectiles de El Bergante, calentados en hornillos hasta estar al rojo vivo, caían sin compasión sobre la cubierta, el velamen y la arboladura del Victory, desatando un infierno de fuego y desolación cuyo desenlace fatal sólo era cuestión de tiempo. Desde el castillo de popa, el capitán Benjamin Bartholomew Powel distinguió el rostro de perro herido de John Hawker y lamentó amargamente el día lejano en que quemó los poemas de amor de aquel teniente de navío en la cubierta de su poderoso barco, ahora ardiendo sin remisión alguna como un pergamino gigantesco lleno de versos y de vidas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Pero era un dolor superable, nada comparado a la lacerante herida producida por la certidumbre de saber que su única hija, por triste coincidencia, por designio del destino o por capricho del Diablo, viajaba en aquel momento a bordo del HMS Victory. Y cuando el fuego se extendió y reventaron los cañones en los pañoles y sus hombres se arrojaron al mar y vio avanzar a toda vela a El Bergante en busca de un abordaje fatal, su mano asió indefectiblemente la pistola y se disparó en la sien. Justo cuando su dedo apretaba el gatillo pensó en su hija, en el error fatal de no haberla matado. Iba a entregarla con vida en manos de aquel hombre enloquecido por la venganza y él ya estaba muerto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y así fue. En medio de las llamas y de un humo espeso y fatal, John W. Hawker se abrió paso a sablazos hasta el camarote de Benjamin Bartholomew Powel. En la puerta, un teniente de navío le hizo frente con un sable, insensato y feroz, y era tan parecido a él cuando servía en el Victory que John Hawker tuvo la impresión de disparar contra un espejo en el momento de matarlo. Al descerrajar la puerta halló en el camarote a una joven de inconcebible belleza con el pelo más rubio, largo y brillante que había visto jamás. Sólo tuvo que mirarla a los ojos para saber que era la única hija de Bartholomew Powel. Junto a ella un hombre con el rostro tan sereno y despejado y la mirada tan inteligente y limpia que Hawker lo pensó dos veces antes de apretar el gatillo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-¿Quién sois vos? –le preguntó apuntándole al rostro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;El hombre, sin bajar la mirada, le respondió impasible.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-William Hogarth, pintor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-En mi vida he matado a un artista –contestó John Hawker bajando el arma-, sería como matar a Dios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Y al salir del camarote sintió ciertamente la desazón de haber matado a Dios al escuchar los lacerantes gritos de la joven junto al cadáver del teniente de navío que guardaba la puerta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Ni siquiera a bordo de El Bergante pudo desprenderse John Hawker de la atrapante angustia. Alojó a la joven y al pintor en su propio camarote. La cubrió de regalos y de palabras de consuelo, de esperanzas imaginarias, de promesas inconcebibles. Durante dos días le contó a media voz las historias marineras que había oído en los puertos de medio mundo, le recitó libros enteros de poemas y le tocó el acordeón hasta caer rendido de cansancio. Hasta el loro Gordon le recitó en latín los versos de Catulo. Pero la tristeza no desaparecía de su rostro. John Hawker sabía que sin quererlo había quemado los poemas de amor de aquella joven como muchos años antes había hecho Bartholomew Powel con los suyos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-¿Cómo te llamas, muchacha? –le preguntó un día en el tono en que se preguntan las cosas a los niños indefensos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Calamanda –respondió ella asustada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;-Bien, Calamanda –dijo John Hawker satisfecho de haberla oído hablar por primera vez-, tu amigo el pintor William Hogarth va a pintarnos a los dos en este camarote. No quiero olvidarme de tu rostro ni de mis errores cuando te desembarque en Jamaica.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;William Hogarth decoró a su gusto el camarote de popa de El Bergante, donde John W. Hawker a veces escribía versos de amor. Disfrutó al hacerlo. El capitán abrió los baúles donde guardaba el fruto de sus saqueos y los puso a su disposición. Las más ricas telas del mundo, los mejores muebles, la ingente cantidad de libros, los incontables objetos de oro, plata y marfil… Todo lo distribuyó Hogarth magistralmente. Luego puso frente a ellos un espejo repujado en plata y los pintó de forma que ambos se vieran reflejados en él. Calamanda sentada en una otomana de piel y John Hawker, de pie junto a ella, apoyado en la muleta, con el loro Gordon en su hombro izquierdo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;Cuando William Hogarth terminó la obra se la mostró orgulloso a John Hawker. Todo distribuido tal como el pintor lo había visto: las telas, los objetos, los muebles, los libros, el espejo… Y al mirar el espejo Hawker sintió un sobresalto. Calamanda se veía reflejada en la superficie pero él no. Alarmado, inquirió a Hogarth. El pintor, con la sorpresa y el pavor perfilados en el rostro, sólo pudo decirle la verdad: “Os juro por lo más sagrado, señor, que yo os he pintado en ese espejo”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#000099;"&gt;John W. Hawker estaba seguro de que así había sido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-5815893728754333754?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/5815893728754333754/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/calamanda-aquel-5-de-febrero-festividad.html#comment-form' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5815893728754333754'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5815893728754333754'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/calamanda-aquel-5-de-febrero-festividad.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SfYrshQsL2I/AAAAAAAAAMA/hMEKuHrOEfQ/s72-c/oct26_hogarth_time_smoking%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-5970084449240106212</id><published>2009-04-19T12:39:00.000+02:00</published><updated>2009-04-20T15:50:02.530+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La mujer de papel'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SesAGXKYpbI/AAAAAAAAALA/pug_0Ez_Wpg/s1600-h/AA-WP324~Abrazo-de-pasion-Posters[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326351093592532402" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 223px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SesAGXKYpbI/AAAAAAAAALA/pug_0Ez_Wpg/s320/AA-WP324%257EAbrazo-de-pasion-Posters%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;LA MUJER DE PAPEL&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;Premio de cuentos Ciudad de San Sebastián&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;Nicolás Casado barruntó el hechizo destruc&amp;shy;tor de Lahara una tarde de invierno en la tasca Las Cru&amp;shy;ces, frente a una copa de aguardiente dulce, en medio de un murmullo nervioso de jornaleros en paro, mientras el viento ahilado de noviembre impregnaba las frustraciones y los miedos de un remoto olor a Navidad que nunca olvida&amp;shy;ría. La vio reclinada en una otomana decorada con rosas de Alejandría, con las piernas abiertas en posición de parto urgente, el torso babilónico y descubierto y la mirada de almendra dulce y húmeda. Junto a ella, una marquesita de princesa, cálida y desamparada, acurrucaba una ropa inte&amp;shy;rior de encaje cuyas randas entretejidas parecían albergar aún la sensualidad diabólica de aquella mujer desnuda. Acababa de conocerla y algo reventó en su corazón limpio y primitivo. Sin darse cuenta se alejó del entorno con la violen&amp;shy;cia amarga de un vagón de deste&amp;shy;rrados y penetró en el mundo de la mujer como un corcel joven sediento de lujuria. Acari&amp;shy;ció su pelo revuel&amp;shy;to por ella misma en un ataque de deseo, su boca entre&amp;shy;abierta, perfecta y generosa y sus robustas caderas de esclava árabe; besó sus mejillas tiernas, sus pies de cenicienta solitaria y sus pechos de melocotón en almíbar. No lo pudo evitar. Sin temor alguno a los comenta&amp;shy;rios del bar, se la pidió al dueño.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#000099;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Carmelo -dijo-, dame ese almanaque del año que viene, que todavía no tengo.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Había logrado, por primera vez en cuarenta años, rasgar el traje de ridículo que cubría su corazón desde la niñez, y lo había hecho sin saberlo ni pretender&amp;shy;lo, impulsado por una fuerza interior y ardiente que se quedó a vivir en los pliegues de su piel y en los entresi&amp;shy;jos de su alma. Al pie del calendario, escrito con letras enrojecidas por la pasión, sólo un nombre: Lahara.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Durante muchos días aquel nombre de ultra&amp;shy;tumba dominó el cerebro de Nicolás Casado con despotismo faraónico, acompa&amp;shy;ñándolo al banqueo de los olivares cerca&amp;shy;nos como una sombra impertinen&amp;shy;te y deseada. Al amanecer lo acechaba en la puerta del dormitorio y a veces incluso en la misma cama, y ya permanecía junto a él durante el resto del día, atormentando su voluntad con la fuerza de una pose&amp;shy;sión infernal. Al principio sólo fueron aquellas seis letras las que invadieron su vida, pero el paso del tiempo convirtió su pasión irresistible de homínido salvaje en un gigante de piedra con forma de hembra, de modo que el nombre de Lahara terminó sabiéndole a poco, por eso cada maña&amp;shy;na enrolla&amp;shy;ba el calen&amp;shy;da&amp;shy;rio y lo ocul&amp;shy;taba en el fondo del canas&amp;shy;to, junto a la comida, con la esperanza de verla fugazmen&amp;shy;te a la hora del almuer&amp;shy;zo, sentado en las chuecas del camino, soñando con su piel de ángel mientras el resto de la cuadrilla recon&amp;shy;taba peonadas para solicitar el paro. Fue una costumbre peli&amp;shy;grosa que le acarreó bromas pesadas y lo obligó a intimar con ella en la soledad de su casa, explo&amp;shy;tando el aislamiento cómplice del baño o la penum&amp;shy;bra del patio bajo la luna de diciembre. Nicolás Casado apro&amp;shy;vecha&amp;shy;ba esos momentos para sentarse frente a Lahara y tortu&amp;shy;rarse con su mirada de gata en celo y sus muslos de yegua atlética, soñando con ocultarse en sus pechos como un avestruz asustado y morir entre sus piernas oyendo los latidos de su corazón galopante, perdido en onanismos múltiples que debilitaban sus piernas y lo sumían en complejos de culpa.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;En ese estado de ansiedad rayano con la locura lo sorprendió la Navidad, y se horrorizó al pensar que aquella mujer etérea había transformado cuarenta años de vida en cuarenta días desesperados, sólo con mirarlo desde aquel calendario que el taller de coches había repar&amp;shy;tido por el pueblo sin misericordia alguna. Un día se sor&amp;shy;prendió escribien&amp;shy;do su nombre en los troncos de los naran&amp;shy;jos que sombreaban la calle, y decidió ignorarla por temor al delirio irreversible, de modo que aquella misma noche le fue infiel, no acudió a su cita bajo la luna y se ocultó entre las sábanas como un conejo perseguido por la jauría del miedo. Pero ella pareció sentirse abandonada en su eterno parto de almanaque, presionada por la soledad florida de su marquesita, y a media noche tomó la decisión irrevocable de interrumpirle el sueño, penetrando en su dormitorio para mostrarle todos sus secretos de concubina veterana. Al principio fue tan sólo un dulce azote de caricias, pero más tarde se acurrucó con él en las sábanas para estre&amp;shy;charlo en un abrazo mortal, estrujarlo entre sus piernas robus&amp;shy;tas e inmovilizarlo sin piedad bajo su cuerpo de diablesa exóti&amp;shy;ca hasta que el amanecer penetró por la ventana espantando fantasmas y despertándo&amp;shy;lo con un irri&amp;shy;tante dolor de riñones y un temblequeo de bebé en las piernas. Entonces comprendió que la locura era inevi&amp;shy;table porque Lahara había decidido reventar el mundo desde su otomana de flores.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;A pesar de todo confió en el poder redentor de la realidad. Tomó un saco de costillas para pájaros y se fue al monte a enterrarlas junto al miedo, pero al pie del camino la encontró sentada en una piedra, con las piernas cruzadas, esgrimiendo una sonrisa cómplice que a punto estuvo de ponerlo en fuga. Entonces aceleró el paso y esquivó su mirada de pantera seductora sometido a temblores incontrolables y a terroríficas supersticiones de abuela, pero ella lo siguió hasta la espesura del bosque, donde logró alcanzarlo en un acarradero arris&amp;shy;cado, cercado de álamos y tentaciones, arropado en una calma&amp;shy;ria densa que presagiaba desenlaces rotundos. Entonces Lahara tuvo el atrevimiento de pronunciar palabras de amor que a Nicolás Casado le desolaron el alma y le abrieron los sentidos a una realidad intangible pero cierta que jamás había percibido. Lo obligó a sentarse en el suelo para poder acuclillarse en sus rodillas y abrazarlo con los muslos. Le acarició el pelo tosco de campesino en paro y consoló sus miserias con mordiscos de gacela tierna y marra&amp;shy;maos de morronga ardorosa; después lo derribó en la hierba y volvió a galopar sobre su cuerpo hasta dejarlo dormido en la derrota. Fue el día que Nicolás Casado llegó a Las Cruces buscando refugio y volvió a verla en la pared, sentada sobre los días del año venidero como una diosa del olimpo, soportando piropos sucios y lascivias innombrables, rogándole con la mirada que la rescatara de aquella zahurda de salvajes aguardientosos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Dame ese almanaque, Carmelo -Gritó.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El dueño se volvió hacia él, enrojecido por el silencio de la barra y el zumbido agresivo de las palabras.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Pero si ya te he dado uno, Nicolás -le dijo.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nicolás Casado golpeó entonces la barra del bar y pateó el suelo, colérico y nervioso.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Que me lo des -volvió a gritar-, que aquí no hay más que borrachos y cochinos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El dueño de Las Cruces descolgó el calenda&amp;shy;rio y Nicolás lo guardó en su casa junto al otro. Así fue como se acostumbró a verla desdoblada como las pasiones y a recorrer los locales del pueblo buscándo&amp;shy;la en cada pared, presintiéndola en cada murmullo. Donde&amp;shy;quiera que la intuía penetraba sin reparo, con aires de caballero andan&amp;shy;te, y exigía el calendario por la fuerza, sin respeto alguno hacia los deseos ajenos, atormentado sin piedad por el frenesí de los celos. Y como los calendarios se multi&amp;shy;plicaban con promiscuidad, terminó en el taller de coches pidiéndolos todos y en el cuartel de la Guardia Civil por haber querido agredir al dueño. Lahara se lo agradecía por las noches con visitas secretas al dormitorio que termina&amp;shy;ban en desenfrenos lujuriosos, en pactos de silencio y en promesas de lealtad que sellaban con besos de amantes y juramentos bíblicos.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Así fue como transcurrieron muchas noches de sueños transformados en materia en los que Nicolás lloraba de gozo cabalgando sobre ella y de pena cuando el alba cuarteaba la oscuridad del dormitorio con rayos de luz que laceraban su corazón. Por la mañana, Nicolás salía a ras&amp;shy;trear alguna peonada misericor&amp;shy;diosa que lo ayudara a cobrar las treinta mil pesetas del paro y a mediodía regre&amp;shy;saba bus&amp;shy;cando la que&amp;shy;rencia de Lahara y el calor de su piel, como el esposo ideal de un calendario de papel. Entonces fue cuando ella se sintió dueña de la situación y empezó a merodear por la casa sin miedo a la luz, sin respeto alguno hacia los retra&amp;shy;tos del comedor, ofen&amp;shy;diendo el rostro ancestral, grisáceo, severo del abue&amp;shy;lo, con su exube&amp;shy;rante presen&amp;shy;cia de odalisca abierta y generosa, y no dudó en asaltar a Nicolás Casado en los rinco&amp;shy;nes más insospechados de la casa, ace&amp;shy;chándolo como una felina calenturienta tras la puerta de la cocina, bajo el hule de la mesa camilla, entre las toscas maderas de las costillas para pájaros, y él se dejaba llevar sin vacilaciones por sus ojos de tigre&amp;shy;sa y sus palabras de meretriz experta.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al comenzar el año, Nicolás Casado sintió que la presión de aquella mujer de papel podía acarrearle un desenlace fatal, pues había llegado a confundirla con las maestras del colegio y con las esposas de sus amigos, en un signo inequívoco de locura que todo el pueblo empe&amp;shy;zaba a intuir, de modo que decidió cortar radicalmente el hilo de deseo que lo unía a ella antes de que su cordura se hiriera de muerte con los tallos espinosos de aquellas rosas de Alejandría que decoraban la otomana de Lahara. Empezó a buscar los calendarios que tiempo atrás había escondido por todos los rincones de la casa y a destruir&amp;shy;los sin piedad ni descanso, desoyendo los lamentos y los ruegos de su amante, y a medida que lo hacía iba desentra&amp;shy;ñando la magnitud de su locura. Una mañana descu&amp;shy;brió el cuarto de las herramientas decorado con muebles parecidos a los de la estampa, muebles que no supo recordar de dónde vinieron, y las paredes empapeladas con la postura partu&amp;shy;rien&amp;shy;ta de aquella mujer desnuda que gemía de pena en la tras&amp;shy;tienda de su cerebro. Fueron días de angustia en los que no acudió al campo por temor a encontrarla en el camino, noches de rechazo en las que sentía el llanto de Lahara en la puerta del dormitorio suplicando caricias y palabras que él negaba aferrado a la realidad con la fuerza de un náufrago, asustado ante aquel fantasma de manicomio que había visto reflejado en las pupilas de medio pueblo; y en aquella forma brutal de desprecio padeció el dolor descarnado de la separación, la pena infinita de los adioses impuestos, hasta que por fin logró convencerla de la imposibilidad evidente de los amores ficticios. Ella se batió entonces en una retirada sin condiciones, pero en el corazón solitario de Nicolás Casado algo la seguía buscando tras las formas de cada mujer y en los colores de cada cuadro.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Una noche de enero que Nicolás nunca olvi&amp;shy;daría, cuando parecían ahuyentados todos los fantasmas de la locura, un poderoso olor a rosas invadió la penum&amp;shy;bra del dormitorio, impregnó las paredes y penetró en la cama con la prepotencia destructora de un ejército inva&amp;shy;sor. Nicolás abrió los ojos sin volver la cabeza, temiendo que la fuerza de la nostalgia hubiera impulsado a Lahara a un contraataque definitivo, y pudo percibir nítidamente el roce de una piel de almíbar y el aliento sísmico de una hembra en celo. Después sintió los dedos de una mujer acariciando su cuerpo, sin ningún atisbo de etereidad, con toda la esencia de la materia impregnada en sus formas, y tuvo la impresión de que la muerte visitaba su lecho en forma de belleza. No pudo sustraerse a la tentación y se volcó sobre aquella mujer de carne y hueso mientras el nombre y las curvas de Lahara martilleaban su cerebro sin piedad. La amó entonces desenfrenadamente, rendido al fin ante la evidencia del cuerpo opulento, consintiendo su locura y pronunciando pala&amp;shy;bras de amor aprendidas en el bosque y en los caminos, en el vapor del baño y en las flores del patio, y después se vio invadido por el sopor inconfundible de la felicidad, que terminó ayuntando su alma con la madrugada y sumiéndo&amp;shy;lo en un letargo profundo del que nunca hubiera querido salir. Tuvo sin embargo un sueño incomprensible: vio a la mujer del calendario, abierta en su marquesita de princesa, llorando como una novia abandonada.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al amanecer cantaron los gallos y Nicolás Casado abrió los ojos. A su lado dormía la mujer que lo hizo feliz sin él pretender&amp;shy;lo, y comprendió entonces que su mal de amores se había perdido ya en el olvido, que la locura se había marchado sin decir adiós y que la soledad había estado a punto de arruinar su vida. Se volvió hacia aquella esposa ignorada que soportó su demencia durante días interminables y en un gesto voluntarioso y olvidado besó su mejilla, pero fue incapaz de confesar que el espíritu de Lahara había permanecido en las formas de su cuerpo hasta el último instante, en una confusión garrafal producida por el delirio o en un deseo inconteni&amp;shy;ble de sustituir la realidad por los sueños.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-5970084449240106212?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/5970084449240106212/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/la-mujer-de-papel-premio-de-cuentos.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5970084449240106212'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/5970084449240106212'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/la-mujer-de-papel-premio-de-cuentos.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SesAGXKYpbI/AAAAAAAAALA/pug_0Ez_Wpg/s72-c/AA-WP324%257EAbrazo-de-pasion-Posters%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-8808279399427151796</id><published>2009-04-15T00:26:00.000+02:00</published><updated>2009-04-15T00:31:36.430+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SeUObLTTucI/AAAAAAAAAKY/C246yUUNfiE/s1600-h/montana[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324677994488510914" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SeUObLTTucI/AAAAAAAAAKY/C246yUUNfiE/s320/montana%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#996633;"&gt;&lt;strong&gt;LA BOTELLA&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;La tripulación de El Bergante solía lavarse más bien poco, pero cuando lo hacía, armaba una vela en uno de los costados del barco a fin de protegerse de los tiburones. En el agua rebalsada se zambullían los hombres el tiempo justo para matar el olor y ahogar a los piojos, que eran tan numerosos como las ratas, aunque más soportables que el escorbuto.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;La costumbre de improvisar en el mar una gran bañera con velas de cáñamo la impuso por la fuerza el capitán John W. Hawker, quien la había adquirido en la Armada británica, donde sirvió lo justo para odiar a la Corona y conjurarse contra el mundo. Sus hombres ya no podían esgrimir a los tiburones como defensa contra el aseo, de modo que una vez al mes, si hacía buen tiempo, se zambullían en medio de impronunciables blasfemias que el loro Gordon anotaba apresuradamente en su memoria de pajarraco desvergonzado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Un día, mientras un grupo de artilleros se despiojaba en el agua, alguien encontró una botella dentro de la vela. Llegó flotando por el mar y entró a través de un agujero que había escapado a las agujas, al rempujo y a los ojos de los parcheadores. Dentro llevaba un pergamino enrollado. Se la llevaron al capitán Hawker, quien la descorchó de un sablazo en el gollete, como si estuviera degollando a un corsario. Sacó el pergamino, lo estudió, miró el horizonte, olió el aroma del mar y su único ojo centelleó como un astro en la madrugada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;- ¡A barlovento! -gritó-, ¡Una vez más seremos ricos!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Durante días enteros navegaron de bolina, con ocho cuartas respecto al viento, buscando una isla de caníbales perdida en las aguas del trópico. Alguien la dibujó en el pergamino pero había olvidado ponerle el nombre. El capitán John W. Hawker creyó reconocerla, pues la había visto algunas veces en sus sueños premonitorios, redondeada, mordida en las aristas por las olas, como una galleta marinera por los ratones. En el centro, justo en medio de siete cerros idénticos, aparecía pintarrajeado un cofre. Era fácil suponer, según la costumbre de todos los piratas de aquellos mares, que dentro había un tesoro. En latín y con letras torcidas, una leyenda: “Urna del infortunio, pórtico de las desdichas, estrella de los perdidos, hacienda de los dementes”. Nada más. Suficiente para que la tripulación soñara con riquezas incontables y entonara canciones marineras mientras el viento hería las velas tan magníficamente que hasta el más pesimista auguraba un viaje breve. Sobre cubierta, apoyado en la muleta, el capitán John W. Hawker oía las notas del acordeón, bebía cerveza en una jarra de cuero con el borde de oro y miraba el horizonte, reservado, con un destello enigmático en la pupila de su único ojo. Al amanecer del séptimo día el capitán Hawker se asomó a estribor, tomó el catalejo y escrutó el infinito.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;- Ahí está, caballeros -dijo con el orgullo incrustado en las palabras-, cuando lleguen a la orilla no pierdan el tiempo en lloriqueos ni en letanías.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Durante el viaje, John W. Hawker lo había previsto: los indígenas de la isla, nada más desembarcar los hombres de los primeros botes, pensaron que los piratas de El Bergante venían a comérselos y al momento presentaron una feroz batalla. Gritaron como endemoniados, arrojaron lanzas y venablos y conjuraron a sus dioses en una jerga diabólica que erizaba la piel de los marineros y remolinaba las plumas del loro Gordon en contracciones terroríficas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Los hombres de Hawker dejaron tres muertos en la playa, regresaron a los botes con los heridos y al momento sonaron los estampidos de los cañones, que llenaron la orilla de hoyos y sembraron la arena de cadáveres. Después, el capitán John W. Hawker, de pie en la primera falúa, ordenó un desembarco en regla. Los mosquetones barrieron el bosque cercano mientras los hombres de El Bergante, con puñales en los colmillos y sables en la mano, cortaban a tajadas a los caníbales en retirada. El cuerpo a cuerpo era la especialidad del capitán John W. Hawker, quien desechaba la artillería incluso con los barcos españoles, cuyas tripulaciones, temibles en los abordajes, eran rehuidas por los piratas más aguerridos. Pero el miedo a ser comidos infundió valor a los caníbales, y tan pronto se retiraban como volvían al ataque, amparados en el follaje, con los rostros pintados con ceniza y sangre. Los venablos y las lanzas hostigaron a la columna durante dos leguas, hasta el mismo centro de los siete cerros. Desde el barco, los cañones barrían la playa impidiendo que los indígenas se adueñaran de los botes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Justo donde el cofre aparecía dibujado en el pergamino, los cien hombres de Hawker hicieron un círculo de fuego y llenaron la selva de balas y gritos. En el centro, John W. Hawker, con una pala y una sola mano, desenterró el cofre personalmente. Lo pusieron en unas parihuelas y regresaron a la orilla, en una retirada sangrienta que costó veinte muertos y treinta y dos heridos más y que hizo reflexionar al loro Gordon sobre la obstinación de los caníbales.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;- Piensa el ladrón que todos son de su condición-, sentenció en un español tembloroso que nadie comprendió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Ya de regreso al barco, oyendo los lamentos de los heridos y el batir de las olas, el capitán Hawker volvió el rostro y pensó que nadie, salvo el mismo Diablo, pudo enterrar un cofre en semejante isla. Los caníbales seguían en la orilla, gritando y gesticulando, y se afanaban en hacer llegar a la orilla un puñado de canoas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;- Atentos, caballeros -dijo el capitán John W. Hawker-, ahora son ellos los que quieren comernos a nosotros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Y con el sable en la mano ordenó al barco otra andanada de cañonazos que persistió hasta que El Bergante estuvo en alta mar. Eso fue todo. Luego, al caer la tarde, el capitán reunió a los hombres en cubierta, descerrajó el cofre de un tiro y lo abrió. En su interior no había nada, tan sólo un libro escrito en latín clásico, en un estilo un tanto ciceroniano, que John W. Hawker tardó una semana en traducir, interrumpido constantemente por las demandas de sus hombres, quienes querían volver a la isla y hundirla en el mar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Cuando hubo terminado de traducirlo, el capitán salió del camarote envejecido y grave como una sentencia. Puso el libro sobre cubierta y contó que allí, extrañamente, por alguna razón diabólica, estaban escritos al detalle los destinos de cada hombre del barco, con nombres y apellidos (algunos los desconocían), fechas y lugares concretos de cada suceso. Junto a él puso una traducción en inglés, muy simple.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;- Por si alguno de ustedes quiere volverse loco -dijo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Y eso sucedió. La mayoría de los hombres rehusaron leer los textos, y quienes lo hicieron acabaron enloqueciendo o arrojándose al mar. John W. Hawker guardó el original latino en el mismo cofre donde guardaba sus poemas de amor, por si algún día tenía la suerte de ver escrito allí su destino. De momento, no estaba.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-8808279399427151796?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/8808279399427151796/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/la-botella-la-tripulacion-de-el.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/8808279399427151796'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/8808279399427151796'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/la-botella-la-tripulacion-de-el.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SeUObLTTucI/AAAAAAAAAKY/C246yUUNfiE/s72-c/montana%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-4867243149733908614</id><published>2009-04-06T23:59:00.000+02:00</published><updated>2009-04-07T00:21:10.067+02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SdqASFKI6-I/AAAAAAAAAKQ/8uEUJ_EhjlM/s1600-h/Batalla_naval[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5321706957802367970" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 255px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SdqASFKI6-I/AAAAAAAAAKQ/8uEUJ_EhjlM/s320/Batalla_naval%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;EL DIABLO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;A veces, durante alguna de sus borracheras epopé&amp;shy;yicas, el capitán John W. Hawker juraba haber hablado con el Diablo e incluso haber brindado con él. Al calor de la hoguera, en alguna de las islas donde fondeaba, cuando se rendía ante los apremios de la nostalgia, levantaba una jarra de peltre llena de cerveza hasta el borde y brindaba por la muerte, por los ojos saltones de todos los ahorcados del mundo y por las cámaras recalentadas del infierno. Sus hombres se acercaban entonces a la hoguera, rehuyendo las sombras indefi&amp;shy;nidas de la playa, y se cobijaban mutuamente, acuclillados, con las miradas espantadas y el terror bailando en sus pupi&amp;shy;las, porque sabían que el capitán John W. Hawker iba a contar&amp;shy;les de nuevo el día que conoció al Diablo y brindó con él por el amor y el viento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Fue al principio de su carrera, cuando el capitán comandaba un balandro de quince cañones arrebatado a piratas bahameños. El barco había fondeado en el río del Viejo Calabar, en la Costa Guineana, un lugar de escaso calado que impedía el acerca&amp;shy;miento de los buques de guerra y permitía un calafateo tranquilo, sin visitas inopinadas ni ataques sorpre&amp;shy;sivos. Tras una semana arrancando del casco algas y moluscos, el balandro del capitán Hawker se hizo a la mar, pero el infortunio quiso que a las pocas horas fuera detectado por dos buques de guerra de la Armada inglesa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;El capitán Hawker estuvo a punto de regresar, pero su incalificable locura lo hizo enarbolar el pabellón pirata y lanzarse contra los ingleses en un ataque suicida. El enemigo, que navegaba con las velas desplegadas, no daba crédito a sus ojos: un simple balandro de piratas se lanzaba al ataque contra dos buques de ochenta cañones y quinientos hombres cada uno. Los trescientos compañeros del capitán John W. Hawker, enfervori&amp;shy;zados por el ron y el ansia de botín, se aprestaron para la batalla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;El barco, recién calafateado, había ganado en velocidad y el timonel giraba buscando el lado de babor del primer buque, en una maniobra calculada para anular al segundo, que quedaría tras el lado de estri&amp;shy;bor. Los compañeros del capitán, apostados en la arbola&amp;shy;dura, apuntaban sus mosquetones hacia el timonel mientras el balandro se acercaba lentamente al barco enemigo. Los cañones de treinta y dos libras asomaban sus bocas oscuras por los portones aguardando la proximidad del barco pirata, que parecía venir derecho al abordaje. En cubierta, el capitán John W. Hawker, con el sable corto en la mano y el loro Gordon en su hombro izquierdo, calibraba los pensamientos del enemigo para abrir fuego un segundo antes que él. Había cargado los cañones con balas rojas, por ver si prendía el casco contra&amp;shy;rio, y justo antes de ordenar la primera andana&amp;shy;da, sus compa&amp;shy;ñeros lograron derribar a fusilazos al timonel y al comandante del buque enemigo, que ni siquiera estaba a cubierto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Los cañones ingleses, armados con balas encadena&amp;shy;das, destro&amp;shy;zaron la arbo&amp;shy;ladura del balandro, pero para enton&amp;shy;ces el abordaje era inmi&amp;shy;nente. Desde el alcázar, los ingleses dispararon sacos y granadas de metra&amp;shy;lla, pero los hombres del capitán Hawker, con la ira perfilada en sus colmi&amp;shy;llos, treparon al empalletado y ocuparon la cubierta enemiga. La suerte estaba echada en el primer buque de la Armada inglesa. El segundo se aproximaba ahora buscando también el abordaje. Los ingleses se defendieron bien, pero los bisoños infantes de marina poco pudieron hacer ante los sables y las pistolas de aquellos piratas curtidos en los mares de medio mundo. En los pañoles inferiores se multi&amp;shy;plica&amp;shy;ron los lamentos. Los mari&amp;shy;neros mutilados o heridos por astillas se arrastraban por las esca&amp;shy;las buscando el socorro de cubierta, pero los hombres del capitán Hawker los degollaban y se abrían paso hacia el fondo del buque, sembrando las cubiertas de sangre y muerte. Los sables cortos, ideados para luchar en la angostura de los pañoles, hacían tajadas al contra&amp;shy;rio, forzaban puertas y teñían de rojo las paredes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;De pronto reventó un cañón de veinticuatro libras en el lado de babor. El buque zozobró y una vía de agua empezó a entrar por el costado. El capitán Hawker, sobre una falúa de cubierta, ordenó el abor&amp;shy;daje del segundo barco. En la popa, apoyado en uno de los faroles, contrastando con el ocaso, John Hawker pudo ver el rostro del comandante enemigo. Sus ojos centellea&amp;shy;ban como candilejas ardiendo, y en la casaca azul, abotonada al cuello, resaltaban las medallas y los entorcha&amp;shy;dos dorados. El capitán pirata sintió un escalofrío verte&amp;shy;bral, un barrunto satánico que se transformó en horror al verlo sonreír bajo su bicornio de comandante con la indife&amp;shy;rencia de un loco. “El Diablo”, pensó, y se lanzó al abordaje con su pierna de palo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;La batalla en el segundo buque fue aún más san&amp;shy;grienta que la primera. Presa del terror, muchos infantes y marineros se arrojaron al agua mientras la cubierta se alfom&amp;shy;bra&amp;shy;ba de cadáveres y el comandante del barco seguía sonriendo, apoyado en el farol. El olor a sangre y a pólvora se confundía con el de la brea y el salitre provocando vómitos; en el primer buque se sucedían las explosiones y el balandro del capitán John W. Hawker se hundía ya sin remedio. Los piratas, enfurecidos, transformados en máquinas de matar, arrojaban a los marineros por la borda, ejecutaban a los oficiales y sembraban el terror en cubierta y en los pañoles inferiores. El loro Gordon, en el hombro de John W. Hawker, dio la voz de alarma. “Se ha ido” dijo, “se ha ido”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Efectivamente, el oficial ya no estaba en popa. El pirata Hawker, atenazado por el miedo, con su única pierna temblando de horror, se abrió paso a sablazos buscando la cámara del comandan&amp;shy;te por si se hubiera refugiado en ella. En el corredor mató a un soldado de un pistoletazo, degolló a otro con un cuchillo y reventó al tercero con su mosquete disfra&amp;shy;zado de muleta. Al abrir la puerta volvió a padecer en los huesos el frío compacto de la muerte y vio al coman&amp;shy;dante sentado frente a una mesa de madera, con la misma sonrisa, los mismos ojos encen&amp;shy;didos, dos copas vacías y una botella de ron.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;El camarote, forrado de libros, adorna&amp;shy;do con recuerdos de los cinco continen&amp;shy;tes, lujosa&amp;shy;mente alfombrado, parecía el reducto de un noble. Tras las vidrieras de popa, el viejo balandro se hundía sin misericordia en las aguas. Bebieron lentamente. El capitán John W. Hawker enmudeció y el comandante del barco sacó del cajón una pequeña edición en latín de los versos de Catulo. Leyó: “Los juramentos de amor son el aliento húmedo de los vientos” dijo, y luego levantó su copa para brindar. Hawker bebió de nuevo, pero al dejar la copa sobre la mesa el hombre ya no estaba. “Era el Diablo” graznó en español el loro Gordon, “el Diablo”. Y al capitán John Hawker, curtido en la vida y en la muerte, en el amor y el desamor, en la lealtad y la traición, se le erizó la piel de pavor justo cuando sus hombres izaban en el trinquete el pabellón pirata.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#006600;"&gt;Ése fue su barco desde aquel día, lo llamó El Bergante, y en el palo de mesana colgó una bandera negra donde apare&amp;shy;cía un pirata cojo brindando con el Diablo. El capitán aseguraba con frecuencia, al calor de la hoguera, que el coman&amp;shy;dante de aquel barco, el Diablo, era idéntico a él en su juven&amp;shy;tud, antes de perder el ojo y la pierna, y que todos los libros de su camarote los había leído muchos años antes de aquel encuen&amp;shy;tro, y entonces los hombres tiritaban, de miedo o de frío, al amparo de la lumbre, cuando el capitán John W. Hawker contaba aquello, borracho de ron irlandés, en la arena de cualquier playa tan perdida como su conciencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-4867243149733908614?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/4867243149733908614/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/el-diablo-veces-durante-alguna-de-sus.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4867243149733908614'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4867243149733908614'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/04/el-diablo-veces-durante-alguna-de-sus.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SdqASFKI6-I/AAAAAAAAAKQ/8uEUJ_EhjlM/s72-c/Batalla_naval%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-6149096428941692536</id><published>2009-03-25T22:38:00.000+01:00</published><updated>2009-03-25T22:57:02.017+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ScqmTnjXsaI/AAAAAAAAAJw/m8bnO7j_YGY/s1600-h/02698[1][1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5317245166029353378" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 310px; CURSOR: hand; HEIGHT: 233px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ScqmTnjXsaI/AAAAAAAAAJw/m8bnO7j_YGY/s320/02698%5B1%5D%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;&lt;strong&gt;EL LOCO&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;John W. Hawker gozaba de una merecida fama de dilapidador de fortunas. Hubiera sido uno de los hombres más ricos del mundo, pues ni la muerte, ni la ruina ni la prisión parecían sentirse atraídas por la estela taciturna de su presencia. Su tripulación lo sabía y él también. Por eso derrochaba los tesoros de sus saqueos, la abundancia desmesurada de sus conquistas, en los caprichos más insustanciales de la vida y en los antojos más baladíes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;En los juegos de azar, la victoria o la derrota eran para él concepciones secundarias. Lo mismo perdía un imperio en una noche que ganaba otro a la mañana siguiente y volvía a perderlo al atardecer, y siempre, detrás de cada lance, bebía una jarra de cerveza con los ojos cerrados. Disfrutaba viendo al prójimo hundido en la desazón de la derrota o sacudido por las emociones de la victoria, y en la mesa de juego sólo exigía un requisito: dignidad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Más de un hombre murió en sus manos por violentarse ante el fracaso, y alguno hubo también que recuperó lo perdido sólo por sonreír ante la calamidad. Así era John W. Hawker. Ningún infortunio podía degradar su entereza ante las imprevisiones del azar. Por eso era el pirata mejor acogido en las tabernas costeras, en los puertos promotores de corsarios y en todas las islas y bahías donde la lujuria y el desenfreno abanderaban la vida de los marineros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Cuando el Bergante atracaba en un puerto, había hombres que escapaban despavoridos, huyendo de una muerte segura, y hombres que engalanaban sus casas para dar cobijo a la tripulación del pendenciero más rico y generoso de todos los mares. Eso fue lo que sucedió una tarde de agosto en la próspera ciudad de Saint-Malo, donde el capitán John W. Hawker tenía una cita con el corsario Duguay-Trouin, el único del mundo al que no odiaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Saint-Malo, defendida por murallas poderosas y por un castillo con cuatro torreones, le pareció aquel día una ciudad coqueta, escapada furtivamente de los renglones de alguno de sus libros. El viento marino, acunado en la bocana del puerto como en los brazos de una madre, desprendía un olor a salitre que purificó el pensamiento de John W. Hawker. No paladeó la felicidad aquella tarde, porque ese sabor lo tenía reservado el destino para contados momentos de su vida, pero sí intuyó, en las callejuelas de Saint-Malo, La Cité Corsaire, El Nido de las Avispas como le llamaban los ingleses, la fragancia etérea e inconfundible de los hechos insólitos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;No tardó en averiguarlo, durante una francachela infernal con Duguay-Trouin, donde el capitán Hawker gastó el equivalente a tres buques de guerra y el corsario derrochó el importe aproximado de cuatro palacios, conoció por casualidad a Jean Baptiste Desollet, el Loco, inclinado en una mesa mugrienta, frente a un vaso de ron, solitario, perdido otra vez en el laberinto enojoso de sus pensamientos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Al verlo, John W. Hawker sufrió un escalofrío vertebral, una especie de sacudida interna que le hizo escupir la borrachera en el patio trasero de la taberna. Preguntó por aquel hombre enflaquecido y Duguay-Trouin le contó su historia empezando por los días de la infancia, terminando por su destino de loco solitario en Saint-Malo y pasando por sus días de cautiverio con los bucaneros de la tortuga y por su conocida afición al juego, del que todos los truhanes del puerto lo habían marginado desde el día que perdió la razón y decidió apostar tan sólo al juego de las preguntas. Y Duguay-Trouin había oído tantos detalles de aquella vida maltratada y estrambótica, que al contarla por primera vez su cuento resultó absolutamente verosímil.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Ciertamente Jean Baptiste Desollet sólo apostaba ya a su inconcebible juego de las preguntas: se colocaba dinero sobre una mesa y Desollet hacía tres preguntas; si el jugador las acertaba ganaba la apuesta, si no, la perdía. Pero cada una de las preguntas de aquel viejo escuálido podía tener innumerables respuestas, y sólo él podía decir si eran correctas o no. Un juego aparentemente ideado para ganar siempre. Desde entonces le pusieron El Loco y todo el mundo se negó a beber con él. John W. Hawker soltó una carcajada brutal al escuchar las reglas de aquel juego, pero sólo rió en apariencia, para que Duguay-Trouin no lo tomara por loco a él también cuando fuera a sentarse cara a cara con el viejo: cuatro jarras de vino antes, había decidido apostar sin condiciones. Se acercó a él bromeando, apoyado en la muleta, con el loro Gordon en su hombro izquierdo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Quiero jugar al juego de las preguntas -dijo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;El silencio se hizo en la taberna y Jean Baptiste Desollet, el Loco, levantó la cabeza con orgullo. Su mirada era roja, su rostro estaba deformado por las arrugas y esbozaba una sonrisa de águila en la comisura de los labios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Yo sólo juego con caballeros -contestó-, tú puedes hacerlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Pidieron vino y se sentaron frente a frente. John W. Hawker puso en la mesa una bolsa de doblones de oro, abierta. Desollet puso otra que sonó a chatarra, cerrada. La taberna entera rompió a reír y el loro Gordon susurró palabras de prudencia en el oído del capitán John W. Hawker.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Los loros no juegan -dijo Desollet-, pero ese puede intentarlo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Los marineros y las prostitutas volvieron a reír, y entonces Jean Baptiste Desollet hizo la primera pregunta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Dime algo más difícil que decir siempre la verdad -interrogó con las cejas arqueadas.&lt;br /&gt;John Hawker reflexionó un momento. Bebió de un trago una jarra de vino y luego respondió:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Escribir un verso en la orilla del viento.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Desollet pareció dudar un instante, balanceó la cabeza y luego asintió.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Me viene justo -dijo-, muy justo, pero lo acepto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Un rumor de incredulidad sacudió la taberna. Era la primera vez que Jean Baptiste Desollet daba por válida una respuesta.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- A ver -dijo después-, algo más fácil y seguro que morir.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Ahora, John W. Hawker ni siquiera lo pensó:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Odiar -dijo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Desollet también la admitió, a pesar de que todos los presentes creían tener otras respuestas tan seguras y válidas como aquella. Después, el Loco acercó tanto su rostro a John W. Hawker que su aliento de hielo quedó grabado para siempre en la memoria del capitán.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- Recuerda que eres un caballero -le dijo antes de formular su última pregunta-, dime algo más doloroso para un hombre que oír la verdad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;John W. Hawker palideció de repente. Volvió a beber vino, se quitó el bicornio de paño y pronto el pañuelo de lunares que cubría su cabeza se percochó de un sudor pegajoso. No se mostró alterado, simplemente agachó la cabeza, pero ya el loro Gordon sabía que estaba vencido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;- La mentira -dijo Gordon con un graznido de cuervo nervioso que volvió a levantar carcajadas-, la tortura, la cárcel, el hambre, las jaulas, la soledad...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;Pero John W. Hawker lo hizo callar de un manotazo. Se levantó de la silla y dejó caer en la mesa otra bolsa de oro. Luego siguió bebiendo con su amigo el corsario Duguay-Trouin. Se contaron historias de batallas, hazañas que hicieron temblar a los taberneros y a los corsarios más crueles, cuentos y leyendas de hombres despiadados que parecían haberse educado en el infierno, pero ninguno de los dos quiso recordar el juego de las preguntas. Sólo al amanecer, en su habitación del palacio de René Duguay-Trouin, John W. Hawker rompió a llorar en silencio, mientras Gordon le recriminaba sin piedad el vicio estúpido de tirar el dinero y Jean Baptiste Desollet, el Loco, arrojaba una bolsa de oro al mar, en presencia de unos marineros que quisieron coserlo a puñaladas por cometer semejante crueldad.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-6149096428941692536?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/6149096428941692536/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/el-loco-john-w.html#comment-form' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/6149096428941692536'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/6149096428941692536'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/el-loco-john-w.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/ScqmTnjXsaI/AAAAAAAAAJw/m8bnO7j_YGY/s72-c/02698%5B1%5D%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-4032500831921071340</id><published>2009-03-16T21:02:00.000+01:00</published><updated>2009-03-19T22:43:39.239+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sb60vcdsr8I/AAAAAAAAAJI/XXOOG2CkOuY/s1600-h/cs_jamaica[1].gif"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5313883337531371458" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 202px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sb60vcdsr8I/AAAAAAAAAJI/XXOOG2CkOuY/s320/cs_jamaica%5B1%5D.gif" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;PIERRE DEULLIN, EL CORSARIO&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Pierre Deullin era un corsario sin patria y sin historia a quien el rey de Francia pagaba en oro por saquear galeones españoles y por dejarse perder al ajedrez. También le ofreció la mitad de su corona si era capaz de traerle la cabeza de John W. Hawker clavada en una pica. Pierre Deullin, quien nunca conoció personalmente al Diablo, era un niño loco esclavizado por la ambición; semejante propuesta del rey, aunque imposible, fue para él un reto. “Vaya su Majestad enfriando una botella de vino y puliendo una bandeja de plata” dijo, “pronto brindaremos frente a su cabeza “.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Deullin era manco de la mano izquierda, donde llevaba un garfio de oro que le servía para sujetar la carne, desgarrar los vestidos de las mujeres y ensartar a sus enemigos por la nuca justo antes de atravesarlos con el sable. Jamás escribió un poema de amor, prefería las cartas a los libros y odiaba a los loros tanto o más que a los españoles. Estaba tan obsesionado con el tiempo que coleccionaba relojes de todas clases: relojes de ampolleta, relojes de repetición, relojes sin agujas, relojes de sortija, relojes de globo. Y cuando navegaba, si estaba sereno, cosa rara, mataba el tiempo alterándoles la hora para confundir a la muerte, a quien se había propuesto burlar contra viento y marea, a pesar de perseguirla como al oro por todos los mares del mundo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Conocía de sobra al capitán John W. Hawker. Habían compartido una novia en la isla de Ocracoke, una barragana de piratas con los ojos de cristal, antes de que uno fuera corsario y de que el otro enloqueciera de odio al saber que Deullin la había ensartado con el garfio de oro durante una borrachera. John W. Hawker juró en medio de una tempestad que algún día lo colgaría por la garganta de su propia herramienta. Algunos de sus hombres llegaron a dudarlo; tal era el respeto que Pierre Deullin imponía al resto de los mortales. El corsario lo sabía.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Durante meses, Deullin recorrió las tabernas de Port Royal jurando a carcajadas que obligaría a John Hawker a comerse al loro con huevos escalfados, o al natural, según su gusto. Donde quiera que repetía aquello temblaban las paredes, los taberneros se escondían tras el mostrador y hasta los más toscos filibusteros se orinaban encima, bañados en sudor y sacudidos por temblores. Lo mismo que le ocurrió al loro Gordon cuando un cocinero inglés le contó aquello al mismísimo capitán John W. Hawker.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;- Dile que pedirá perdón de rodillas -contestó el pirata.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Y de inmediato El Bergante puso rumbo a Port Royal, donde Pierre Deullin mataba las horas ganando a los dados y fornicando gratis con las prostitutas de las tabernas. Caía la tarde cuando el buque atracó en el puerto, con la bandera ondeando en el mástil y una estela de nostalgia pegada a popa. John W. Hawker lavó con bicarbonato sus colmillos de oro para que todo el mundo viera brillar bien su sonrisa. Se colocó un bicornio de paño donde una mujer le había bordado el rostro de la muerte, un zapato de cuero con la hebilla de plata y un fajín rojo como la sangre. Luego afiló el sable durante una hora, armó dos pistolas y buscó por todo el barco al loro Gordon, pero ni él ni sus hombres pudieron hallarlo; parecía que la tierra o el cielo se lo hubieran tragado.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Al pisar el puerto, John W. Hawker volvió a embriagarse con la luz de Jamaica; un crepúsculo enrojecido encendía las crestas de las montañas, una lengua de arena unía el puerto con tierra firme y el aroma del mar impregnaba los recuerdos y enervaba las voluntades. El capitán paseó un buen rato por las calles. Port Royal ejercía sobre él el mismo hechizo que sobre todos los piratas de la época. Era un pequeño paraíso, una ciudad de luces y sombras al amparo de los gobernadores británicos, donde todo estaba permitido menos la tristeza. El vino y los licores corrían con desafuero y las añoranzas morían en los labios antes de ser pronunciadas. Ríos de oro inundaban las callejuelas del puerto y la vida y la muerte eran sólo palabras sin fundamento. John W. Hawker recordó todo lo vivido en aquellas calles. Le gustaba emborracharse de nostalgia cuando presentía la sombra de la muerte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Sin pretenderlo casi, se encontró frente a una taberna llamada La Pieza de a Ocho. Sabía que Deullin se hallaba dentro aguardándolo. En la misma puerta dos marineros borrachos se volvieron sobrios al ver de cerca el brillo de su único ojo. El capitán John W. Hawker echó de menos al loro Gordon, perpetuo hasta ese día en su hombro izquierdo, pero alzó la muleta y abrió la puerta de un golpe seco. En el interior se hizo el silencio. El corsario Pierre Deullin se hallaba al fondo, tamizado por la luz de los candiles, con una mujer en las rodillas y una baraja de cartas en su mano vengativa y deshermanada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Apartó a la mujer, se levantó lentamente, fue a abrirse paso entre los clientes pero ya todos se habían ido. John W. Hawker se aproximó a él sin pronunciar palabra, se quitó el bicornio, lució ampliamente su sonrisa de oro, colocó en el mostrador un pequeño reloj de arena, y entonces el afamado corsario Pierre Deullin, el hombre que clavaría en una pica la cabeza de John Hawker, que haría comer su propio loro al pirata más temido de todos los mares, empezó a lloriquear y a gemir como una huérfana desamparada. Sin nadie pedírselo rogó perdón, suplicó clemencia y ofreció un imperio a cambio de su vida. Pero la sonrisa de oro seguía perenne en el rostro cicatrizado de John W. Hawker y la arena del reloj caía impertérrita.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Deullin entendió que no habría clemencia para él. Sorpresivo como un relámpago, en medio de un lamento más, atacó con el garfio de oro, pero Hawker fue más rápido. Se agachó, sacó el sable y le cortó el brazo de un tajo. Un grito desgarrador escapó por los ventanucos de la taberna, recorrió las calles de Port Royal y fue a incrustarse como un disparo en los oídos tiernos del loro Gordon, oculto en la bodega de El Bergante. Luego John W. Hawker cercenó la cabeza del corsario Pierre Deullin, la paseó por las calles colgada del garfio de oro, la embadurnó de brea para que pudiera conservarse durante algún tiempo y le dio veinte piezas de oro al capitán de un mercante para que la hiciera llegar al rey de Francia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Así fue como murió Pierre Deullin, el corsario, en Port Royal, en junio de 1692, justo la noche antes de que un terremoto infernal sepultara la ciudad bajo las aguas. Cantaron que murió de esa forma porque nunca conoció al Diablo. También cantaron que el Diablo era él mismo y hasta que los diablos eran dos, y que Port Royal se hundió porque el mundo quedó cojo al morir uno de ellos. Pero esas canciones de marineros, como las verdades y las mentiras, siempre tenían más de una versión y tampoco eran dignas de mucho crédito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-4032500831921071340?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/4032500831921071340/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/pierre-deullin-el-corsario-pierre.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4032500831921071340'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/4032500831921071340'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/pierre-deullin-el-corsario-pierre.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/Sb60vcdsr8I/AAAAAAAAAJI/XXOOG2CkOuY/s72-c/cs_jamaica%5B1%5D.gif' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-533920146970279432</id><published>2009-03-12T22:35:00.000+01:00</published><updated>2009-03-16T19:01:34.392+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SbmBIepMFDI/AAAAAAAAAJA/HS8dR77Gerc/s1600-h/atardecer-gaviota[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5312419218124969010" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SbmBIepMFDI/AAAAAAAAAJA/HS8dR77Gerc/s320/atardecer-gaviota%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#009900;"&gt;&lt;span style="color:#006600;"&gt;A Lady Lauren South-Mermaid,&lt;br /&gt;Laura Martínez Zulueta,&lt;br /&gt;por las palabras y las horas&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;LA PERLA DE PARÍS&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#333300;"&gt;La capitana corsaria Louisse Marie Dorme de Romanet descubrió al balandro del capitán John W. Hawker con la mirada felina de aquellos ojos oceánicos que perturbaban la razón de los poetas donde quiera que los evocaran. Se abrieron codiciosos tras el catalejo de plata y centellearon como esmeraldas talladas por los orfebres del paraíso. Sin el menor signo de temor hacia aquel nombre legendario puso rumbo hacia el balandro como lo hubiera hecho hacia el temible Bergante de haberlo conocido, mientras el timonel blasfemaba en la lengua del Diablo y la tripulación se hería las manos temblorosas afilando las armas ante la posibilidad del abordaje.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Durante años, Louisse Marie Dorme de Romanet había embellecido con su porte y su palabra los salones más refinados de París. A los veinte, había reducido a polvo corazones de granito helado y convertido almas de mantequilla en acero toledano utilizando el desamor como yunque y la indiferencia como martillo. El brillo sobrenatural de sus ojos verdes había iluminado sin misericordia las oquedades más profundas de los espíritus más antagónicos, envalentonando a los cobardes y acobardando a los valientes. La fragancia de su piel morena, inspiración de los más afamados perfumistas franceses, había sumergido en el infierno la razón de príncipes y devuelto la cordura a mendigos que al verla recobraban la fe en el Paraíso. La Romanet, La Perla de París, como la apodaban en el Caribe, fue siempre intocable hasta el día que cayó en las zarpas del pirata danés Hermann Böning, mientras cruzaba el atlántico camino de Cuba, dispuesta a alumbrar el corazón de América con el destello de su mirada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Böning degolló personalmente a la tripulación y al pasaje del mercante donde viajaba la Romanet, a pesar de haber logrado su rendición prometiendo misericordia. Después llevó a Louisse Marie a su camarote, le desgarró la ropa y la poseyó salvajemente mientras perdía el norte de su existencia y pensaba que el cielo era la tierra y la tierra el infierno y el infierno toda su vida hasta el instante de tropezar con aquel cuerpo perfecto que sufría en silencio sus acometidas y convulsiones de toro en celo. Dicen que después lloró de amargura o de desconsuelo, como un esclavo que se sabe encadenado para siempre al remo de un barco, y que cayó en un sueño profundo durante el cual La Romanet le arrancó los ojos con su propio cuchillo. Después lo decapitó, se colocó su ropa y apareció en cubierta con los pantalones de percal, el fajín rojo y la chaqueta negra de Hermann Böning, cuya cabeza bailaba en su mano con un rictus de desengaño en los labios. Cuentan que la tripulación acogió con vítores la muerte del danés, cuya bajeza era proverbial, y que desde entonces La Perla de París capitaneó el barco, resentida para siempre con aquellos franceses emperifollados que se rindieron sin lucha y sin honor. Y su resentimiento abarcó las lindes más alejadas de su patria y a todos los que un día u otro nacieron en ella. Tal fue su odio, que bajo corso inglés persiguió sin tregua a las naves francesas, y desde hacía un año buscaba incansablemente al balandro del capitán John W. Hawker, pesadilla de los ingleses y de todas las almas desventuradas que tropezaban con su destino.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Al fin La Romanet lo descubrió a sotavento, danzando en la alfombra azulada de las olas, mecido por la brisa del atardecer, y esbozaba una sonrisa de placer justo cuando John Hawker divisaba su pabellón en el horizonte.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;- Bien –susurró satisfecho al oído del loro Gordon-, pronto sabremos si esa perla es capaz de arrancarte las plumas con la mirada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Pero sus hombres, que llevaban treinta días inactivos conviviendo con la imaginación en la soledad expansiva del mar, miraron con terror supersticioso el navío de la Romanet, mayor que el balandro, artillado con treinta cañones y veloz como el viento. Sabían por las canciones marineras que la tripulación del Potei daría la vida por su capitana y que el abordaje sería necesario para rendir al barco. El hálito de la muerte recorrió la cubierta y percudió los pensamientos de los hombres. John Hawker lo percibió, y también el loro Gordon, que disimuladamente echó a volar hasta el juanete de proa con la esperanza de eludir los cañonazos. En la cubierta, apoyado en la muleta, el capitán esbozó la más irónica de sus sonrisas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;-No teman, caballeros –dijo jugando distraídamente con el catalejo-, no habrá lucha. Si algo pesa más que el odio en el corazón de una mujer, es la curiosidad. Por nada del mundo nos echará a pique sin haberme visto la cara.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Y así fue. John Hawker puso el balandro al pairo y aguardó. A lo lejos, el Potei se lanzó como un halcón sobre su presa. Avanzaba entre las olas con el viento a favor, cortándolas a cuchillo, sobrenadando en la espuma a tal velocidad que los hombres de Hawker abrieron los ojos espantados pensando que el bergantín los arrollaría sin misericordia. Entretanto, el capitán reía a carcajadas en medio de un desconcierto silencioso y tenso que recorría la cubierta, se mezclaba con el pánico y llegaba hasta el juanete de proa, donde el loro Gordon cerraba los ojos para no ver de cerca la cara de la muerte, pues había oído en una taberna costera que La Romanet no conocía la piedad ni siquiera con los loros. Y justo cuando parecía que el Potei, ya a tiro de cañón del balandro, maniobraba para mandarlo a pique, el capitán se giró con tranquilidad hacia sus hombres.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;- Bien, caballeros –anunció con calma-, díganle a esa perla que la espero en mi camarote. Y háganme el favor de eludir su mirada si en algo aprecian su cordura. Ya vieron lo que hizo con esa rata de Böning.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Luego bajó a sus dependencias, degolló de un sablazo una botella de ron, puso dos jarras de peltre sobre la mesa y abrió su cofre de los poemas. En la borda del Potei, La Perla de París escrutaba los rostros de la tripulación del balandro tratando de hallar uno donde el destino hubiera dejado la huella inconfundible del desamparo. Descubrió muchos, pero supo que ninguno era el que buscaba porque todos lucían la palidez transparente del miedo. Entonces lanzó un cabo a la cubierta contraria, tan próxima que las bordas se tocaban y los hombres podían olerse el aliento y leerse las enfermedades en las pupilas. Agarrada a las jarcias del balandro, la Romanet preguntó por el capitán Hawker. “En el camarote”, gritó el loro Gordon desde el juanete de proa, y tuvo la precaución de hacerlo en un correcto inglés, por si acaso se desataban los resentimientos en el alma de la Romanet.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Louise Marie Dorme descubrió al capitán con una jarra de ron en la mano, brindando al vacío, como si lo hiciera con un fantasma. Al acercarse a la mesa vio el cofre de los poemas, y una voz ciega que acalló su espíritu indomable le dijo al oído que nunca podría matar a aquel hombre de un solo ojo que apoyaba en la mesa la pierna de madera y dibujaba una sonrisa nostálgica en su rostro de perro herido. Juntos se sentaron, bebieron y charlaron como si fueran amigos de la infancia. Intercambiaron versos, citas de Plutarco y mapas de tesoros escondidos; hablaron con desenfado de la vida y de la muerte y con reverencia de la futilidad del mundo. La noche les sorprendió entonando a medias canciones de borrachos bajo la música de un acordeón que la Romanet tocaba con la pericia de un marinero viejo y el amanecer trazando planes para secuestrar al rey de España y colgar de una antena del Potei al de Francia. Se rieron de los huesos putrefactos de los temibles Herman Böning y Pierre Deullin y diseñaron una estrategia conjunta para saquear a los mercantes que venían de las Indias cargados de oro y gemas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#333300;"&gt;Y así estuvieron charlando y soñando un día y otro día, hasta que las tripulaciones ociosas comenzaron a apuñalarse de puro aburrimiento, a jugarse fortunas a los dados y a quebrantar los reglamentos más sagrados, aquéllos que vinculaban el honor a la vida y la muerte a la deslealtad. Entonces comprendieron que la mesura es una virtud valiosa, incluso en la amistad, y sellaron para siempre un pacto sagrado que desafiara las recompensas de los reyes y provocara la envidia de filibusteros, bucaneros, piratas y corsarios de cualquier bandera y ralea que navegara por los mares conocidos. Al despedirse se prometieron contarse con detalle lo que andaban buscando el día que lo encontraran, por si acaso fuera lo mismo que buscaba el otro. A veces, cuando el destino andaba aburrido y se acordaba de ellos, hacía que sus caminos se cruzaran en el mar, y entonces se divisaban a lo lejos, entre las olas, disparaban salvas para desearse suerte y seguían su camino con la certeza de que habían nacido para perseguir un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/166372447569148104-533920146970279432?l=cesarlamara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cesarlamara.blogspot.com/feeds/533920146970279432/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/lady-lauren-south-mermaid-laura.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/533920146970279432'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/166372447569148104/posts/default/533920146970279432'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cesarlamara.blogspot.com/2009/03/lady-lauren-south-mermaid-laura.html' title=''/><author><name>José Antonio Illanes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00580735474215009411</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='21' src='http://2.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SpxF8Tvm1MI/AAAAAAAAAV0/EopiXjWWvjE/S220/DSC_0086.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SbmBIepMFDI/AAAAAAAAAJA/HS8dR77Gerc/s72-c/atardecer-gaviota%5B1%5D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-166372447569148104.post-8062527122156022224</id><published>2009-03-10T22:22:00.000+01:00</published><updated>2009-03-10T22:29:27.175+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Del libro de cuentos: &quot;El Bucanero Errante y otras pendencias y tópicos de piratas&quot;'/><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SbbbHt9kFtI/AAAAAAAAAIM/NwTdhhH9n-0/s1600-h/tunel1[1].jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5311673736173459154" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 245px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_TKTR8DixTdM/SbbbHt9kFtI/AAAAAAAAAIM/NwTdhhH9n-0/s320/tunel1%5B1%5D.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#663300;"&gt;&lt;strong&gt;LA MUERTE&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#003300;"&gt;La tarde terrible que John W. Hawker perdió el ojo y la pierna, servía como teniente de navío en un buque de la Armada inglesa cuyo nombre olvidó premeditadamente. Algunos de sus hombres conocían el nombre de aquel barco porque lo habían oído muchas veces en las tabernas de los puertos a marineros que tocaban el acordeón borrachos de ron y libertad, pero jamás se atrevieron a preguntarlo en presencia del capitán, y si alguna vez lo hicieron, atolondrados por los vapores del alcohol, el pirata John W. Hawker quedó indiferente, porque el realidad lo había borrado de su memoria, como el nombre de un enemigo muerto o el de un amor traicionero. Esporádicamente, durante las templadas noches de verano, tumbado en un coy sobre la cubierta de El Bergante, recordaba algunos momentos de aquella lejana tarde. Sus hombres miraban las estrellas y asentían, con cierto rencor hacia sus vidas pasadas, porque muchos de ellos también sirvieron como marineros en la Armada y sufrieron los rigores de una vida envidiada por cualquier esclavo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Aquella lejana tarde, el entonces teniente John W. Hawker creyó sentir los primeros síntomas del escorbuto, a pesar de su corta estancia en el barco, apenas dos meses. Se sintió débil, se desvanecía con facilidad y había perdido por completo el color de la piel. La tripulación llevaba semanas comiendo galletas agusanadas, la carne era apenas un recuerdo y los animales de a bordo murieron de una enfermedad parecida a la tristeza que él mismo había contraído a causa de la nostalgia y de las estrecheces del barco. Incluso el almirante de la flota, decían, estaba aquejado del mismo mal, negándose a salir de sus aposentos, refugiado cobardemente en sus lecturas favoritas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;En las impiedades del escorbuto y en los efectos inconfesables del mal de la tristeza, estaba pensando John W. Hawker cuando fueron avistados cinco barcos de la Armada francesa. Supo entonces que iba a entrar en combate. Sintió miedo y marchó rápidamente a dirigir las veinte dotaciones de cañones que estaban a su mando. Paseó por ellas con las manos a la espalda, aparentando serenidad ante la muerte, pero un barrunto fatal rondaba su cabeza. Al principio achacó el malestar a un rechazo consciente hacia el escorbuto, incluso a una consecuencia lógica de la enfermedad, pero al divisar los barcos con pabellón enemigo, supo certeramente que algo adverso iba a sucederle.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;En el entrepuente, la tripulación apuntaba los cañones hacia las jarcias de los barcos enemigos. Los hombres gritaban nerviosos tratando de matar el miedo con las voces, los jefes artilleros calibraban los disparos a través de los visores y la tensión se agarraba a los tablazones como el salitre al mar. John W. Hawker voceaba órdenes de un lado a otro, lentamente, aturdido por la barahúnda de hombres que bajaba, subía y se atropellaba en las escalas de cámara con rellenos de pólvora y armas cortas para afrontar un posible abordaje.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Y entonces Hawker sufrió una visión terrible que terminó de acobardarlo. Fue la única vez en su vida, recordaría años después, que estuvo a punto de abandonar un combate. Se vio envuelto en una niebla lúgubre y fría que le recordó sin piedad los inviernos londinenses, y en la niebla descubrió a una mujer de extraordinaria belleza, envuelta en una túnica blanca, que le sonreía cruelmente con una guadaña en la mano. “La Muerte” pensó, pero al momento las voces de los marineros y de los infantes de marina que subían por las escalas lo devolvieron a la realidad. El barco francés, un buque con ochenta cañones, viraba buscando el lado de estribor. John W. Hawker pudo verlo maniobrar a través de las troneras como un monstruo de madera y fuego, con las fauces abiertas y afilados colmillos de bronce centelleando en la profundidad de su garganta. Los jefes artilleros más próximos lo miraban aguardando la orden de disparar. Por un instante volvió a ver a la mujer. “Ahora” gritó, y los cañones de treinta y dos libras estremecieron el costado del barco y lo zarandearon en las aguas del mar como a un juguete quebradizo. Casi simultaneamente el barco enemigo respondió al fuego, las paredes del pañol estallaron en mil pedazos y John Hawker se vio caminando por un corredor oscuro, de paredes angostas y frías, mientras la mujer de la guadaña lo tomaba de la mano y lo ayudaba a incorporarse cuando la fatiga y las heridas lo derribaron al suelo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;Al fondo del pasadizo descubrió una luz, pero no era la antesala del infierno, sino algo mucho peor: el popel de la cubierta del sollado, donde la macabra sala de operaciones se ocultaba discretamente de las miradas de los marineros. Quiso gritar pero no pudo. Al momento lo tumbaron en una mesa de madera, le dieron a beber un largo trago de grog que le hizo poco efecto y lo ataron a la mesa mientras alguien le ponía en la boca una mordaza de cuero. Arriba, en los pañoles superiores, el fragor de los cañones sofocaba los lamentos de los heridos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;color:#003300;"&gt;John W. Hawker vio, muy difusamente, acercarse al cirujano, con el delantal manchado de sangre y la mirada crispada por el horror. El hombre estaba habituado a la amputación de miembros, pero al tratarse de un teniente de navío al que conocía personalmente, no pudo evitar una expresión de desencanto. Rápidamente le cortó la piel y los músculos de la pierna con un cuchillo afilado, mientras John Hawker apretaba con fuerza la mano de aquella mujer vestida de blanco a la que distinguía en la redondez de un túnel como si la viera a través de un catalejo. Gritó tan fuerte que pronto no se le oyó, y cuando el cirujano le cortó el hueso con la sierra sólo acertó a abrir la boca, en un gesto de dolor que a punto estuvo de romperle las mandíbulas. Alguien le levantó la cabeza y le dio ron como para tumbar a un caballo, pero ni siquiera perdió el sentido cuando le sumergieron el muñón en un barreño con aceite de trementina hirviendo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;spa
